Llegó á mis manos con retraso, porque vivo en el retiro de mi hogar,
por donde acaba de pasar la muerte, el artículo que me dedicó V. en el
número de _El Imparcial_, del lunes 29 de Setiembre; y he andado dos
dias perplejo y caviloso, sin poder hallar cómo darme por entendido de
lo que de mí dice V. en él. Corriendo empero, el tiempo, temiendo por
una parte que mi silencio le parezca descortesía, y no queriendo por
otra dar motivo á que el público crea que, hinchado de vanidad, acepto,
como buena y corriente moneda, todas las extremadas excelencias que á
mis versos atribuye, me resuelvo á dar á V. simplemente las gracias
en cuatro palabras; que cuanto más le parezcan vulgares, más han de
parecerle sinceras.
Yo soy, Sr. Velarde, lo único que he podido ser: lo único que Dios ha
querido que sea: un poeta español, hijo ignorante y desatalentado
de la naturaleza, que ha cantado á su patria, como ha podido; como
los pájaros cantan en la selva, como susurran las abejas al elaborar
sus panales; yo no me he jactado nunca de haber hecho mas, y á mi
presentacion en el Ateneo el año pasado, lo dije en esta quintilla de
mi _Canto del Fénix_:
Lo que hice, lo que dije, todo ese laberinto
de versos que concentran la esencia de mi sér,
de Dios son obra: un estro no pude haber distinto:
yo obré y hablé sintiendo y hablando por instinto:
ni supe hacer más que eso, ni pude más hacer.
Esta mi poesía del _Canto del Fénix_ es una respuesta anticipada que
yo dí á los primores con que V. en su artículo tan cariñosamente me
obsequia; y como sé que V. la sabe de memoria, no necesito añadir una
palabra más; V. que va hoy á la cabeza de aquella á quien yo llamé
estirpe generosa de la progénie nueva,
creyéndome ya en el caso en que yo me ponia en la penúltima estrofa de
mi _Canto del Fénix_, que dice:
Y si las tempestades que el porvenir amasa
en mi país me obligan á mendigar mi pan,
no dejes que en él nadie las puertas de su casa
empedernido cierre, ó esquivo diga--«¡Pasa!»--
al que mató á D. Pedro, al que salvó á D. Juan,
saltó V. el primero á la arena á romper la primera lanza en pró del
viejo, en quien V. ve un gigante á través del prisma del entusiasmo
con que le mira. Gracias, mil gracias, Sr. Velarde: ya sabia yo que la
juventud literaria de la generacion que á la mia sigue, no habia de
abandonar nunca al poeta que no ha inculcado más que amor á la patria,
y respeto á las creencias y á las tradiciones de sus padres.
No puedo, sin embargo, permitir á su entusiasmo juvenil, que atribuya á
la patria el abandono en que deja mi vejez la supresion de un sueldo,
que á cargo de los Lugares Píos Españoles de Roma se me concedió, para
llevar á cabo mi legendario del Cid y de otras obras que me ha oido V.
leer en el salon del Ateneo. No, Sr. Velarde, no: la patria no tiene
nada que ver en esto; y nadie ménos que yo tendria razon para quejarse
de su patria, porque las economías necesarias en el presupuesto del
Ministerio de Estado hayan alcanzado hasta mi ya mermada pension; la
cual, si sola no podria sacar de ningun apuro á la administracion de
los Lugares Píos Españoles de Roma, tal vez unida á las demás economías
hechas en Julio último pueda contribuir á alguna obra perentoriamente
necesaria para el decoro nacional. _Suum cuique_, y dejemos á la patria
en el buen lugar que en este caso la corresponde.
¿Qué es la patria? La tierra; la nacion, el lugar en que se nace. Y
como la nacion la forman los habitantes de la tierra, la patria vive y
se expresa por la vida y las acciones de los ciudadanos de cada nacion.
¿Y cómo ha tratado su patria al poeta Zorrilla? Como no ha tratado
nunca á ningun poeta, incluso al fénix de los ingenios Lope de Vega;
quien tal vez debió parte de la gloria y los obsequios que su época
le tributó á su favor en la corte y al carácter que le imprimia su
dignidad sacerdotal. Yo no pertenezco á ninguna clase de la sociedad,
porque los poetas no estamos clasificados en ninguna categoría social;
no he pertenecido jamás á ningun partido político, á ninguna Academia,
ni á ningun Instituto que haya podido alcanzarme favor con poder
alguno, y por consiguiente, nadie ha tenido interés en aplaudirme ni en
adularme.
Yo me ausenté de mi patria en 1847 por razones que á nadie importan: me
fuí el 55 á América por pesares y desventuras, que nadie sabrá hasta
despues de mi muerte, con la esperanza de que la fiebre amarilla, la
viruela negra ó cualquiera otra enfermedad de cualquier color acabaran
oscuramente conmigo en aquellas remotas regiones. No quiso Dios que
allá muriera. Su proteccion visible me salvó de los naufragios, de las
pestes y de las guerras civiles; y cuando volví en 1866 á mi patria,
¿cómo me recibió España? Como su padre amoroso al hijo pródigo, como su
santa familia á Lázaro el resucitado, como Roma á los triunfadores, á
quienes coronaba en el Capitolio. Barcelona y Tarragona me obsequiaron
con regatas y fiestas de noche y dia; la Universidad de Zaragoza renovó
por mí una solemnidad que sólo habia dedicado á los reyes de Aragon;
Búrgos y Valladolid me alfombraron de flores mi camino, y un altar de
la parroquia en que fuí bautizado está desde entónces cubierto con cien
coronas, para las cuales no concebí mejor depósito. Valencia, despues
de haberse vuelto loca por mí, como una muchacha atolondrada que se
enamora de un viejo, me hizo su hijo adoptivo, y yo la escribiré un
libro con el cual espero probarla mi gratitud. Granada se desbordó en
entusiasmo en honor mio en 1846 á la sola promesa de escribirla mi aún
no concluido poema; y aún se recuerda allí una representacion de _Don
Juan Tenorio_, al fin de la cual el beneficiado Pepe Calvo, padre de
Rafael, la empresa y yo, convidando al público á la mesa á que habia
venido la estátua del Comendador, hicimos al capitan general, al
gobernador de la Alhambra y á las hermosas granadinas comer todos los
dulces y beber todo el Champagne que habia en la ciudad. Amanecia ya,
y ni autoridades ni pueblo se daban cuenta de que nadie estaba en su
juicio ni en su lugar.
Madrid, declarado en estado de sitio, y prohibida en él la reunion
pública de más de cinco personas, reunió cuatro mil, para acompañarme
á mi casa desde la estacion, una mañana de Octubre de 1866. No pasa un
mes de Noviembre en que no haga en mi favor alguna ruidosa demostracion
en alguna representacion de mi _Don Juan_: y el Ateneo, en fin,
tomándome bajo su amparo, ha abierto conmigo á la poesía sus salones,
en los cuales no habian penetrado aún más que las ciencias. En resúmen,
mi patria, representada por la sociedad, no ha podido hacer más en
España por un poeta, á quien indudablemente estima en más de lo que
vale, sólo porque su poesía es la expresion del carácter nacional y de
las pátrias tradiciones.
Cuando en 1859 la muerte le privó en la Habana de un compañero, y
destruyendo su fortuna con la de Cipriano de las Cagigas, el Capitan
general de la Isla, D. José de la Concha, le colmó de atenciones y de
consuelos, y el banquero D. Manuel Calvo le alojó espléndidamente en su
tranquilo y salubre cafetal; procurándole en él la soledad necesaria
para el trabajo, y salvándole la vida y el honor con los cuidados de su
amistad.
El poeta Zorrilla, que es el que más debe á su patria, representada por
la sociedad de su época, es el que ménos puede quejarse de ella, si la
considera representada por su Gobierno.
Cuando en 1871 le pidió su proteccion para emprender su _Leyenda del
Cid_, obra de largo aliento, con la cual queria corresponder á la
excesiva reputacion que por sus poco importantes trabajos se le habia
acordado, el Sr. D. Cristino Martos, Ministro de Estado entónces, le
dió una comision de archivos y bibliotecas en Italia; pretexto tan
visible como honroso para acordarle una pension, que no podia tener
nombre y carácter absoluto de tal, por no haber antecedentes de que
se hubiera pensionado en España á ningun poeta; y acompañada de una
gentilísima carta autógrafa, le envió la credencial de la Gran Cruz de
Cárlos III, que constituia su persona en una alta dignidad, y de cuya
Excelencia nadie se ha acordado nunca; porque á nadie se le ocurre en
España que el poeta Zorrilla sea más ni ménos que el poeta Zorrilla,
cuya larga intimidad con el público autoriza ya á todo el mundo para
tutearle y llamarle Pepe.
Hoy, que las perentorias economías de los Lugares Píos de Roma me
obligaron á pedir amparo al señor Ministro de Fomento, escudándose con
una carta del Capitan general Jovellar, que honra á Zorrilla con su
amistad desde que se conocieron, ¿cómo ha recibido á Zorrilla el Sr.
Conde de Toreno? Hijo de aquel ilustrado repúblico, que fué gloria del
Parlamento y honra de las letras, dió al poeta cuanto tenia facultades
de dar, miéntras discurria medio mejor de asegurar su porvenir; y el
Sr. Cárdenas allanó ante sus pasos todos los difíciles que hay que dar
en las oficinas del Ministerio de Hacienda para el cobro de su interina
subvencion.
Los editores de Barcelona, Montaner y Simon, se apresuraron á ofrecer
los servicios de su amistad; un ilustre prelado partió con él la
limosna de los pobres de su diócesis, y V. mismo, Sr. Velarde, á
la cabeza de la juventud literaria de Madrid, inició _algo_ que le
agradece en el alma y que no olvidará jamás el viejo poeta desheredado.
Empieza V. su artículo por un recuerdo de la tarde del 15 de Febrero
de 1837: un lunes le diré á V. de aquel dia lo que nadie sabe: y entre
tanto, conste que cree que seria un loco y un ingrato si se quejara
ni exigiera más de su patria; pero que no teme que España deje morir
sin pan al viejo matador del rey D. Pedro, al loco salvador de D. Juan
Tenorio, su agradecido autor el poeta,
José ZORRILLA.