AQUI REPOSA RODRIGO, ULTIMO REY DE LOS GODOS.

Por donde se entiende que, salido de la batalla, huyó á las partes de

Portugal.»

Al llegar aquí, dije yo: «Basta: un embrion de drama se presenta á

mi imaginacion. ¿Con qué actores y con qué actrices cuento? Necesito

á Cárlos, á Bárbara y á lo ménos dos actores más.» Y miéntras esto

decia, me rodaban por el cerebro las imágenes de Pelayo, don Rodrigo,

Florinda y el conde D. Julian.--Lombía dijo: «Imposible disponer de

Bárbara.»--«Pues Teodora, repuse yo.»--«Tampoco; la cuesta mucho

estudiar, replicó Lombía.»--«Pues Juanita Perez, ni la Boldun, no me

sirven para mi idea, repuse.»--«Pues compóngase usted como pueda,

exclamó por fin Lombía: tiene V. á Cárlos, á Pizarroso y á Lumbreras:

_los tres de V._ Van á levantar el telon y no quiero faltar á mi

salida. ¿En qué quedamos? ¿Es V. hombre de sostener su palabra?»

Picóme el amor propio el tonillo provocativo de Lombía, y sin

reflexionar, tomé mi sombrero y dije saliendo tras él de su cuarto:

«Mañana á estas horas quedan Vds. citados para leer aquí un drama en un

acto.--Buenas noches.

--¿Apostado? me gritó Lombía dirigiéndose á los bastidores.

--Apostado: me darán Vds. de cenar en casa de Próspero; respondí yo

echándome fuera de ellos por la puerta de la plaza del Angel.

Poco trecho mediaba de allí á mi casa, núm. 5 de la de Matute: poco

tiempo tuve para amasar mi plan, pero tampoco tenia minuto que perder.

Me encerré en mi despacho: pedí una taza de café bien fuerte, dí

órden de no interrumpirme hasta que yo llamara, y empecé á escribir

en un cuadernillo de papel la acotacion de mi drama. «Cabaña, noche,

relámpagos y truenos lejanos.--Escena primera.» Yo no sabia á quién

iba á presentar ni lo que iba á pasar en ella: pero puesto que iba

á desarrollarse en una cabaña, debia por álguien estar habitada:

ocurrióme un eremita, á quien bauticé con el nombre de Romano por

no perder tiempo en buscarle otro; y como lo más natural era que

un ermitaño se encomendase á Dios en aquella tormenta que habia yo

desencadenado en torno suyo, mi monje Romano se puso á encomendarse á

Dios, miéntras yo me encomendaba á todas las nueve musas para que me

inspiraran el modo de dar un paso adelante. Pensé que si el monje y yo

no nos encomendábamos bien á nuestros dioses respectivos, corria el

riesgo de meterme, empezando mal, en un pantano de banalidades del que

no pudieran sacarme ni todos los godos que huyeron de Guadalete, ni

todos los moros que á sus márgenes les derrotaron.

Llevaba ya el monje rezando treinta y seis versos, y era preciso que

dijera algo que preparara la aparicion de otro personaje; que era claro

que si andaba por el monte á aquellas horas y con aquel temporal, debia

de poner en cuidado al que abria la escena en la cabaña. Decidíme por

fin á atajar la palabra á mi monje romano y escribí: Escena segunda.

_Sale Theudia_: y salió Theudia; mas como no sabia yo aún quién era

aquel Theudia, le saqué embozado, y me pregunté á mí mismo: ¿Quién

será este Sr. Theudia, á quien tampoco podia tener embozado mucho

tiempo en una capa, que no me dí cuenta de si usaban ó no los godos?

era preciso empero desembozarle, y él se encargó de decirme quién era:

un caballero; por lo cual, y por su nombre, y por su traje, tenia

necesariamente que ser un godo; quien trabándose de palabras con aquel

monje que en la choza estaba, me fué dando con los pormenores que en

ellas daba, la forma del plan que me bullia informe en el cerebro;

de modo que andando entre Theudia, el ermitaño y yo á ciegas y á

tientas con unos cuantos recuerdos históricos y unas cuantas ficciones

legendarias de mi fantasía, cuando al fin de aquella larga escena

segunda escribí yo: Escena tercera. _El ermitaño_, _Theudia_, _Don

Rodrigo_, ya comenzaba á ver un poco más claro en la trama embrollada

de mi improvisado trabajo, y el cielo se me abrió en cuanto me ví con

Cárlos Latorre en las tablas; porque miéntras él estuviera en ellas,

era lo mismo que si en sus cien brazos me tuviera á mí el gigante

Briareo; porque estaba ya acostumbrado á ver á Cárlos sacarme con bien

de los atolladeros en que hasta allí me habia metido, y á él conmigo le

habia arrastrado mi juvenil é inconsiderada osadía.

En cuanto me hallé, pues, con Cárlos, fiado en él, me desembaracé del

monje como mejor me ocurrió, y me engolfé en los endecasílabos: cuando

yo los escribia para Cárlos Latorre en mis dramas, ya no veia yo en

mi escena al personaje que para él creaba, sinó á él que lo habia de

representar, con aquella figura tan gallarda y correctamente delineada,

con aquella accion y aquellos movimientos, y aquella gesticulacion

tan teatrales, tan artísticos, tan plásticos, nunca distraido, jamás

descuidado; dominando la escena, dando movimiento, vida y accion á

los demás actores que le secundaban: así que al entrar yo en los

endecasílabos de la escena cuarta, me despaché á mi gusto haciendo

decir á D. Rodrigo cuanto se me ocurrió, sin curarme del cansancio que

iba á procurar á un actor, que por fuerte que fuese era ya un hombre

de más de sesenta años con un papel que sostenia solo todo mi drama;

mas la inspiracion habia ya desplegado todas sus alas, y no vacilé

en añadirle el fatigosísimo monólogo de la escena V para preparar la

salida del conde D. Julian. Aquí me amaneció: tomé chocolate y leí lo

escrito; parecióme largo y asombréme de tal longitud, pero no habia

tiempo de corregir; presentia que me iba á cansar, y temiendo no

concluir para las siete, acometí la escena del conde con D. Rodrigo,

que me costó más que todo lo llevado á cabo, y me faltó la luz del dia

cuando escribia:

Escucha, pues, ¡oh rey Rodrigo

á cuánto llega mi rencor contigo!

No me habia acostado, no habia comido, no podia más y se acercaba

la hora de la lectura. Me lavé, tomé otra taza de café con leche,

enrollé mi manuscrito y me personé con él en el teatro de la Cruz.

Leyóse; asombréme yo y asombráronse los que me escucharon; abrazóme

Hartzenbusch, y frotábase ya Lombía las manos pensando en que la

funcion de Navidad trabajaria Cárlos, cuando éste dijo con la mayor

tranquilidad: «Señores, yo no tengo conciencia para poner esto en

escena en cuatro dias; esta obra es de la más difícil representacion,

y yo me comprometo á hacer de ella un éxito para la empresa, si se me

da tiempo para ponerla con el esmero que requiere; miéntras que si la

hacemos el 24 vamos de seguro á tirar por la ventana el dinero de la

empresa y la obra es la reputacion del Sr. Zorrilla.

Convinieron todos en la exactitud de lo alegado por Latorre; mascó

Lombía de través el puro que en la boca tenia y... se dejó _El puñal

del godo_ para despues de las fiestas; y tampoco aquel año trabajó en

ellas Cárlos Latorre.

Así se escribió _El puñal del godo_. ¿Cómo lo puso en escena aquel

irreemplazable trágico?

La representacion para el próximo lunes.

Recuerdos Del Tiempo Viejo · 第 26 / 64 题