CUATRO PALABRAS SOBRE MI «DON JUAN TENORIO».

Corria la temporada cómica del 43 al 44: Cárlos Latorre habia

trabajado en Barcelona, y Lombía solo sostenido el teatro de la Cruz

con su compañía, para la cual habia yo escrito aquel año tres obras

dramáticas: _El Molino de Guadalajara_, drama estrambótico y fatalista,

en el cual Lombía hizo un tartamudo de mi cosecha: papel erizado de

dificultades inútiles, que él superó con una paciencia y un estudio que

no sabré yo nunca ponderar ni agradecer, y cuyo tercer acto hicieron

él, la Juana Perez, Azcona y Lumbreras de una manera inimitable; que

fué lo que hizo el éxito de aquella mi extravagante elucubracion,

forjada con tan heterogéneos elementos.

La Juanita, disfrazada de sobrino del molinero, cantando la cancion de

Iradier para dormir á Azcona, arrancó aplausos hasta de las bambalinas;

pero repito que el éxito de esta obra se debió al esmero con que los

actores la representaron, y al gasto con que la empresa la decoró;

pagando además las palomas, los versos y las flores que sus amigos, y

no el público, me arrojaron la primera noche. Lombía no se descuidaba,

y era preciso que las obras que yo para él escribia no tuvieran éxito

inferior á las de Latorre.

_La mejor razon la espada_, refundicion ó rapsodia de _Las travesuras

de Pantoja_, fué otro de mis triunfos de aquel año; pero no hay para

qué alabarme por él, puesto que lo que en aquella obra vale algo es de

Moreto, y no mio.

En Febrero del 44 volvió Cárlos Latorre á Madrid, y necesitaba una

obra nueva: correspondíame de derecho aprontársela, pero yo no tenia

nada pensado y urgia el tiempo: el teatro debia cerrarse en Abril.

No recuerdo quién me indicó el pensamiento de una refundicion del

_Burlador de Sevilla_, ó si yo mismo, animado por el poco trabajo

que me habia costado la de _Las travesuras de Pantoja_, dí en esta

idea registrando la coleccion de las comedias de Moreto; el hecho es

que, sin más datos ni más estudio que _El burlador de Sevilla_, de

aquel ingenioso fraile y su mala refundicion de Solís, que era la

que hasta entónces se habia representado bajo el título de _No hay

plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague_ ó _El convidado de

piedra_, me obligué yo á escribir en veinte dias un _Don Juan_ de mi

confeccion. Tan ignorante como atrevido, la emprendí yo con aquel

magnífico argumento, sin conocer ni _Le festin de Pierre_, de Molière,

ni el precioso libreto del abate Da Ponte, ni nada, en fin, de lo que

en Alemania, Francia é Italia habia escrito sobre la inmensa idea

del libertinaje sacrílego personificado en un hombre: Don Juan. Sin

darme, pues, cuenta del arrojo á que me iba á lanzar ni de la empresa

que iba á acometer; sin conocimiento alguno del mundo ni del corazon

humano; sin estudios sociales ni literarios para tratar tan vasto

como peregrino argumento; fiado sólo en mi intuicion de poeta y en mi

facultad de versificar, empecé mi _Don Juan_ en una noche de insomnio,

por la escena de los ovillejos del segundo acto entre D. Juan y la

criada de doña Ana de Pantoja. Ya por aquí entraba yo en la senda de

amaneramiento y mal gusto de que adolece mucha parte de mi obra; porque

el ovillejo, ó séptima real, es la más forzada y falsa metrificacion

que conozco: pero afortunadamente para mí, el público, incurriendo

despues en mi mismo mal gusto y amaneramiento, se ha pagado de esta

escena y de estos ovillejos, como yo cuando los hice á oscuras y de

memoria en una hora de insomnio. Escribílos á la mañana siguiente para

que no se me olvidaran y engarzarlos donde me cupieran; y preparando

el cuaderno que iba á contener mi _Don Juan_, puse en su primera hoja

la acotacion de la primera escena, poco más ó ménos como habia hecho

en _El puñal del godo_, sin saber á punto fijo lo que iba á pasar ni

entre quiénes iba á desarrollarse la exposicion. Mi plan en globo,

era conservar la mujer burlada de Moreto, y hacer novicia á la hija

del Comendador, á quien mi D. Juan debia sacar del convento, para

que hubiese escalamiento, profanacion, sacrilegio y todas las demás

puntadas de semejante zurcido. Mi primer cuidado fué el más inocente,

el más vulgar, el más necesario á un autor novel: el de presentar á mi

protagonista, á quien puse enmascarado y escribiendo, en una hostería y

en una noche de Carnaval; es decir, en el lugar y el tiempo que creia

peores un colegial que todavía no habia visto el mundo más que por

un agujero; y para calificar á mi personaje, lo más pronto posible,

como temiendo que se me escapara, se me ocurrió aquella hoy famosa

redondilla:

«¡Cuál gritan esos malditos!

pero mal rayo me parta

si en acabando mi carta

no pagan caros sus gritos.»

La verdad sea dicha en paz y en gracia de Dios; pero al escribir esta

cuarteta, más era yo quien la decia que mi personaje D. Juan; porque

yo todavía no sabia qué hacer con él, ni lo qué ni á quién escribia:

así que comencé á hacer hablar á los otros dos personajes que habia

colocado en escena, sólo porque lógicamente lo requeria la situacion:

el dueño de la hostería, y el criado del que en ella habia yo metido á

escribir.

La prueba más palpable de que hablaba yo en ella y no D. Juan, es que

los personajes que en escena esperaban, más á mí que á él, eran Ciutti,

el criado italiano que Jústiz, Allo y yo habíamos tenido en el café

del Turco de Sevilla, y Girólamo Buttarelli, el hostelero que me habia

hospedado el año 42 en la calle del Cármen, cuya casa iban á derribar,

y cuya visita habia yo recibido el dia anterior. Ciutti era un

pillete, muy listo, que todo se lo encontraba hecho, á quien nunca se

encontraba en su sitio al primer llamamiento, y á quien otro camarero

iba inmediatamente á buscar fuera del café á una de dos casas de la

vecindad, en una de las cuales se vendia vino más ó ménos adulterado,

y en otra carne más ó ménos fresca. Ciutti, á quien hizo célebre mi

drama, logró fortuna, segun me han dicho, y se volvió á Italia.

Buttarelli era el más honrado hostelero de la villa del Oso: su padre

Benedetto vino á España en los últimos años del reinado de Cárlos III,

y se estableció en aquella hoy derribada casa de la calle del Cármen,

cuya hostería llevaba el nombre de la Vírgen de esta advocacion,

y en donde yo conocí ya viejo á su hijo Girólamo, el hostelero de

mi _Don Juan_. Era célebre por unas chuletas esparrilladas, las más

grandes, jugosas y baratas que en Madrid se han comido, y tenia

vanidad Buttarelli en la inconcebible prontitud con que las servia.

Tenian las tales chuletas no pocos aficionados; y con ellas y con unos

_tortellini_ napolitanos se sostenia el establecimiento. Viví yo seis

meses alojado en el piso segundo de su hostería, tratado á cuerpo de

rey por un duro diario, y allí tuve por comensales á Nicomedes Pastor

Diaz y á su hermano Felipe, á García Gutierrez, á Eugenio Moreno Lopez

y á otros muchos á quienes gustaban los _tortellini_ y las chuletas de

Buttarelli. Este buen viejo, desanidado de su vieja casa, murió tan

pobre como honrado y desconocido, y de él no queda más que el recuerdo

que yo me complazco en consagrarle en estos mios de aquel tiempo viejo.

Por lo dicho se comprende fácilmente que no podia salir buena una obra

tan mal pensada; pero no quiero decir aquí lo que de ella pienso,

porque tengo determinado decirlo en un libro que se titula _Don Juan

Tenorio ante la conciencia de su autor_, publicado á fines de un mes de

Octubre, para que el público tenga presente mi opinion al asistir en

Noviembre á sus obligadas representaciones; en nuestro país nadie se

acuerda en el mes de Octubre de lo dicho en el mes de Mayo.

Haré sin embargo brevísimas observaciones sobre mis más pasaderos

descuidos, para probar tan sólo la ligereza imprevisora y la falta de

reflexion con que mi obra está escrita.

Pero ántes de todo voy á responder á algunas objeciones á que da lugar

la severidad de mis juicios. No hablo con la crítica racional, sinó con

la malevolencia, la envidia y la necedad, que no dejarán de decir:

1.º Que insulto al público criticando y dando por mediana una obra que

aplaude hace treinta y seis años.--No.

2.º Que soy ingrato y mal español, despreciando la reputacion fabulosa

que por mi _Don Juan_ me ha acordado.--Tampoco.

3.º Que de lo que con mi crítica trato, es de perjudicar á mis editores

y á las empresas, porque no me dan parte de los productos de mis

obras.--Mucho ménos.

A lo primero, respondo que mi _Don Juan_, tal como está, tiene

condiciones para merecer el favor de que goza; pero al cabo de treinta

años es natural que un autor reconozca los defectos de una obra, lo

cual no implica ni sombra de pensamiento injurioso para el público

que la aplaude, reconociendo como él sus defectos: es decir la parte

inteligente del público, porque el vulgo no es nunca juez competente ni

aceptable ni aceptado en materias literarias.

A lo segundo, que el no ser vanidoso, no es ser ingrato, y el

aceptar con modestia lo que me corresponda solamente de gloria por

lo bueno de mi obra, no es despreciar mi popularidad, sinó aceptarla

con justa medida en lo que vale. Y aquí me ocurre una observacion,

y es, que si un vanidoso hubiera en mi lugar escrito mi _Don Juan

Tenorio_ y alcanzado el éxito colosal que yo con el mio, hubiera sido

probablemente necesario echarle de España ó encerrarle en un manicomio;

porque hubiera querido ser ministro de Hacienda, gobernador de Cuba y

tener estátuas en vida.

Y á lo tercero, que en lugar de intentar accion alguna retroactiva

contra mis editores, poseedores legales de la propiedad de mi _Don

Juan_ en época en que aún no existia la ley de propiedad literaria,

en vez de dirigirme contra ellos, al ver que Dios alargaba mi vida más

de lo que yo esperaba, me dirigí francamente al Gobierno, diciéndole:

«Mi _Don Juan_ produce un puñado de miles de duros anuales á sus

editores, y mantengo con él en la primera quincena de Noviembre á todas

las compañías de verso en España; pero como tu ley no tiene efecto

retroactivo, no por el mérito de mi obra, sinó por lo que á los demás

produce, no me dejes morir en el hospital ó en el manicomio.»

El Gobierno, teniendo por razonable mi demanda, me dió pan y con él me

he contentado.

Pero reclamo el derecho de ver y reconocer los defectos de mi obra;

Revilla y otros críticos juiciosos los han indicado ya, con la opinion

de que deben corregirse y de que su autor está, no sólo en el derecho,

sinó en la obligacion de refundirla. Mi obra tiene una excelencia que

la hará durar largo tiempo sobre la escena, un génio tutelar en cuyas

alas se elevará sobre los demás Tenorios; la creacion de mi doña Inés

cristiana: los demás Don Juanes son obras paganas; sus mujeres son

hijas de Vénus y de Baco y hermanas de Priapo; mi doña Inés es la hija

de Eva ántes de salir del Paraíso; las paganas van desnudas, coronadas

de flores y ébrias de lujuria, y mi doña Inés, flor y emblema del

amor casto, viste un hábito y lleva al pecho la cruz de una Orden de

caballería. Quien no tiene carácter, quien tiene defectos enormes,

quien mancha mi obra es D. Juan; quien la sostiene, quien la aquilata,

la ilumina y la da relieve es doña Inés; yo tengo orgullo en ser el

creador de doña Inés y pena por no haber sabido crear á D. Juan. El

pueblo aplaude á éste y le rie sus gracias, como su familia aplaudiria

las de un calavera mal criado; pero aplaude á doña Inés, porque ve

tras ella un destello de la doble luz que Dios ha encendido en el alma

del poeta: la inteligencia y la fé. D. Juan desatina siempre, doña Inés

encauza siempre las escenas que él desborda.

Desde la primera escena, ya no sabe D. Juan lo que se dice; sus

primeras palabras son:

Ciutti... este pliego

irá dentro del orario

en que reza doña Inés

á sus manos á parar.

¡Hombre, no! en el orario en que rezará, cuando usted se lo regale;

pero no en el que no reza aún, porque aún no se lo ha dado Vd. Así

está mi D. Juan en toda la primera parte de mi drama, y son en ella

tan inconcebibles como imperdonables sus equivocaciones hasta en las

horas. El primer acto comienza á las ocho; pasa todo: prenden á D. Juan

y á D. Luis; cuentan cómo se han arreglado para salir de su prision:

preparan don Juan y Ciutti la traicion contra D. Luis, y concluye el

acto segundo diciendo D. Juan:

A las nueve en el convento,

á las diez en esta calle.

Relój en mano, y habia uno en la embocadura del teatro en que se

estrenó, son las nueve y tres cuartos; dando de barato que en el

entreacto haya podido pasar lo que pasa. Estas horas de doscientos

minutos son exclusivamente propias del relój de mi D. Juan. En el

tercer acto se oye el toque de ánimas; yo tengo en mis dramas una

debilidad por el toque de ánimas; olvido siempre que en aquellas épocas

se contaba el tiempo por las horas canónicas; y cuando necesito marcar

la hora en la escena, oigo siempre campanas, pero no sé dónde, y

pregunto qué hora es á las ánimas del purgatorio. La unidad de tiempo

está _maravillosamente_ observada en los cuatro actos de la primera

parte de mi _D. Juan_, y tiene dos circunstancias especialísimas; la

primera es milagrosa, que la accion pasa en mucho ménos tiempo del que

absoluta y materialmente necesita; la segunda, que ni mis personajes ni

el público saben nunca qué hora es.

En el final, D. Juan trae á los talones toda la sociedad representada

en el novio de la mujer por engaño desflorada, en el padre de la hija

robada y en la justicia humana, que corren gritando justicia y venganza

trás el seductor, el robador y el sacrílego: en aquella situacion está

el drama; por el amor de doña Inés, va á matar á su padre y á D. Luis,

y tiene preparada su fuga y el rapto en un buque de que habla Ciutti;

pues bien, en esta situacion altamente dramática, aquel enamorado que

por su pasion ha atropellado y está dispuesto á atropellar cuanto hay

respetable y sagrado en el mundo, cuando él sabe muy bien que no van á

poder permanecer allí cinco minutos, no se le ocurre hablar á su amada

más que de lo bien que se está allí donde se huelen las flores, se oye

la cancion del pescador y los gorjeos de los ruiseñores, en aquellas

décimas tan famosas como fuera de lugar: doña Inés las encarrila

desarrollando á tiempo su amor poético y su bien delineado carácter, en

las redondillas mejores que han salido de mi pluma.

De la desatinada ocurrencia mia de colocar en tan dramática situacion

tan floridas décimas, resulta que no ha habido ni hay actor que haya

acertado ni pueda acertar á decirlas bien. El público, que se las

sabe de memoria, le espera en ellas como el de un circo á un clown que

va á dar el doble salto mortal: si el actor, verdadero y concienzudo

artista, las quiere dar la suavidad, la ternura, la flexibilidad y el

cariño que sus suaves, cariñosas y rebuscadas palabras exigen... ¡ay de

mí! como aquellas décimas no fueron por mí escritas acendrándolas en el

crisol del sentimiento, sinó exhalándolas en un delirio de mi fantasía,

resulta su expresion falsa y descolorida por culpa únicamente mia; que

me entretuve en meter á la paloma y á la gacela, y á las estrellas

y á los azahares en aquel duo de arrullos de tórtolas, en lugar de

probar en unos versos ardientes, vigorosos y apasionados la verdad de

aquel amor profundo, único, que celeste ó satánico, salva ó condena;

obligando á Dios á hacer aquellas famosas maravillas que constituyen la

segunda parte de mi _D. Juan_.

Si el actor, pasando sobre su conciencia y haciendo caso omiso de la

del autor y de su deber de imponerse al vulgo, por dar gusto á éste y

arrancar un aplauso, las declama á gritos y sombrerazos como se hace

hoy por nuestros más roncos y aplaudidos actores... el aplauso estalla,

es verdad; pero ¿á quién pertenece? Al actor, no; porque al exponerse

á arrojar por la boca los pulmones arroja con ellos al sentido comun

por encima de la batería del proscenio, en cambio del aplauso de los

engañados espectadores: al poeta, tampoco; porque aquellas palmadas

resultan poco ménos que bofetadas para él, á quien jamás pudo

ocurrírsele que tuvieran que ahullarse y berrearse unas décimas tan

artificiosas y tan mal traidas, pero forjadas con los más poéticos

pensamientos y expresadas con las más suaves, armónicas y cariñosas

palabras.

¿Qué quiero yo decir con esto? ¿Que los actores no saben representar

mi _D. Juan Tenorio_? No: quiero decir que _en mala situacion no hay

actor bueno_; que obra mia es aquella situacion mala; y que yo, que no

transijo con mi conciencia al juzgar mis obras, no transijo con los

actores que transigen con la suya en las mias.

¿Intento yo, como se ha supuesto, al decir la verdad sobre mi _D.

Juan_, y al hablar con tal ingenuidad de mí mismo, desacreditar mi obra

y conspirar contra su representacion y éxito anuales, por el inútil

y villano placer de perjudicar á mis editores y á los empresarios y

actores, porque la propiedad de mi obra no me pertenece?

Estúpida ó malévola suposicion. _D. Juan Tenorio_, que produce miles

de duros y seis dias de diversion anual en toda España y las Américas

españolas, no me produce á mí un solo real; pero, me produce más que á

ningun actor, empresario, librero ó especulador: porque la aparicion

anual de mi _D. Juan_ sobre la escena, constituye á su autor su fénix

que renace todos los años. _D. Juan_ no me deja ni envejecer ni morir:

_D. Juan_ me centuplica anualmente la popularidad y el cariño que por

él me tiene el pueblo español: por él soy el poeta más conocido hasta

en los pueblos más pequeños de España y por él solo no puedo ya en ella

morir en la miseria ni en el olvido: mi drama _D. Juan Tenorio_ es al

mismo tiempo mi título de nobleza y mi patente de pobre de solemnidad:

cuando ya no pueda absolutamente trabajar y tenga que pedir limosna, mi

_D. Juan_ hará de mí un Belisario de la poesía: y podré sin deshonra

decir á la puerta de los teatros: «dad vuestro óbolo al autor de _D.

Juan Tenorio_,» porque no pasará delante de mí un español que no nos

conozca ó á mí ó á él.

¿Cómo, pues, he de anhelar yo desprestigiar, ni desterrar del teatro

á mi venturoso desvergonzado _Don Juan_, que es el sér de mi sér y la

única esperanza de mi porvenir?

Pero ¿qué intereses ataca, qué amor propio ofende el modesto

conocimiento de sí mismo que el autor del tal _D. Juan_ manifiesta al

juzgar su obra, cuando ha tenido treinta y tres años para estudiarla?

¿cuando, _velis nolis_, le han hecho presenciar ochenta veces su

representacion, durante la cual, á no haber sido de piedra como su

estátua del Comendador, tiene forzosamente que haberla visto y héchose

cargo de cómo pasa lo que en ella sucede?

¿Seria posible, aunque para mí inconcebible seria, que se ofendiera la

crítica de que yo, á mis sesenta y cuatro años, al ajustar cuentas con

mi conciencia, dijera de mi _D. Juan_ lo que ella ó por consideracion

al autor ó por no atreverse á ir contra la corriente de la opinion,

no ha dicho en los mismos treinta y tres años? Es imposible; la

crítica tiene que ser hidalga y leal en España, como lo es su pueblo,

y no puede tornarse nunca en injusta, corrigiendo sólo al autor, no

concediéndole ni permitiéndole nada, ni áun reconocer y corregir sus

defectos, sin corregir el mal gusto, cuando estravía los juicios del

público y el arte de los actores, ocasionando los escesos y faltas de

las empresas: todo lo cual constituye lo que se llama el teatro: que no

es sólo la palabra escrita del poeta.

Dejémoslo aquí. Con todo lo dicho y lo que por decir me queda, no

he pretendido más que alegar el derecho y la obligacion que tengo

de ser modesto confesando mis defectos y errores, para que ni mis

contemporáneos que me aplauden, ni la posteridad si de mí se acuerda,

tengan motivo dado por mí en que apoyarse, para creer que yo vivo

hinchado y esponjado como el pavon y sueño conmigo mismo cuando duermo,

por la vanidad de ser quien soy, y de haber hecho y escrito lo que he

escrito y hecho.

Y si hay alguno que me envidia el ser autor del _Don Juan_, ¡ojalá

pudiera yo traspasárselo para que gozara en mi lugar las consecuencias

de haberlo escrito!

La veracidad de mi opinion sobre esta obra la expresé muy claramente

y de todo corazon en las últimas redondillas de las que leí en un

beneficio que con él me dió Ducazcal en el teatro Español el año

pasado, que inserto aquí para concluir, y por creer que aquí tienen su

legítimo puesto y lugar.

En los años que han corrido

desde que yo le escribí,

miéntras que yo envejecí

mi _Don Juan_ no ha envejecido:

Y fama tal por él gozo

que se cree, á lo que parece,

porque _Don Juan_ no envejece,

que yo he de ser siempre mozo:

Y hoy el bravo Ducazcal

os anuncia en su cartel

que he de hacer aquí un papel,

que tengo que hacer ya mal.

Yo no soy ya lo que fuí:

y viendo cuán poco soy,

dejo á los que más son hoy

pasar delante de mí;

Pues por Dios, que por más brava

que sea mi condicion,

la fiebre rinde al leon,

la gota la piedra cava.

Aún latir mis brios siento:

pero es ya vana porfía,

no puedo ya la voz mia

pedirle otra vez al viento:

Y á quien me lo quiere oir,

digo años há por do quier,

que pierdo el sér de mi sér

y que me siento morir;

Pero nadie me hace caso

por más que hablo á voz en grito,

porque este _Don Juan_ maldito

por do quier me sale al paso;

Y ni me deja vivir

en el rincon de mi hogar,

ni deja un año pasar

sin dar de mí qué decir.

Yo me apoco dia á dia,

y este bocon andaluz,

á quien yo saqué á la luz

sin saber lo que me hacia,

me viste con su oropel

y á luz me saca consigo;

por más que á voces le digo

que ir no puedo á par con él.

Mas tánto favor os debo

por él, que en verdad me obliga

á que algo esta noche os diga

de este insolente mancebo.

Oid... es una leyenda

muy difícil de contar,

porque tiene algo á la par

de ridícula y de horrenda:

una historia íntima mia.

Yo era en España querido

y mimado y aplaudido...

y me huí de España un dia.

Vivia á ciegas y erré:

y una noche andando á oscuras

tropecé en dos sepulturas,

y de Dios desesperé.

Emigré: me dí á la mar;

y esperando en el olvido

una muerte hallar sin ruido,

en América fuí á dar.

No llevando allá negocio

ni esperanza á qué atender,

al tiempo dejé correr

en la oscuridad y el ócio.

Once años anduve allí

vagando por los desiertos,

contándome con los muertos

y sin dar razon de mí.

Los indios semi-salvajes

me veian con asombro

ir con mi arcabuz al hombro

por tan agrestes parajes;

y yo en saber me gozaba

que nadie que me veia

allí, quién era sabia

el que por allí vagaba;

y esperé que de aquel modo

de mí y de mi poesía

como yo se olvidaria

á la fin el mundo todo.

Mi nombre, pues, con intento

de dejar perder, y en suma

sin papel, tinta, ni pluma,

ni libros ya en mi aposento,

bebia en mi soledad

de mis pesares las heces:

mas tenia que ir á veces

del desierto á la ciudad.

Vivo el cuerpo, el alma inerte,

á caballo y solo, iba

como una fantasma viva,

sin buscar ni huir la muerte.

Y hago aquí esta narracion

porque sirva lo que digo

á mis hechos de castigo,

y á modo de confesion.

Sobre mí á un anochecer

un nublado se deshizo,

y entre el agua y el granizo

me dejó una hacienda ver.

Eché á escape y me acogí

de la casa entre la gente,

como franca lo consiente

la hospitalidad allí.

Celebrábase una fiesta:

que en aquel país no hay dia

que en hacienda ó ranchería

no tengan una dispuesta;

y son fiestas extremadas

allí por su mismo exceso,

de las hembras embeleso,

de los hombres emboscadas.

Y á no ser de mi leyenda

por no cortar la ilacion,

hiciera aquí descripcion

de una fiesta en una hacienda,

donde nadie tiene empacho

de usar á gusto de todo;

porque son fiestas á modo

de las bodas de Camacho.

Allí acuden sin convite

buhoneros, comerciantes

y cirqueros ambulantes;

sin que á nadie se le quite

de entrar en corro el derecho,

de gastar de los abastos,

ni de colocar sus trastos

donde quiera que halle trecho.

Jamás se apaga el hogar,

jamás el servicio cesa;

siempre está puesta la mesa

para comer y jugar.

Por salas y corredores

se oye el son á todas horas

de carcajadas sonoras,

de onzas y de tenedores.

Todo es peleas de gallos,

toros, lazos, herraderos,

manganas y coleaderos

y carreras de caballos;

Y al fin de un dia de broma

que nada en Europa iguala,

todo el mundo entra en la sala

y sitio en el baile toma.

Entré é hice lo que todos:

y cuando creí que al sueño

se iban á dar, dí yo al dueño

gracias por sus buenos modos:

mas mi caballo al pedir,

asiéndome por la mano,

me dijo el buen campirano

soltando el trapo á reir:

«¿Y á quién hay que se le antoje

dejar ahora tal jolgorio?

Vamos, venga usté á la troje

y verá el _Don Juan Tenorio_.»

Y á mí que lo habia escrito

en la troje me metia;

y allí al paso me salia

mi audaz andaluz precito.

Mas ¡ay de mí, cuál salió!

Lo hacia un indio Otomí

en jerga que el diablo urdió;

tal fué mi _Don Juan_ allí,

que ni yo le conocí

ni á conocer me dí yo.

Tal es la gloria mortal,

y á quien Dios se la confiere

si librarse de ella quiere

se la torna Dios en mal.

A mí no me la tornó,

porque por mi buena suerte,

del olvido y de la muerte

do quier _Don Juan_ me salvó.

¡Dios no quiso allá de mí!

y de mi patria el olvido

temiendo, como habia ido,

á mi patria me volví.

¡Feliz malogrado afan!

al volver de tierra extraña,

me hallé que habia en España

vivido por mí _Don Juan_.

Comprendí en su plenitud

de Dios la suma clemencia:

_Don Juan_ habia en mi ausencia

borrado mi ingratitud.

Mónstruo sin par de fortuna,

miéntras yo de España huia,

en España me ponia

en los cuernos de la luna.

Y ni fuerza ni razon

han podido derribar

tal ídolo del altar

que le ha alzado la opinion.

Pero hablemos con franqueza

hoy que todo coadyuva

para que aquí se me suba

á mí el humo á la cabeza:

Desvergonzado galan

siempre atropella por todo

y de atajarle no hay modo,

¿qué tiene, pues, mi _Don Juan_?

Del fondo de un monasterio

donde le encontré empolvado,

yo le planté remozado

en mitad de un cementerio:

Y obra de un chico atrevido

que atusaba apenas bozo,

os parece tan buen mozo

porque está tan bien vestido.

Pero sus hechos están

en pugna con la razon:

para tal reputacion

¿qué tiene, pues, mi _Don Juan_?

Un secreto con que gana

la prez entre los don Juanes:

el freno de sus desmanes:

que Doña Inés es cristiana.

Tiene que es de nuestra tierra

el tipo tradicional;

tiene todo el bien y el mal

que el génio español encierra.

Que hijo de la tradicion,

es impío y es creyente,

es baladron y es valiente,

y tiene buen corazon.

Tiene que es diestro y es zurdo,

que no cree en Dios y le invoca,

que lleva el alma en la boca,

y que es lógico y absurdo.

Con defectos tan notorios

vivirá aquí diez mil soles;

pues todos los españoles

nos la echamos de Tenorios.

Y si en el pueblo le hallé

y en español le escribí

y su autor el pueblo fué...

¿Por qué me aplaudís á mí?

Dejémoslo aquí hasta que veamos á mi D. Juan ante la conciencia de su

autor, que tambien veremos á los actores ante mi _Don Juan_.

Recuerdos Del Tiempo Viejo · 第 41 / 64 题