--Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían sido muy

justificados...--insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí mismo esta

objeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresaba

todas las ideas que se le iban presentando.--¿Sabía la rusa que entre

los patrones de usted había discordia?

--No podría decirlo.

--¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a la difunta?

--No sé, señor.

--¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los celos haber

armado su brazo?

La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado, más que

interrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz.

III

LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD

El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro que

hendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmenso

trofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, parecía una

inmensa pizarra; después, verde como un estanque por entre las orillas

bajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado allá

lejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves se

inflamaban con los últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles,

cruzadas como dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea de

humo por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio del

silencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vida

acababa de extinguirse.

Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de aquella

vida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increíble verdad:

ante el espectáculo que tantas veces había admirado junto con ella, le

parecía tenerla aún a su lado; pero después, tornando la mirada ansiosa,

la soledad lo aterraba, el horror pesaba más y más sobre él. Y andaba,

andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habría

ahogado. En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó un

carruaje. Y entonces se detuvo, temblando.

En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto por la

primera vez: un año antes, un día que erraba por esos lugares, había

pasado ella en carruaje, quién sabe si en ese mismo que acababa de

dejarlo atrás. Y su imagen resurgió vivísima, con una luz que lo

deslumbró.

¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles eran sus

esperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una existencia vacía,

gris. Treinta y cuatro años, ninguna arruga en la frente; ¡pero cuántas

arrugas en el alma! El recogimiento en la reflexión, el asiduo examen

interior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirar

dentro de sí mismo, lo habían envenenado. ¿Vuelve jamás la gota de agua

a parecer líquida perla después de que el ojo armado de una lente ha

visto dentro de ella un mundo horrible?

Vérod se había contemplado demasiado a sí mismo con el pensamiento, y

las cosas, y la belleza, habían perdido para él todo su encanto, y lo

que cuesta el gozo lo sabía ya demasiado, y la esperanza se había

consumido en su pecho. En otros tiempos, en edad más temprana, se había

sentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdadera

potencia; pero los años le habían hecho ver que en aquello estaba

precisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontes

extremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida práctica, sus

pasos eran menos firmes aún que los de un niño. Y cuando intentaba una

reacción contra esa impotencia, reconocía que su voluntad era ineficaz

para conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda.

Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de una

raza, en la cual se habían confundido demasiados elementos étnicos,

atraído en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por los

conceptos adquiridos, veía que no podía gustar otros goces que los del

árido pensamiento.

Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyera

en algún momento estar delante de los espectáculos representados en

éste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod no

creía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte

pueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas,

inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto al

sentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza de

las cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido de

alguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado,

una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una alma

distinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbia

había sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba.

Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente le

había demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco

más o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a no

entenderse jamás.

Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido

comprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones se

reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío y

amargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinción

entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de

la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible,

no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte.

Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el

furor de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de las

cosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se le

apareció.

Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta,

acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Su

aparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡qué

cansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada?

La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un

médico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia

sobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era el

remedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de

los músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de

la Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y por

mucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, había

tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado e

iluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?...

Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes,

antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizas

y violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo de

aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lámina

metálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer a

pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro

fondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar,

anhelante.

La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? De

día, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que le

hablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto,

bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudo

espectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso,

como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla

desvanecerse, de perderla. ¡Y había desaparecido, se había desvanecido,

la había perdido! ¡Cuántas veces le había oprimido el corazón ese

sentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal?

¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo que

debía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod se

detuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y su

dolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortal

voluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: el

gozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo había

hecho llorar.

La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tan

fuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura.

¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casi

vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas del

gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor,

coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandas

por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa

dulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa?

Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todos

esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces

también había visto que aquella belleza no era durable. Había días,

había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande:

todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse;

la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se ponía

lívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinos

apagamientos que no parecían más que las declaraciones de una belleza

demasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar de

miedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de su

amada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertaba

por doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entonces

en solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esa

fugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubiera

tenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.

Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuando

en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido a

la insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar el

piano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y la

misteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven una

explicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentina

animación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado de

maravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuanto

mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le sería

acercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse.

Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de la

distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las

manos de la pianista interrumpieran la ejecución del _Largo_ de Bach,

que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa pureza

de las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, uno

de los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual al

suyo, se le acercó, y señalándosela le dijo:

--¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinos

desfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamente

insuperable si no decayera así, de un momento a otro!...

Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: ya

no la sentía tan alta y lejana de sí; por el contrario, la veía cerca,

la consideraba suya, pues en su alma nacía, no el descontento que el

otro expresaba, sino un ímpetu de ternura que lo inducía a pensar en la

enferma, un sentimiento de pena y compasión, una necesidad de prodigar a

la dolorida criatura los cuidados más asiduos, el afecto más solícito,

de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad.

¿Había conseguido realizar esa obra?...

Otra vez su atención se trasladó del cielo de los recuerdos al

espectáculo que tenía a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobre

el fondo pálido del crepúsculo, en las orillas del lago y por las faldas

de los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso,

trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: sólo así

habría podido evitarla a ella otros dolores y evitárselos a sí mismo.

Tentado se había sentido de huir, pues la turbación que lo embargaba con

sólo mirarla de lejos, le hacía considerar el fuego terrible que le

abrasaría al acercársele. Y se acordaba de las cartas que había escrito

ese día para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de la

renuncia a una adoración que presentía dominante, se ocultaba, se

descargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores.

Pero una vez resuelto a alejarse se había quedado, aplazando la partida

para saborear la perfumada dulzura de la última contemplación, y, por

fin, un día, pudo hablarla. Ya podía oír su voz, una voz reposada, que

era armonía lenta, música velada, eco de una alma profunda. ¡Qué sutil

virtud había en sus palabras! Cada una de ellas le parecía no

pronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ella

expresara sus pensamientos recónditos. Y para oírla, se había quedado.

Su alma fue desde ese instante el asiento de la más absoluta admiración.

Jamás había creído llegar a depender así de una criatura humana.

Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que se

pareciera a la presente realidad. Esos amores habían muerto, totalmente,

pero no por eso les negaba la fuerza que habían ejercido sobre él, ni

tampoco le parecía que ahora desaparecieran ante esa ley natural que

hace que los recuerdos tengan vida más débil e importen menos cuanto más

gratas sean las impresiones actuales: la nueva aparición triunfaba

enteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas o

imágenes de lo pasado con la pureza de su luz.

Y su admiración por ella crecía por lo mismo que ese amor repentino en

él estaba dedicado a una alma que le era aún desconocida. La idea de la

belleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, que

son contiguas, hasta el punto de que nada sea más fácil que atribuir

estas dotes a los seres hermosos; pero ¿acaso no estaba acostumbrado, no

solamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y no

comprobadas todavía, a observar con igual penetración a los otros, a sí

mismo y a la vida; acaso no había concluido por negar a ésta toda

importancia? ¿De modo que iba a pagar su larga, enérgica, desesperada

resistencia a todas las seducciones, con una alucinación repentina? La

mejor prueba del cambio que se había operado en él, era ésta: que ya no

se complacía, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor de

examen íntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejando

de mano toda discusión, casi obedecía a una voluntad extraña o

imperiosa. La expresión de esa voluntad estaba en sus miradas, que le

decían: «Ama y vive, cree y vive, espera y vive.» Y él se sometió a esa

orden.

El acto de la fe que había ejecutado al atribuir el más aquilatado valor

al ser de su elección, se fortificaba cotidianamente con múltiples

pruebas. ¿Podía pensar que estaba en un engaño, cuando todos en torno

suyo participaban de su sentimiento? En todos los labios había palabras

de admiración hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual aparecía

a la vista; era buena, cariñosa, compasiva, llena de gracia y encanto.

Como no parecía hecha para la vida del mundo, tenía constantemente fijos

en el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando salía en su busca, cuando

tenía necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en alguna

iglesia, de rodillas, humillada ante Dios. ¡Cuántas veces, sin que ella

le viera, había entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, y

cuántas horas inefables había vivido así! Recordando que él también

había creído, recordando el alma ingenua que había muerto en él, ante la

esperanza de poder creer todavía para sentirse más cerca de ella, para

comunicarse con ella, ¡cómo había llorado, envuelto en una tranquila

tristeza, en tímido gozo!

Un día, en Evian, la había acompañado a una capilla donde se celebraba

una fiesta que atraía a los creyentes desde los lugares más lejanos, y

él también había inclinado la descreída frente, lo mismo que todos

aquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de los

fieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en la

montaña, se habían detenido delante de la rajada puerta de una

capillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ella

trató de abrir con su débil y blanca mano, pero inútilmente, y entonces

él dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devota

compañera el sagrado lugar, pensaba cuán grande era la secreta fuerza de

esa debilidad aparente: la pobre mano se había cansado en vano y parecía

tener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a su

servicio, había vencido por ella el obstáculo.

Y entonces, se había sentido devorar por la necesidad imperiosa de besar

esa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla con

avidez en la palma; se había sentido devorado por el deseo de sentir el

contacto de esa mano milagrosa en su cálida frente. ¿No era tan

caritativa y bondadosa aquella mano? ¿No la había visto él un día curar

cariñosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todos

reían y ella sola se compadecía? El hombre había sufrido una caída,

derramando sangre, y a la vista de ésta, al oír las palabras del

infeliz, menos sensatas aún que de ordinario, las risas crueles

aumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, había sabido

atenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y ágil, rápida y diestra en

el ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida pródiga de sí

misma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; él, cuando la

estrechaba, sentía en realidad la frescura de una hoja lozana.

Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos lo

perseguían en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanza

que ella había despertado en su corazón. Ella había infundido vida a su

alma muerta, ella había sido la vida de su alma. Todo aquello en que

ella creía, lo simple, lo bueno, lo eterno, había concluido por ser

creído por él. Y ella había realizado ese prodigio naturalmente, sin

quererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hace

creer en la luz, como practicaba el bien porque había nacido para

practicarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increíble, había invadido

el corazón de Vérod, un sentimiento que habría debido ocasionarle una

pena intolerable, pero que él soportaba con resignación, casi con

placer. El codicioso instinto quería apoderarse de aquel ser milagroso,

hacerlo enteramente suyo, mientras la razón reconocía que el amor de uno

solo no debía substraerlo a su ministerio de bondad para todos. ¿Cuál es

el loco que pretendería que todo el aire fuese exclusivamente suyo?

Así, no había sentido celos al saber que pertenecía a otro. Había

pensado que, si era de otro, sin duda cumplía una obra fructuosa: nadie

podía acusarla por eso, nadie podía distraerla de aquella obra.

Conocedora de las vías secretas del corazón, sabía cuáles son las

palabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungüento. Y el

hombre con quien se había unido necesitaba su socorro: ¿no perseguía,

por medios sangrientos, un propósito inalcanzable? ¿No empujaba a las

almas tímidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una lucha

tremenda?

Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tenía valor,

que sembraba de cadáveres su camino, junto aquel hombre estaba su

puesto. Nada de nuevo tenía para ella el ideal de justicia y de paz en

nombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella debía también

defender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de las

ideas del contagio cruento, convertir a los fanáticos, consolar a los

desesperados. Así venía a ser la razón junto al sofisma, la humanidad

junto a la soberbia, el amor junto al odio; era la corrección del mal;

su vista era el consuelo del mundo...

El joven miró en su derredor y no supo dónde se encontraba. Tuvo

necesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que se

hallaba en el camino de Belmont. Y se dejó caer sobre el parapeto del

camino, exclamando:

--¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!...

Su desesperación palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en su

interior esta invocación. No quería ni podía resignarse a la monstruosa

realidad, y un ímpetu violento de iracundo desdén le sublevaba. Turbias

imágenes, crueles ideáis le obscurecían la mirada y le hacían apretar

los puños; palabras de desesperación salían de sus labios:

--¡Nada existe en el mundo!... ¡Todo es mentira!... ¡El mal, eso es todo

lo que existe!...

Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y débil de

aquella criatura de amor a la cual se debían prodigar los más solícitos

y tiernos cuidados había sido destruida precisamente por quien conocía

la benignidad de su corazón, nada había en el mundo, nada más que el

mal...

Pero Roberto Vérod reprimía estas palabras. Desde el día en que la vista

de todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le habían

apaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior,

lo defendían contra las ideas tristes, contra los propósitos indignos,

contra las imágenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas las

disposiciones de la mente, había querido ser digno de ella, y esa obra

de preservación le había sido fácil hasta aquel día. Si la duda lo había

mordido alguna vez, el espectáculo de la maldad se le había aparecido

con demasiada crudeza, sólo con pensar que aquella criatura de amor

existía, sentía retemplarse su fe.

¡Y había muerto! ¡Muerto! Delante de los ojos la tenía, tendida en el

suelo, inmóvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la pálida

sien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quería creer que la muerte

no la había destruido enteramente; quería creer que su alma milagrosa

vivía aún, velaba sobre él, le repetía sus palabras de fe y perdón; pero

no podía, porque si la voz suave que todavía le hablaba al oído le

persuadía de que sí, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba a

consolar su existencia: sus ojos mortales tenían necesidad de ver; sus

oídos mortales tenían necesidad de oír, sus manos necesitaban estrechar

aquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, ¡y esa necesidad

iba a quedar satisfecha para siempre! ¿Perdonar a los asesinos? ¡Su

deber era vengarla!

La última luz del crepúsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclaraba

el oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en el

silencio augusto, Roberto Vérod se oprimía la cabeza con las manos para

tratar de apaciguar la tempestad que lo conmovía. Su razón vacilaba ante

la idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. ¿Por

qué no había estado más convincente? Ya que la casualidad había querido

que el juez fuera uno de sus antiguos compañeros, ¿por qué no se le

había dado a conocer, cómo no había sabido persuadirlo de su sinceridad?

No era únicamente la discreción lo que le había impedido recordar al

juez sus antiguas relaciones, sino también el miedo, pues sabía que era

distinto de él, rígido y severo. ¿Había el juez visto con mayor lucidez?

¿Se había él engañado? ¿Habría, en realidad, querido morir?...

Y Vérod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estupor

que se había apoderado de él cuando descubrió el mal secreto que

agobiaba a aquella pobre alma. Salvaba a otros, pero mientras tanto ella

misma estaba perdida. Las palabras que había pronunciado un día volvían

a la memoria de Vérod. Se hablaba de un desesperado que se había quitado

la vida, y los más condenaban al suicida; pero ella había expresado un

sentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, decía,

que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no era

cierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. La

conciencia debía avaluar libremente los motivos de esa como de todas las

otras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedrío, y si

el engaño, el miedo, la vileza merecían ser condenados y castigados,

había otras razones que debían inspirar mayor clemencia en los juicios.

Espasmo · 第 3 / 16 段