Era la tarde del 15 de Febrero de 1837. En el cementerio de la puerta
de Fuencarral, un numeroso concurso se apiñaba en derredor de un jóven
desconocido, delgado, pálido, de larga cabellera y expresivos ojos,
que, acongojado y convulso, leia, ante un féretro adornado con una
corona de laurel, una sentida poesía.
El concurso lo formaba todo el Madrid artístico; el féretro encerraba
el cadáver de Larra; el poeta era Zorrilla.
Aquella tarde fria y nebulosa fué solemne; vió la conjuncion de dos
crepúsculos. Un sol se alzaba en el oriente de la literatura al
hundirse otro sol en el ocaso.
A los desgarradores acentos de «La noche buena del poeta», de Fígaro,
último canto del cisne moribundo, cuyos ecos aún extremecian el aire,
se unieron los acordes del arpa de Zorrilla, primeros cantos de la
alondra al alba.
España, al perder al más grande de sus críticos, encontró al más
popular de sus poetas.
Desde aquel dia, la Fama fatigada va dando á todos los vientos el
nombre del vate inmortal. Desde aquel dia, sus estrofas sublimes
palpitan en todos los labios, y, como la voz divina, despiertan la
inspiracion en el alma de la juventud y la lanzan á la vida del arte.
Poeta formado de las entrañas de su pueblo, sus ideas, sus
sentimientos, aunque universales por lo que tienen de humanos, son ante
todo españoles; tánto que al vibrar su lira nos parece escuchar el
acento de la patria.
Vário y múltiple en sus concepciones y en la manera de expresarlas,
ora arrebatado, elocuente y profundo, ora tierno, sencillo y vulgar,
siempre ameno, siempre inesperado, siempre poeta, pulsa todas las
cuerdas y se reviste como Protéo de todas las formas para llegar á
todos los corazones.
Tiene su poesía algo de la ola que se hace espuma, de la luz que se
quiebra en colores, de la flor que se disuelve en aroma, algo, en fin,
de lo bello, inmaterializándose para confundirse en lo infinito; y es,
que así como la larva ha de trocarse en mariposa para volar, la poesía
ha de espiritualizarse para subir al cielo, que es su patria verdadera.
Hay una poesía que jamás envejece, que no puede morir, que halla eco en
todas las almas y hace latir al unísono todos los corazones; lenguaje
universal que entienden el niño y el viejo, el ignorante y el sabio, y
es la poesía de la naturaleza.
Y la naturaleza es la musa de Zorrilla, le da sus colores, le presta
sus armonías y encarna en sus versos que nos repiten los gemidos del
lago, las endechas del ruiseñor, los extremecimientos del trueno, y
nos pintan la nube que se tornasola, la espuma que bulle y el árbol que
florece.
Zorrilla ha sido anatematizado por los retóricos que jamás han previsto
á los poetas ni los han comprendido, preciándose de las medianías que
siguen sus reglas y odiando al génio que las deshace. Siguió cantando
el poeta y cayeron en el olvido las odas ampulosas, frias y limadas, y
surgió la poesía del sentimiento y se ensancharon los horizontes del
arte.
¡Siempre la misma lucha entre el sabio y el poeta, y siempre el poeta
vencedor!
Las murallas que guardan lo desconocido son de cristal para el génio
que penetra en el fondo de lo insondable. La obra del sabio es
perfectible, la del génio perfecta; aquel aprecia los pormenores, éste
abarca el conjunto; el uno halla, el otro crea; el sabio, para meditar,
se inclina hácia la tierra; el poeta, cuando canta, mira al cielo; y
es que el uno no va más allá de lo humano, y el otro se remonta á lo
divino.
Zorrilla venció. Hoy todos le respetan. Ni la envidia le muerde, pues
ni arrastrándose puede escalar la montaña de laureles que le sirve de
pedestal.
¿Y cómo no respetarle, si las doradas ilusiones, los dulces recuerdos
y los sueños juveniles de nuestras dos últimas generaciones están
iluminados por el fuego de la inspiracion del gran poeta? Sí; sus
versos fueron lo primero que balbucearon despues de las plegarias
maternales; y aquellas impresiones, como el troquel en el metal, han
dejado un sello imborrable en las almas.
Poeta de la tradicion, á su mágico acento, los héroes castellanos se
alzan de sus sepulcros de piedra apercibidos al combate; desfila la
comunidad por el cláustro sombrío de la gótica abadía, salmodiando
sus preces al rayo misterioso de la luna; aparece el castillo feudal
entre los riscos y breñas de la montaña; se coronan de arqueros las
almenas, suspira la hermosa castellana al escuchar la enamorada trova;
baja rechinando el puente levadizo para dar hospitalidad al peregrino,
y el terrible señor de horca y cuchillo apresta su mesnada ó se
lanza venablo en mano, azuzando la jauría por el bosque enmarañado
persiguiendo al colmilludo jabalí. Ahora surgen la tapada, el rodrigon
ceñudo, la dueña mediadora y el doncel galanteador; ahora se acuchillan
en la tortuosa callejuela dos rondadores de una misma dama, á la luz
mortecina de un retablo, ó bien se puebla de cármenes y harenes la vega
granadina, y resuenan en el Generalife los ecos de la zambra, y el
sarraceno corre la pólvora, y, como sol entre nubes, asoma al calado
ajimez la hermosísima sultana exclareciendo el dia con la luz de sus
ojos.
¡Qué poder el del génio! En vano curiosos eruditos é historiadores
concienzudos se afanan en dar á conocer el verdadero carácter de D.
Pedro de Castilla, en probar la muerte del rey D. Sebastian en el
inhospitalario suelo de Africa, y en negar la vida borrascosa de
Mañara, ó sea de D. Juan Tenorio.
¿Quiénes les han de creer? Para el pueblo, para todo el mundo, no hay
más D. Pedro de Castilla que el del _Zapatero y el Rey_, ni otro D.
Sebastian que el de _Traidor, inconfeso y mártir_, y D. Juan Tenorio
fué sevillano y mató al Comendador, y amó á D.ª Inés, y cenó con los
muertos y se fué á la gloria; porque no ha habido, ni hay, ni habrá
jamás verdades más creidas, más amadas y más libres del olvido que las
creaciones del génio.
Las obras de Zorrilla vivirán siempre. El fuego de la inspiracion, que
algunos creen fuego fátuo, es como la lava que se endurece y adquiere
la consistencia del bronce para resistir al tiempo. A más, que la
mano del «Cristo de la Vega», al desclavarse para jurar, decretó la
inmortalidad de nuestro poeta.
¿Cómo premia la patria los merecimientos de su exclarecido hijo?
Hoy que la edad le agobia y el trabajo le fatiga, le ha retirado la
modesta asignacion con que vivia y lo ha abandonado á la miseria, sin
duda para que ciña á un tiempo á sus sienes la corona de laurel de la
poesía y la de espinas del martirio.
José VELARDE.