Durante más de dos siglos, la vigorosísima figura de Lope de Vega quedó
oscurecida y sepultada bajo el alud de flores retóricas que, con piadosa
intención, derramó sobre ella, en su _Fama póstuma_, su discípulo y
amigo el doctor Juan Pérez de Montalván. En vano fué que Lope hubiera
cuajado de íntimos rasgos autobiográficos gran parte de sus obras, hasta
el punto de que muchas de sus poesías no son otra cosa que un comentario
lírico a sucesos de su vida: el amañado y artificioso retrato trazado
por el autor del _Para todos_ en las páginas del libro que queda citado
arriba, en el cual, bajo la exuberancia de apologéticos ornamentos,
trata de encubrirse, y aun desmentirse, lo que no parecía decoroso se
supiera de las flaquezas y pecados del poeta, tuvo que ser
tradicionalmente recibido como vera efigies de Lope de Vega.
En 1839 publicó Fauriel en la _Revue des Deux Mondes_ un estudio en que
se indica el valor autobiográfico de _La Dorotea_; idea que, rechazada
por Damas-Hinard, fué adoptada después por Ticknor en su historia (1849)
y por von Schack en la suya (1854) y desenvuelta por Ernest Lafond en su
_Etude sur la vie et les [oe]uvres de Lope de Vega_ (París, 1857). Con
ello estaba dado el paso capital para llegar al auténtico conocimiento
de la vida de Lope, apreciando rectamente los numerosísimos datos
dejados por aquél, más o menos desfigurados, en muchas de sus obras.
Hacia ese tiempo ya había estado en manos de don Agustín Durán parte de
la valiosísima correspondencia de Lope con el Duque de Sessa, de la cual
había copiado sesenta y dos cartas, que comunicó a von Schack cuando
éste trabajaba en su _Historia de la literatura y el arte dramático en
España_. Pero hasta que, en 1863, fueron encontrados en el archivo del
Conde de Altamira tres tomos de la dicha correspondencia, tan donosa
como poco edificante, _Cartas y billetes de Belardo a Lucilo_, y,
estudiados por don Cayetano Alberto de la Barrera, surgió de ellos el
picaresco y apasionado episodio de los amores sacrílegos de Lope con
doña Marta de Nevares (con lo cual fué dado apreciar el fundamento
autobiográfico puesto por el poeta a su égloga _Amarilis_), casi puede
decirse que no comenzó a ser conocida la verdadera personalidad de Lope.
Sin embargo, no fué la Barrera quien dió noticia al público de aquella
larga novela de la vejez del poeta: su _Nueva biografía_, compuesta con
gran sagacidad y diligencia, y a la cual aún es forzoso acudir hoy al
estudiar muchas cuestiones (por ejemplo, los ataques literarios a Lope
del maestro Torres Rámila), a pesar de haber avanzado tanto desde 1864
el conocimiento de las sergas lopescas, permaneció inédita en la
biblioteca de la Real Academia Española hasta 1890, cuando don Marcelino
Menéndez y Pelayo la puso al frente de la edición académica de las obras
de Lope de Vega, llenando con ella el tomo I. Entre tanto, don Francisco
Asenjo Barbieri había publicado en 1876, aprovechando las mismas fuentes
que aquel erudito y hasta su manuscrito, su libro _Ultimos amores de
Lope de Vega_, en el cual adelanta sobre la Barrera el descubrir noticia
del rapto de Antonia Clara, la hija de Lope y Amarilis, por un galán de
la Corte (hecho que hasta ahora no ha sido comprobado documentalmente)
en la égloga _Filis_, último poema que antes de morir preparó Lope para
la imprenta.
Otra de las grandes etapas en el conocimiento de la vida del poeta es
señalada en 1901 con la publicación del _Proceso de Lope de Vega por
libelos contra unos cómicos_ por los señores Tomillo y Pérez Pastor, el
benemérito investigador de la vida de Cervantes. De este modo quedó
reafirmado el valor autobiográfico de _La Dorotea_, aclarado el episodio
de los amores con Elena Osorio y buen número de otros lances de esta
oscura y compleja existencia.
Diligentes investigaciones de los señores Rodríguez Marín, Cotarelo,
Rennert, Castro, han ilustrado después los amores con Micaela de Luján y
otros sucesos de la vida de Lope, hasta el punto de que ya hoy tenemos
derecho a decir que, por lo menos en sus rasgos fundamentales, la
singularísima figura de Lope, libre de las vendas y bálsamos con que la
amortajó Montalván, se alza llena de vida ante nuestros ojos. El libro
del señor Rennert _The Life of Lope de Vega_ (Glasgow, 1904), completado
y renovado en gran parte por don Américo Castro (_Vida de Lope de Vega_,
Madrid, 1919), es por hoy la obra que más completa y perfectamente puede
llevarnos a conocer el espíritu de Lope y los novelescos sucesos de su
vida. La noticia biográfica que nos ha parecido indispensable estampar
aquí está principalmente basada en este libro.
* * * * *
Lope Félix de Vega Carpio nació el 25 de noviembre de 1562, en Madrid,
en la Puerta de Guadalajara (parte de la calle Mayor comprendida entre
la Cava de San Miguel y la calle de Milaneses) y fué bautizado el 6 del
siguiente diciembre en la hoy desaparecida parroquia de San Miguel de
los Octoes.
Fueron sus padres Félix de Vega y Francisca Fernández Flores o del
Carpio (que de ambos modos es designada en los documentos publicados por
el señor Pérez Pastor en el _Proceso_). Eran éstos naturales del valle
de Carriedo, en la Montaña, y habían fijado su residencia en Madrid el
mismo año del nacimiento de Lope. El padre, que consagró a la caridad
gran parte de las horas de su ejemplar existencia, tanto que sus
virtudes fueron celebradas por Herrera Maldonado en su _Vida de don
Bernardino de Obregón_, fué bordador de oficio y murió en 1578. De la
madre, para quien no tiene Lope en sus obras ningún recuerdo de filial
amor, sólo sabemos que fué enterrada en 22 de septiembre de 1589. ¡Dios
sabe lo que habrá sufrido la pobre mujer en sus últimos años con las
lozanías y desórdenes de su turbulento hijo!
Montalván se detiene a describir las portentosas dotes que revelaba Lope
en su niñez; refiere cómo leía en romance y latín a los cinco años, y,
antes de saber manejar la pluma, repartía su almuerzo con los compañeros
mayores para que le escribieran los versos que él improvisaba. "Pasó
después a los estudios de la Compañía--sigue diciendo su
apologista--(Lope declara en el _Proceso_ que había estudiado en el más
modesto colegio de los Teatinos), donde, en dos años, se hizo dueño de
la Gramática y la Retórica, y antes de cumplir los doce tenía todas las
gracias que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar,
cantar y traer bien la espada..." El mismo Montalván refiere una
travesura de la mocedad del poeta, que pone bien de manifiesto la
inquietud fundamental de su carácter. Muerto su padre, es decir, hacia
los diez y seis años, huyó Lope de Madrid en compañía de un amigo,
llegando hasta Astorga en su escapatoria.
No es fácil tarea la de establecer en orden cronológico los sucesos de
la primera juventud de Lope: tal contradicción hay entre las
afirmaciones de _La Dorotea_ y lo que resulta de otras fuentes. Consta
que sirvió a don Jerónimo Manrique de Lara, obispo de Cartagena, "a
quien agradó sumamente con unas églogas que escribió en su nombre y con
la comedia _La Pastoral de Jacinto_, que fué la primera que hizo de tres
jornadas", dice Montalván, sin que podamos saber en qué tiempo entró
Lope a prestar esos servicios ni cuánto duraron. Antes, aún siendo niño,
había ya traducido en verso el poema de Claudiano _De raptu
Proserpinae_, y quizás escrito obras dramáticas en cuatro actos, según
indica en el _Arte nuevo de hacer comedias_; pero la que llegó a
nosotros atribuída a esa primera edad, _Los Hechos de Garcilaso_, no
puede haberla compuesto antes de los diez y seis o diez y ocho años.
Consta también que estudió en Alcalá, ignorándose en qué años, ya que no
ha sido dado hasta hoy descubrir su nombre en aquellos registros
universitarios. "Según todas las probabilidades--dice la versión
española de la _Vida_ del señor Rennert--, Lope se matriculó en la
Universidad cuando tenía alrededor de quince años, es decir, en 1577, y
estuvo allá cuatro años, saliendo en 1581-82." Sabemos igualmente que
participó en la jornada de las Islas Terceras contra los portugueses,
campaña que tuvo menos de dos meses de duración, desde el 23 de junio
de 1583, en que zarpó de Lisboa la armada de don Alvaro de Bazán, hasta
el 15 de setiembre, en que regresó a Cádiz.
Poco después ya era Lope poeta conocido; colabora en el _Jardín
espiritual_ de fray Pedro de Padilla (1584) y en el _Cancionero_ de
López Maldonado (1586, pero con licencia de 1584), y es celebrado por
Cervantes en el _Canto de Calíope_ de _La Galatea_ (1585) en los
siguientes términos:
"Muestra en un ingenio la experiencia
que en años verdes y en edad temprana
hace habitación así la ciencia,
como en la edad madura, antigua y cana:
no entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, Lope de Vega."
Antes de este tiempo debieron comenzar los amores con Filis, la gran
pasión de la primera juventud de Lope, inmortalizada en tan bellos
romances y en las escenas de _La Dorotea_, llenas de agudeza y donosura,
sin que sea posible determinar exactamente el año de su principio, si
bien parece razonable opinión la expuesta por Ormsby (en un estudio
sobre Lope de Vega publicado en la _Quarterly Review_ (1894), citado en
el libro de Rennert y Castro) de que, ya que repetidamente se afirma en
_La Dorotea_ que estas relaciones duraron cinco años, éstos debieron ser
los comprendidos entre la expedición de las Terceras y la de la
Invencible contra Inglaterra. Cierto que en _La Dorotea_ se dice también
que don Fernando (Lope) tenía diez y siete años al ser solicitado por
Dorotea; pero bien probado está que Lope de Vega tenía la coquetería de
disminuir la cifra de sus años, como acaso la de aumentar la de sus
comedias. No fué el de Filis el primer afecto de Lope de Vega (en _La
Dorotea_ se nos habla de una Marfisa, pariente suya, "primer sujeto de
mi amor en la primavera de mis años", a quien aún no ha sido posible
identificar documentalmente), pero sí el primero que dejó honda huella
en la producción literaria del poeta. Filis, Elena Osorio, era la hija
del representante Jerónimo Velázquez, y estaba casada desde 1576 con un
tal Cristóbal Calderón, también comediante. Repentina pasión brotó entre
ella y el gran enamorado y gran poeta. "No sé qué estrella propicia a
los amantes reinaba entonces--léese en _La Dorotea_--, que apenas nos
vimos y hablamos cuando quedamos rendidos el uno al otro." En prosa y
verso ha alabado repetidamente Lope los encantos, físicos y
espirituales, de su amada, creando de ella una imagen, según
atinadamente se hace observar en el libro de los señores Rennert y
Castro, que "más bien que en damas de la España tradicional, hace pensar
en un tipo de gentil cortesana, surgido al contacto de la Italia
renacentista". La figura que traza Lope de la Amarilis de sus postreros
amores guarda estrecha relación con la de esta heroína de la novela de
sus años mozos. Elena parece haberse interesado mucho por el
perfeccionamiento del saber de su genial enamorado e influído en él para
que visitara cátedras de disciplinas diversas: en más de un sentido debe
ser considerada como galana maestra del poeta.
De todo tiene menos de edificante lo que de estos amores descubre _La
Dorotea_ y comprueba el _Proceso_. La familia parece haber consentido
las relaciones mientras Lope compusiera comedias para la compañía de
Jerónimo Velázquez y no estorbara que Elena tuviera amantes de más alto
copete y mejor nutrida bolsa, como el indiano don Bela de _La Dorotea_,
en la realidad don Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela.
Por muy diversas fases atraviesan los amores: en un principio, Filis
quiere guardar fidelidad al poeta; pero éste no puede subvenir al
sostenimiento de su amada, la que por él se empobrece, por lo cual su
madre la vitupera y maltrata y, por último, la entrega a un amante de
mayores posibles. Lope, según _La Dorotea_, huye a Sevilla y Cádiz lleno
de dolor; pero, vuelto a Madrid, se presta a ser favorecido en secreto,
consintiendo el oficial señorío de don Bela.
No era posible que durara mucho tal situación: desengañado de Elena,
enamorado de doña Isabel de Urbina (la dulce Belisa de los romances),
Lope se venga de su antigua amada dejando de dar comedias a su padre y
haciendo circular por Madrid dos poesías, un poema en latín macarrónico
la una y la otra un romance castellano, en que se escarnece y vilipendia
a Elena Osorio y su familia. Abrese proceso, Lope es detenido y llevado
a la cárcel el 29 de diciembre de 1587, y, después de oídos testigos,
sentenciado "en cuatro años de destierro de esta Corte y cinco leguas
(no le quebrante, so pena de serle doblado), y en dos años de destierro
del reino, y no le quebrante, so pena de muerte". Después, ante nueva
denuncia de los Velázquez, que dicen que desde la cárcel sigue Lope
haciendo contra ellos versos de infamia, los alcaldes, el 7 de febrero
de 1588, acuerdan lo siguiente: "Confirman la sentencia de vista en
grado de revista con que los cuatro años de destierro de esta Corte y
cinco leguas sean ocho demás de los dos del reino y los salga a cumplir
desde la cárcel los ocho de la Corte y cinco leguas, y los del reino
dentro de quince días; no los quebrante, so pena de muerte los del
reino, y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, con
costas."
Estamos en el momento más dramático que nos es conocido de la vida de
Lope: los lances se precipitan uno tras otro como en la más accidentada
de sus comedias. Sale de la cárcel para cumplir su destierro fuera del
reino de Castilla el 8 de febrero de 1588; acabamos de ver las penas
severísimas en que incurría caso de volver a la Corte, y, sin embargo,
en el _Inventario general de las causas criminales que se hallan en el
archivo de la sala de alcaldes de la casa y corte de S. M._, encontró
Pérez Pastor la noticia siguiente: "Lope de Vega, Ana de Atienza y Juan
Chaves, alguacil, por el rapto de doña Isabel de Alderete."
Desgraciadamente ha desaparecido este proceso. Pérez Pastor prueba
cumplidamente la identidad de esta doña Isabel de Alderete con doña
Isabel de Urbina y Cortinas, primera esposa de Lope de Vega.
Probablemente habrá comprendido el poeta, al salir de la cárcel, que la
importante familia de Belisa (su padre había sido regidor de Madrid y
rey de armas de Felipe II y Felipe III), con la cual Lope estaría en
relaciones desde algún tiempo antes como se desprende de algunos de los
romances, no consentiría el matrimonio de ésta con un condenado por la
justicia, y habrá convencido a su amada, siempre dulce y sumisa, de que
se dejara raptar e hiciera así preciso el casamiento. En un principio la
familia denuncia a Lope, quien ya hemos visto los peligros que corría
con ello; pero después debe haber mediado perdón, ya que, en vez de
seguir adelante la causa, el inmediato 10 de mayo se casa por poder el
desterrado Lope con la dicha doña Isabel de Alderete.
Pero Lope no va pacíficamente a cumplir su destierro, gozando del
tranquilo y legítimo amor de su Belisa: el 29 del mismo mes de mayo se
alista en Lisboa como voluntario en la Invencible, probablemente
"arrastrado por el soplo heroico que inflamó en aquella ocasión a todos
los pechos jóvenes", como indican los señores Rennert y Castro. No habrá
existido otro más apto para sentir tales fiebres patrióticas que el de
este gran vate hispano, en quien el orgullo nacional se presenta en
formas casi delirantes. A bordo del galeón _San Juan_ dice Lope que
compuso su poema _La Hermosura de Angélica_. En diciembre del propio
año regresan a España los restos de la Armada. Lope desembarca en Cádiz,
viene a Toledo, y, reunido con su esposa, habrá marchado a Valencia a
principios de 1589.
La razón de haber escogido Lope esta rica ciudad como lugar donde
cumplir su destierro fuera del reino de Castilla debe haber sido el gran
florecimiento que habían alcanzado allí las letras. Allí habrá conocido
a los poetas dramáticos Tárrega, Boyl y Aguilar; habrá dado comedias al
naciente teatro valenciano y contribuído a la publicación de las
primeras colecciones de romances, base del futuro _Romancero general_,
la primera de las cuales, según Wolf, debió salir en Valencia "poco
después de 1588" y en la cual se encuentran varios romances que
pertenecen a Lope, indudablemente. Su vida en Valencia parece haber sido
todo lo tranquila y feliz que era posible, dado su arrebatado
temperamento. Teniendo que sostener su hogar de hombre casado, habrá
comenzado allí a escribir comedias para ganar el pan de su familia, no
"por su entretenimiento, como otros muchos caballeros de esta Corte",
según se alababa de hacerlo en el _Proceso_; y, en efecto, sabemos que
de Valencia enviaba obras dramáticas a directores de compañías
teatrales. De lo que dice Cervantes en el prólogo de sus comedias, y de
otros datos, parece deducirse que ya en este momento era Lope el autor
más popular de la escena española. Sin embargo, que se sepa, no han
llegado a nosotros sus comedias de esta primera época.
En 1590, cumplida la parte de destierro fuera del reino, viene Lope a
Toledo, y, como secretario, entra al servicio del joven duque de Alba
don Antonio, cargo que desempeñó durante cinco años, residiendo en Alba
de Tormes buena parte de este tiempo. Aunque siguen siendo perdidas para
nosotros la mayor parte de sus comedias, poseemos algunas, hasta una de
ellas en su autógrafo, de las que sabemos indubitadamente que
corresponden a este período. También entonces escribió Lope la novela
pastoril _La Arcadia_, primera de sus obras extensas que había de ser
impresa, en la que, bajo figura de pastores, introduce a su protector y
a sus amigos.
A principios de 1595--si hemos de prestar fe a la profecía del astrólogo
César en _La Dorotea_, que coincide con lo que resulta de otros
datos--debe haber fallecido doña Isabel en Alba de Tormes, dejando a
Lope padre de dos niñas que no tardaron en seguir la suerte de su pobre
madre.
Muerta su esposa, trasladóse Lope a la Corte, donde su antiguo
perseguidor Jerónimo Velázquez pide a la justicia le sea levantado lo
que le falta por cumplir de la condena de destierro; acaso esperando,
según han maliciado eruditos modernos, que el fecundo y ya famoso poeta
se casaría ahora con Elena, ya también viuda por aquellos tiempos.
Poco después deja Lope el servicio de la casa de Alba, y por algún
tiempo es secretario del Marqués de Malpica. En 1598 lo encontramos
desempeñando cargo análogo cerca del Marqués de Sarria, futuro Conde de
Lemos, el gran protector de Cervantes y tantos otros ingenios.
El 25 de abril de este mismo año de 1598 casóse Lope en Madrid con doña
Juana de Guardo. Su padre, Antonio de Guardo, era rico carnicero que
abastecía de víveres los mercados de la Corte, circunstancia que sirvió
de base para que se mofaran de Lope sus enemigos, con el terrible
Góngora a su cabeza. Doña Juana llevó en dote al matrimonio más de
veintidós mil reales. Por lo que conocemos del carácter de esta señora,
parece haber sido mujer vulgar y bondadosa, que sufrió con paciencia la
cruz que le imponía la desgobernada conducta de su esposo. Que se sepa,
jamás fué cantada en los versos de éste: tiene todas las trazas de un
enlace de conveniencia este matrimonio.
En este año de 1598 publicó Lope sus primeros libros: la citada novela
pastoril _La Arcadia_ y el poema épico _La Dragontea_ consagrado a las
temidas hazañas del marino inglés el Drake. A principios de 1599, _El
Isidro_, poema en quintillas, en que se narra la vida del que había de
ser Santo Patrón de Madrid.
En abril de 1599 encontramos a Lope de Vega en Valencia acompañando al
Marqués de Sarria, quien se había trasladado allí, lo mismo que toda la
corte, con el rey Felipe III y su hermana la infanta Isabel Clara
Eugenia, para esperar a sus respectivos cónyuges la archiduquesa
Margarita de Austria y el archiduque Alberto. Celebráronse en Valencia
las velaciones--pues ya los desposorios se habían hecho por poderes en
Ferrara--, y con tan grato motivo representóse el auto alegórico de Lope
_Las Bodas del alma con el amor divino_. El señor Mérimée, en sus
_Spectacles et comediens à Valencia_, menciona otras fiestas celebradas
en esta ocasión, en las que Lope tomó parte principal. El mismo año
imprimióse en Valencia el poema de Lope titulado _Fiestas de Denia_,
que describe el festival ofrecido por el Duque de Lerma al Rey y a la
Infanta.
Lope debió estar ya de regreso en Madrid en julio siguiente, ya que en
26 de ese mes es bautizada en San Ginés una hija suya y de doña Juana,
Jacinta, que habrá muerto niña, pues nada más volvemos a saber de ella.
Dejó el servicio del Marqués de Sarria en 1600. Ya entonces habría
escrito Lope más de un centenar de comedias e impuesto forma y dirección
definitivas al drama español.
En época imprecisa, por este tiempo, entró Lope en íntimas relaciones
con la que había de ser madre de sus hijos Marcela y Lope Félix, la
Camila Lucinda, tan celebrada en innumerables versos. Lucinda, por su
verdadero nombre Micaela de Luján, parece haber sido una cómica de
secundaria categoría--aunque debe haberse retirado definitivamente de
las tablas desde que comenzó su trato con Lope--, mujer del
representante Diego Díaz, quien, desde 1596, residía en el Perú, donde
falleció a mediados de 1603. Durante largos años estuvo Lope enlazado
con ella por un afecto tranquilo y pacífico, como conyugal, bien
diferente de sus otras tormentosas pasiones. Es esta una época de
grandes viajes para nuestro poeta, pues suele tener establecidos sus
dos hogares en poblaciones distintas. Su mujer, con quien oficialmente
vivía, residió en Madrid hasta 1604 y en Toledo de 1604 a 1610. La
"serrana hermosa", Lucinda, quizás vivió primero en Toledo, luego en
Sevilla (donde pasó largo tiempo Lope entre 1602 y 1604), después otra
vez en Toledo, sitio del nacimiento de Marcela (1605), y, por último, en
Madrid, cuando dió a luz a Lope Félix (1607).
Al señor Rodríguez Marín corresponde el honor de haber descubierto una
firma de Lope, en un documento notarial de Sevilla, en que el poeta
antepuso a su nombre la inicial de Micaela. ("Porque es uso en corte
usado | Cuando la carta se firma, | Poner antes de la firma | La letra
del nombre amado", dice el propio Lope en _El Dómine Lucas_.) Don
Américo Castro, que ha buscado después esas iniciales antepuestas en las
firmas de los autógrafos de las comedias de Lope y en otros escritos y
ha estudiado las alusiones a estos amores en comedias y poemas (_Revista
de Filología Española_, 1918), piensa que la pasión de Lope por Lucinda
habrá comenzado en 1599, según la alusión de las _Fiestas de Denia_,
hecha observar ya por la Barrera, y desde 1602 a 1604 habrá alcanzado su
mayor intensidad, cuando el poeta, hasta en documentos públicos, osa
poner ante su firma la letra de Micaela. De 1608 es el último autógrafo
de comedias en cuya firma encuentra el señor Castro la inicial de la
serrana, y en comedias posteriores a esta época tampoco descubre ya las
alusiones a Lucinda, tan abundantes en las de los años anteriores. De un
pasaje de la _Jerusalem_ parece desprenderse que Lope tuvo cinco hijos
en Micaela, sólo dos de los cuales, Marcelica y Lopillo, alcanzaron la
edad adulta.
Nada más sabemos de Camila Lucinda; "aparece con silueta poco precisa en
las obras de Lope", se dice en la biografía de los señores Rennert y
Castro. Sin embargo, muchos de sus más excelsos pasajes líricos están
inspirados en la hermosura de Lucinda, en sus ojos azules (bellas armas
de amor, estrellas puras) y en la voz clara y regalado tono con que
habla. (¡Triste del que escucha!) A diferencia de Dorotea y Amarilis,
debía ser mujer de escasa cultura (consta que ni escribir sabía) y sin
aficiones intelectuales. Lope no alaba en ella más que perfecciones
naturales y espontáneas.
En 1602 publica Lope en Madrid _La Hermosura de Angélica_, poema en que
aspira a rivalizar con el Ariosto y que, por lo menos en parte, tenía
escrito desde tiempos de la expedición a Inglaterra. Sigue en el libro
una colección de doscientos sonetos, _Rimas_, en que están muchos de los
de Lucinda, y al final reimprime _La Dragontea_. En 1604 estampa en
Sevilla una nueva edición de las _Rimas_ y la novela _El Peregrino en su
patria_, a cuyo fin inserta una lista de las comedias que tenía escritas
hasta entonces: doscientos treinta títulos.
En el verano y otoño de 1604 reside con su mujer en Toledo, según una
importante carta autógrafa que publicó en parte von Schack y más
completa la Barrera, y los manuscritos de dos comedias, fechados en
aquella ciudad. Por éste tiempo ya empieza Lope a quejarse de los
editores que imprimen mutiladas y variadas sus comedias y le atribuyen
obras ajenas. A principios de este año habrá salido la _Primera parte_
de comedias de Lope de Vega recopiladas por Bernardo Grassa. La primera
edición es de Valencia.
Como "poeta toledano" es encargado Lope, en mayo de 1605, por el
Ayuntamiento de la Imperial Ciudad, de dirigir la justa poética
celebrada con ocasión del nacimiento del Príncipe de Asturias, después
Felipe IV. En aquel mismo verano comenzó la íntima amistad de Lope con
don Luis Fernández de Córdoba Cardona y Aragón, sexto duque de Sessa,
relación que había de durar lo que la vida del poeta, por la cual ganó
inmortalidad aquel prócer.
Por este tiempo tenía Lope establecidas en Toledo sus dos familias. En 8
de mayo de 1605, como de padres desconocidos, fué bautizada allí
Marcela, la hija de Lucinda. En 28 de marzo del año siguiente, su hijo
legítimo Carlos Félix. A 7 de febrero de 1607, ya en Madrid (Lope
alquiló en octubre de este año una casa en la calle del Fúcar, quizás
para Micaela), bautizóse Lope Félix, último fruto del amor de la
serrana, y Lope lo declaró hijo suyo en la partida bautismal.
En 1608 apareció la _Jerusalem conquistada_, epopeya trágica en que Lope
aspira a igualar al Tasso, como antes al Ariosto con la _Angélica_. Va
dedicada al rey Felipe III. Aún hay aquí alusiones a Lucinda, pero ya
frías y sin pasión, como de una cosa que se extingue y perece. Al año
siguiente se publicó la _Segunda parte_ de las comedias (en Madrid, por
Alonso Martín), y en nueva edición de las _Rimas_ de este año incluyó
Lope el _Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo_, defensa de las
irregularidades de sus obras teatrales, escrita amena y
humorísticamente, obra importante para el estudio de las teorías
dramáticas de su autor.
En setiembre de 1610 adquirió Lope la casa de la calle de Francos (hoy
Cervantes), número 15, que había de habitar hasta su muerte, y
establecióse en ella con su familia legal. Nueve mil reales fué el
precio de la casa, que no carecía de comodidades ni de un bello jardín,
reposo y contento del poeta. Así se lo describe a Francisco Rioja en una
epístola:
"Que mi jardín, más breve que cometa,
tiene sólo dos árboles, diez flores,
dos parras, un naranjo, una mosqueta."
Desarrolláronse en Lope, para que nada en él faltara, instintos de
existencia burguesa al sentirse propietario, y en su nueva casa vivió en
paz y calma con su mujer y su muy amado hijo Carlos, durante un período
no muy largo, que había de ser cerrado por la muerte. En una bella
_Epístola al doctor Matías de Porras_, publicada después en _La Circe_,
pintó bellamente Lope la felicidad de su vida doméstica. De tales
sentimientos está impregnado el libro _Los Pastores de Belén_, especie
de _Arcadia_ a lo divino, que publicó a principios de 1612, tiernamente
dirigido a su hijo Carlos. Acentuándose sus místicos sentimientos,
imprimió el mismo año, en Valladolid, los _Cuatro solilóquios... llanto
y lágrimas que hizo arrodillado delante de un Crucifijo, pidiendo a
Dios perdón de sus pecados, después de haber recibido el hábito de la
Tercera Orden de Penitencia del seráfico Francisco_; es un patético
librillo de arrepentimiento que debe ser anotado como precedente de la
inesperada transformación que veremos operarse en la vida de Lope antes
de mucho tiempo. Desde 1610 pertenecía a la Cofradía del Caballero de
Gracia y a la del Oratorio de la calle del Olivar.
En 1612 salió a luz la que se contó como _Tercera parte_ de las comedias
de Lope (Sebastián Cormella, Barcelona), aunque sólo tres son de este
ingenio, de las doce que contiene el volumen.
La felicidad doméstica, tan tardíamente apreciada por el poeta, no debía
durar: en el verano u otoño de 1612 murió el niño Carlos Félix,
inspirando este doloroso suceso al atribulado padre una bellísima
poesía, que se encuentra entre las _Rimas sacras_, y un año después, en
agosto de 1613, falleció doña Juana, enferma desde mucho tiempo antes, a
poco de dar a luz a Feliciana, única hija legítima que había de
sobrevivir a su padre.
Pero cinco semanas después de esta muerte ya tenemos a Lope figurando en
la comitiva de un viaje de Felipe III y la corte a Segovia, Burgos y
Lerma y tratando de festejos y galanteos.
Sin embargo, a principios de 1614 determinóse Lope a recibir órdenes
sagradas. En los versos a la poetisa peruana Amarilis dice así:
"Dejé las galas que seglar vestía;
ordenéme, Amarilis; que importaba
el ordenarme a la desorden mía."
Pronto sabremos lo que había de durar aquel orden en Lope. Trasládase a
Toledo, en marzo de aquel año, y, por su correspondencia con el Duque,
podemos seguir los preliminares, no sobrado místicos, de su dedicación
eclesiástica. Residió en casa de la cómica Jerónima de Burgos, madrina
de Lope Félix, para la cual había escrito _La Dama boba_. Ya antes había
vivido con ella en Segovia, en el viaje a que acabamos de referirnos.
Siguió frecuentando el mundo de la comedia y participaba en los
galanteos que rodeaban a Jerónima. No obstante, ordenóse de Epístola en
marzo, de Evangelio en abril y regresó a Madrid en junio, ya sacerdote.
Dada la emoción e intensidad de sus obras religiosas, no tememos el
menor motivo para dudar de la sinceridad del movimiento que llevó a Lope
al sacerdocio, aunque su inquieto espíritu no le haya permitido
perseverar por mucho tiempo en aquella estrecha vía, como no perseveró
en cosa alguna que no fuera abandonarse a la torrencial espontaneidad de
su temperamento.
En este año de 1614 publicó Gaspar de Porres, amigo íntimo del poeta, la
_Cuarta parte_ de sus comedias, dedicada al duque de Sessa.
Por cartas de este mismo verano vemos que Lope venía sirviendo de
secretario al de Sessa en sus múltiples y adulterinos amores. El
confesor del nuevo sacerdote le prohibía ocuparse en tan poco edificante
menester, y en las cartas se refleja la angustia de Lope al tener que
dejar de servir a su protector, aunque no fuera más que en tales
asuntos, por la escrupulosidad de conducta moral que le imponía su nuevo
estado.
Aquel otoño--1614--publicó sus _Rimas sacras_, dedicadas a su confesor.
Hubo entonces un certamen literario para celebrar la beatificación de
Santa Teresa, y Lope figuró en el jurado calificador, recitando el
panegírico con que se inauguró el concurso.
En octubre de 1615 trasladóse la corte a Burgos, donde se celebraron,
por poder, los matrimonios de la infanta doña Ana de Austria, hija de
Felipe III, con Luis XIII de Francia, y el de Isabel de Borbón, hermana
del Rey de Francia, con el Príncipe de Asturias. El Duque de Lerma fué
enviado por el Rey para que acompañara a doña Ana hasta el Bidasoa y
trajese desde allí a doña Isabel. El Duque de Sessa fué con el de Lerma
y llevó consigo a Lope de Vega.
De este año es la que se cuenta por _Parte quinta_ de las comedias de
Lope (_Flor de comedias de España de diferentes autores_, recopiladas
por Francisco de Avila, 1615, Alcalá), si bien sólo una hay en el libro
que sea de nuestro autor. También entonces apareció la _Parte sexta_, en
Madrid, por la viuda de Alonso Martín.
Pero en la vida del poeta sacerdote iban a presentarse ahora nuevos
sucesos escandalosos, que habrán hecho murmurar largamente a los
maldicientes de la Corte y que dieron pábulo a los ataques de los
enemigos de Lope, de los cuales es de recordar una emponzoñada décima de
Góngora, publicada por la Barrera. Anúnciase este nuevo período por un
inesperado viaje de Lope a Valencia a fines de junio de 1616, a pretexto
de asuntos de su hijo el fraile descalzo. (Esta es la única noticia que
se tiene de él. Acaso sería fruto de algunos pasajeros amoríos del poeta
mientras residió en Valencia con su primera esposa.) Mas parece probado
que el objeto del viaje fué esperar a la compañía de Sánchez, que
regresaba de Nápoles con el Conde de Lemos. En esta compañía figuraba
la cómica a quien Lope llama "la loca" en sus cartas, Lucía de Salcedo
por su verdadero nombre. Durante su estancia en Valencia estuvo Lope
enfermo de mucha gravedad. Mas este oscuro y breve episodio ("veinte
días hablé con la loca") no es más que tanteo y anuncio de la gran
pasión que va a llenar la vejez del poeta. Agotado el fuego de la
exaltación mística que lo había llevado al sacerdocio, vuelve a
imponerse su temperamento erótico. Versos y mujeres, ahora como antes,
llenan la vida del poeta.
A fines de 1616 estaba Lope en las relaciones más íntimas con doña Marta
de Nevares Santoyo, mujer de Roque Hernández de Ayala, hombre de
negocios. La égloga _Amarilis_ (Madrid, 1633) es la obra en que nos ha
dejado Lope la visión literaria de aquella pasión de la edad madura.
Amarilis, bautizada también literariamente por Lope con el nombre de
Marcia Leonarda, era natural de Madrid y debía tener unos veintiséis
años cuando Lope la conoció en un jardín con ocasión de una fiesta
literaria. Es de advertir que doña Marta, semejante en esto a Elena
Osorio, debe haber sido persona de cierta distinción y con gustos
literarios y artísticos. Tenía una hermana poetisa. En agosto de 1617
nace Antonia Clara, bautizada como hija de Roque Hernández, prenda de
estos amores de los ya avanzados años del poeta, consuelo y tormento de
su edad postrera. Después doña Marta, guiada por Lope, intenta
divorciarse de su marido, y aunque no lo logra, el matrimonio debió
vivir últimamente en casa separada, hasta que la muerte, llevándose en
1618 ó 1619 al Roque Hernández, tan odiado por Lope, estableció la
separación definitiva. Poco después del fallecimiento del marido,
escribe Lope la dedicatoria a Marcia Leonarda de _La Viuda valenciana_
(Parte XIV, 1620), página en que llega a lo más extremado el cinismo del
poeta al mostrar al público las intimidades de su pecaminosa existencia.
Del año 1617 son las _Partes séptima y octava_, impresas en Madrid a
costa de Miguel de Siles por la viuda de Alonso Martín. Ambas van
dedicadas al Duque de Sessa. En este propio año apareció también la
_Parte novena_, primera que figura como publicada por el mismo Lope y en
cuyo prólogo rechaza por ilegítimas todas las _Partes_ anteriores. No
tenía completa razón para ello: muchas de estas _Partes_ habían sido
editadas por personas de su intimidad y es de suponer que con anuencia
del autor. Sólo las llamadas _Partes tercera y quinta_ deben haber
salido al público con perfecta ignorancia de Lope; el cual, por lo
demás, tenía sobrado motivo para quejarse de la negligencia con que
daban a la imprenta los editores los libros de comedias, confundiendo
muchas veces el nombre del autor y siguiendo manuscritos viciadísimos.
Es de observar que Lope, que tan grande interés demostró siempre por la
impresión de sus libros, descuidó hasta este año el ocuparse de las
ediciones de sus comedias. Verdad que, en muchos casos, no era posible
que hubieran sido publicadas por él en forma más pura que por sus
anteriores editores--a menos de haberlas en gran parte rehecho--, pues
no siempre poseería sus propios manuscritos, que, vendidos a los
directores de las compañías, habrían ido a parar Dios sabe dónde, sino
que tendría que valerse de copias y de copias de copias en las que el
texto estaría mutilado y viciado hasta por las propias necesidades de la
representación escénica.
De 1618 es el _Triunfo de la fee en los reynos del Japón_, opúsculo
histórico, hecho de encargo, en que se relata el suplicio de los
primeros mártires en las tierras del Extremo Oriente. El propio año
salieron dos nuevas _Partes_ de comedias: la _X_ y la _XI_. (Ambas en
Madrid. A costa de Miguel de Siles la primera y de Alonso Pérez la
otra.) En la sexta edición del _Peregrino_, publicada este año,
reproduce Lope la lista de comedias de la edición de 1604 y añade a ella
ciento catorce títulos nuevos, deduciendo diez y seis repetidos.
La _Docena parte_ de comedias es publicada en 1619. (En Madrid, por la
viuda de Alonso Martín, a costa de Alonso Pérez.) Sigue adelante Lope
trabajando en la edición de sus obras teatrales, y en 1620 publica la
_Trecena parte_ (Madrid, viuda de Alonso Martín. A costa de Alonso
Pérez) y la _Catorce_ (Madrid, por Juan de la Cuesta. A costa de Miguel
de Siles).
El 19 de mayo de 1620, para celebrar la beatificación de San Isidro,
hubo una famosa justa poética en la iglesia parroquial de San Andrés, de
la cual fué director Lope de Vega. Poetas de los principales de España
se disputaron los premios. Lope leyó el certamen ante un inmenso
concurso, en que se amontonaban representantes de todas las clases
sociales, alcanzando un gran éxito, que acrecentó, si era posible, su
fama. Esta fué una de las grandes ocasiones en que Lope saboreó plena y
directamente el gusto embriagador de la gloria. Al certamen concurrió
Lope de Vega el mozo, el hijo de Lucinda, inquieto joven que daba
grandes disgustos a su padre, y por primera vez aparece el seudónimo de
"el maestro Burguillos" como firma de unos versos de burlas con que Lope
salpimentó la gravedad del certamen. Acaso--han creído algunos--este
Burguillos sería un loco popular y famoso por aquella época.
El mismo año, Marcela, el otro fruto de los amores con Micaela, tomó el
velo en las Trinitarias descalzas, profesando en febrero de 1621.
La propia fecha de 1621 se muestra en la portada de _La Filomena_, poema
dividido en dos partes, en cuya primera contesta Lope a los ataques que
le había dirigido Torres Rámila en 1617 con su _Spongia_, y que hasta
ahora no habían sido recogidos directamente por el poeta, sino sólo
devueltos por medio de sus amigos. En la segunda parte refiere Lope su
vida--lo que quería que se supiese de su vida--y traza uno de los
principales documentos en que se apoya su biografía. En este mismo año
aparecen las _Partes XV_, _XVI_ y _XVII_ de comedias (Madrid, viuda de
Alonso Martín, Alonso Pérez las dos primeras y V. de Alonso Martín,
Miguel de Siles, la última).
Madrid celebró la canonización de San Isidro en 1622. Para estas
fiestas, a petición del Ayuntamiento, escribió Lope dos comedias que se
representaron ante Felipe IV en la plaza de Palacio; y el propio Lope
fué encargado de presidir el certamen poético, según se había hecho dos
años antes cuando la beatificación, logrando al hacerlo un éxito no
menor que el alcanzado entonces. Aquí apareció nuevamente el Maestro
Burguillos, y hasta a su hija Antonia de Nevares, de edad de cinco años,
hízola aparecer Lope como concurriendo a disputar los premios de la
justa.
Las _Partes XVIII_ y _XIX_ (Madrid, por Juan González, a costa de Alonso
Pérez) son de 1623. Por este tiempo ya doña Marta de Nevares debe haber
contraído la enfermedad a la vista, de que le resultó una ceguera
incurable. En época incierta, pero más tardía--según la égloga
_Amarilis_--, perdió la razón, volviendo a recobrarla antes de su
muerte.
En 1624 aparece _La Circe_, obra poética en que Lope narra el conocido
episodio de la _Odisea_, seguido de otros varios poemas y tres novelas
cortas dedicadas a la señora Marcia Leonarda. Entre los poemas hay
algunas epístolas de gran interés biográfico.
La _Parte XX_ de las comedias, última publicada en vida del autor, que
después, no se sabe por qué causa, abandonó el trabajo, salió en Madrid
a principios de 1625 (por Juan González, a costa de Alonso Pérez). En
junio de este año, Lope, "ferviente creyente, aunque gran pecador",
según exacta frase del señor Menéndez y Pelayo, ingresó en la
Congregación de San Pedro, de sacerdotes naturales de Madrid, aún hoy
existente.
En otoño del mismo año publicó los _Triunfos divinos_, a imitación de
los _Trionfi_ del Petrarca. Va dedicado el libro al Conde Duque de
Olivares, en el deseo de congraciarse el favor de la Corte, cosa que
nunca alcanzó Lope. En vano fué que ciñera las sienes de un rey poeta la
corona de España. Lope de Vega, máximo poeta entonces viviente de la
lengua española, no gozó nunca de la protección cortesana; su nombradía
era principalmente popular: otros eran los ingenios que vivían y
medraban en los salones de Palacio. En setiembre de 1627 apareció la
_Corona trágica_, poema inspirado en la historia de María Estuardo. La
obra va dedicada a la Santidad del Papa Urbano VIII, el cual
correspondió concediendo al poeta el título de doctor en Teología en el
Collegium Sapientiae y la cruz de la Orden de San Juan, con lo cual Lope
pudo poner el "frey" delante de su nombre.
Al cabo de tantas y tan gloriosas obras escritas con ejemplar actividad
en su ya dilatada existencia, el poeta se hallaba en la pobreza, según
nos lo muestran las constantes peticiones al Duque de Sessa que
encontramos en sus cartas. (Volumen del Marqués de Pidal que ha sido
publicado en las adiciones a la _Nueva Biografía_ en la edición
académica.) No era figura retórica lo dicho en la dedicatoria del
_Verdadero amante_ de que sólo tenía "pobre casa, igual cama y mesa y un
huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos".
Cierto que había ganado mucho; pero su mano era aún más rápida para
gastar que para escribir.
En la segunda mitad de 1629 terminó Lope su _Laurel de Apolo_, poema en
que va juzgando y alabando las obras de buen número de poetas
contemporáneos. Fué publicado en 1630. Tras _El Laurel_ viene en el
mismo volumen _La Selva sin amor_, égloga que fué cantada ante el Rey y
la Corte, puesta la escena con gran magnificencia y aparato.
Otra obra de Lope figuró también entonces en una función palatina: la
comedia _La Noche de San Juan_, representada en la fiesta que en tal
noche del año 1631 dió el Conde Duque en los jardines del Conde de
Monterrey en el Prado, en honor de los Reyes. Por este tiempo, antes de
1632, escribió Lope la _Egloga a Claudio_ (mejor sería epístola), obra
llena del más vivo interés por los datos autobiográficos que atesora.
Aquí es donde Lope se alaba de haber escrito "mil y quinientas fábulas",
"más de ciento en horas veinticuatro"; aquí donde se vanagloria de ser
fundador del teatro y donde dice que repartidos los pliegos de su labor
entre los días de su vida, sale a cinco pliegos su labor diaria. La
_Egloga_ quedó inédita hasta después de la muerte del poeta.
En abril de este año, en la calle de Francos, probablemente en casa del
poeta, falleció doña Marta de Nevares. Lope la lloró en la ya citada
égloga _Amarilis_, que vió la luz al año siguiente.
Antes de ello, en 1632, publicó _La Dorotea_, "acción en prosa" dividida
en cinco actos, en que Lope, como hemos dicho, conmemora muchos
recuerdos de sus relaciones con Elena Osorio. Esta obra lozanísima,
verdadera joya de la novela dialogada española, habrá sido escrita en
parte en la juventud del autor, pero muy añadida y retocada en su vejez.
En diciembre de 1633 casóse Feliciana, la hija de Lope y de su esposa
doña Juana Guardo, con Luis de Usategui, empleado público, probablemente
pagado con no muy brillantes haberes.
Durante todos estos años, como Lope había interrumpido la publicación de
las _Partes_ de sus comedias, vinieron apareciendo algunas colecciones
"extravagantes" de las mismas.
El último libro que vió la luz en vida del poeta fué el de las _Rimas
humanas y divinas_ publicado con el seudónimo de Tomé de Burguillos,
aquel personaje cómico que había inventado Lope para figurar en las
justas poéticas de la beatificación y canonización de San Isidro.
Apareció en Madrid en 1634. En este libro está incluída la famosa
epopeya burlesca _La Gatomaquia_.
Dos disgustos, al decir de Montalván, oscurecieron los últimos meses de
la vida del genial poeta. Uno parece haber sido la muerte de su inquieto
hijo Lope Félix, que se había hecho militar, sirvió en los tercios de la
Marina y peleó bizarramente en varios encuentros. Pereció en un
naufragio yendo en una expedición para pescar perlas en la isla
Margarita. Su padre conmemoró su muerte en la égloga pescatoria
_Felicio_, y no debía saber su fallecimiento al tiempo de publicar las
_Rimas_ de Burguillos, ya que en la dedicatoria de _La Gatomaquia_ a su
hijo nada habla de su fallecimiento.
El otro disgusto debe haber sido el rapto de su hija Antonia Clara,
entonces de diez y siete años y que debía ser muy donosa, tanto, que
había representado comedias caseras ante el Duque de Sessa y otros
amigos de su padre (conocemos la loa escrita por Lope para una de estas
fiestas). No se sabe quién fuera el raptor, aunque por la égloga _Filis_
y otras alusiones se sospecha podría ser algún galán de la Corte de la
intimidad de Felipe IV.
Conmovedoramente refiere Montalván la melancolía de los últimos tiempos
de la vida del poeta, tan bien dotado por la naturaleza para disfrutar y
cantar las más embriagadoras alegrías terrenas. El propio autor refiere
por extenso los detalles de su breve enfermedad postrera. Cayó enfermo
el 25 de agosto de 1634, y falleció cristianamente en medio de su
familia y amigos, entre los que no faltaba el Duque de Sessa, el día 27
del mismo mes. Cuatro días antes aún había compuesto un soneto y una
silva titulada _El Siglo de oro_.
El mismo Montalván refiere los pormenores de su solemnísimo entierro y
de los varios funerales celebrados en sufragio del alma del poeta.
También llegaron a nosotros las oraciones fúnebres que en tal ocasión
pronunciaron los más famosos predicadores del tiempo. El cortejo fué
llevado por la calle de Cantarranas para que Marcela pudiera verlo
desde su convento. Fué enterrado Lope en la iglesia de San Sebastián,
donde reposaron pacíficamente sus restos hasta que a fines del siglo
XVIII o principios del XIX, en una de las usuales _mondas_, fueron
arrumbados no se sabe dónde.
Después de muerto Lope, fueron publicadas dos partes de comedias que el
autor había dejado dispuestas para la imprenta: las _Partes XXI_ y
_XXII_. En 1637 aparecieron reunidas en _La Vega del Parnaso_ buen
número de las poesías que había dejado inéditas el poeta. La _Parte
XXIII_ de comedias fué publicada en 1638; en 1641, la _XXIV_, y en 1647,
la _XXV_, último volumen de la colección de obras dramáticas de Lope de
Vega formada en tiempos del autor.
* * * * *
Por dos clases de razones nos hemos detenido a narrar, acaso harto
prolijamente, la biografía del poeta. De una parte, Lope es un
interesantísimo ejemplar humano; una personalidad dotada de las mayores
riquezas espirituales, de las facultades que se suelen tener por más
diversas y capaz de las reacciones que pueden parecer más opuestas: una
de esas figuras que por la diversidad y caudal de sus dotes parecen ser
resumen de la vida de toda una nación y toda una época. Por otro lado,
Lope es un artista espontáneo, tan entregado a los azares de su
inspiración, que los sucesos de su vida se han encarnado inmediata y
directamente en su obra literaria. Sus escritos no sólo se nos aparecen
cada vez más llenos de alusiones a sus aventuras conforme va siéndonos
mejor conocida su vida; no sólo traducen maravillosamente los mudables
estados de su tornadizo espíritu, sino que las perfecciones y defectos
de la producción artística--tan abundantes unas y otros--guardan plena
armonía con las virtudes y las faltas, tan copiosas también todas ellas,
de la vida del poeta. En Lope no va por un lado la labor del escritor y
por otro la conducta del hombre. No es de esos artistas reflexivos,
conscientes, que saben trabajar su obra bella en un plano superior al de
las vulgares realidades de su existencia y nos presentan un producto
artístico depurado de toda baja escoria terrena. Lope, niño eterno,
abandónase a los desenfrenados impulsos de su temperamento lo mismo
viviendo que escribiendo. Idéntico ritmo alocado palpita en los hechos
de su vida y en las estrofas perennemente fragantes de sus versos; jamás
le abandonó la divina embriaguez de la adolescencia. En su vida y sus
obras parece darse inacabablemente el aturdimiento que causa en la
primera juventud el exceso de ingobernadas fuerzas. Como hombre y poeta
no sale nunca de los diez y siete años.
Conforme nos van siendo mejor conocidas, mayor asombro producen en
nosotros las numerosas y fuertes dotes de su espíritu. No es ya sólo
para nosotros el más prodigioso improvisador de que tiene noticia la
historia; al lado de esa cualidad, descubrimos en gran abundancia otras,
no menos sobresalientes, igualmente espontáneas, no fomentadas ni
perfeccionadas con un inteligente cultivo. Es como si la naturaleza
hubiera querido mostrarnos en este altísimo espíritu de Lope de Vega a
cuánto se extendía su posibilidad de crear perfecciones. Hay que admirar
la fuerza y salud robustísimas que le permitieron producir una de las
más copiosas obras literarias que posee la humanidad, como por juego,
sin que en momento alguno se advierta fatiga ni esfuerzo; hay que
admirar el caudal de simpatía, el hechizo para la conversación y trato
de gentes que se manifiesta en sus cartas y nos hace comprender el
perenne afecto que sintió hacia él el Duque de Sessa, y sus triunfos
amatorios cuando ya ni la edad ni el hábito permitían esperar tales
cosas; hay que admirar una inmensa capacidad de saber, un conocimiento
de cosas antiguas y contemporáneas absolutamente sin igual, una potencia
retentiva y un don de observación que tocan en lo fabuloso. "Ignoramos
qué número de palabras empleó Lope--dice el señor Castro en un apéndice
de la _Vida_--, pero es probable que ningún escritor en el mundo tenga
más abundante léxico, ya que la impresión del lector es que todas las
cosas de su tiempo figuran en su obra... El día que se forme el
diccionario de Lope causará maravilla ver adónde llegó la facultad
receptora de un solo hombre." Y no en cosas de erudición; su obra
manifiesta a cada paso la mayor copia de conocimientos en lo que sólo
puede dar la experiencia de la vida (una experiencia no muy aprovechada
como norma de su propia conducta). "Me espanta a veces--dice Grillparzer
en sus estudios sobre nuestro autor--la riqueza de pensamiento de Lope
de Vega. Pareciendo que permanece siempre en lo más singular, salta a
cada momento a lo general, y no hay poeta tan rico como él en
observaciones y notas de carácter práctico. Bien puede decirse que no
hay situación de la vida a que no haya tocado en el círculo de sus
creaciones." No es ni mucho menos exceso retórico el haberle llamado
"monstruo de naturaleza"; estamos en presencia de una de las figuras
más ricas en facultades naturales que produjo jamás la estirpe humana: a
sus más altas cimas, por ejemplo, a un Goethe, tendríamos que ir para
encontrarle pareja.
Pero una falta fundamental de su espíritu echó a perder dotes tan
excelsas: Lope fué siempre incapaz de imponer rumbo fijo y permanente a
su maravillosa actividad: juguete de la diversidad de impresiones que
era susceptible de recoger su espíritu, sin que ninguna se grabara en él
de modo permanente, nunca pudo seguir camino alguno con carácter
definitivo. Lo poseía todo menos la facultad de gobernarse a sí propio.
El poder central de su espíritu era débil auriga, y los fogosísimos
caballos de sus diversas facultades galopaban cada cual hacia donde lo
orientaba su capricho. De este modo no fué posible a Lope imponer una
alta significación a su vida: enamorado perenne, no pudo, sin embargo,
crearse un amor digno de inmortalidad, como los de Dante o Petrarca,
sino que permaneció siempre en un bajo terreno de sensuales devaneos:
hombre de mundo, no supo labrarse una posición independiente, y es
triste ver sus regias facultades empleadas en mendigar favores del Duque
en tantas de sus cartas. Al mismo tiempo acaso no haya sido dueño de
una fina sensibilidad moral: no pueden menos de abochornarnos muchas de
las acciones que descubrimos en Lope de Vega. Infantil también en esto,
no parece haber llegado nunca a una clara idea de su dignidad y de la
responsabilidad de sus actos. La encantada selva de representaciones
poéticas, tan increíblemente frondosa que envolvía por todas partes su
espíritu, cegábalo para cuanto no fueran ellas.
Esta imposibilidad de someter sus facultades a una dirección fija y
encaminarlas hacia un fin impuesto por la reflexión, manifiéstase, en lo
literario, en el frecuente fracaso de Lope en las líneas generales de
sus obras, sobre todo en sus poemas eruditos. Sabido es que la
personalidad artística de Lope de Vega presenta doble aspecto: el de
poeta popular y nacional y el de poeta erudito y universal. Lope aspiró,
sobre todo en los dos primeros tercios de su vida, y la riqueza de sus
dotes le daba pleno derecho a ello, a ser un poeta universal y clásico,
cuya gloria igualara, si no oscureciera, a la de los grandes poetas del
Renacimiento italiano. El Ariosto, el Tasso, Petrarca, eran el
permanente norte de su emulación. Sin embargo, aun poseyendo el
inagotable torrente de inspiración de todos sabido, aun siendo dueño de
un muy grande saber de humanidades, de una erudición muy extensa, jamás
acertó Lope a componer obra alguna de este tipo que pueda decirse
afortunada. Sólo los historiadores de la literatura se acordarían hoy de
Lope si no hubiera escrito más que la _Jerusalem_, la _Angélica_ o los
_Triunfos_. Esos poemas, en general fríos y pedantescos, se salvan
solamente por aquellos pasajes en que la espontánea inspiración del
poeta rompe el molde académico y se derrama en encendidas expresiones
líricas.
En cambio, cuando Lope, en vez de buscar sus temas en el mundo clásico
(siempre ajeno a su temperamento) los tomó del ambiente real que le
rodeaba o de la historia de España, viva para él como lo que veían sus
ojos, entonces acertó a crear el gran número de obras poéticas que,
aunque no sin defectos, lo han colocado en un puesto único y solo en las
letras españolas. Como poeta popular Lope tiene tanta vida como la
naturaleza misma. Es indecible su sentimiento de la realidad; penetra
con la mayor agudeza en el verdadero ser de los individuos colocados en
las situaciones más opuestas y pone en sus labios la palabra justa en
que aquél se nos revele. Cuanto es tocado por su pluma en sus
abundantísimos momentos felices queda impregnado de esa indecible
cualidad, sólo poseída por las más altas obras de arte, con la cual
provocan en nosotros una sensación como de vida. Tieck, en una nota
inédita existente en la Biblioteca de Berlín entre los papeles del
poeta, publicada por el señor Bertrand en su libro _L. Tieck et le
théâtre espagnol_, define la obra de Lope con estas tres palabras:
"Naturalidad, verdad, objetividad." Lope "es la naturaleza misma--dice
el poeta Grillparzer--; sólo las palabras son dadas por el arte... Es
ilimitado en él el sentimiento de lo natural. En mitad del pasaje de
peor gusto se presentan auténticos testimonios de ello". "Las comedias
de Lope--es el prologuista de la _Parte XXIII_ el que habla--son de la
naturaleza, y las otras, de la industria."
No hay palabras para expresar cómo conocía y sentía Lope las cosas
españolas. La historia verdadera y legendaria del país en general y de
cada comarca y cada ciudad en particular; los usos y costumbres de cada
región: todas las singularidades de la tradición y de la vida española
de su tiempo estaban siempre presentes y vivas en el dilatado ámbito de
su memoria. "Lope hace revivir en la escena--dice el señor Menéndez
Pidal en _L'epopée castillane_--todos los tipos, las costumbres, las
regiones de España, que jamás ha conocido nadie tan íntimamente como él,
y al mismo tiempo vuelve a tratar por su cuenta los asuntos de la
antigua epopeya, reconociendo en ella la poesía hereditaria de la raza
española." De este modo, por haber infundido nueva vida poética a la
historia patria; por recoger en su obra cuanto viene a constituír la
vida española del momento, en lo grande y lo pequeño, lo general y lo
particular, álzase Lope en nuestra historia literaria como supremo poeta
nacional. Por él y su teatro anúdanse las viejas tradiciones medievales
españolas con la vida del siglo XVII y no se da en España--como hace
notar el señor Morel Fatio--el divorcio del espíritu nuevo con el de la
Edad Media, que se operaba en Francia al mismo tiempo.
Si Lope sabe sentir y apreciar la épica española y hace de su teatro
como una continuación del romancero, no es menos asombroso su
sentimiento de la lírica popular. "Su corazón--dice el señor Pidal en la
obra citada--ha permanecido siempre abierto a la inspiración ingenua y
ruda de los humildes: los cantos populares despiertan en él el eco fiel
y armonioso de la poesía más profunda." A cada paso en el teatro de
Lope, ya un romance o ya una canción del pueblo, deliciosamente
escogida, vienen a realizar un altísimo efecto dramático, y no faltan en
su obra comedias construídas sobre la base de un canto popular.
Mas con todo ello, Lope, poeta nacional por excelencia, no está
plenamente representado por obra alguna. No hay, en cuanto de su teatro
ha llegado a nosotros, ninguna comedia, por bellísima que sea, que
podamos llamar perfecta. La precipitación en el modo de trabajar
(representantes y público no le permitían descanso alguno), su facilidad
fabulosa, la falta de reflexión y de dominio sobre sus facultades, han
perjudicado a esta parte de su producción, del mismo modo que a sus
obras de poesía erudita. Aquí como allí, los detalles son superiores al
conjunto, por bello que éste sea. Muy agudamente hizo ya observar
Grillparzer que lo excelente e incomparable de Lope no suele estar en
los temas capitales, sino en cosas accesorias. "En eso es inimitable y,
junto con la excelencia del diálogo, infunde a su obra una vida que nos
atrae hasta cuando no podemos aprobar el conjunto."
De este modo, a Lope no podemos juzgarlo por media docena de obras. Hay
que tratar de columbrar, hasta donde sea posible, la masa gigantesca de
su producción, en la cual, borrándose en la magnificencia total las
faltas aisladas, se nos manifiesta el poeta como un ser casi
sobrehumano, dueño de una potencia de crear representaciones artísticas
dotada de una fuerza, delicadeza, diversidad y abundancia de tonos y
matices, que acaso no haya tenido jamás su igual. Lope, entonces,
semeja, no ya un hombre, sino una fuerza de la naturaleza. Propia de la
naturaleza es su manera de crear: no se encamina reflexivamente hacia el
propuesto fin con el mínimo esfuerzo y la mayor economía de energías;
como simientes llevadas por el viento, deja desperdigarse profusamente
sus facultades creadoras y éstas producen más de un millar de obras, más
o menos imperfectas, en vez de esforzarse en lograr una sin falta. "Los
dos versos siguientes--dice Grillparzer--podrían ser colocados como lema
al frente de las obras completas de Lope de Vega:
TRISTÁN.--Tiras, pero no reparas.
TEODORO.--Los diestros lo hazen así.
_El Perro del hortelano_, acto I."
Tirar sin reparar, a modo de una fuerza natural que no teme se agote
nunca el caudal de que dispone, fué siempre el carácter de la creación
artística de Lope.
No podemos repetir aquí algunas de las conocidas anécdotas que muestran
la rapidez increíble con que escribía Lope de Vega. No debe ser muy
exagerado lo que dice en el _Arte nuevo_ de haber escrito comedias en
veinticuatro horas. Pero aunque otro dato no tuviéramos, el propio
número, que parece fábula, de las obras de Lope, nos haría ver la
facilidad pasmosa de su poder creador. Lope mismo, en la _Egloga a
Claudio_ y en _La Moza de cántaro_ dice haber escrito mil y quinientas
comedias. Montalván hace subir este número a mil ochocientas y
cuatrocientos autos. No pueden, ni mucho menos, admitirse cifras tan
altas. Sin embargo, a pesar de que, como sabemos, gran parte del teatro
de Lope está irreparablemente perdido, nos son conocidos los títulos de
setecientas veintiséis comedias y de cuarenta y siete autos, y en la
actualidad aún poseemos muy cerca de quinientas de las primeras.
"Si hubo alguna vez un poeta--dice von Schack en su _Historia_--a quien
su nación no sólo debe un drama sino una literatura dramática completa,
lo fué, sin duda, nuestro español." En Lope, realmente, tenemos que
saludar al fundador de nuestro teatro nacional. No es muy exagerado el
prologuista de la _Parte XXIII_ al decir que "antes de sí no halló a
quién imitar, y después no hubo quien enteramente le imitara". Ni lo es
Montalván cuando, hablando de las comedias en su _Fama póstuma_, dice:
"Sepan todos que su perfección se debe sólo a su talento, pues las halló
rústicas y las hizo damas, y cuantos después acá las han escrito (aunque
alguno bárbaramente lo niegue) ha sido rigiéndose por esta pauta."
"Lope--dice el señor Menéndez Pidal en la obra citada--supo encontrar la
forma de comedia más adaptada al gusto nacional... Fijó el tipo y norma
a los cuales podían recurrir con seguridad los genios de segundo orden,
sin gastar ya sus fuerzas en tentativas divergentes, y así, en vez del
desparramamiento anterior, el teatro conoció desde ahora e impuso a sus
secuaces una fuerte unidad de gusto y orientación."
No es que Lope haya sacado de su cabeza la forma del teatro español:
nadie, ni aun un genio de su alcurnia, inventa completamente cosa
alguna. Prescindiendo de otros precursores menos calificados, el nombre
del sevillano Juan de la Cueva debe ser siempre recordado como
predecesor inmediato de Lope. Lo es en haber aprovechado temas
nacionales como asunto de sus comedias (hasta en _La muerte del rey Don
Sancho_ introduce un romance popular); lo es en no haber respetado las
reglas que la interpretación que el Renacimiento había dado a la
estética dramática de Aristóteles imponía como imprescindibles en la
composición de toda obra teatral. Pero Cueva, que en su _Ejemplar
poético_ fué el primer escritor crítico que defendió el naciente teatro
español de los ataques de los clasicistas, no era un poeta de genio: sus
obras son superiores como idea a como realización, y con sus limitadas
fuerzas creadoras nunca habría llegado a imponer sus doctrinas
estéticas. Era necesario que entrara el monstruo de naturaleza y se
alzara con la monarquía cómica, que avasallara y pusiera debajo de su
juridición a todos los farsantes, y llenara el mundo de comedias, en que
relumbran los dones preciosísimos de su genio, para que quedara fundado
el teatro español.
Ahora bien, ¿qué opinaba el Lope de Vega, poeta erudito, que aspiraba a
igualar la gloria de los más altos poetas clásicos, de la obra que
atropelladamente iba creando el otro Lope de Vega, poeta popular? Como
observa el señor Menéndez Pidal en el dicho libro, es curioso que
mientras Juan de la Cueva, convencido definidor del teatro nuevo, no
tenía fuerza ni habilidad para imponerlo, Lope, de ideas más bien
clásicas, fuera quien con su genio creador fundara uno de los dos más
grandes teatros románticos de la humanidad. Al principio, Lope parece
despreciar sus comedias: "Si allá murmuran de ellas algunos que piensan
que las escribo por opinión--dice en la carta de 1604--, desengáñeles V.
md. y dígales que por dinero." En la _Epístola_ a don Antonio de Mendoza
llama "versos mercantiles" a los de sus comedias. Repetidas veces, por
ejemplo en el prólogo de _El Peregrino_, se disculpa de que éstas "no
guarden el arte" alegando que el público las quiere así, y él no hace
más que continuar las cosas tal como las ha encontrado, siguiendo el mal
estilo que se ha introducido en el teatro español. Del _Arte nuevo de
hacer comedias_, defensa tímida de su teatro en la que no sale aún del
terreno de pedir perdón por sus muchas faltas, dice así el señor
Menéndez y Pelayo, en el tomo III de la _Historia de las ideas
estéticas_, y en tales palabras puede darse por resumido el problema de
la posición de Lope en esta cuestión, sobre todo antes de los años de su
vejez: _"El Arte nuevo de hacer comedias_ de Lope de Vega, tan traído y
llevado por los críticos, hasta el extremo de haberse convertido algunos
de sus versos en proverbios, ha parecido a muchos una especie de enigma
o acertijo, siendo, como es, su sentido claro y llano para todo el que
no le considere aisladamente sino poniéndole en relación con las demás
obras de su autor y con el sentido estético que predomina en ellas. En
Lope hay dos hombres: el gran poeta español y popular y el poeta
artístico, educado, como todos sus contemporáneos, con la tradición
latina e italiana. Estas dos mitades de su ser se armonizan cuando
pueden, pero generalmente andan discordes, y, según las ocasiones,
triunfa la una o triunfa la otra. Con su alma de poeta nacional, Lope
tiene conciencia, más o menos clara, de la grandeza de su obra, y la
lleva a término sin desfallecer un solo día. Pero al mismo tiempo se
acuerda de que le enseñaron, cuando muchacho, ciertos libros llamados
_Poéticas_, en los cuales, con autoridades mejor o peor entendidas del
Estagirita y del Venusino, se reprobaban la mezcla de lo trágico y lo
cómico y el abandono de las unidades. De aquí contradicción y aflicción
en su espíritu." Pero según fué viviendo fué aprendiendo Lope a apreciar
más altamente su teatro. En 1617 ya se decide a publicar directamente
sus comedias, "aunque nunca las hizo para imprimirlas", dejando el
desdén con que las había tratado hasta entonces. Sin embargo, siempre
tuvo por más valiosos sus poemas; "jamás tuvo arrogancia" por sus
comedias, "porque teniendo ingenio y letras para los libros que corren
suyos por Italia y Francia, tiene las comedias por flores del campo de
su Vega, que sin cultivo nacen". (Prólogo de la _Parte XX_.) No sabia él
que aquellas silvestres florecillas eran lo que le aseguraba la
inmortalidad.
No vamos a entrar aquí, claro está, en la plurisecular contienda, largo
ha extinguida, entre los partidarios del teatro clásico y los del
romántico, que tantos arroyos de tinta y bilis hizo derramar en tiempo
de nuestros mayores, próximos y remotos. Acaso, sin embargo, hubiera
podido ser resuelta a gusto de todos considerando que el teatro español
(o el inglés), aunque coincidiendo con las obras dramáticas del arte
clasicista, a las que se aplicaban las leyes aristotélicas y horacianas,
en ser recitado por actores en un escenario, pertenecía a diferente
género literario y era nacido de origen muy diverso. Si consideramos que
gran número de las obras de Lope (o de Shakespeare) son fiel
dramatización del relato de una crónica o de un cuento; si atendemos a
lo frecuentes, extensos e importantes que son en Lope los romances en
que se narran cosas que constituyen parte integrante de la acción y que,
sin embargo, no han podido ocurrir ante los espectadores; si vemos que
en el teatro español, más que a la pintura de los caracteres en pugna se
atiende a desarrollar el argumento, generalmente complicadísimo,
llegaremos a pensar que tales obras, más que con las tragedias y
comedias de tipo clásico, tienen parentesco con crónicas y novelas: que
deben ser tenidas por lazo de unión entre los géneros épico y dramático
más que como puros dramas. Ya Bouterweck, historiador de nuestras letras
y uno de los fomentadores de los estudios de literatura española en
Alemania a principios del siglo XIX, decía, según Bertrand (_Tieck et le
théâtre espagnol_) que una comedia española es un cuento dramático.
Tieck, según el mismo autor, escribe que "cada una de las buenas
comedias de Lope está tratada como un cuento lleno de alta poesía". Y en
otro lugar, analizando una obra de Lope, dice: "Si se exceptúa el
principio, está construída como un cuento y tiene un carácter
completamente narrativo." "Lope se propuso dar a sus comedias la forma
de una novela dramática--dice en su _Historia_ Ticknor--y con su gran
talento llegó a establecer esta base como la fundamental del teatro
español." El propio Lope había dicho en el proemio de su novela _El
Desdichado por la honra_: "Demás que yo he pensado que tienen las
novelas los mismos preceptos que las comedias, cuyo fin es haber dado su
autor contento y gusto al pueblo, aunque se ahorque el arte."
Finalmente, don Ramón Menéndez Pidal, en la obra varias veces citada, se
expresa en estos términos: "Puede decirse que fué ella--la prosa
narrativa--quien le imprimió su carácter definitivo haciéndole pasar de
las hondonadas y laberintos en que se perdía al ancho campo que debía
recorrer tan gloriosamente. Fué a su semejanza como se formó el nuevo
drama, donde todo es acción, movimiento y vida. A ella es a quien ha
debido su vivacidad, la rapidez de su acción, la libertad de abarcar las
épocas y los lugares más alejados unos de otros, esas bruscas
transiciones gracias a las cuales el juglar antiguo y el cronista,
venido tras él, transportaban a su antojo la atención de los oyentes del
uno al otro lado de los lugares donde se desenvolvía el relato. Tal es
el origen de esos continuos cambios en el lugar de la escena que han
permitido al nuevo drama tratar los asuntos más complejos de la
epopeya, de la historia y de la novela antigua. Concebida de esta
manera, la comedia española se ha constituído bajo la forma de una
epopeya dramática y el principio al cual obedece no es otro que éste:
todo lo que puede ser narrado puede también ser representado en la
escena."
Poco a poco, según van siendo mejor estudiadas las comedias y conocidos
los sucesos de la vida del poeta, a que no faltan alusiones en aquéllas,
comienza a ser posible el establecer su sucesión cronológica con mayor
rigor de lo que lo había sido hasta ahora. De este modo llegará a verse
con toda claridad la evolución del arte dramático de Lope en su larga
carrera. Pero en lo esencial no se saldrá--es de esperar--de lo
entrevisto por el señor Menéndez y Pelayo, quien viene a afirmar que en
las comedias de la juventud de Lope predomina el carácter lírico y hay
gran complicación de argumentos e incidentes, mientras que en las obras
de la vejez simplifícase el asunto y el tono épico se sobrepone al
lírico. En las dos comedias que contiene este volumen, pertenecientes a
muy distinto tiempo de la vida del poeta, puede comprobarse
cumplidamente este general aserto.
Lope de Vega, como se ha dicho antes, conoció en vida la mayor
popularidad que jamás puede haber alcanzado autor alguno. León Pinelo en
sus _Anales de Madrid_ alaba "la estimación que le dió el pueblo
dondequiera que estuvo, y particularmente en esta Corte, donde en
oyéndole nombrar los que no le conocían se paraban en las calles a
mirarle con atención, y otros que venían de fuera luego le buscaban y a
veces le visitaban sólo por ver y conocer la mayor maravilla que tenía
la Corte, y muchos le regalaban y presentaban alhajas sin más título que
el de ser Lope de Vega, y si llegaba a comprar cualquiera cosa de mucha
o poca calidad, en sabiendo que era Lope de Vega se la ofrecían dada o
se la vendían con toda la cortesía y baja de valor que les era
posible;... dieron en Madrid, más de veinte años antes que muriese, en
decir por adagio a todo lo que querían celebrar o alabar por bueno, que
era de Lope; los plateros, los pintores, los mercaderes, hasta las
vendedoras de la plaza, por grande encarecimiento, pregonaban fruta de
Lope, y un autor grave, que escribió la historia del señor don Juan de
Austria, para levantar de punto la alabanza, dijo de uno que era capitán
de Lope, y una mujer, viendo pasar su entierro, que fué grande, sin
saber cúyo era, dijo que aquel era entierro de Lope, en que acertó dos
veces". Quevedo, en la aprobación de las _Rimas_ de Burguillos, se
refiere también a este uso popular de calificar como de Lope a lo
excelente: "Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido
universalmente proverbio de todo lo bueno."
"Gozó sin litigio Lope la fama en la mocedad--dice Pellicer en su
_Panegírico_--; aguardábanle las contradicciones para la vejez." En los
últimos años de la vida del poeta, el tornadizo favor del público parece
haberse complacido más en las obras de algunos nuevos ingenios que en
las del viejo creador del teatro español; más de una vez el público
recibió con hostilidad alguna de sus últimas creaciones. El aplauso y
protección de las esferas oficiales ya hemos visto también que buscó de
preferencia otras frentes para colocar en ellas sus coronas. El poeta
habrá conocido en la última época de su vida la amarga sensación de
sobrevivirse, de quedar rezagado en la marcha del gusto público de su
tiempo. No poco le habrá dolido esta desventura que venía a sumarse a
las desdichas privadas que ennegrecieron y llenaron de amargura sus
últimos días.
Muerto Lope, su obra quedó un tanto oscurecida por la de Calderón, su
continuador famosísimo, y fué cada vez más olvidada en el creciente mal
gusto que se extendía según iba avanzando el siglo XVII. En el XVIII,
corrió la suerte de todo el teatro español, y sólo a principios del XIX
renació su fama con la reivindicación general de nuestro teatro por los
escritores románticos, alemanes principalmente. Pero también entonces la
nombradía de Calderón hizo sombra a la de Lope, que todavía vino a
quedar en lugar secundario. Grillparzer en los países de lengua
germánica; en Inglaterra la redacción de _The Atheneum_, Chorley y
Ormsby, iniciaron la tendencia de colocar a Lope en el excelso lugar que
le corresponde en el teatro español, tendencia que recibió consagración
oficial entre nosotros cuando en 1890 don Marcelino Menéndez y Pelayo
acometió la tarea de publicar la edición académica de las obras de Lope
de Vega. De entonces acá, los estudios sobre Lope han venido siendo cada
vez más numerosos e intensos, y en la valoración actual de nuestras
letras, Lope de Vega, aunque sin el sentido universal de Cervantes, su
no muy amado coetáneo, goza de una preeminencia y significación únicas
en el orbe de la literatura española.