Ganóme esta obrita más favor con el vulgo é hízose pronto más popular
y famosa que cuantas escritas llevaba, por la circunstancia de que,
no necesitándose dama para su representacion, la pusieron en escena
todos los aficionados en liceos, casinos y demás sociedades más ó
ménos literarias que por entónces comenzaron á surgir; y permítame
el lector que con vanidad le recuerde que sé de cierto que miles de
personas, que han sido y son hoy conocidos personajes, han hecho el
papel de alguno de los cuatro de mi _Puñal del godo_: y no há muchas
noches dieron una dedada de miel á mi amor propio mi paisano Nuñez de
Arce, Sellés y otros que valen y son hoy más de lo que yo antaño valia
y era, revelándome alegremente que habian de estudiantes representado
á Theudia y á D. Rodrigo, y el primero añadió que aún sabia de memoria
toda mi rápidamente abortada composicion; lo cual, sea dicho en paz
y en gracia de Dios, me congratula con aquel pequeño aborto de mi
ingenio y casi me enorgullece de haberlo escrito.
Y la ocasion me viene como de molde, para exponer aquí mi opinion sobre
las representaciones de los aficionados, en los más ó ménos caseros
teatros de sociedades más ó ménos públicas ó privadas. Cuando invitado
un conocido autor á la representacion de una de sus obras en uno de
estos teatros, le dicen durante ó despues de ella: _¡Cuánto habrá V.
sufrido viéndose así ejecutado!_ ni los que tal le dicen son justos,
ni él lo fuera pensando tal. Yo por mi parte no sólo asisto sin pena
á estas ejecuciones, sinó que es la sola ocasion en que escucho mis
versos sin hastío. Los aficionados suelen ser muchachos de quienes
aún no se sabe el porvenir, que estudian sus papeles con afan, los
representan con entusiasmo, y se encariñan con el autor; de quien se
acuerdan contínuamente y con quien contraen esa amistad leal, noble
y desinteresada, que se basa en la fruicion espiritual de la lectura
y del estudio de una obra que nos procura aplausos y favor, siquiera
sea de amigos. Tal vez un muchacho á quien el porvenir guarda una
faja de general ó un sillon presidencial de un Parlamento ó en una
Academia, representa delante de la niña que ha de ser su mujer, ó de
la mujer que ha de ser su gloria ó su condenacion. Tal vez alguno,
con la representacion del papel de Theudia ó del conde D. Julian,
ha conseguido el amor de su Florinda, y uno y otro han bendecido y
conservado por ello toda su vida una amistad por él ignorada al viejo
autor del _Puñal del godo_. En estos teatros y en estos actores de
aficion todo es disculpable, en atencion á la buena fé con que todo se
hace: en ellos suelen presentarse individuos que fácilmente llegarian á
buenos actores, si en serlo pusiesen empeño ó de serlo se vieran en la
necesidad. Yo soy tal vez el viejo que tiene más amigos jóvenes: soy el
poeta que goza de más popularidad entre la juventud escolar de España:
y no por mi ciencia, de la cual dan mis escritos bien pobre y escasa
muestra, sinó por las octavas de D. Rodrigo y el diálogo de éste con D.
Julian, de los cuales hay apenas estudiante que no tenga en su memoria
algunos de sus versos ó algunas hojas parásitas de los mios entre las
de sus libros de asignatura.
Los actores de provincia son tambien dignos de la indulgencia de los
autores; porque la variedad diaria que en sus representaciones exige
un público escaso que nunca varía, no les da tiempo de estudiar ni de
ensayar convenientemente las obras; pero basta de esto, que es tratado
aparte de mis recuerdos viejos: ya volveré sobre ello cuando llegue el
turno á mis impresiones del tiempo actual; y tornemos y demos fin á las
de _El puñal del godo_ con una anécdota poco conocida.
Habia en Méjico cuando vivia yo en aquel paraiso, que debió ser para
mí y no quiso Dios que fuera limbo del olvido un Casino español,
pródigamente sostenido, en cuyos salones se daban algunas espléndidas
fiestas; una de ellas, la imprescindible, se verificaba el dia
onomástico de la Reina Isabel, á quien, como á la persona que entónces
representaba la patria, enviábamos un saludo los expatriados de
España. Era yo el encargado de hacer una lectura en aquellas noches,
que concluia siempre con el viva á España, al cual contestaban los
mejicanos y españoles en aquellos salones reunidos.
Un año, queriendo el Casino hacerme un obsequio por lo que parecia
trabajo y era en un español obligacion de buen ciudadano, dispuso que
en una de estas fiestas se representase mi _Puñal del godo_ y se me
ofreciese una corona.
Colocáronme, para honrarme, en un grande y magnífico sillon, en el
cual resaltaba más mi exígua personalidad, á la derecha de la orquesta
y de cara al público: ejecutóse mi pobre drama lo mejor que se pudo
y mejor de lo que se esperaba; diéronme mi corona, aplaudiéronme
mucho, y despues de una exquisita cena aconterada con muchos bríndis,
metiéronme, tras de muchos abrazos y plácemes, en mi coche y... buenas
noches.
Al dia siguiente un periódico mejicano, no muy afecto á los españoles
pero redactado por gente ingeniosísima, daba cuenta de la fiesta,
la representacion, mi coronacion y la cena final en los términos
más halagüeños para la riqueza, la esplendidez y el patriotismo de
los sócios del Casino; pero concluia con este cuentecillo: «Sin que
salgamos garantes de la verdad del hecho, se cuenta que entre el
poeta Zorrilla y un amigo nuestro y suyo, que no habia asistido á la
funcion del Casino y que se acercó á saludarle al bajar aquel del coche
á la puerta de su casa, se cruzó el siguiente diálogo, que resultó
improvisada redondilla:
«El amigo. ¿Qué tal lo hicieron los godos?
El poeta. ¡Hombre!... lo han hecho tan mal,
que buscaba yo el puñal
para matarlos á todos.»
En cuyo cuentecillo quedábamos mal todos los españoles de Méjico: los
del Casino por haber hecho mal mi drama, y yo por hacerlo peor con
ellos en semejante epígrama.
Ni es mio, ni en aquella ocasion pudiera habérseme ocurrido; pero me
le ha recordado la última representacion que he visto en Madrid de mi
pobre _Puñal del godo_.