Recobrados el caballo y las armas, puesta en orden la valija y apurado
un vaso de vino con que le obsequiara el jefe de la partida, púsose
el caballero de nuevo en marcha sin querer detenerse, a pesar de
los ruegos de Tilín y del padre Maza, que le incitaban a descansar
aguardando la frescura de media noche para seguir su viaje. Él les
dijo muy cortésmente que de buen grado pasaría unas horas en tan grata
compañía; pero que la premura y gravedad de las órdenes que llevaba
no le permitían reposo alguno. La verdadera causa de su precipitación
era un deseo vehementísimo de ponerse a gran distancia de semejantes
pájaros, y no dar tiempo a que el bravo Tilín se arrepintiera de su
generosidad. Metió espuelas para alejarse todo lo posible, temeroso
de que fueran en su seguimiento, y cuando se creyó seguro dejose ir
con lentitud para meditar sobre el grave suceso pasado y dar gracias
a Dios. La noche era oscura y el camino solitario; pero el alma del
caballero estaba alegre.
—Otra vez mi buena estrella —decía—, o mejor, la Divina Providencia, me
ha sacado sano y salvo de un grave peligro. ¡Bendito sea Dios, que me
ha salvado una vez más, y sírvame este suceso de aviso y lección para
no meterme en aventuras tan arriesgadas como poco provechosas! Maldita
fue la hora en que discurrí pasar de Barcelona a Zaragoza, y según voy
viendo, más corto será el camino de la Meca. Salgo, y las partidas
me impiden llegar a Manresa; tomo el camino de Berga, y las partidas
me echan sobre Cardona; ahora creo que voy, en dirección de Solsona,
pero no me asombrará verme a las puertas de Pekín si sigo tropezando
con bandidos y sacristanes. Me he metido en un país encantador que
está saboreando las delicias de la guerra civil más bestial, más soez
y repugnante que imaginarse puede... ¡Ah!, señores míos, señores míos
(al decir esto parecía dirigirse a alguien que podía escucharle), no
conocen ustedes la tierra que desean reformar. Esto no tiene enmienda
por ahora, ni hay alquimia que de esta basura haga oro puro. Lo que he
pensado y sostenido varias veces, lo veo y lo palpo ahora... Un puñado
de hombres refugiados en Inglaterra se empeñan en librar a su país del
despotismo, y mientras ellos sueñan allá, ese mismo país se subleva,
se pone en armas con fiereza y entusiasmo, no porque le mortifique el
despotismo, sino porque el despotismo existente le parece poco y quiere
aún más esclavitud, más cadenas, más miseria, más golpes, más abyección.
Había soltado las riendas, como don Quijote cuando le hervían en la
cabeza los pensamientos, y mecido por el lento paso del animal, que
también parecía cavilar sesudamente en la vanidad de las glorias
caballares, dejábase llevar por sus recuerdos y sus reflexiones a
distintas esferas.
—¿Y a qué voy yo a Zaragoza? —prosiguió—. ¿A qué? Mis pasos por este
país son tan insensatos como los del caballero andante más loco, más
ridículo y más extraviado que hizo disparates en el mundo. ¿A dónde voy
yo?... ¿La principal misión que me encargaron no la he desempeñado ya?
¿No me dijeron: «explora y examina el país, tómale el pulso y observa
si está dispuesto a apoyar una sublevación liberal»? Pues bien, yo
he venido, yo he examinado, yo he tomado el pulso, y he visto, ¡mala
peste nos de Dios!, la horrible fiebre del absolutismo más abrasadora
que nunca... ¡Señores _mineros_,[1] vengan todos acá y verán qué
divina patria tenemos! ¡Da gozo viajar por estas amenas provincias,
pobladas de frailes y guerrilleros hambrientos de esclavitud como la
hiena de carne muerta!... ¿Qué tengo yo que hacer aquí? Nada: ya he
visto demasiado. La lección es buena y suficiente, el peligro que mi
pellejo corre extraordinario. Vámonos a la frontera. Patria querida, me
repugnas.
[1] Este nombre se daba en Londres, y en el círculo de
emigrados, a los partidarios de Mina.
Arrendando a su caballo miró al horizonte hacia el norte. Expresión
de desdén y amargura nubló su rostro cuando, apartando su corcel
del camino real, se metió por una senda que a mano derecha partía
en dirección al monte. Pasó junto a las tapias del cementerio de
una aldea; pasó junto a la misma aldea, que era un montón de ruinas
gloriosas del tiempo de la guerra con los franceses, y al poco trecho
se detuvo. Sus pensamientos habían dado una brusca vuelta, como la
veleta atormentada por el viento.
—No —dijo hundiendo en el pecho la barba después de mirar al cielo—. Es
preciso ir a Zaragoza. ¿Qué me detiene? ¿El peligro? ¿Tendré yo menos
valor que el pobre Valdés, héroe y mártir en Tarifa; que los hermanos
Bazán, sacrificados en Alicante? ¿Y por qué he de ser tan desgraciado
como ellos? Sí, aventurero: déjate de subterfugios y ve a Zaragoza...
No hay que fiar demasiado en las apariencias. Ni todo el país está tan
fanatizado como Cataluña, ni toda Cataluña está compuesta de frailes,
ni todos los frailes son guerrilleros. En Barcelona hay liberalismo y
cultura suficientes para compensar este salvajismo de la sublevación
apostólica. No hay que desconfiar todavía. Las poblaciones podrán
arrancar a las aldeas su barbarie, si hay empeño en ello. No: no será
tanta la abyección de este pedazo de tierra europea que disponga de su
suerte media docena de monjas y otros tantos canónigos. Los tenebrosos
intrigantes del _Ángel Exterminador_ no prevalecerán aunque lo mande
el Papa, ni aunque se devanen los sesos todas las eminencias de cal y
canto que farolean en el cuarto del infante don Carlos.
Espoleando a su caballo volvió al camino real.
—¿No es lastimoso que me vuelva sin desempeñar la mitad de mi comisión?
Si salí en bien de la primera mitad, ¿por qué no he de salir en bien
de la segunda? Dios me ha favorecido siempre, a pesar de ser yo tan
gran pecador, aunque no empedernido. Adelante, adelante, y salga el sol
por... Zaragoza. Si ahora vuelves al extranjero y te preguntan: «¿Qué
has hecho?», ¿podrás responder algo? Algo sí, pero no lo bastante.
»Los barceloneses responden de reunir dos mil paisanos armados, y
aseguran que los voluntarios realistas de aquella ciudad son poco
temibles. Es verdad: Cataluña, sublevada por el absolutismo delirante,
no es el mejor terreno para una tentativa; pero lo que es imposible
en Cataluña, ¿no será hacedero en Aragón, donde el clero tiene mucho
menos poder? Además, este infame levantamiento clerical, que aquí
es un obstáculo enorme, ¿no puede ser un auxiliar en otra parte?
Calomarde acudirá con todas sus fuerzas a Cataluña, y el corazón de
España quedará desamparado por el absolutismo. ¡Ah, cómo paga el infame
absolutismo su culpa! Este asqueroso tumor que le ha salido dará con su
podrida existencia en tierra... Aventurero, marcha.
Después de distraerse pensando en otras cosas que no interesan al
lector, volvió a dar en su misma idea y dijo:
—Veamos: ¿qué has hecho tú?, ¿qué has hecho para justificar tu vuelta
al extranjero? ¿Has dado a conocer la noble idea que hoy agita a lo
más selecto de los emigrados? Apenas la manifesté en Barcelona, todos
la creyeron irrealizable. Es una ilusión, un disparate, un cuento
de viejas. Pero, ¡ay, hemos visto tantos disparates convertidos en
realidad de la noche a la mañana! ¿Quién pudo creer que España
resistiera a Napoleón? Nadie, y sin embargo... Hoy todo liberal español
a quien se dice que nuestra salvación estriba en cambiar de dinastía,
poniendo en el trono a don Pedro de Braganza, se ríe y duda. ¿No
aspiran los apostólicos a cambiar de rey? Poco a poco la idea de un
cambio de familia dejará de causar espanto... ¡Ah!... ¡Don Pedro, don
Pedro!... Verdaderamente es un disparate, pero un disparate seductor
que se presta a ser propagado. Adelante, pues. No me voy a Francia sin
arrojar esta idea en el surco. Anda, aventurero, anda. Todavía tienes
afecciones en este país. Tu patria te llama con voces distintas: te
llama con la voz cariñosa de una mujer; te llama con la voz grave del
interés. Aventurero, eres pobre, pero vas a ser rico: has heredado. Un
tío que ha vuelto de América te ha dejado algunos miles, que es preciso
recoger. Sí, no se vive solo de ideas; se vive también de pan. Ya que
sigues adelante, aventurero, sé prudente, toma precauciones. Llevas
papeles que te comprometen. ¡Fuera toda esa carga inútil, por si viene
el naufragio!
Diciendo esto se apartó del camino, ató su corcel al tronco de un
árbol, y poniendo la valija en el suelo, apresurose a hacer prolijo
escrutinio de lo que en ella había.
—Este papelote en latín de nada me sirve ya —dijo rasgándolo—. Con la
autorización escrita y cifrada que me dio la Junta de Barcelona para
la de Zaragoza, me bastará. Explicaré verbalmente las ideas que traigo
de Londres. La carta de Torrijos podría servirme, pero la sacrifico
también. La de Chapalangarra es inútil, porque tengo amigos en Navarra.
Esta otra de Palarea está tan bien imaginada y encubre tan bien el
objeto con el artificio de la recomendación para comprar harinas, que
la conservaré. Romperé la de don Alejandro O’Donnell, que no encubre
bien la comisión, porque esto de que vaya a vender reliquias un
comerciante de harinas, no engañará más que a los tontos. Esta lista de
personas dada por Mendizábal, tampoco conduce a nada nuevo: en tierra
con ella. ¡Ah!, aquí sale mi salvación: la esquela para las monjitas de
San Salomó..., muy señoras mías... Si aquella buena mujer que me alojó
en Cardona no me hubiera dado este papel, que creo es una especie de
memorial pidiendo chocolate, a estas horas quizás estaría yo delante
del Padre Eterno, no pidiendo chocolate, sino dándole cuenta de mis
culpas. También guardaré la carta de Tilín para la monja. ¡Benditos
sean los amigos que me enteraron de las intrigas de doña Josefina
Comerford y de las madrecitas de San Salomó! Sin estos preciosos datos,
¡pobre de mí!... Todo está bien: vuelva la valija a la grupa, el hombre
al caballo, el caballo al camino, y Dios por delante.
Ningún encuentro digno de ser mencionado tuvo aquella noche. Al divisar
los muros de Solsona, encomendose a Dios para que no le deparase
ninguna desventura en la histórica ciudad episcopal; pero sin duda el
autor de todas las cosas, o le creyó indigno de misericordia por la
magnitud de sus pecados, o quiso someterle a sufrimientos muy amargos
para probar el temple de su espíritu, porque no bien pisó el caballo
blanco los guijarros que pavimentaban las calles de Solsona, cuando
cayeron sobre el caballero tantas desventuras, que tuvo por dichoso
el encuentro con Tilín y las demás trapisondas y padecimientos de su
trabajada existencia. Dejémosle ahora lamentando su triste suerte en
las mazmorras del Ayuntamiento de Solsona, y antes de ocuparnos de los
reveses de este aventurero desconocido, veamos lo que aconteció al
bravo Tilín y el giro que tomaron sus asombrosas y nunca vistas proezas.
X
Había corrido próximamente un mes desde la gloriosa salida del
voluntario realista a civilizar los pueblos de la sierra, cuando
recibió orden de Pixola mandándole que al punto se trasladase a
Solsona. Maravilló a Tilín esta premura y la sequedad del despacho;
pero mucho mayor fue su sorpresa cuando al entrar en Solsona con su ya
numerosa partida, vio que Pixola, en vez de recibirle con los brazos
abiertos y encomiar el éxito de la expedición, recibíale ásperamente,
sin mostrar ni un ápice de entusiasmo por tan descomunales servicios,
ni menos alabar su heroico valor. Aquel primer arañazo dado por la
horrible arpía, enemiga de las humanas grandezas, hizo manar sangre del
ardiente corazón de Pepet Armengol.
Gran condescendencia fue que el carnicero reconociese y otorgase al
héroe los grados que este mismo se había dado por un procedimiento
novísimo en los fastos de las improvisaciones personales; mas con esto,
el díscolo guerrillero demostraba que no solo aborrecía a Pepet, sino
también que le tenía un tantico de miedo. Ni la muchedumbre de mozos
útiles, ni las armas, ni el dinero, bastaron a modificar la opinión
de Pixola sobre los merecimientos de su subalterno, la cual, como
se asentaba en la ruin envidia, más desfavorable era cuanto mayores
motivos había para que no lo fuese. Pero el punto en que más insistió,
por ser aquel en que se encontraba más fuerte, fue el de la protección
que Tilín había dado a un pícaro sectario y jacobino que andaba por
el país malquistando a los realistas unos con otros, y metiendo
cizaña, haciéndoles desconfiar de sus jefes y dándoles dinero para que
atropellasen e hicieran atrocidades.
Perplejo se quedó el sacristán al oírlo; pero contestó que él no
había protegido a ningún perro sectario, y que si dio libre paso a un
desconocido, fue por creerle enviado de la Junta de Barcelona.
—Ya veo que tienes buenas tragaderas —le dijo Pixola gozoso de
humillarle delante de las notables personas, canónigos, frailes,
honrados contrabandistas y trabucaires que presentes a la sazón
estaban—. Valiente papamoscas tenemos aquí... No basta un poco de
valor, señor Tilín, para mandar tropa en una guerra como esta: es
preciso tener mucha astucia y cierto pesquis, y ciencia del mundo, que
no se aprenden en la sacristía de las reverendísimas. Ya me figuraba yo
que el jacobino te engañaría, como engañamos a un pobre pez cuando le
arrojamos el anzuelo. ¿Ves cómo no me engañó a mí? Desde que le eché el
ojo, dije: «Ese hombre no me gusta; que le pongan a la sombra». ¡Oh!,
ya conozco yo a mi gente masónica. Sus farsas no me convencieron, ni
la carta que traía para las monjas pidiendo chocolate, ni la que tú le
diste, poniendo tus acciones en las mismas nubes, y pintándolas como
iguales a las de Hernán Cortés en la Nueva España.
Las risas y chacota que acogieron estas observaciones hicieron temblar
el corazón soberbio y fogoso de Tilín, y las llamaradas de su enojo, de
su despecho, de su ofendido orgullo, salieron a su bronceado rostro.
—¿Quieres saber las consecuencias de tu falta? —añadió el cruel
Pixola—. Pues ya dicen por ahí que los jacobinos te han ganado... Podrá
no ser verdad; yo creo que es mentira; pero ello es que maldita la
confianza que puedo tener en ti.
Tilín se puso rojo, después amarillo y tembloroso. Dando una patada que
hizo estremecer la casa, exclamó con salvaje furia:
—¡Por el rabo del Malo! El que sostenga que yo me he vendido a los
jacobinos, venga delante de mí, dígamelo en mi cara, y le sacaré las
entrañas.
—¡Oh!, fuertecillo estás —dijo el carnicero riendo de su triunfo y de
la cólera de Tilín—. No se prueba la honradez sacando entrañas: se
prueba con la conducta... En fin, gracias que has dado con un hombre
como yo, decidido a protegerte. Mira si seré bueno, que no pienso
quitarte el mando.
Tilín, mirando fijamente a su jefe, dijo para sí, sin desplegar los
amoratados labios: «Y si me lo quitaras, perro ladrón, yo lo volvería a
tomar».
Los respetables varones que presentes estaban llevaron la conversación
a otro terreno, y durante una hora larga se habló del proyecto de tomar
a Manresa para fundar en aquella excelente plaza el gobierno central de
la idea apostólica.
—Jep ha salido ya de Berga —dijo Pixola— Caragol debe haber salido
también de Vich, y yo me pongo en marcha mañana. Nos juntaremos, y allá
para la semana que viene a más tardar, Manresa será nuestra.
No se ocuparon más aquel día el guerrillero y su pequeña corte de
la importante persona de Tilín; pero al siguiente recibió el héroe
la estocada mortal de la envidia con la orden de permanecer en
Solsona, mientras las demás tropas y somatenes iban sobre Manresa.
Esta eliminación en la jornada de más peligro y lucimiento puso al
sacristán en el último grado de la rabia. Era evidente ya que se
deseaba oscurecerle y postergarle; pero él guardó su rabia en el pecho
aparentando resignación y conformidad con su suerte. El veneno y
las llamas que devoraban su alma, fueron celosamente guardados como
el puñal de que se piensa hacer uso en momento oportuno. Se le vio
silencioso, mas no irritado, en el momento de salir la gente de Pixola
y la suya para tan notable empresa, y dijo adiós a sus compañeros sin
mostrarse envidioso. Para colmo de humillación, no quedaba al frente
de la guarnición de la ciudad, sino como subalterno de un tal Mañas,
nombrado jefe de la plaza, el cual era un viejo borracho que pasaba la
mitad del tiempo durmiendo y la otra mitad jugando a las cartas.
Los partidarios que quedaban en Solsona no tenían más consigna que
vigilar a los presos sepultados en las mazmorras del Ayuntamiento,
entre los cuales hallábanse Guimaraens y el aventurero don Jaime
Servet, y defender la ciudad en caso de un ataque, muy poco probable
por cierto, de las tropas del rey. Tilín, viéndose condenado a forzosa
holganza, vagaba sin compañía por la solitaria muralla de la ciudad o
bien por las tristes riberas del río Negro, testigo de los juegos de su
infancia, terminando siempre su paseo en la puerta del Travesat junto a
San Salomó.
Por las mañanas visitaba la sacristía, ayudaba algunas misas, y si
se lo permitían, pasaba a ver a las madres y a departir con ellas
acerca de los negocios de la causa apostólica, que iban mal según
unas y a pedir de boca según otras. Aquella preferencia que desde
su edad más tierna había mostrado Pepet por la bella y afable sor
Teodora de Aransis, mostrábase ahora con más claridad, bien porque
la desgracia avivase los afectos de su corazón, o bien porque la
situación desventajosa en que se encontraba, relativamente a su antigua
jerarquía sacristanesca, le autorizase a dejar traslucir lo que antes
ocultaba. La corta, pero accidentada vida militar había gastado dos
principalísimas protuberancias, digámoslo así, del carácter de Tilín:
la timidez y el respeto a ciertas cosas y personas, bien así como la
piedra puntiaguda y angulosa se pule y redondea al ser arrastrada por
los torrentes.
Todos los días pasaba largas horas en el monasterio sin quitarse
el uniforme, y aunque la madre abadesa no gustaba de ver allí los
arreos marciales, inclinose al fin a tolerarlos por lo singular de
las circunstancias. Rogole dicha señora que ayudase al sacristán su
sustituto en los servicios de limpieza dentro de la sacristía; pero
Tilín se negó a degradar su uniforme en faena tan impropia de un
militar de grandes alimentos. Fuele dicho entonces que se quitase la
casaca, espada y chacó, con cuya advertencia recibió nuestro héroe
tanta pena como si le hubieran dado cien bofetadas; pero como habría
sido más grande aún su dolor si le privaran de entrar en el convento
durante aquellos días de tristeza, desgracia y descanso, consintió al
cabo en degradarse. No creyendo decente estar en mangas de camisa, se
puso su antigua sotana, con lo cual se vio realizada una metamorfosis
de que no creemos pueda haber ejemplo en otro país del mundo. Así
cambiaba de apariencia aquel extraordinario mozo, pasando de guerrero
a sacristán lo mismo que había pasado de la oscuridad de la sacristía
al esplendor y estruendo de los campos de batalla.
Casualmente había a la sazón en San Salomó una obra que exigía buenas
manos, y el sustituto de Tilín, si las tenía excelentes para robar
cera, carecía de fuerzas para trabajos mayores. Estaban arreglando un
flamante y lindo altar para la Virgen de Septiembre, y era necesario
el concurso de un hombre de buenos puños. Tilín despachó esta obra de
romanos en dos días, y después quiso arreglar la huerta, que se hallaba
en malísimo estado por enfermedad del hortelano.
Asistiendo, como auxiliares o meras espectadoras, a estas santas
tareas, algunas monjas se regocijaban oyendo a Tilín la relación de sus
proezas, siendo de observar que el héroe de ellas, antes de aminorarlas
con la modestia, las acrecía con el frecuente uso de la hipérbole,
presentándolas con tal grandor que las buenas señoras se quedaban
embobadas ante tanta maravilla, creyendo ver resucitado el tiempo de
la caballería andante. Como eran caritativas y bondadosas, Tilín hacía
caso omiso de los fusilamientos que había ordenado, y todo era batallas
y más batallas en las cuales había salido victorioso.
La que ponía más atención a estos homéricos relatos era sor Teodora
de Aransis, que seguía con interés febril el giro de los sucesos
apostólicos, teniendo siempre en tortura su imaginación y sobrexcitados
sus nervios.
Lejos de extinguirse en el nulo corazón de Tilín, madriguera de
impetuosas pasiones, el profundo afecto hacia ella, aquel sentimiento
había ido tomando cuerpo con los años, variando de naturaleza conforme
al giro del tiempo y a las mudanzas del carácter. Era para él la de
Aransis objeto de un respeto que rayaba en supersticioso culto, y
de tal modo se apoderaron de su ánimo la memoria y la imagen de la
esposa de Cristo, que ni un instante se apartaron ambas de su cerebro
durante la campaña. Sin embargo, mientras fue soldado, la pureza de
sus pensamientos era tal, y tan grande la fuerza del respeto, que sus
afectos parecían más bien un apasionado fervor místico que afición
ordinaria entre dos seres humanos.