De don Pedro Hillo a Fernando Calpena.
_Laguardia, agosto._
Distraído Fernando: ¿Pero no reparas que ya estoy aquí? ¿No me has
visto? Echa para Laguardia tu catalejo, y alcanzarás a ver a este
clérigo insigne, a esta lumbrera esplendorosa del Vicariato General
Castrense, esparciendo su claridad por los ámbitos de... No acabo la
figura, porque ignoro qué ámbitos debe iluminar la inspección que me
encomendaron... ni sé qué inspecciono, ni por qué me han mandado, ni a
qué he venido. Presumo que me traen a esta tierra todos los intereses
posibles, menos los del instituto religioso-militar a que pertenezco.
Por de pronto, aquí me tienes aposentado en la parroquial vivienda
del gran Navarridas, que es como decir que habito en el reino de la
cortesía y de la abundancia. Tanto el bondadosísimo don José como su
bendita hermana se desviven por agasajarme, y te aseguro que ni probé
jamás tan mullido y albo lecho como el que aquí disfruto, ni entraron
por esta boca pecadora condimentos tan sustanciosos, ricos y variados
como los que en obsequio mío presentan diariamente en su mesa. Hijo
mío, ¿qué tierra es esta, tan fecunda en galanos amigos y en frutos
regalados? Aquí quiero pasar mis días, entre la sencillez amable de
los hombres y las amorosas caricias de la prolífica tierra. Aunque te
enfades, _prorrumpo_ en versos clásicos:
¡Oh tú, del Arlas vagoroso, humilde
orilla, rica de la mies de Ceres,
de pámpanos y olivos! Verde prado
que pasta mudo el ganadillo errante,
áspero monte, opaca selva y fría...
En esta región de delicias he visto al fin la deidad que en ella
preside las funciones de la naturaleza, la que a todo imprime hermosura
y majestad con su divina presencia, la escogida entre las escogidas;
y de tal modo me prendaron su gracia y su nobleza, que a no hallarme
imposibilitado por mis votos, de que son emblema las negras ropas
que visto, entre el primer saludo que le dirigí y una respetuosa
declaración de amor, habrían mediado pocos alientos. ¡Pues si yo fuera
seglar y joven, cualquiera me quitaba a mí esa sin par hembra!... Nada
quiero decirte de su discreción, que conoces mejor que nadie. Sabrás
que hablamos largamente de _omni re scibile_, quedándome pasmado de la
solidez de su juicio y de su dulce serenidad. En fin, amado discípulo,
que aquí me tienes enamorado (no retiro la palabra), enamorado de ese
portento, y alabando al Supremo Artífice por esta nueva maravilla que
ha puesto ante mis ojos... Aquí me venía bien otra clásica estrofa
para expresarte mi entusiasmo:
¿A quién primero ensalzaré cantando
Sino al gran padre que la estirpe humana
Y la celeste rige...?
Él es primero y solo; igual no tiene
Su esencia soberana;
Si bien segunda en el honor divino
Inmediato lugar Palas obtiene.
Pienso, querido Fernando, que aquel condenado Rapella, a quien echamos
tantas maldiciones, merece ahora nuestra gratitud por haberte llevado
a Oñate, donde encontraste a la _celeste Palas_. No me retracto de
nada de lo que acabo de escribir. Todo lo sostengo, y lo hago cuestión
personal. Es Demetria el cielo en la tierra, y la divinidad humana. Así
lo firma y signa con el emblema de nuestra redención tu amigo — ✠_Pedro
Hillo._