X.

Llegó, en fin, aquel mañana, que en los teatros es siempre noche. El

despacho del de la Cruz estaba cerrado, porque todas sus localidades

estaban ya vendidas. El alumbrante habia ya encendido los quinqués

de los pasillos; los actores pedian ya luz para sus cuartos, y los

comparsas se probaban los arrequives que mejor convenian á sus tan

desconocidas como necesarias personalidades. Los comparsas son en

el teatro y en la política de España lo más arriesgado y difícil de

presentar.

Tenia yo por contrata el derecho de ocupar el palco bajo del proscenio

de la izquierda en todas las funciones, excepto en las de beneficio:

generosidad que hasta entónces no habia costado nada á la empresa,

porque apenas habia tenido diez entradas llenas, fuera de los estrenos:

mi familia entraba en el teatro por la plaza del Angel, y al palco

por el escenario; con cuya costumbre sólo los actores me veian en el

teatro, á donde no iba yo nunca á hacerme ver, sino á estudiar desde el

fondo escondido del palco lo que en escena pasaba, y el trabajo de los

actores para quienes me habia comprometido á escribir. Aquella noche

ocupó mi familia el palco cuando aún estaba á oscuras la sala, dentro

de cuyo escenario por todas partes hacia miedo; yo subí al cuarto de

Cárlos Latorre.

Estaba solo con Agustin, el ayuda de cámara que le vestia, á quien

hallo aún en la portería de un teatro, y á quien doy la mano como si

fuera un antiguo camarada de glorias y fatigas: no há muchas semanas

me hizo venir las lágrimas á los ojos recordando á su amo á quien

adoraba; y eso que dice el refran que «no hay hombre grande para su

ayuda de cámara,» pero este refran es francés, y en España falso por

consiguiente. Cárlos se vestia cabizbajo, y la primera palabra que me

dijo: fué «tengo miedo.»--«Yo le tengo siempre, le contesté; aunque

nunca lo manifiesto.»--«¡Y yo que le esperaba á V. para que me diera

valor!» repuso: á lo cual, cerrando la puerta y mandando al ayuda de

cámara que no dejara entrar á nadie, le dije: «Hablemos cuatro minutos:

y si despues de lo que le diga no se siente V. con más valor que

Paredes en Cerignola, no será por culpa mia.»

Cárlos era un hombron de cerca de seis piés de estatura y podia

tenerme en sus rodillas como á una criatura de seis años. Habia

conocido á mi padre, superintendente general de policía; le habia

debido algunas atenciones en los difíciles tiempos en que mandaba en

Madrid y presidia los teatros; le habia Cárlos prestado armas y trajes

para que yo hiciera comedias en el Seminario de Nobles, y habia yo

empezado á declamar tomando á éste por modelo: pero por una de esas

revoluciones naturales en el progreso del tiempo, habíame éste colocado

en la situacion de tenerle que hacer observaciones y darle consejos;

que, en honor de la verdad, escuchó y siguió con la conviccion de

que eran dados con la más sincera franqueza y la más fraternal buena

fé. Durante dos semanas nos habíamos encerrado en su estudio, él y

yo sólos, y allí me habia hecho leerle y releerle su papel y decirle

sobre su desempeño todo cuanto pudo ocurrírseme. Él, el primer trágico

de España, sin sucesor todavía, la primera reputacion en la escena,

escuchó con atencion mis reflexiones y se convenció por ellas de que

su aversion á los versos octosílabos y al género de nuestro teatro

antiguo era injusta: de que su declamacion de los endecasílabos del

Edipo conservaba aún cierto dejo francés, que sólo le haria perder

la recitacion de los versos de arte menor, y de que las redondillas

de mi rey D. Pedro, escritas por un lector y teniendo los alientos

estudiadamente colocados para que el actor aprovechara sin fatiga los

efectos de sus palabras, le debian de presentar ante el público, bajo

una nueva faz y como un actor nuevo en el teatro Español, sin las

reminiscencias del francés, que era el único defecto que el público

alguna vez le encontraba. Todo esto habia yo dicho á mis veinticuatro

años á aquel coloso de nuestra escena, que iba á presentarse aquella

noche en el papel del rey D. Pedro, transformado en otro actor

diferente del hasta entónces conocido por gracia y poder de un

muchachuelo atrabiliario, que se habia atrevido á decir la verdad á un

hombre de verdadero talento y de verdadera conciencia artística.

Cuando aquel gigante se quedó solo en su cuarto con aquel chico, hé

aquí lo que éste le dijo á aquel:

«Dice el vulgo, mi querido Cárlos, que este teatro es un panteon donde

Lombía ha reunido una coleccion de mómias, que un chico loco está

empeñado en galvanizar. Usted es una de estas supuestas mómias, y yo

el loco galvanizador; pero yo, que le quiero á V. con toda mi alma,

y que espero que su voz de V. llegue con las palabras de mi rey D.

Pedro hasta los oidos de mi padre, emigrado en Burdeos, necesito que

resucite usted, aunque me deje en la oscuridad de la fosa de que usted

se alce. Jugamos esta noche V. y yo el todo por el todo; pero, aunque

se hundan el autor y el drama, es forzoso que el actor se levante;

nuestro público tiene aún en sí el gérmen del entusiasmo revolucionario

de la época, y el personaje que va V. á representar será siempre

popular en España. Vamos á tener además un poderoso auxiliar en Mr. de

Salvandy, el embajador francés, que ha pedido ya sus pasaportes y un

palco para asistir inconsciente á la representacion; «ya verá usted

la que se arma cuando salga Beltran Claquin.»--Cárlos Latorre brincó,

oyendo esto, de la silla en que estaba sentado, y yo seguí diciéndole:

«con que haga usted cuenta que representa V. á Sanson, y asegúrese

bien de las columnas; aunque no le darán á V. tiempo de derribar el

templo.»--Mucho me temo que me le den, me dijo no muy confortado por

mis palabras.--¡Qué diablos! repuse yo, si se le dan á V. sepúltese con

todos los filisteos. Yo me voy á mi palco.--Pero, ¿y la sombra, que

ni siquiera he visto? me dijo viéndome tomar la puerta.--Fíese V. en

Aranda, que tiene ya luz con que producirla, le respondí, escapándome

por el escenario.

Cuando entré en mi proscenio, ya habia empezado la sinfonía y el teatro

estaba lleno. Nunca he tenido más miedo, ni más resolucion de provocar

á la fortuna. A los tres cuartos para las nueve se alzó el telon; el

frio del escenario entró en mi palco, sin que yo le dejara entrar en mi

corazon. Se oyó el primer acto en el más sepulcral silencio; cayó el

telon sin un aplauso, pero yo conocí que la impresion que dejaba no me

era desfavorable.

Cárlos comprendió que necesitaba todo su brío y su talento para

atraerse á un público tan mal prevenido, y al levantarse el telon

para el acto segundo, encabezó su papel con uno de esos pormenores

que sólo saben dar á los suyos los cómicos como Cárlos Latorre. El

rey don Pedro se presenta de incógnito en el primer acto de mi obra:

al presentarse Cárlos en el segundo, presentó la figura del rey como

un modelo de estatuaria; apoyado el brazo izquierdo en el respaldo

de su sillon blasonado de castillos y leones, y el derecho en una

enorme espada de dos manos. Vestia un jubon grana con dos leones y dos

castillos cruzados, bordados en el pecho; un calzon de pié, anteado y

ajustado, sin una arruga, borceguíes grana bordados y con acicates de

oro, y gola y puños de encaje blancos; tocando su cabeza con un ancho

aro de metal, que así podia tomarse por birrete como por corona; de

debajo de la cual, asomando sobre la frente el pelo cortado en redondo

y cayendo por ambos lados las dos guedejas rubias, encuadraban un

rostro copiado del busto del sepulcro del rey D. Pedro en Santo Domingo

el Real. Era Cárlos Latorre un hombre de notables proporciones y

correccion de formas: sus piernas y sus brazos, clásicamente modelados,

daban movimiento á su figura con la regularidad académica de las de

los relieves y modelos de la estatuaria griega: siempre sobre sí, en

reposo y en movimiento, estaba siempre en escena; y ni el aplauso ni

la desaprobacion le hacian jamás salirse del cuadro ni descomponerse

en él. Al empezar el acto segundo, su figura semi-colosal, vestida

de ante y de grana, se destacaba sobre el fondo pardo de un telon

que representaba un muro de vieja fábrica, reposando perfectamente

sobre su centro de gravedad, ligeramente escorzada y en actitud tan

intachable como natural; y así permaneció inmóvil, hasta que el público

aplaudió tan bello recuerdo plástico del rey caballero á quien iba á

representar; y no rompió á hablar hasta que el general aplauso espiró

en el silencio de la atencion: parecia que allí comenzaba el drama. El

gigante habia tenido en cuenta el consejo del muchacho pigmeo, y el

actor habia ganado para sí al público que tan hosco se mostraba con el

autor.

En la escena endecasílaba con Juan Pascual desplegó Cárlos todas sus

poderosas facultades orales y toda la clásica maestría de su dominio

de la escena; la cual estaba estudiada con tan minucioso cuidado, que

tenian marcado su sitio los piés de los comparsas, los de Juan Pascual

y los suyos para la escena penúltima; y al decir al conspirador que si

el cielo se desplomara sobre su cabeza le veria caer sin inclinarla,

rugió como un leon estremeciendo al auditorio; y al barrer, despues de

un gallardísimo molinete de su tremendo mandoble, las once espadas de

los conjurados, al tiempo que el antiguo zapatero Blas abria tras él

la puerta de salvacion, el público entero se levantó en pró del rey

que tan bien se servia de sus armas, y aplaudió entusiasta la promesa

de su vuelta para el acto siguiente. El actor habia ganado la primera

jugada de una partida de tres. El rey habia derrotado el ala derecha

del enemigo: el público no habia visto jamás un combate tan bien

ensayado en los teatros de Madrid, y pedia ¡el autor! que no parecia.

Alzóse el telon sobre Cárlos Latorre; y cuando éste, dirigiendo la

vista á mi palco me dirigia una mirada de indefinible satisfaccion,

esperando que yo saltase á la escena para compartir con él un triunfo

que era solamente suyo, oyó con asombro á Felipe Reyes, _autor de la

compañía_, decir: «Señores, el nombre del autor está en el cartel y el

Sr. Zorrilla en su palco; pero suplica al público que no insista en su

presentacion, porque tiene mucho miedo al tercer acto.»

El público de entónces entraba en el teatro á ver la representacion

y se embebecia con lo que en ella pasaba; entendió que mi miedo era

natural y no insistió en llamar al autor; pero continuó aplaudiendo,

ayudado de _mis amigos_ que me tenian aplazado y me esperaban en el

acto tercero.

Levantóse el telon para éste. Era la primera vez que se veia la escena

sin bastidores: Aranda, malogrado é incomparable escenógrafo, presentó

la terraza de la torre de Montiel dos piés mas alta que el nivel

del escenario; de modo que parecia que los cuatro torreones que la

flanqueaban surgian verdaderamente del foso, y que los personajes se

asomaban á las almenas; desde las cuales se veian en magistralmente

calculada perspectiva las blancas y diminutas tiendas del lejano

campamento del Bastardo, destacándose todo sobre un telon circular

de cielo y veladuras cenicientas, representacion admirable de la

atmósfera nebulosa de una noche de luna de invierno. El pendon morado

de Castilla, clavado en medio de la terraza en un pedestal de piedra,

se mecia por dos hilos imperceptibles, como si el aire lo agitára, y

el aire entraba verdaderamente en la sala por el escenario, desmontado

y abierto hasta la plaza del Angel. La silueta fina de la Teodora,

cuya pequeña y graciosa cabeza, tocada con sus ricas trenzas negras,

se dibujaba sobre el blanquecino celaje, animaba aquel cuadro sombrío,

cuya ilusion era completa. Cárlos y Lumbreras yacian absortos en

profunda meditacion en los dos ángulos del fondo, de espaldas al

público, que aplaudió largo rato, y el pintor continuaba el triunfo

del actor. Teodora dió á sus breves escenas una melancolía tan

poética, Lombía al suyo una resignacion tan adustamente resuelta, y

prepararon tan maestramente la escena fantástica del fatalismo bajo el

cual se iba á presentar el rey D. Pedro, que cuando éste se levantó,

el público estaba profundamente identificado con aquella absurda

y fantástica situacion. Oyóse en silencio todo el acto; colocóse

Lumbreras (Men-Rodriguez de Sanábria) sobre el torreon del fondo de

la izquierda, y salió el rey con la lámpara del judío. Cárlos, al

colocarla sobre el pedestal, me echó una mirada que queria decir: ¡Y la

sombra! Yo permanecí impasible para no turbarle, y empezó su monólogo

con el temblor del miedo que tenia á la sombra, y que hizo, por lo

mismo que era un miedo real, un efecto maravillosamente pavoroso en

los espectadores. _¡Brotó la llama!_ dijo el rey D. Pedro, y apareció

detrás de él, cenicienta, callada é inmoble, la sombra transparente de

D. Enrique sobre el oscuro torreon: asombróse Cárlos de verla tan al

contrario de como la esperaba; identificóse con su papel, creciéndose

hasta la fiebre que se llama inspiracion: y cómo dijo aquel actor

aquellas palabras, cómo soltó aquella carcajada histérica y cómo cayó

riéndose y extremeciendo al público de miedo y de placer, ni yo puedo

decirlo, ni concebirlo nadie que no lo haya visto.

El público y el huracan entraron en el teatro: mis amigos ahullaban

de placer de haber sido vencidos; Aranda y Cárlos Latorre habian

convertido en éxito colosal el atrevido desatino de un muchacho, y la

empresa habia parado con él á la fortuna en el despacho de billetes

de su arrinconado teatro. Cuando Lumbreras anunció _¡el farol!_ y

se apercibió éste del tamaño de una nuez sobre la mirmidónica tienda

de Duglesquin, ya nadie escuchó la salida del rey. Cárlos, rendido y

anheloso, volvió á la escena con Teodora, Noren y Lumbreras á recibir

los aplausos del público, á cuyos gritos de «¡el autor!» volvió á

presentarse Felipe Reyes y á decir medio espantado: que yo tenia más

miedo al cuarto acto que al tercero.

El por entónces teniente coronel Juan Prim, que no me conocia más

que por haberme encontrado várias veces en el tiro de pistola, y que

se habia apercibido del elemento hostil que yo tenia en la sala,

aplaudia de pié en su luneta, dispuesto á sostenerme á todo trance,

comprendiendo todo el riesgo de mi negativa.

Cárlos me envió á decir que «no estirase tanto la cuerda que la

rompiese.» Yo habia ensayado mi obra á conciencia: sabia cómo iban

á hacer la escena de la tienda Cárlos y Mate, y fiaba además en la

presencia del embajador francés en la de D. Pedro con Beltran de

Claquin. Esperé, pues, el acto cuarto sin moverme del fondo de mi

proscenio, y mi cálculo no salió fallido.

La tienda del acto cuarto estaba tan bien preparada por Aranda como la

torre de Montiel: Cárlos dijo sus redondillas á los franceses con un

brío tan despechado, hizo una transicion tan maestra como inesperada en

la que empieza _sí_, _si vosotros, señores_, é hicieron por fin la suya

él y Mate con tal verdad, que sólo pudo serlo más la realidad de la de

Montiel.

Al cerrarse la tienda sobre la lucha de los dos hermanos, el público

quedó en el mas profundo silencio; pero la salida de Mate pálido, sin

casco, desgreñado y saltadas las hebillas de la armadura, arrancó

un aplauso igual al de la presentacion del rey D. Pedro en el acto

segundo. Mate, casi tan alto como Cárlos, pero flaco y herido de la

tísis de que murió, se presentó trémulo del cansancio y del miedo de

la lucha, recordando la siniestra fantasma aparecida en el torreon, y

dió á su papel una poesía y unos tamaños que no habia sabido darle el

autor. Cuando él concluia su parlamento, cubria yo con mi capa y su

manto á Cárlos Latorre; que, tendido en la tienda, esperaba jadeante

de cansancio y de emocion á que el infante mostrase á Blas Perez su

cadáver. Cuando nos presentamos todos al público, me tenia de la mano

como con unas tenazas: y cuando caido el telon por última vez, me cogió

en brazos para besarme, creí que me deshacía al decirme las únicas

y curiosas palabras con que acertó á expresarme su pensamiento, que

fueron: «¡diablo de chiquitin!» y me dejó en tierra.

Así se ensayó y se puso en escena la segunda parte de _El Zapatero

y el Rey_, el año 41 ó 42, no lo recuerdo con exactitud: tal era la

fraternidad que entónces reinaba entre autores y actores; tal era

el cariño y entusiasmo del público por los de entónces, y tan poco

consistentes sus ojerizas y enemistades, que el menor éxito las vencia,

y el soplo vital de la lealtad las disipaba.

Un pormenor digno de no ser olvidado. Llevaba ya _El Zapatero y el Rey_

treinta y tantas representaciones que habian producido sobre veinte mil

duros, estaban ya pagados hasta los espabiladores, y aun no le habia

ocurrido á la empresa que me debia seis meses de sueldo y el precio del

drama con que se habia salvado. Siempre en España ha sido considerado

el trabajo del ingenio como la hacienda del perdido y la túnica de

Cristo, de las cuales todo el mundo tiene derecho á hacer tiras y

capirotes.

Hasta que el viejo juez Valdeosera se presentó una noche á intervenir

la entrada, no cayeron en la cuenta Salas y Lombía de que no podíamos

los poetas vivir del aire, y se apresuraron á darme paga cumplida con

intereses y sincera satisfaccion, y era que realmente, con la más

cándida impremeditacion, se habian olvidado recogiendo los huevos de

oro del que les habia traido la gallina que los ponia.

Recuerdos Del Tiempo Viejo · 第 20 / 64 题