Al día siguiente Pixola, después de encomiar la acción de Tilín, dijo
al señor capellán:
—Me parece que tenemos un hombre. Cuando las madres me lo recomendaron,
le destinó mentalmente a ranchero; pero me parece que ese caballero
del esquilón va a picar un poco alto. Le voy a dar el mando de una
compañía. Ahí tiene usted un sacristán que valdrá más que cien obispos.
Las hordas de Pixola eran un conjunto heterogéneo de voluntarios
realistas uniformados, procedentes de los cuerpos que se formaran
el 24, de soldados desertores, de payeses que se armaban con lo
que podían, y de trabucaires o contrabandistas de la Cerdaña y de
los valles de Arán y de Andorra. En el improvisado ejército las
jerarquías militares iban saliendo de los acontecimientos, de las
hazañas individuales y también de las intrigas, fruto natural de
toda colectividad donde hierven las pequeñas pasiones al lado de las
grandes. Así es que el prestigio adquirido en un buen golpe de mano, y
la recomendación de personas a quienes se tenía en mucho, bastaron a
elevar a Tilín a una categoría semejante a la de teniente. El carnicero
le llamó aparte, y agarrándole por un botón de la pechera, como era su
costumbre siempre que hablaba con un amigo, díjole así:
—Mira, Tilín: yo voy ahora hacia Balaguer y la Conca de Tremp a recoger
las tropas que se están organizando. Tú te vas hacia Pinós, donde hay
mucha gente que no ha querido afiliarse. Allí se necesita una mano
pesada. Te llevarás cincuenta hombres con el encargo de que has de
reclutar doscientos. En ese país hay muchos caballos: no perdones
ninguno... Oye otra cosa —añadió reteniéndole por el botón—. También
hay mucho dinero; es preciso que recaudes todo lo que puedas: hombres,
dinero, caballos. Abre bien las orejas: hombres, dinero, caballos.
Espero que nuestro monago sabrá ayudar esta misa de sangre. Después nos
reuniremos en Cardona para ir todos sobre Manresa, donde nos espera el
general en jefe, Jep dels Estanys... ¡Ah!, se me olvidaba otra cosa:
si encuentras tropas del gobierno, te retiras a la montaña y las dejas
pasar.
Con estas instrucciones y sus cincuenta hombres partió Tilín el 8 de
julio en dirección a Clariana y al río Cardoner. Asombró a todos la
atinada organización que supo dar a su pequeña hueste, principiando
por establecer en ella la más rigurosa disciplina. El segundo día
de expedición, dos individuos de malísima estofa que habían sido
contratados por Pixola en la raya de Andorra, no mostraron gran celo
por cumplir una orden que el gran Tilín les diera. Reprendioles este
con severidad, pero sin malas palabras ni grosería, y lo mismo fue
oír la voz del jefe, rompieron ellos a reír diciéndole que harto
hacían en dejarse mandar por un sacristán de monjas, y que no se les
hurgara mucho porque también ellos sabían repicar campanas. El denodado
teniente les mandó fusilar: hubo un momento de vacilación; pero los
delincuentes perecieron; y a los disparos que les cortaran la vida
siguió ese silencio congojoso de la disciplina, que es como el de la
muerte. Tenía Tilín un núcleo de diez o doce hombres feroces que le
obedecían ciegamente, y sobre esta sólida base fundó el orden y la
cohesión admirables de su pequeño ejército.
Siempre sereno, atento a su deber, previsor, demostrando gran
conocimiento del terreno y un tacto singular para dirigir la marcha,
aquel prodigioso monaguillo se parecía a un gran general.
Antes de llegar a Cardona se internaron en la montaña buscando la
sierra de Pinós. En todos los caseríos Tilín reclamaba los hombres
útiles, y si algunos se le unían de buen grado, otros buscaban refugio
en los bosques; pero él supo encontrar en su caletre trazas muy
ingeniosas para que la mayor parte no se le escapase. El primer pueblo
donde puso en práctica su plan fue San Salvador de Torroella. Hizo que
se le presentaran el alcalde y los dos o tres vecinos más acomodados
del pueblo; pidioles los mozos útiles desde veinte a cuarenta y cinco
años, con más todo caballo, mula o animal cuadrúpedo que sirviese para
transportes de guerra, y por añadidura una suma que concienzudamente
fijó en treinta mil reales. Alborotáronse los prohombres, a pesar de
su férvido y jamás sospechoso realismo, jurando y perjurando que ni
aun vendiéndose al moro todos los vecinos juntarían los treinta mil.
En cuanto a mozos, todos los del pueblo estaban ya en la evangélica
facción, y de cuadrúpedos no había que hablar, porque allí el trabajo
de los animales lo hacían los hombres.
Hallábanse durante estas conferencias en un mesón que hay a la entrada
del pueblo. Tilín, económico de palabras como todo el que es pródigo de
acciones, mandó al alcalde que bajase al patio.
—¡Perdón! —gritó el pobre hombre cayendo de rodillas.
Tilín dio una orden terrible como quien da un consejo, y el alcalde fue
fusilado. Igual suerte habrían sufrido los otros caciques si al punto
no acudieran los vecinos con todo el dinero que tenían y seis caballos,
presentándose además catorce hombres que antes de la cruel sentencia y
suplicio del alcalde andaban escondidos en pajares y desvanes.
En Prades tuvo mejor acogida. El alcalde salió vara en mano a
recibirle, y denunció la existencia en el pueblo de dos sargentos
indefinidos y de cuatro liberales, que a todas horas hablaban mal
de sus majestades y de la religión. Sin atender a estas menudencias,
Tilín pidió lo de siempre: dinero, armas, hombres, caballos. Hablósele
de un rico que tenía cinco hijos útiles, muchos ahorros, dos pares
de mulas, seis escopetas de caza y un pedazo de cañón de los que se
cogieron a los franceses en el Bruch. Tilín mandó visitar la casa del
rico y pudo allegar la mitad de aquellos tesoros, despreciando el medio
cañón, que era de un valor puramente arqueológico. Los frailes salieron
a recibirle en comunidad, y poco faltó para que salieran también con
palio; le abrazaron, obsequiándole con gran mesa; pero él se mostró
sobrio y discreto. Por la tarde, y delante de la misma puerta del
convento, arcabuceó a dos reclutas que se le habían querido escapar.
En Quadrells fueron cinco las víctimas; pero ya los mozos recogidos
ascendían a ochenta, siendo menos de la mitad los recogidos por fuerza;
los demás se filiaban voluntariamente por entusiasmo, o por vagancia o
por miedo. El dinero recaudado se elevaba a diez mil duros, y las armas
formaban un arsenal respetable, aunque heterogéneo. En caballos y mulas
habían juntado lo bastante para organizar un pequeño escuadrón.
En Torá hubo conatos sediciosos, porque algunos descontentos quisieron
separarse de la cuadrilla incitados por un voluntario de Berga, que era
al modo de alférez. Tilín cortó la conspiración mandando arcabucear
a siete; y a un bendito y chismoso lego de San Francisco que le
acompañaba con hábito y sable, hízole obsequio de cincuenta palos por
no haber dado cuenta de la trama, que conocía desde sus principios.
Respetado y temido, Tilín avanzaba en su empresa, y fue terror de los
pueblos y brazo potente de la insurrección en aquella agreste comarca,
donde reclutaba zorros para hacer de ellos leones.
Al salir de Torá, sus espías le dijeron que una fuerza del ejército
bajaba por la carretera de Manresa. Se la había visto el día anterior
en Fals, y parece que seguiría en dirección a Castelfullit. Al
punto ambicionó ardientemente el monago sorprender aquella fuerza,
cualquiera que fuese su importancia: concebir un plan y dar las
primeras órdenes para su inmediata ejecución, fue todo uno. Hermosísima
noche le favorecía. Avanzó con buenos guías delante de sus tropas
para hacerse cargo del terreno, y pagó a peso de oro el espionaje,
en lo cual le favorecía la adhesión del país a una causa propagada
al calor del fanatismo religioso; apostó sus tropas convenientemente
después de obligarlas a una marcha titánica en seis horas por sierras
y vericuetos; repartió palos a los morosos, fusiló a los díscolos,
recompensó a los valientes, avanzó, acechó, olfateó, inquirió el rastro
del enemigo con ese instinto felicísimo del guerrillero, que es la
desesperación de la estrategia, y antes de que amaneciera el día 20 de
julio cayó como una lluvia de verano sobre las tropas del coronel Roda
(división de Carratalá), que recorrían la carretera de Cataluña para
intimidar a los pueblos y desarmar a los voluntarios. Tres batallones
y cuarenta caballos componían aquella fuerza, que fue materialmente
destrozada y hecha trizas por un sacristán ávido de los laureles de
Viriato. Había dado orden a sus guerrilleros de que no dieran cuartel.
El estrago fue inmenso, la lucha breve y sangrienta, el gozo de Tilín
delirante. Dispersose la mitad de los soldados por la vertiente de
Monserrat; muchos perecieron batiéndose con ardor; cincuenta quedaron
prisioneros con treinta y dos caballos y gran número de armas.
Era aquella la primera victoria formal del águila que había tenido por
nido una sacristía y por plumaje una sotana. Pero él miró su triunfo
como hombre acostumbrado a saborearlos, y se apresuró a tomar las
medidas necesarias para hacerlo más fructífero. Sin dar descanso o su
gente recorrió los pueblos de la carretera hasta cerca de Cervera.
Calaf, Vilamajor, Montfalcó, Rabasa le vieron dentro de sus muros,
y de grado o a regañadientes diéronle cuanto se le antojó pedir. Los
mozos ingresaban con gusto, porque ya los frailes habían hecho su papel
y tenían soliviantado al país; no así el dinero, para cuya percepción
necesitaba Tilín emplear argumentos un poco fuertes y hablar con los
fusiles de sus bárbaros soldados. Ovaciones y plácemes tuvo el héroe, y
allí eran de ver cómo le ensalzaban los frailes y le mandaban golosinas
las monjas, y le predecían todos magnífico porvenir y fama no menos
grande que la de los más esclarecidos guerreros de la cristiandad.
No quiso llegar a Cervera, y retrocediendo volvió a internarse en
Pinós, para de allí pasar a la cuenca del Cardoner y marchar a Cardona,
donde esperaba recibir nuevas órdenes de Pixola. Había recogido
doscientos hombres, más de quince mil duros, muchas armas y ochenta
caballos. Por el camino instruía y armaba su nueva gente, aumentaba y
organizaba un escuadrón. Satisfecho de tantos y tan rápidos triunfos,
y comprendiendo por estos y por la magnitud de su suerte que merecía
ser coronel, pensó darse a sí mismo este grado; mas la modestia habló
en su alma, y contentose con ser comandante por el momento. Lo hizo
extendiendo un oficio en que textualmente decía: «En atención a mis
eminentes servicios a la causa de la religión y del trono absoluto,
vengo en nombrarme comandante de los ejércitos de la fe».
Revolviendo en su monte estos y otros pensamientos, decía para sí:
—¡Rabo y uñas de Lucifer! Si Pixola no me reconoce el grado... le
fusilaré.