Continuaba la competencia de los teatros del Príncipe y de la Cruz,
dirigidos por Romea y Lombía, y continuaba yo comprometido á escribir
sólo para el de la Cruz, miéntras en su compañía conservara su
empresario á Cárlos Latorre y á Bárbara Lamadrid; yo era, pues, el
único poeta que no ponia los piés en el saloncito de Julian Romea,
porque yo no he vuelto jamás la cara á lo que una vez he dado la
espalda. No era yo, empero, un enemigo de quien se pudieran temer
traiciones ni bastardías; es decir, guerra baja ni encubierta de
críticas acerbas y de intrigas de bastidores: yo tenia mi entrada en
el Príncipe, á cuyas lunetas iba á aplaudir á Julian y á Matilde, pero
no escribia para ellos; era su amigo personal y su enemigo artístico;
era el aliado leal de Lombía, y le ayudaba á dar sus batallas llevando
á mi lado á Bárbara Lamadrid y á Cárlos Latorre, con cuyos dos atletas
le dí algunas victorias no muy fácilmente conseguidas, algunos puñados
de duros y algunas noches de sueño tranquilo. Pero la lucha era tan
ruda como continuada: duró cinco años. En ellos nos dió Hartzenbusch
su _D. Alfonso el Casto_ y su _Doña Mencía_, una porcion de primorosos
juguetes en prosa y verso, y las dos mágias _La redoma_ y_ Los polvos_:
diónos García Gutierrez el _Simon Bocanegra_, que vale mucho más
de lo en que se le aprecia, y defendió su teatro el mismo Lombía,
metiéndose á autor con el arreglo de _Lo de arriba abajo_, que alcanzó
un éxito fabuloso. Teníamos además unos auxiliares asíduos en Doncel
y Valladares, que escribian á destajo para la actriz más preciosa
y simpática que en muchos años se ha presentado en las tablas: la
Juanita Perez, quien con Guzman en _No más muchachos_ y en _El pilluelo
de París_, habia hecho las delicias del público desde muy niña. La
Juana Perez era de tan pequeña como proporcionada personalidad; con
una cabeza jugosa, rica en cabellos, de contornos purísimos, de
facciones menudas y móviles y ojos vivísimos; su voz y su sonrisa
eran encantadoras, y se sostenia por un prodigio de equilibrio en dos
piés de inconcebible pequeñez, sirviéndose de dos tan flexibles como
diminutas manos. Cantaba muy decorosa y señorilmente unas canciones
picarescas que rebosaban malicia; y vestida de muchacho hacia reir
hasta á los mascarones dorados de la embocadura, y hubiera sido capaz
de hacer condenarse á la más austera comunidad de cartujos.
La Juana Perez, cuya gracia infantil prolongó en ella el juvenil
atractivo hasta la edad madura, no pasó jamás en las tablas de los diez
y siete años; y fué, miéntras las pisó, el encanto y la desesperacion
del sexo feo de aquel tiempo, que la vió pasar ante sus ojos como
la _fée aux miettes_ del cuento de Charles Nodier. Auxiliáronnos
poderosamente el primer año las dos espléndidas figuras de las hermanas
Baus, Teresa y Joaquina; madre esta última de nuestro primer dramático
moderno Tamayo y Baus, y heredera y continuadora de la buena tradicion
del teatro antiguo de Mayquez y Carretero. Pero ni la tenacidad
atrevida de Lombía, ni el talisman de la gracia de la Juana Perez,
ni nuestra avanzada de buenas mozas como las Baus, y la retaguardia
de buenas actrices como la Bárbara, la Teodora y la Sampelayo, nos
bastaban para contrarestar la insolente fortuna de Julian Romea, la
justa y creciente boga de Matilde, que hechizaba á los espectadores,
y la infatigable fecundidad de Ventura de la Vega, que les daba cada
quince dias, convertido en juguete valioso ó en ingeniosísima comedia,
un miserable engendro francés; en cuyo arreglo desperdiciaba cien
veces más talento del que hubiera necesitado para crear diez piezas
originales. Julian y Matilde contaban sus quincenas por triunfos, y
á los de _La rueda de la fortuna_, de Rubí, al _Muérete y verás_ y á
las trescientas obras de Breton, y á _Otra casa con dos puertas_, de
Ventura, no teníamos nosotros que oponer más que las repeticiones del
_D. Alfonso el Casto_, _Simon Bocanegra_ y _D.ª Mencía_, y las mágias
de Hartzenbusch, con los arreglos de dramas de espectáculo que se
elaboraba Lombía, asociado á Tirado y Coll, é impelidos los tres por el
fecundísimo Olona.
Mi _Rey D. Pedro_, mi _Sancho García_, mi _Excomulgado_, mi
_Mejor razon la espada_, mi _Rey loco_ y mi _Alcalde Ronquillo_,
contribuyeron á nuestro sostén, gracias al concienzudo estudio, á
la inusitada perfeccion de detalles y á la perpétua atencion con
que me los representaban Cárlos Latorre y Bárbara Lamadrid; quienes
encariñados con el muchacho desatalentado que para ellos los escribia,
considerándole como á un hijo mal criado á quien se le mima por sus
mismas calaveradas y á quien se adora por las pesadumbres que nos
da, me sufrian mis exigencias, se amoldaban á mis caprichos y se
doblegaban á mi voluntad, de modo, que en la representacion de mis
obras no parecian los mismos que en las de los demás, y los demás se
quejaban de ellos, y con razon; pero no habia culpa en nadie. Cárlos
Latorre habia conocido á mi padre, á quien debió atenciones extrañas
á aquella _ominosa década_; Cárlos Latorre, de estatura y fuerzas
colosales, me sentaba á veces en sus rodillas como á sus propios
hijos, y me preguntaba cómo yo habia imaginado tal ó cual escena que
para él acababa yo de escribir: él me contradecia con su experiencia
y me revelaba los secretos de su personalidad en la escena, y daba
forma práctica y plástica á la informe poesía de mis fantásticas
concepciones: estudiábamos ambos, él en mí y yo en él los papeles, en
los cuales identificábamos los dos distintos talentos, con los cuales
nos habia dotado á ambos la naturaleza, y... no necesito decir más para
que se comprenda cómo hacia Cárlos mis obras, como un padre las de su
hijo; yo era todo para el actor, y el actor era todo para mí.
Con Bárbara Lamadrid, mujer y mujer honestísima é intachable, mi papel
era más difícil, mi amistad y mi intimidad necesitaban otras formas;
pero, actriz adherida á Cárlos, compañera obligada en la escena de
aquella figura colosal, _dama_ imprescindible de aquel _galan_ en mis
dramas, necesitaba el mismo estudio, la misma inoculacion de mis ideas
innovadoras y revolucionarias en el teatro, y yo la trataba como á una
hermana menor, á quien unas veces se la acaricia y otras se la riñe;
yo la decia sin reparo cuanto se me ocurria; la hacia repetir diez
veces una misma cosa, no la dejaba pasar la más mínima negligencia,
la ensayaba sus papeles como á una chiquilla de primer año de
Conservatorio; y á veces se enojaba conmigo como si verdaderamente lo
fuese, hasta llorar como una chiquilla, y á veces me obedecia resignada
como á un loco á quien se obedece por compasion; pero convencida al
fin de mi sinceridad, del respeto que su talento me inspiraba, y de
la seguridad con que contaba yo siempre con ella para el éxito de mis
obras, hacia en ellas lo que en _Sancho García_, lo que es lamentable
que no pueda quedar estereotipado para ser comprendido por los que no
lo ven. ¡Desventura inmensa del actor cuyo trabajo se pierde con el
ruido de su voz y desaparece trás del telon!
En la escena con Hissem y el judío reveló la fascinacion que la
supersticion ejercia en el alma enamorada de la mujer; tradujo tan
vigorosamente el poder de una pasion tardía en una mujer adulta, que
traspasó al público la fascinacion del personaje, suprema prueba del
talento de una actriz. En las escenas sexta y sétima del acto tercero
se hizo escuchar con una atencion que sofocaba al espectador, que
no queria ni respirar. Bárbara tenia mucho miedo al monólogo: en el
segundo entreacto me habia suplicado que se le aligerara, y Cárlos
y yo no habíamos querido: Bárbara acometió su monólogo desesperada,
conducida por delante por el inteligente apuntador, y acosada por su
izquierda por mí que estaba dentro de la embocadura, en el palco bajo
del proscenio. Cárlos y yo la habíamos dicho que si no arrancaba tres
aplausos nutridos en el monólogo, la declararíamos inútil para nuestras
obras; y comenzó con un temblor casi convulsivo, y llegó en el más
profundo silencio hasta el verso vigésimo cuarto; pero en los cuatro
siguientes, al expresar la lucha del amor de madre con el amor de la
mujer, y al decir
«Hijo mio... ¡ay de mí! me acuerdo tarde,»
hizo una transicion tan magistral, bajando una octava entera despues
de un grito desgarrador, que el público estalló en un aplauso que
extremeció el coliseo. Crecióse con él la actriz; entró en la fiebre
de la inspiracion; hizo lo imposible de relatar; y cuando exclamó
concluyendo, con el acento profundo y las cóncavas inflexiones del de
la más criminal desesperacion,
«para uno de los dos guarda esa copa,
de la callada eternidad la llave!»
quedó Bárbara inmóvil, trémula, inconsciente de lo que habia hecho,
ajena y sin corresponder con la más mínima inclinacion de cabeza á
los aplausos frenéticos, que tuvo que interrumpir Cárlos Latorre
presentándose á continuar la representacion, sacando á Bárbara de su
absorcion con el «¡Madre mia!» de su salida.
Así hacian Cárlos y Bárbara _Sancho García_. Aún vive: pregúntenselo
mis lectores á Bárbara, y que diga ella cuántos malos ratos la dí
con el ensayo y cuántas noches insomnes la hice pasar con el estudio
de mis papeles; cuántas lágrimas la hice derramar y cuántas veces la
hice detestar su suerte de actriz; pero que diga tambien si tuvo nunca
amigo más leal ni aplausos y ovaciones como las de mi _Sancho García_.
Hoy siento orgullo con tal recuerdo, y me congratulo de poderla dar
este testimonio de mi gratitud treinta y ocho años despues de aquella
representacion.
Lombía, por su parte, lo inventó y lo intentó todo en aquellos cuatro
años para sostener nuestro teatro de la Cruz enfrente del afortunado
del Príncipe. A su iniciativa se debió que Basili, Salas, Ojeda y
Azcona echaran los fundamentos de la Zarzuela con la escena de _La
pendencia_ y _El sacristan de San Lorenzo_, y otras parodias de
_Norma_, _Lucía_ y _Lucrecia_, en las cuales despuntó Caltañazor, y
concluyó por presentar _La lámpara maravillosa_, baile maravillosamente
decorado por Aranda y Avrial, ejecutado por la familia Bartholomin,
cuya primera pareja, Bartholomin-Montplaisir, fué reforzada con un
cuerpo de baile de andaluzas y aragonesas; de cuyos cuerpos se han
perdido los moldes, y de cuyas modeladuras no quiero acordarme, por
no quitar tres meses de sueño á los que no las vieron con aquellos
vestidos, que no eran más que un pretesto para salir en cueros.
En el verano del 40 ó del 41, ántes de que estas huríes hicieran un
infierno del teatro de la Cruz, reclamó Lombía de mí una comedia de
espectáculo, en ausencia de Cárlos Latorre, que veraneaba por las
provincias. Los actores sérios y jóvenes se habian ido con Cárlos, y el
trabajo cómico de Lombía, no acomodándose con el mio patibulario, no
sabia yo cómo salir de aquel compromiso ineludible, segun mi contrato
con la empresa. Apurábame Lombía, y devanábame yo los sesos trás del
argumento por él pedido, sin que él aflojara un punto en su demanda y
sin que yo me atreviera á decirle que no éramos el uno para el otro.
Acosábale á él tal vez la secreta comezon de abordar el drama en
ausencia de Cárlos, y pesábame á mí tener que escribir para otro que
no fuera aquel único modelo del galan clásico del drama romántico;
costaba mucho á mi lealtad lo que tal vez podia parecer una traicion
á Cárlos Latorre, y ¡Dios me perdone mi mal juicio! pero tengo para mí
que Lombía tenia la mala intencion de hacérmela cometer. Impacientábase
Lombía y desesperábame yo de no dar con un asunto á propósito, lo que
ya le parecia, vista mi anterior fecundidad, no querer escribir para
él, cuando una tarde, obligado á trabajar un caballo que yo tenia
entablado hacia ya muchos dias, salia yo en él por la calle del Baño
para bajar al Prado por la Carrera de San Jerónimo. Era el caballo
regalo de un mi pariente, Protasio Zorrilla, y andaluz, de la ganadería
de Mazpule, negro, de grande alzada, muy ancho de encuentros, muy
engallado y rico de cabos, y llevábale yo con mucho cuidado, miéntras
por el empedrado marchaba, por temor de que se me alborotase. Cabeceaba
y braceaba el animal contentísimo de respirar el aire libre, cuando, al
doblar la esquina, oí exclamar á uno de tres chulos que se pararon á
contemplar mi cabalgadura: «Pues miá tú que es idea dejar á un animal
tan hermoso andar sin ginete.»
La verdad era que siendo yo tan pequeño, no pasaban mis piés del
vientre del caballo; y visto de frente, no se veia mi persona detrás
de su engallada cabeza y de sus ondosas y abundantes crines. Por mas
que fuera poco halagüeña para mi amor propio la chusca observacion de
aquellos manolos, el de montar tan hermosa bestia me hizo dar en la
vanidad de lucirla sobre la escena, y ocurrírseme la idea de escribir
para ello mi comedia _El caballo del rey D. Sancho_. Rumié el asunto
durante mi paseo, registré la historia del Padre Mariana de vuelta á
mi casa, y fuíme á las nueve á proponer á Lombía el argumento de mi
comedia, advirtiéndole que debia de concluir en un torneo, en cuyo
palenque debia él de presentarse armado de punta en blanco, ginete
sobre mi andaluz caparazonado y enfrontalado.
Aceptó la idea de la comedia, plúgole la del torneo final y halagóle
la de ser en él ginete y vencedor. Puse manos á mi obra aquella misma
noche, y díla completa en veinte y dos dias. El señor duque de Osuna,
hermano y antecesor del actual, á quien me presentó y cuya benevolencia
me ganó el conde de las Navas, puso á mi disposicion su armería, de la
cual tomé cuantos arneses y armas necesité para el torneo de mi drama,
cuya última decoracion del palenque trás de la tienda real montó Aranda
con un lujo y una novedad inusitadas.
Pasóse de papeles mi drama; ensayóse cuidadosamente y conforme á un
guion, que los directores de escena hacen hoy muy mal en no hacer, y
llegó el momento de enseñar su papel á mi caballo. Metíle yo mismo una
mañana por la puerta de la plaza del Angel, desde la cual subian los
carros de decoraciones y trastos por una suave y sólida rampa hasta el
escenario: subió tranquilo el animal por aquella, pero al pisar aquél,
comenzó á encapotarse y á bufar receloso, y al dar luz á la batería
del proscenio, no hubo modo de sujetarle y ménos de encubertarle con
el caparazon de acero. Lombía anunció que ni el Sursum-Corda le haria
montar jamás tan rebelde bestia, y estábamos á punto de desistir de la
representacion, cuando el buen doctor Avilés nos ofreció un caballo
isabelino, de tan soberbia estampa como extraordinaria docilidad, que
aguantó la armadura de guerra, la batería de luces y en sus lomos á
Lombía, que no era, sea dicho en paz, un muy gallardo ginete.
La primera representacion de este drama fué tal vez la más perfecta
que tuvo lugar en aquel teatro: Lombía se creció hasta lo increible: é
hizo, como director de escena, el prodigio de presentar trescientos
comparsas tan bien ensayados y unidos, que se hicieron aplaudir en un
palenque de inesperado efecto; y Bárbara Lamadrid, para quien fueron
los honores de la noche, llevó á cabo su papel con una lógica, una
dignidad tales, que al perdonar al pueblo desde la hoguera y á su hijo
en el final, oyó en la sala los más justos y nutridos aplausos que
habian atronado la del teatro de la Cruz.
Pero aquel drama no pudo quedar de repertorio; hubo que devolver las
armaduras al señor duque de Osuna y el caballo al doctor Avilés, y...
ni mereció los honores de la crítica, ni ningun empresario se ha vuelto
á acordar de él, ni yo, que de él me acuerdo en este artículo, recuerdo
ya lo que en él pasa. En cambio, al fin de aquel mismo año se escribió
otro que todo el mundo conoce, que no hay aficionado que no haya hecho
con gusto y aplauso, de cuyo orígen se han propalado las más absurdas
suposiciones, que me ha valido tanta fama como al mismo _D. Juan
Tenorio_, y en cuya representacion no han dado jamás pié con bola más
que los tres actores que, bajo mi direccion, lo estrenaron: Latorre,
Pizarroso y Lumbreras; hablo de _El puñal del godo_, del cual me voy á
ocupar en el siguiente número.