De Pilar a Valvanera.
_Madrid, agosto._
Amada mía: Llegó por fin el supremo instante. El oráculo, Manuel
Cortina, me ha presentado la cuestión social y jurídica con pasmosa
claridad, procurando atenuar las amarguras que la solución del problema
traerá forzosamente. Con grande ansiedad le oí; con sumisión he
prometido aceptar y seguir el plan que me trace. Imposible transmitir
a Fernando un título de nobleza de los muchos que tengo (y que no me
sirven para nada), sin obtener un rescripto del Papa. Sospechando que
ello no habría de ser grato a mi querido hijo, renuncio por ahora a
satisfacer este anhelo de mi corazón. Para transmitirle aquella parte
de mi patrimonio de que puedo disponer libremente, es forzoso que me
valga de un fideicomiso. De este modo entraría en posesión de mis
bienes a mi muerte. Para asignarle desde ahora, sin más dilaciones,
una renta decorosa, necesitamos emplear artificios legales, cuya forma
me ha explicado detenidamente el gran jurisconsulto. No acabaré nunca
de alabar la claridad con que este hombre expone las ideas, realizando
el milagro de hacer comprender a una mujer, como yo ignorante de estas
cosas, las más áridas cuestiones de Derecho. Jamás, en los enmarañados
pleitos de mi casa con Osuna y con Gravelinas, pudo entrar en mi
cabeza una idea jurídica. Hoy mis ansiedades maternas me han aclarado
considerablemente el sentido, y aquí me tienes hecha una estudianta de
Leyes, capaz de obtener buenas notas si de ello me examinara.
Ha insistido Cortina en que no podré evitar el escándalo, es decir,
la publicidad del _hecho de autos_, y añade la terrible afirmación de
que en este _via crucis_ el primer paso es el más doloroso: informar
a Felipe, aspirando a obtener su benignidad en el caso moral, su
colaboración en el jurídico. ¡Inmenso conflicto, trámite inmenso!...
Preguntome el letrado si me encontraba yo con fuerzas para esta
terrible confesión, y le respondí resueltamente que no. No tengo eso
valor, que es valor de suicida. Propúsome diluir mi revelación en una
carta; discutimos; casi accedí al procedimiento escrito, en el cual
puedo desplegar recursos mil; hablamos también de una tercera persona,
de mi tía Consolación Armada, de mi confesor padre Acosta... Herida
por un rayo de inspiración, le dije: «¿Y usted?». Meditó un rato, y
por fin manifestó su asentimiento con palabra lacónica: «Bueno: yo
me encargo... Quiero atenuarle a usted la amargura del cáliz... Para
esto conviene mutación de escena; que el matrimonio se traslade a
regiones frescas. El calor excesivo no es favorable a las operaciones
quirúrgicas».
Sabrás que Felipe y yo andamos desde julio en desacuerdo por si salimos
o no de Madrid. No solo porque el calor me molesta poco de algunos
años acá, y la experiencia me ha demostrado que en este mi palaciote
vetusto lo paso mejor que en ninguna parte, sino porque veraneando en
la Corte entreveo más probabilidades de quedarme sola, heme resistido
este año a la temporadita de Valsaín. Felipe, por no darme el gusto
de la soledad, apechuga con el calor. Aquí nos tienes haciendo vida
monástica, sin salir al Prado ni una sola vez. Nuestros jardines nos
dan por la noche esparcimiento y frescura. Un reducido contingente de
amigos, que no llegan a media docena, nos acompaña en nuestros recreos
nocturnos; comemos al aire libre, a la graciosa luz de farolillos de
papel colgados de los árboles; charlamos hasta muy alta la noche en
lugares placenteros, defendidos del sol durante el día; las ranas de
los estanques nos dan música, que a mí me encanta... En fin, no es tan
despreciable el verano en estas condiciones, ¿verdad? Yo lo defiendo y
Felipe lo ataca: me acusa de extravagancia, de mal gusto. Yo me obstino
en no salir, esperando que él se canse y huya del calor; él reniega y
persiste en estar a mi lado. La disparidad de voluntades nos junta con
una cadena de presidio.
La opinión expresada por Cortina de que la cirugía no es eficaz en las
altas temperaturas, me hace cambiar bruscamente de gustos veraniegos,
y propongo a Felipe que nos vayamos a Valsaín. Me descuidé en la forma
del cambiazo, haciéndolo con sospechosa precipitación, y el resultado
ha sido contraproducente. Ahora Felipe no quiere salir; pretexta
ocupaciones, temor al reúma en las humedades serranas. ¡Qué torpeza
la mía! ¡No haber visto la necesidad de las gradaciones para mudar de
gustos en cuestiones de residencia estival! Bien dicen que el mejor
escribano... Es que el largo uso de mis facultades diplomáticas, y esta
crisis que ahora se plantea me han trastornado. Me vuelvo chicuela
sin juicio, una pobre aprendiz de arte social... La suma experiencia
y el cansancio me tornan inexperta y descuidada. Afortunadamente, mi
director me manifiesta, _sotto voce_, que podremos conservar la misma
escena. La mutación no es necesaria. Viene en mi ayuda una tormenta que
refresca la atmósfera, y nuevamente me declaro entusiasta del clima de
Madrid en la canícula. Felipe reniega y medita: habla poco.
_Miércoles_. — La proximidad del día, digamos momento, designado para
el tremendo paso quirúrgico, me causa un terror indecible. Mi pánico
es tal que se me ocurre huir a la calladita. Cortina me recomienda
la serenidad, desaprobando toda idea de fuga. Debo permanecer en
casa, confinándome en mis habitaciones, mientras él, armado de fieros
instrumentos de disección, se encierra con Felipe. Debo disponer mi
alma para el sacrificio y la penitencia, realizando un acto religioso
en mi capilla. Confesaré, comulgaré... Después mi estado nervioso me
impondrá un reposo absoluto; el médico me prescribirá la permanencia en
el lecho, apartada de todo lo que pudiera ser causa de viva emoción.
Se me dejará en aislamiento riguroso, sin más compañía que la de mi
doncella, y esto durará uno, dos, tres días, lo que fuere menester...
Amiga de mi alma, ya me duelen las heridas que don Manuel, actuando de
cirujano, ha de hacer a Felipe. Creo que a los dos nos descuartizará
juntamente. No puedo más hoy. Desfallezco y parece que me acabo.
_Jueves_. — El letrado ha decidido un nuevo aplazamiento, dándome
para ello razones cuya sensatez reconozco. Verás: aun en el caso de
que Felipe entre en razón y se preste a facilitarme la transmisión de
parte de mis bienes a Fernando, ello ha de ser penoso y lento. Como
he manifestado mil veces la urgencia de construir (no encuentro otra
palabra) la personalidad de Fernando, sacándole de esa denigrante
situación de inclusero; como todo mi afán es rodearle de dignidad,
levantar su espíritu, poniéndole en posesión de los medios sociales
que le corresponden, el gran jurisconsulto acude a esta necesidad por
medio de un expediente ingenioso, que exige la colaboración de otra
persona, y, por tanto, nueva violación del delicado secreto. No me
importa. Momentos he tenido estos días de verdadero delirio, en que
me ha faltado poco para revelar todo a la primera persona que entre
en mi casa. La necesidad de expansión y confidencia es hoy en mí casi
orgánica. Me sorprendo a ratos hablando como una cotorra, sin saber lo
que digo; pero ello es algo como una lección aprendida, que me figuro
ha de embelesar a los que me oyen.
No me hicieron temblar, antes bien causáronme regocijo, estas palabras
del buen sevillano: «Nadie como Salamanca podría prestar a usted este
servicio. Respondo de su discreción y caballerosidad. Es necesario que
usted le hable. Yo prepararé el terreno poniéndole al corriente del
caso fundamental...». Algo te he dicho ya de este simpático granadino,
uno de los hombres más admirablemente dotados para la vida social, y
para obtener de ella lo que él llama _los frutos de la civilización_,
pues posee todas las cualidades o virtudes que inducen a la amistad, a
la confianza, a las relaciones útiles. Es inteligente, sagaz, amenísimo
en su lenguaje, extremado en la cortesía sin llegar a empalagoso;
tresillista de primer orden, de los que no pierden la dignidad en las
peripecias desgraciadas del juego; comensal delicioso por su gracia
tanto como por su apetito de buen tono, y su mucho saber de arte
culinario; hombre, en fin, que despunta gallardamente en la política,
aplicándola a sus negocios con una habilidad nada común. Su buena
figura es la mejor ayuda de su talento en estas campañas. Salamanca
será una gran personalidad del siglo, salga por donde saliere, ya se
aplique a sumar voluntades, ya a multiplicar dinero.
¿Creerás que cuando vino a verme, instruido y aleccionado ya por
nuestro buen amigo, le recibí con serenidad, sin que me turbara la
idea de considerarle poseedor de mi secreto? Sus primeras expresiones,
delicadas y de cierta ternura, me dieron más ánimos. Me sentí valerosa,
y abordando el asunto, le dije: «La bondad de Cortina me libra del
trance duro de contarle a usted historias viejas que no sé hasta qué
punto podrían interesarle. Hoy necesito del auxilio de usted. Es la
satisfacción de un deseo, de un capricho... no debo entrar en más
explicaciones. Amigo Salamanca, es preciso, indispensable, que usted
me proporcione una cantidad... No se asuste...». Respondiome con
gracejo que no se asustaba de que una dama le mandase buscar dinero.
Para complacerme, lo sacaría de las entrañas de la tierra. Cambiados
conceptos ingeniosos por una y otra parte, expresé la cuantía de mi
necesidad metálica con frase cortante y seca: «Va usted a traerme,
amigo Salamanca, cincuenta mil duros». Vi que su sonrisa se trocó en
severo asombro. La cifra le asustaba, y me la devolvió descompuesta
en reales. «¡Un millón, señora!...». «Un millón —repetí yo muy
tranquila—. ¿Cree usted que no puedo yo responder, con mis bienes, de
esa cantidad?». «No se trata de eso. La garantía es más que sobrada, lo
sé... En fin, yo estudiaré la forma de realizar el préstamo que desea,
el cual, según me ha dicho Cortina, tiene por objeto constituir por
medio de tercera persona, una renta en favor de... La cosa es clara.
No sé si podré obtener los cincuenta mil duros tan pronto como usted
desea. Si yo los tuviese, ahora mismo lo arreglábamos». Añadí que si
la diligencia no era fácil para él, me lo dijese francamente, y yo
buscaría otro amigo que de ella se encargara, con lo que di tan fuerte
pinchazo a su amor propio, que el hombre rebotó, diciéndome que se
creería indigno de mi amistad si no me dejaba servida y satisfecha en
el improrrogable plazo de tres días. Así terminó nuestra conferencia.
Confío ciegamente en la eficacia de este hombre tan activo, inteligente
y bondadoso, y ya puedo anunciarte que antes de que termine la semana
quedará instituido en cabeza de Fernando el capital inmueble que le
proporcionará una renta decorosa, sin perjuicio de mayor propiedad y
beneficios. Con lo que disfrutará pronto, no dudo que ha de reconocerse
con personalidad bastante para pretender sin desdoro la mano de la niña
de Castro-Amézaga.
Y ahora, mi amada compañera, esperemos el giro de la gran crisis, la
revelación magna y decisiva, que es para mí como llegar a la cumbre de
mi destino. ¿Qué habrá del lado allá de este monte inmenso, por cuyas
asperezas subo, ya fatigada y sin respiración? ¿Veré un valle risueño,
o un negro y espantable abismo? Ya poco me falta para dominar la
cúspide. No sé qué me pasa. Este peñón áspero es Felipe. Detrás de él
está la paz, él sosiego, la vida. ¿Llegaré?