D. Julian. Pues basta;
la cuestion por mi parte ha dado fondo,
engánchase la borla de su capucha en un clavo del banquillo, vuélcase
éste y da fondo Pizarroso, sentándose á plomo sobre el tablado.
Aquí hubiera acabado hoy el drama; pero hé aquí el público y los
actores de aquel tiempo viejo: el público ahogó en un ¡chist!
general la natural hilaridad que iba á romper; Cárlos, en lugar de
decir: «desatento venís donde os alojan,» dijo en voz muy clara y
con un altanero desenfado: «desatentado entrais donde os alojan,» y
aprovechando Pizarroso aquel dudoso instante, incorporóse enderezando
el banquillo, asentóle sobre sus piés con un furioso golpe, y sentóse
tranquilamente, como si lo sucedido estuviera acotado en su papel.
Cárlos, en una posicion de supremo desden y de suprema dignidad, se
quedó contemplándole de través y en silencio, hasta que el público
rompió en un aplauso universal; y continuó la escena en una suprema
lucha de los actores por la honra del autor. La conclusion fué tan
rápida y precisamente ejecutada por el hachazo de Lumbreras, y
aconterada por Cárlos con la octava final con tal sentimiento y brío,
que el aplauso final se prolongó muchos minutos. _El puñal del godo_
obtuvo el éxito que se obligó á darle Cárlos Latorre, si se nos
concedia tiempo para ponerle en escena como él habia concebido que
debia ponerse.
Así se hacian y así se escuchaban las obras dramáticas desde 1832 á
1843.