Sr. Director de _Los Lunes de El Imparcial_:
Mi querido amigo: Siento mucho no poder enviar á V. original de
mis _Recuerdos del tiempo viejo_ para el número de mañana: pero la
primavera que Dios prematuramente nos ha enviado esta semana á los que
en Madrid vivimos, ha hecho fermentar en mi viejo corazon el espíritu
vagabundo y holgazan de todo buen español en la estacion primaveral.
Confieso á V., y sin que tal confesion me pese ó me ruborice, que no he
hecho más en toda la transcurrida semana que pasear al sol mi pellejo,
que con el frio comenzaba ya á apergaminarse, conversar con dos amigos
tan viejos como yo, del tiempo que no volverá, y vagar por las calles
de Madrid como un gorrion nuevo recien escapado del nido, que no piensa
en volver á él miéntras luzca el sol sobre el horizonte.
En esta ociosa vagancia me ha cogido el sábado, mi querido Munilla,
sin haber escrito ni acordarme de escribir una palabra del artículo de
mañana: así que, mi _Puñal del godo_ pendiente se está como quedó en
nuestro número del 1.º de Marzo, y no lo volveré á coger hasta el del
lunes 15: y para bien sea; porque un puñal en manos de un viejo loco,
puede acarrear á cualquiera un susto, si no un disgusto. Yo quisiera
sincerar mi falta dando á V. alguna razon que de ella con V. me
disculpara: pero, la verdad es que no la tengo: si le escribiera á V.
en verso, ya inventaria yo alguna mentira, por excusa; pero escribiendo
en prosa, debo decir la verdad como hombre honrado.
El lunes, satisfecho de haber publicado y cobrado mi artículo, me salí
al sol á expaciar el ánimo y á descansar del trabajo hecho. Los martes
son malos dias para empezar negocio ni labor alguna: el miércoles me
volví á salir al sol para prepararme á oir por la noche en el Ateneo
al Sr. Moreno Nieto; á quien voy yo siempre á escuchar con tanto
asombro como respeto, porque sabe tantas cosas que yo no sé, y las
dice de una manera tan de mi gusto, que le escucho arrobado, y me
pesa siempre de que concluya de exponer aquellos sus tan bien hilados
discursos, tan lógicamente hilvanados en tan primorosas frases. El
jueves continué paseándome al sol, para rumiar lo oido al Sr. Moreno
Nieto; y á las siete y media (costumbre mia de los jueves) me senté á
la mesa de la condesa de Guaquí, quien siendo hija de mi condiscípulo
el duque de Villahermosa, es al mismo tiempo hermana del ángel rubio
encargado por Dios de abrir las puertas de la aurora y de derramar
la luz y la alegría sobre la tierra. Recibe conmigo á su mesa los
jueves esta gentilísima señora al prodigio de memoria, de erudicion
y de precocidad, el jóven Menendez Pelayo, al infatigable Grilo, que
nos recita sus versos, los mios y los de todos los poetas que conoce;
á Pepe Esperanza, quien me hace concebir la de escuchar el celeste
concierto del Paraiso, cuando él pone las manos en el piano, y otros
renombrados ingenios y conocidísimos personajes, de quienes no cito á
V. los nombres, porque no le parezca que trato de darme más importancia
de la escasa que mis versos me han adquirido, más por el ajeno favor
que por su mérito propio. Puede V. comprender que no tendria perdon
de Dios, si empleara los viernes en otra cosa que en saborear los
recuerdos en prosa y verso del salon de aquella condesa Cármen, con la
cual no tienen flor comparable ninguno de los Cármenes escalonados en
el valle de los Avellanos de la morisca Granada.
Del viernes ya pensé emplear la noche en escribir mi artículo; pero
fatalmente para V., los viernes ha dado en reunir en su casa la señora
de Malpica á algunos amigos suyos, entre los cuales me cuenta; y ¡ay,
señor Director de _Los Lunes de El Imparcial_! recibe esta señora con
tal cariño y con tan buen gusto en una tan elegante morada, y van á
casa de esta señora dos niñas morenas, que cantan como dos ángeles,
dos rubias que tocan como dos serafines, y otras dos de tez apiñonada
y cabello castaño que tocan y cantan como dos Santas Cecilias... en
fin, de aquella casa se sale con pesar á las cuatro de la mañana; y el
sábado hay que pasarlo en soñar con aquellas tres parejas de muchachas,
que le dejan á uno en los oidos para veinticuatro horas el eco de todas
las harpas de Sion, y de los gorjeos de todos los ruiseñores de los
bosques de la Alhambra.
La tarde del sábado, cuando ya iba disipándose la especie de embriaguez
en que envuelven el espíritu de los poetas, aunque seamos viejos, el
recuerdo de tánta poesía, tánta música y tántos serafines con forma
humana... ella bajando y yo subiendo, tropecé en la calle de la
Montera con la marquesa de D. H., que es la más mona de todas las
marquesas de los reinos unidos y desunidos de Europa; una malagueña
que tiene una mata de rayos de sol por cabellos, un puñado de azucenas
por cara, dos pedazos de cielo por ojos y dos ramilletes de jazmines
por manos; y que me dió justísimas quejas, y que la dí merecidísimas
satisfacciones, y que me ofreció el perdon suyo y el de su esposo, y
que la prometí enmienda, y que me fuí á mi casa entre la niebla del
crepúsculo, mareado y andando á tientas con el recuerdo de sus palabras
y la imágen de su hermosura.
Envié á mi familia al teatro de Apolo, y dejando el estreno de la
comedia _Angel_ por oir á Blasco, me dirigí al Ateneo.
Pero Blasco es más vagabundo que yo, y á las diez nos dijo el
secretario que Blasco no daba su lectura aquella noche. Un poco
despechado de aquel chasco que con su ausencia me pegaba Blasco, eché
hácia el teatro de Apolo, desesperanzado de acabar la semana tan
poética y armoniosamente como la habia pasado, puesto que daban una
comedia en prosa para mí desconocida: _Lo positivo_.
A más de la mitad iba ya la representacion del acto segundo, cuando
ocupé yo mi butaca de primera fila; ignoraba el argumento y dábame
apenas cuenta de lo que en la escena sucedia, cuando la Hijosa, que en
ella estaba sola, dejó un periódico en que habia leido y tomó una carta
que tenia delante por leer. Desplegó poco á poco el papel de aquella
carta y comenzó su lectura con una indiferencia que cambió en atencion,
y que fué pasando de ésta al interés, y de éste al sentimiento, y luego
á la ternura, y ví con mis gemelos que las lágrimas brotaban de los
ojos de la actriz, y sentí las mias anublarme los cristales á cuyo
través la contemplaba, y oí por fin estallar un aplauso universal, y
solté mis anteojos para aplaudir su final de acto, cuya ejecucion hacia
mucho tiempo que no habia yo visto par.
En el tercero desplegó Pepita Hijosa un lujo de pormenores, un estudio
de detalles tan minucioso, un cuadro tan acabado de cómica coquetería,
manifestó tal seguridad y franqueza, tal posesion de la escena, que
envidié la fortuna del Sr. Tamayo ó Estévanez, ó como quiera llamarse
el académico autor de aquella comedia, en la cual se me revelaban á
un mismo tiempo el más práctico de nuestros autores, y una actriz
incomparable para el estudio de sus papeles.
Puede un gran poeta desarrollar en ricos versos ó en castiza prosa, un
gran pensamiento, y dar cima á una gran creacion; pero el mejor poeta
no puede hacer más que escribir sus palabras; y si el actor no da á
cada una de las de su papel una intencion, una inflexion, un movimiento
y una vitalidad competentes, de la palabra no resulta más que un
sonido sin vibracion, que excita seca, pálida y fria la idea en ella
expresada. En lo que yo ví de _Lo Positivo_, el poeta ha confeccionado
sus palabras y sus escenas como maestro, pero la Hijosa da á su palabra
el movimiento, el relieve y la vida del sentimiento del arte.
Yo no conocia, amigo Munilla, á esta actriz que ha hecho su reputacion
durante mis treinta años de ausencia de España, y como todavía su
acento me resuena dentro del tímpano, su figura y su juego escénico
me bailan aún en las pupilas, y el recuerdo de la actriz me turba la
memoria, no tengo ni tiempo ni ánimo para escribir el artículo de
mañana.
Compóngase Vd., pues, como pueda; que yo voy á probar si durmiendo doce
horas seguidas, puedo desembarazarme de la deliciosa pesadilla que me
producen en vigilia las encantadoras imágenes de las nueve bienhechoras
hadas, con quienes he tenido la fortuna de tropezar en la semana que
acabó ayer. Si Dios me da otras cuatro como ésta, el premio grande de
la lotería en la quinta, y la gloria despues de la muerte... reclame
usted, señor Munilla, reclame usted ante todos tribunales humanos y en
el divino, porque no habrá justicia ni en la tierra ni en el cielo.
Suyo afectísimo...
* * * * *
Los redactores de _El Imparcial_ no quisieron dejar pasar el número
de aquel lunes sin artículo mio, y sustituyéndole con mi anterior
epístola, le completaron con la siguiente nota y los subsiguientes
versos: todo lo cual dejo yo en este lugar interrumpiendo mis recuerdos
como ellos lo intercalaron en los _Lunes_ de su periódico.
* * * * *
Mal satisfechos con esta carta del Sr. Zorrilla, corrimos á su
casa, pero no le hallamos en ella. Registramos osados su pupitre, y
encontrando en él el borrador de las siguientes octavas, las publicamos
á continuacion de su carta, en lugar del artículo que hoy no contaba
darnos.
Dios te ha dado, Valenciana,
la beldad de las huríes;
en tu faz, cuando sonries
se abre el cielo y se ve á Dios;
quien al darte en carne humana
modelada tu hermosura,
dijo: «ahí va esa criatura,
y como esa no hago dos.»
Y eres única por eso:
Yo creí que era mi Rosa
la primera y más hermosa
en el ámbito español;
pero á tí, prez y embeleso,
luz y gloria de Valencia,
te creó la Omnipotencia
sola y sin par, como el sol.
En tus ojos nace el dia,
que ajimeces son del cielo
por los cuales manda al suelo
de Valencia Dios la luz.
Ha supuesto Andalucía
que era Vénus sevillana...
no lo creas, Valenciana;
erró vano el andaluz.
Al matar el cristianismo
á la Vénus de Cithéres,
se asió á tí Cupido, y eres
quien le lleva de sí en pós;
si hizo á aquella el paganismo
de la espuma de los mares,
de capullos de azahares
y de luz te hizo á tí Dios.
Tú eres Vénus, Valenciana;
tu hermosura es más perfecta
que la helénica, romana,
bizantina y oriental:
tú eres la obra más correcta
de las manos de aquel númen
que es la cifra y el resúmen
de lo bello y lo ideal.
Y contigo, almo trasunto
de aquel gérmen de hermosura,
de sin par modeladura
en su inmensa creacion,
no tiene el más leve punto
de adhesion comparativa
criatura alguna viva
en belleza y perfeccion.
No creó naturaleza
ningun tipo de hermosura
que no fuera á tu belleza
algun rasgo á demandar;
te pidió el cisne blancura,
el armiño tu limpieza,
el halcon tu gentileza
y el antílope tu andar.
Tienes ojos de paloma
y hebras de sol por pestañas;
Dios te ha puesto en las entrañas
los efluvios del rosal:
y respiras los aromas
que desprende en las montañas
de sus troncos y sus gomas
el calor primaveral.
Tu cabeza toca airosa
tu abundante cabellera,
como al cedro y la palmera
su ramaje secular:
de las hondas de tus rizos
la espiral es más graciosa
que los arcos movedizos
de las ondas de la mar.
Tu cintura, más esbelta
que los vástagos del mimbre,
hace el paso que se cimbre
de tu andar de garza real;
y tu leve falda suelta
flota en torno de tu talle,
cual la niebla que en el valle
alza el sol matutinal.
Más sutilmente no liba
colibrí de cien colores
en el cáliz de las flores
el rocío que en él ve;
más ingrávida no estriba
la ligera mariposa
en las hojas de una rosa,
que al andar pisa tu pié.
De tus labios la sonrisa
como un alba se desprende
que por la atmósfera extiende
viva luz y áura vital,
y tu aliento es una brisa
que del cielo baja al suelo
por tus labios, que del cielo
son las puertas de coral.
Son más dulces tus palabras
que la miel de las abejas;
el olor que trás tí dejas
aventaja al del clavel:
y tu amor, con el que labras
mi ventura, reasume
la dulzura y el perfume
de la flor y de la miel.
Tú eres Vénus, Valenciana:
tus dos labios carmesíes
al abrir cuando sonries
se abre el cielo y se ve á Dios;
quien al darte en carne humana
modelada tu hermosura,
dijo: «ahí va esa criatura:
mas como esa no haré dos.»