En 1642 agravada la insurrección de Cataluña y cediendo Felipe IV a las

instancias de su esposa doña Isabel, ordena jornada al Principado

rebelde; saliendo de aquella inacción sólo interrumpida para cazar en el

Pardo o ver comedias en el Retiro. Pero el deseo de la Reina no se

cumple sino a medias porque el Conde-Duque que, contra lo que ella

quería, le acompaña, logra que el viaje se haga con lentitud. Van a

Aranjuez por Alcalá, detiénense para fiestas en Cuenca, cazan en Molina

y llegan por fin a Zaragoza. Allí, aunque el ejército español era de

45.000 hombres y los franceses andaban cerca de Monzón, él privado

convence al Rey de que no debe salir a campaña y mientras le deja

entretenerse en ver jugar desde una ventana a la pelota, él se pasea por

la ciudad dos veces al día con séquito de doce coches y cuatrocientos

soldados. Así se prolonga la estancia de la Corte en Zaragoza y

Velázquez que, antes como criado que como artista, ha ido sirviendo a S.

M., traba conocimiento con el pintor Jusepe Martínez.

Debieron de hacerse amigos verdaderos, pues a petición de Velázquez

nombró el Rey pintor de cámara al aragonés y éste al escribir su libro

_Discursos practicables del nobilísimo Arte de la Pintura_ aprovechó

cuantas ocasiones pudo para colmar de elogios al sevillano.

Poca importancia tiene el episodio, mas como en Velázquez todo es

interesante, he aquí lo que cuenta Martínez de un caso que allí le

sucedió: «Estando Diego Velázquez en esta ciudad de Zaragoza, asistiendo

a S. M., de gloriosa memoria, le pidió un caballero que le hiciera un

retrato de una hija suya muy querida: hízolo con tanto gusto que le

salió con grande excelencia; al fin como de su mano: hecha que fue la

cabeza, para lo restante del cuerpo, por no cansar a la dama, lo trajo a

mi casa para acabarlo, que era de medio cuerpo: llevolo después de

acabado a casa del caballero; viéndolo la dama le dijo que por ningún

caso había de recibir el retrato: y preguntándole su padre en qué se

fundaba, respondió; que en todo, no le agradaba, pero en particular que

la valona que ella llevaba, cuando la retrató era de puntas de Flandes

muy finas».--Razón tenía Jusepe Martínez para decir que haciendo

retratos «se sujeta un hombre a oír muchas simplicidades e ignorancias.»

Por este tiempo la Reina, siempre opuesta a las malas artes con que

gobernaba el privado, arreció en su empeño de derribarle procurando que

Felipe IV sacudiera la vergonzosa tutela en que vivía. Como faltase

dinero para la guerra entregó la mayor parte de sus alhajas al joyero

Cortizos y envió a su esposo ochocientos mil escudos: fueron necesarios

más, y por el Conde de Castrillo mandó a Zaragoza las joyas que le

quedaban; con lo cual viéndose el Conde-Duque amenazado por la impresión

que tan noble conducta causase en el animo de Felipe IV, y deseando

contrarrestarla de cerca, se determinó a volver a Madrid en Diciembre:

pero su caída era ya inevitable. Isabel de Borbón consiguió que su

esposo oyese en conferencias privadas a su nodriza doña Ana de Guevara,

a quien siempre mostró apreciar, al Conde de Castrillo y sobre todo a la

duquesa de Mántua que, recién llegada de Portugal, le diría las causas

verdaderas de la pérdida de aquel reino, dando estas entrevistas por

resultado que al mes de Enero siguiente cuando se trató de escoger en

Palacio servidumbre y cuarto para el Príncipe Baltasar Carlos, que ya

era mozo, el Rey impuso enérgicamente su voluntad al privado: primero

nombrando los criados que quiso, y en lo tocante al aposento diciendo:

«¿Y por qué Conde no estará mejor en aquél que habitáis ahora vos, que

es propio del primogénito del Rey y en el que estuvo mi padre y estuve

yo cuando éramos príncipes? Desocupadlo inmediatamente, y tomad casa

fuera de Palacio». Triunfó la Reina, entregó Olivares la llave secreta

que tenía de la cámara real y partió de Madrid, en apariencia con

permiso para retirarse a su villa de Loeches, en realidad amenazado, si

no se marchaba pronto, de que hiciera con él Felipe IV lo que su padre

había hecho con Don Rodrigo Calderón. Como todo el que ha estado en

posición de hacer favores, dejaría Olivares ingratos en la corte, mas no

fue de ellos Velázquez, pues casi todos sus biógrafos afirman que

permaneció fiel al caído y alguno expresa claramente que le visitó en su

destierro.

Los empleos que desempeñaba en Palacio le obligaron a viajar también en

1644 acompañando al Rey.

Sitiada Lérida por los franceses, Felipe IV salió a campaña con asombro

de sus contemporáneos que, elogiándole mucho, lo dejan consignado en

multitud de escritos, refiriendo detalles hasta de las galas que se

ponía, contando que fue vestido _a lo soldado_, de amarillo y rojo, que

tomó parte en la batalla dada para levantar el cerco de Lérida y que

entró en ella triunfante con traje «de ante, bordado de plata y oro,

banda roja bordada de oro y sombrero blanco de nácar». Antes de la

victoria el séquito real permaneció algunas semanas en Fraga: allí se

habilitó un estudio en un local tan malo, que hubo que apuntalarlo;

echaronse en el suelo cargas de espadaña, y en tres días hizo Velázquez

un retrato a S. M. para enviarlo a Madrid con aquel mismo vistoso traje

con que entró en la ciudad rendida. Allí retrató también al enano

llamado _el Primo_, que iba en la comitiva, y de quien, con otros de su

ralea, se hablara más adelante.

Muerta aquel mismo año de 1644 Isabel de Borbón, cuya inteligencia y

nobles propósitos acaso hubieran logrado sobreponerse a la cachazuda e

indolente condición de su marido, hizo este nuevo viaje acompañado del

Príncipe Don Baltasar Carlos para que como a heredero del trono le

jurasen las Cortes de Aragón y Valencia, y con ellos marchó Velázquez,

sin que de esta expedición quede en libros y papeles noticia interesante

a nuestro propósito: mas que como pintor, iría como sirviente; lo cual

prueba una de dos cosas: que era tan poco dueño de sí, que no podía

esquivar aquellas ocupaciones indignas de su genio, o que el Rey le

estimaba tanto que no daba paso sin él.

En 1646 resuelve Felipe IV nuevo viaje a tierras de Aragón haciendo la

jornada por Navarra y llevando también al Príncipe. Velázquez va con

ellos, esta vez acompañado de Mazo, que a petición de Don Baltasar

Carlos pinta la _Vista de Pamplona_, cuadro que se conserva, y la de

_Zaragoza_, que esta en el Museo del Prado, en la cual son de mano de su

suegro, aunque lo nieguen críticos extranjeros tan ilustres como

Armstrong y Justi, las elegantísimas figuras del primer término, hechas

con singular soltura y gracia, tratadas de modo que, a pesar de sus

dimensiones, tienen el aspecto y carácter del natural[53].

Acabó desdichadamente este viaje, pues el Príncipe murió en Zaragoza a 9

de Octubre, faltándole sólo unos días para cumplir diecisiete años. Como

detalle curioso relacionado con el conocimiento de la época merece

saberse que el caballero holandés Aarsens de Somerdyck, que vino poco

tiempo después a España, cuenta la causa de la enfermedad diciendo que

don Pedro de Aragón, gentil hombre de la cámara de S. A., le dejó pasar

una noche con una ramera, de lo cual se le originó gran debilidad y

fiebre: los médicos, ignorantes del origen de la dolencia, le sangraron,

acelerando la muerte; y don Pedro, por consentir el exceso o no

revelarlo oportunamente, cayó en desgracia, aunque era cuñado del

privado, castigándosele con no volver a la corte y obligándosele a vivir

en un extremo de la ciudad sin que se le permitiera hacer ni recibir

visitas con ostentación[54]. Como los naturales de otras naciones que

vienen a viajar por la nuestra para escribir luego sus impresiones y

aventuras no suelen distinguirse por prudentes y veraces, sino pecar por

descuidados y embusteros, pudiera ser que el Príncipe no muriese de lo

que el holandés refiere. Fray Juan Martínez, que era confesor del Rey y

se hallaba en Zaragoza cuando el triste suceso, escribió largamente al

doctor Andrés diciéndole que la enfermedad fue de viruelas[55]. En

cambio Matías de Novoa, en su _Historia de Felipe IV_, narra la muerte

con extremada concisión. La carta que por aquellos días escribió el Rey

a Sor María de Agreda prueba que en su alma dolorida por tan gran

desgracia, la resignación cristiana se impuso y prevaleció sobre el

dolor de padre. Dos años después, excluyendo otros enlaces con Ana

María de Borbón, Duquesa de Montpensier, con la Princesa Leonor de

Mántua y con una archiduquesa de Inspruck, aceptó para esposa a su

sobrina doña Mariana de Austria, cuya boda estuvo antes concertada con

el pobre Príncipe muerto en Zaragoza.

VIII

VELÁZQUEZ, CRIADO DEL REY.--SEGUNDO VIAJE A ITALIA.--RETRATOS DE JUAN DE

PAREJA Y DE INOCENCIO X.--OBRAS DE ARTE QUE COMPRA PARA FELIPE IV.--ES

NOMBRADO APOSENTADOR DE PALACIO.--MEMORIA Y DUDAS QUE OFRECE SU

AUTENTICIDAD.

Todos los autores que han escrito la historia de las bellas artes en

España cuentan que, habiéndose intentado cobrar tributo de alcabala a

los pintores, éstos, representados por Ángelo Nardi y Vicente Carducho,

litigaron en demanda de que la pintura fuese exenta y considerada como

arte liberal. Las declaraciones hechas en aquella ocasión por varones

eminentes son curiosísimas. El doctor Juan Rodríguez de León atestiguó,

con la Sagrada Escritura, que la pintura vino del cielo, como revelada,

pues Dios mandó a Ezequiel que pintase la ciudad de Dios en un ladrillo;

sacó a relucir que, Cosme de Médicis, fue a Espoleto para enterrar a

fray Filipo Lippi y habló de la estimación dispensada por Carlos I a

Ticiano, y por Felipe II a Sofonisba Cremonense. Lope de Vega dijo:

«Fuera agravio que se hace a nuestra nación, que de las demás sería

tenida por bárbara, no estimando por arte el que lo es con tanta

veneración de toda Europa.» Don Juan de Jauregui opinó que «el valerse

de las manos es accidente que no ofende el ingenio e ingenuidad suma

desta ciencia, sino que habiendo de lograr sus efectos a ojos de todos

se sirve de los colores y manos como el orador y filósofo de la tinta y

pluma». El maestro Joseph de Valdivieso habló de lo que honraron a Juan

Bellino la señoría de Venecia, a Durero el Emperador Maximiliano, a

Andrea Mantegna el Marqués de Mántua, y a Rafael el Papa León X; y Don

Antonio de León, relator del Supremo Consejo de Indias, después de

considerar la cuestión como letrado, escribió en el estilo propio de la

época que «cuando la industria humana, haciendo vislumbres de divina, y

con un hechizo de los ojos, en fantásticas formas, satisfaciendo al más

noble de los sentidos, hurta los pinceles a la naturaleza, y hace

parecer con alma lo que aún no tiene cuerpo, ¿qué ley, qué razón le

puede negar el más singular privilegio o la menos comedida exención? A

tanta eminencia cede la mecánica imposición de la alcabala».

Cuando Velázquez vivía ya en Madrid se imprimió un curioso libro[56]

donde todo esto consta, y en 1633 el Consejo de Hacienda falló el pleito

conforme al deseo de los pintores. No hace falta más para comprender

que los hombres ilustrados de aquel tiempo, aunque lo expresasen con tan

retorcidas frases, sabían y proclamaban los respetos que merece el arte.

A pesar de lo cual Diego Velázquez seguía siendo, más que pintor, criado

del Rey; mejor dicho, era un criado que pintaba. Y no vale alegar en

disculpa de Felipe IV que, no honrándole de otro modo, participó de un

error común a sus contemporáneos. Lo que no deja de tener gracia es que

casi todos los personajes que contribuyeron a la citada información

pensaron lisonjear al Rey consignando que S. M. también pintaba.

Ello fue que pasaron los años, nadie pretendió cobrar alcabala a los

pintores, y Velázquez, aun después de dignificado su arte con la

exención famosa, continuó figurando en las nóminas de los servidores del

Alcázar. Pruebas de que no se le distinguía ni mimaba eran los sitios

que le estaban destinados en las fiestas de toros, a las cuales tenían

derecho de asistir muchos dependientes de Palacio. En las corridas de

1640 le fue designado asiento en el cuarto suelo de la Casa Panadería,

figurando en la misma lista que el caballerizo del Conde-Duque, los

barberos de Cámara, los mercaderes del Rey y las criadas de los

Marqueses del Carpio. En las de 1648 su nombre aparece mejor acompañado:

esta en el cuarto suelo, en la parte de la Puerta de Guadalajara, cerca

del _grefier del Tuson_. Cuando el Rey no asistía se trocaba el orden, y

entonces podía sentarse en el piso tercero de las _casas que arriman a

la Panadería_, cerca de los caballerizos de S. M., de algunos oficiales

mayores de Estado, los médicos de Cámara y el teniente de acemilero

mayor[57].

Al parecer no tiene importancia en el estudio de su vida de artista la

índole de los cargos que desempeñó; mas si se atiende a que malgastaría

en servir el tiempo que pudiera aprovechar pintando, se verá lo que la

posteridad ha perdido en ello.

Fue ugier desde 1627 hasta 1634; ayuda de guardaropa hasta 1643, sin

ejercicio, y con él hasta 1645; ayuda de cámara sin ejercicio desde 1643

hasta 1646. Al volver a Madrid, después de la última jornada de

Zaragoza, tornaría a los enojosos quehaceres propios de tales canongías;

mas por muy imbuido que estuviese de las preocupaciones de la época, en

que _ser criado de Su Majestad_ parecía tal honra que hasta en las

portadas de sus obras lo consignaban los escritores, natural era que

desease algún descanso y libertad conforme a sus inclinaciones y

temperamento de artista. Tras de haber andado varias veces con el

séquito real recorriendo provincias, donde poco sería lo que pudiese

aprender, acaso pensara, aunque era ya de cuarenta y nueve años, en

viajar según su gusto, para estudio y deleite. La circunstancia de

haberle nombrado _veedor de las obras que se hacían en la torre vieja

del Alcázar para fabricar la pieza ochavada_, de que hablan los

documentos del archivo real, debió de favorecer su propósito, y tal vez

contribuyese a determinarlo el ocurrírsele al Rey adquirir cuadros para

ornato de aquella parte de palacio que se estaba reformando. Ello es

que en sus _Discursos practicables_, hablando de Velázquez, cuenta

Jusepe Martínez lo siguiente: «Propúsole S. M. que deseaba hacer una

galería adornada de pinturas, y para esto que buscase maestros pintores

para escoger de ellos los mejores», a lo cual respondió: «Vuestra

Majestad no ha de tener cuadros que cada hombre los pueda tener.»

Replicó Su Majestad: «¿Cómo ha de ser esto?» Y respondió Velázquez: «Yo

me atrevo, señor, (si V. M. me da licencia), ir a Roma y a Venecia a

buscar y feriar los mejores cuadros que se hallen de Ticiano, Pablo

Veronés, Basan, de Rafael Urbino, del Parmesano y de otros semejantes,

que de estas tales pinturas hay muy pocos príncipes que las tengan, y en

tanta cantidad como V. M. tendrá con la diligencia que yo haré; y más

que será necesario adornar las piezas bajas con estatuas antiguas, y las

que no se pudieren haber, se vaciarán y traerán las hembras a España,

para vaciarlas después aquí con todo cumplimiento.» «Diole S. M.

licencia--acaba diciendo Martínez--para volver a Italia, con todas las

comodidades necesarias y crédito.»

A juzgar por las muchas y hermosas obras de arte que trajo para el Rey,

esta fue la causa de su segundo viaje a Italia: y no como han indicado

algunos que se decidiese por entonces fundar en Madrid la academia

proyectada en el reinado anterior. Antes de emprender la marcha,

procurando reunir recursos, pidió que se le pagasen atrasos que se le

debían de cierta consideración para quien no estaba espléndidamente

remunerado: y porque se vea hasta donde llegaba el desorden en la

administración de la casa real, he aquí la orden dictada por Felipe IV

para que cobrase:

«Diego Velázquez me ha representado, que de las pinturas que ha hecho

para mi servicio desde el año 628 hasta el de 640, y de los gajes de

pintor de los años desde 630 hasta 634 que faltó la consignación, se le

restan debiendo 34.000 reales, porque lo demás se le ha pagado en los

500 ducados que le mandé librar en los ordinarios de los de la dispensa

por meses, desde 640, suplicándome que sea servido de mandar que estos

500 ducados se le cumplan a 700 y se le paguen en la misma consignación

hasta que le haga merced de acomodarle en cosa equivalente para poderse

sustentar, con que se dará por satisfecho de esta deuda y de las demás

pinturas que ha hecho e hiciere en adelante, y porque he venido en

concederle lo que pide, el Bureo dispondrá que así se ejecute,

previniendo lo necesario para ello. Madrid a 18 de Mayo de 1648.

(Rúbrica del Rey).»

Hasta pasados cinco meses no hizo caso el Bureo: por fin, en Octubre del

mismo año cumplió el decreto.

Hallábase entonces preparada para salir de Madrid la numerosísima

embajada que presidida por el Duque de Nájera y escoltada por

veinticuatro soldados de la guardia española, había de recoger en Trento

a la Archiduquesa doña Mariana de Austria, futura esposa del Rey. Tanta

gente iba con el Duque que a más de otros señores principales, llevaba

en su compañía tapicero, repostero de camas, boticarios, ugier de vianda

y oficial de frutería[58].

Sin duda por caminar más cómoda y seguramente, se unió Velázquez a la

comitiva y esto hizo decir al bueno de Palomino que «fue enviado por Su

Majestad a Italia con embajada extraordinaria al Pontífice Inocencio X».

Lo cierto es que el Rey, por orden de 25 de Noviembre de 1648, mandó que

a «Diego Velázquez su Ayuda de Cámara que pasa con este viaje a Italia,

a cosas de su Real servicio, se le diese el carruaje que le toca por su

oficio, y una acémila más para llevar unas pinturas»: con lo cual,

acompañado de su esclavo[59] Juan de Pareja, salió de Madrid a 16 de

Noviembre y llegó a Málaga donde la flota se hizo a la vela, jueves 21

de Enero de 1649. El viaje no debió de ser enteramente feliz, pues

Mascareñas refiriéndose a una de las galeras de la flota, dice que

padeció seria tormenta en el golfo de León, siendo preciso arrojar al

agua la artillería, y que otra entró en Génova cuando todos la creían

perdida. De Génova pasó Velázquez a Milán y «aunque no se detuvo a ver

la entrada de la Reina que se prevenía con grande ostentación... no dejó

de ver la Cena de Cristo con sus apóstoles, obra de la feliz mano de

Leonardo de Vinci»: rasgo muy natural en un artista que habla de estar

harto de las ceremonias palatinas de la Corte de los Austrias. Pasó

rápidamente por Padua y se detuvo en Venecia, dónde gastó doce mil

escudos en cinco cuadros e intentó en vano que Pedro de Cortona quisiera

trasladarse a España al servicio de Felipe IV; consiguiendo, en cambio,

que algún tiempo después lo hicieran Colonna y Mitelli. En Bolonia salió

a recibirle el Conde de Sena hasta una milla de la ciudad: en Florencia,

Módena y Parma se detuvo poco y sin parar mucho en Roma, continuó hasta

Nápoles, ya porque allí hubiera mayor facilidad para cobrar fondos que

de España le mandasen, ya porque tuviese órdenes que recibir del Virrey,

Conde de Oñate, a quien Felipe IV había encargado que cuidara del

cumplimiento de cuanto se refería al propósito del viaje. Ni esta

obediencia ni el encuentro con Ribera, el _Españoleto_ que allí seguía

viviendo, le entretuvieron gran cosa y regresó a Roma donde había de

quedar su gloria consagrada con una de las obras más importantes que

salieron de su mano.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

FELIPE IV

Fotog. M. Moreno]

Ocupaba el solio pontificio Juan Bautista Panfili, que años atrás estuvo

en Madrid de nuncio apostólico y que al ser elegido Papa, tomó el nombre

de Inocencio X. No han sido con él benévolos los historiadores: pero,

sin hacer gran caso del mordaz abate Gualdi, ni de Don Juan Antonio

Llorente, se puede creer que por cruel y codicioso, antes fue digno de

vituperio que merecedor de alabanza. Acusósele de haber promovido la

insurrección de Nápoles para arrancar esta ciudad al dominio de España

buscando el aumento del territorio pontificio; y al hablar de él nadie

calla la intimidad que tuyo con su cuñada Olimpia Maldachini, la cual

oculta tras un cortinaje, asistía a embajadas y audiencias, y vendía

las dignidades y beneficios eclesiásticos. Tanto se dejó dominar por

ella, que corrieron en Roma medallas satíricas que tenían por el anverso

a Olimpia con la tiara ceñida y en las manos las llaves de San Pedro, y

por el reverso al Papa peinado femenilmente y empuñando una rueca.

Inocencio X era muy feo y se cuenta que estaba persuadido de ello, pues,

presentándole Olimpia a cierto pariente suyo de mala catadura dijo:

«Quitadmelo de delante, y que no vuelva a ponerse en mi presencia,

porque es más feo y ordinario que yo.»

Quiso, sin embargo, que le retratara Velázquez y éste por vía de estudio

pintó primero una cabeza de su esclavo Juan de Pareja, que era _de

generación mestizo y de color extraño_: hízola--dice Palomino--«tan

semejante y con tanta viveza que habiéndola enviado con el mismo Pareja

a la censura de algunos amigos, se quedaban mirando el retrato pintado y

al original con admiración y asombro, sin saber con quien habían de

hablar o quien les había de responder. Este retrato--añade--que era de

medio cuerpo del natural, contaba Andrés Esmit pintor flamenco en esta

corte, que a la sazón estaba en Roma, que siendo estilo que el día de

San Joseph, se adorne el claustro de la Rotúnda donde esta enterrado

Rafael de Urbino, con pinturas insignes antiguas y modernas, se puso

este retrato con tan universal aplauso en dicho sitio, que a voto de

todos los pintores de diferentes naciones, todo lo demás parecía

pintura, pero este solo verdad: en cuya atención fue recibido Velázquez

por Académico Romano año de 1650».

Esta Pareja en este cuadro pintado de medio cuerpo, algo cuarteada la

figura y mirando de frente: el pelo es mucho, muy negro y crespo; el

semblante, de tono cobrizo, destaca sobre fondo gris verdastro; lleva

jubón aceitunado, valona blanca festoneada, y la capa, recogida sobre el

hombro izquierdo, sujeta por la diestra que hacia la parte baja del

pecho se ve dibujada en escorzo. De que sea Juan de Pareja, no cabe

duda, porque la fisonomía del mulato es la misma que la de la figura

donde él se retrató en su cuadro la _Vocación de San Mateo_, que esta en

el Museo del Prado[60].

Después retrató al Papa, haciendo de él primero una cabeza pintada en

pocas sesiones que hoy se guarda en el Museo de San Petersburgo[61], y

luego el retrato grande de la Galería Doria, considerado desde entonces

en su género como obra, cuyo mérito nadie ha logrado igualar y mucho

menos exceder.

Esta Inocencio X sentado en un sillón, en cuyos brazos apoya las manos,

teniendo en la derecha un papel con una inscripción que dice:

_Alla Santta di Nro Sigre_

_Inocencio Xº_

_Per_

_Diego de Silva_

_Velázquez de la Camera_

_de S. M. Cattca_

y bajo éstas, otras palabras borradas por el tiempo.

Los ojos que miran y parece que ven, la piel grasienta abrillantada,

humedecida en exudación adiposa, la frente grande, la nariz gorda y

subida de color, ralos la barbilla y el bigote, encendida la piel,

acusando lo recio de la complexión y lo sanguíneo del temperamento,

todas las facciones y rasgos de aquel rostro vulgar, huérfano de

majestad y de nobleza, están estudiados con tal espíritu de observación,

sorprendidos e interpretados con tal dominio de la paleta y una técnica

tan asombrosa, que la pintura parece palpitar como si el lienzo fuera

carne. El Papa, que por lo visto no pecaba de presuntuoso, quedó muy

satisfecho, lo cual mostró regalando a Velázquez una soberbia cadena de

oro, de la cual pendía una medalla con su efigie.

Con lo que en alabancia de este retrato se ha escrito, podría llenarse

un grueso tomo. Mengs dijo que parecía _pintado con la voluntad_:

Reynolds, que era «lo mejor que había visto en Italia»; Taine, al

mencionar los cuadros de la Galería Doria, escribió lo siguiente: «La

obra maestra entre todos los retratos es el de Inocencio X, por

Velázquez. Sobre un sillón rojo, bajo un ropaje rojo, con un cortinaje

rojo, bajo un solideo rojo, una figura roja; la figura de un pobre

bobalicón, de un galopo; y haced con eso un cuadro que no se puede

olvidar»; y añade que, comparadas con él hasta las mejores pinturas que

hay de su mano en Madrid, aún las más espléndidas y sinceras parecen

muertas o académicas.

Vida y obras de don Diego Velázquez · 第 6 / 12 段