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BIBLIOTECA DE «LA NACION»
FEDERICO DI ROBERTO
ESPASMO
BUENOS AIRES
1909
INDICE
I.--El hecho
II.--Las primeras indagaciones
III.--Los recuerdos de Roberto Vérod
IV.--Historia de una alma
V.--Duelo
VI.--La investigación
VII.--La confesión
VIII.--La carta
IX.--Espasmo
Para hacer conocer la literatura romántica italiana, en sus elementos
más modernos y en sus tendencias más recientes, difícilmente podríamos
haber encontrado algo más a propósito que un autor como Federico di
Roberto y un libro como Espasmo.
Federico di Roberto tendrá ahora treinta y seis años. Es siciliano, como
Verga, el autor de _Cavalleria rusticana_, con el cual su talento
literario presenta algún parecido. Como Verga, también es un realista,
de un realismo que ostenta el color luminoso de la isla nativa. Sus
novelas son de una gran intensidad dramática--aun cuando conservan en
sus lineamientos una elegancia impecable,--algo de aristocrático en la
concepción y en la forma, que se revela en todas sus páginas y que
caracterizan al joven escritor de una manera feliz. Con _Arabeseos e
Historias breves_ inició brillantemente su carrera literaria, en la que,
a pesar de estar en sus comienzos, ha logrado éxitos de resonancia con
_I Viceré_ y con este _Espasmo_ que hoy ofrecemos a los lectores
argentinos, y cuya traducción directa del idioma en que fue escrito
mereció de nuestra parte especial cuidado.
En el drama que se desarrolla en este libro intervienen pasiones
intensas y opuestas. Su ambiente es una ciudad de Suiza; el drama se
desarrolla entre refugiados nihilistas, y es la lucha ardiente del deber
impuesto por la fe política contra una pasión violenta y arrebatadora.
Sobre tal contraste, que da lugar a escenas emocionantes y en que se
mueven personajes intensamente humanos, se funda el argumento de esta
novela, acerca de la cual no diremos nada más para no malograr la
conmoción honda y sincera que ella produce en el ánimo del lector.
Como se podrá notar fácilmente, Federico di Roberto representa en la
moderna literatura de Italia una nota nueva para nosotros,
diferenciándose completamente de D'Annunzio, Fogazzaro y D'Amicis, que
son los novelistas italianos más conocidos en el exterior. Y, al leer
_Espasmo_, estamos seguros de que los lectores de buen gusto nos tendrán
en cuenta el haberles hecho conocer un vigoroso talento que encarna,
puede decirse, la nueva forma de la literatura romántica italiana en
esta época.
ESPASMO
I
EL HECHO
Todos los que pasaron el otoño de 1894 en las orillas del lago de
Ginebra, recuerdan sin duda todavía el trágico suceso de Ouchy, que
produjo tanta impresión y proporcionó tan abundante alimento a la
curiosidad, no sólo de las colonias de gente en vacaciones esparcidas en
todas las estaciones del lago, sino también del gran público
cosmopolita, al que los diarios lo refirieron.
El 5 de octubre, pocos minutos antes de mediodía, el estampido de un
arma de fuego y gritos confusos salidos de la _villa Cyclamens_, situada
en mitad del camino de Lausana a Ouchy, interrumpieron violentamente la
habitual tranquilidad del lugar y atrajeron a los vecinos y transeúntes.
La _villa Cyclamens_ estaba alquilada a una señora milanesa, la Condesa
d'Arda, que la ocupaba todos los años, de junio a noviembre. La amistad
de la Condesa con el Príncipe Alejo Zakunine, revolucionario ruso que
había sido condenado primero en su país, expulsado en seguida de todos
los Estados de Europa y refugiado últimamente en el territorio de la
Confederación, era conocida desde tiempo atrás.
Los dos amantes se encontraban en la villa el día de la tragedia; y los
gritos, del mismo Príncipe Zakunine, junto con la detonación del arma,
hicieron acudir a los sirvientes despavoridos, a cuyos ojos apareció un
tremendo espectáculo: la Condesa yacía exánime al pie de la cama, la
sien derecha perforada por un proyectil, y un revólver cerca de su mano.
Y por más que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta,
sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de ese
cadáver no era, sin embargo, lo que producía una emoción más fuerte,
sino el aspecto del sobreviviente. Semejante a una pálida azalea cruzada
por rayas rojas, el frío rostro de la infeliz, manchado parcialmente de
sangre, tenía el color de la cera, pero nada en él revelaba las
contracciones de la agonía: por el contrario, una serena confianza y
algo como una sonrisa todavía viviente le animaban; Levemente apartados
los violáceos labios, detrás de los cuales asomaba apenas la perlada
línea de los dientes; abiertos los párpados, las pupilas vueltas hacia
el cielo, la muerta parecía estar en éxtasis, como si aún no hubiese
abandonado la existencia del todo, deseosa de poder atestiguar que fuera
de la vida humana, en el silencio y en la sombra, había por fin hallado
el bienestar y la alegría. Lívido, desencajadas las facciones, los
cabellos en desorden sobre la frente empapada en sudor glacial, loca la
mirada, temblorosos los labios, las manos, todo el cuerpo, como si
fuera presa de la fiebre, el Príncipe Alejo infundía pavor. Después de
haber pedido auxilio con voz ronca y a gritos, se había arrodillado
junto al cadáver y lo abrazaba, ensangrentándose todo, y de su convulsa
boca no salían más que dos palabras breves y monótonas:
--¡Se acabó!... ¡Se acabó!...
En aquellas palabras, en el desgarrado acento con que las repetía, había
un desconsuelo, una amargura, una desesperación tan grande, que la
muerta no parecía ya merecer tanta compasión como el vivo, como aquel
hombre inconsolable, abrumado por el dolor, que parecía, él también,
próximo a perder el aliento. Y a ratos, cuando sus manos se cansaban de
acariciar las manos, los cabellos, las ropas de la muerta, se las
llevaba al cuello con ademán violento, cual si quisiera estrangularse:
entonces los criados, todas las personas que habían acudido, trataban de
consolarle, de arrancarle a ese espectáculo cruel; pero él, con ímpetu
salvaje, rechazaba a todos lejos de sí, extendía los brazos, se paraba,
y después de recorrer con paso inseguro, cual si estuviera ebrio, el
cuarto mortuorio, volvía a desplomarse junto al cadáver.
La villa estaba abierta para todos; nadie pensaba en impedirles su
acceso. De la cercana Casa de Salud había acudido prontamente el doctor
Bérard, quien sólo había podido comprobar la muerte instantánea. La
noticia se iba propagando rápidamente entre la colonia de extranjeros, y
los curiosos afluían a la villa, en especial los que conocían a la
Condesa y al Príncipe; pero ninguno podía obtener noticias de lo
acontecido, a no ser de los sirvientes. Zakunine parecía sordo y ciego,
no reconocía a las personas que se le acercaban, que intentaban
estrecharle la mano, ni oía las palabras de pésame, las frases de
dolorida simpatía que le dirigían.
Tampoco las respuestas de los criados arrojaban mucha luz sobre el
suceso. Refiriéndose solamente a las circunstancias exteriores de la
catástrofe, contaban todos que el Príncipe había vuelto a la villa dos
días antes, después de una ausencia de algunas semanas; que la señora se
había levantado esa mañana más temprano que de costumbre y había
permanecido como una hora en el terrado, mientras su compañero trabajaba
en el escritorio, con una dama que había llegado como a las nueve; que
antes del almuerzo la Condesa había enviado a la ciudad, con unos
encargos, a Julia, la doncella italiana que tenía desde hacía largo
tiempo; que, cuando ya iba el almuerzo a ser servido, el disparo había
hecho estremecer a todos: que del segundo piso, donde estaban las
habitaciones de los patrones, se había lanzado el Príncipe al piso bajo
como un loco, pidiendo que se llamara a un médico, y que todos habían
subido precipitadamente al cuarto de la Condesa, donde la extranjera,
después de intentar en vano socorrer a aquélla, había tratado,
igualmente en vano, consolar al desesperado Príncipe.
En medio de la confusión pocos habían notado la presencia de la
extranjera. Era ésta una joven de veinte años apenas; cabellos de un
rubio azafranado, cortos, peinados como los de un hombre; ojos claros y
mirada fría; estatura más bien pequeña: estaba vestida de negro de pies
a cabeza. Se mantenía derecha e inmóvil en el ángulo de una ventana, los
brazos cruzados, la cabeza inclinada, y casi no se daba cuenta de la
curiosidad que su presencia comenzaba a excitar.
En el círculo que formaban los más curiosos de los presentes, estaba la
Baronesa de Börne, dama austriaca, gruesa y de baja estatura, la única
de su sexo que había acudido a la villa, y que miraba fijamente a la
extranjera, abrumando al mismo tiempo con sus preguntas a los criados,
quienes no sabiendo qué contestar se mezclaban en los grupos a comentar
lo ocurrido.
--¡Pobre mujer!... ¡Pobre amiga!...--exclamaba la Baronesa.--Pero ¿por
qué?... ¿Cómo ha podido?... ¿Y no ha escrito nada? ¿No han encontrado
algo dejado por ella?... Tiene que haber algo... buscando... ¿Murió en
el instante?... Sufría, es cierto; ¡pero no tanto que no pudiera
resistir!... Era fuerte, una mujer muy fuerte, a pesar de su cuerpecito
tenue y delicado... Los dolores morales...
Y en voz más baja, dirigiendo la palabra a un joven inglés de bigotes
colorados, ojos azules y frente calva, le insinuó:
--¿Cree usted que fuera feliz?
El interrogado respondió con un ademán ambiguo, que tanto podía
significar asentimiento como duda o ignorancia.
--¡Y ese pobre Príncipe!...--continuó la Baronesa, siempre mirando por
lo bajo, continuamente, a la extranjera.--Es un dolor verle sufrir
así... Sería necesario que alguien le persuadiera de que se
alejara...--Y estas palabras iban encaminadas directamente a la joven
desconocida; pero como ésta no contestara, la Baronesa propuso:--¿Por
qué no ponen por lo menos el cadáver sobre la cama?
Hablaba desde el grupo formado en torno del cadáver, y, al ver que los
circunstantes, aprobaban sus observaciones, pidió y obtuvo que la
dejaran pasar. Entonces se acercó al Príncipe, que estaba en ese momento
apoyado contra la cama, los brazos colgando, contraídas las manos y los
extraviados ojos todavía vueltos hacia la muerta.
--No podemos dejarla así... deseamos ponerla sobre la cama... ¿Quiere
usted?
Pero él no contestó, ni pareció siquiera haber oído, y al ponerle la
Baronesa una mano en el hombro, tembló como sacudido por una corriente
magnética: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba una
angustia tan pavorosa, que la locuaz señora se encontró por un momento
con que le faltaban las palabras.
--¡Qué desgracia!... ¡Qué dolor!...--dijo turbada.--¡Pero hay, sin
embargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!...
Doctor--agregó, volviéndose hacia Bérard, que se acercaba en ese momento
al Príncipe.--Desearíamos retirar de allí el cadáver... ¡Me figuro a
ratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, ¿no
se la podría pedir que se alejara?
--Sí... cierto...--contestó el doctor vacilante y sin saber qué
hacer.--Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de los
magistrados...
--¿Se les ha avisado?
--Aquí llegan.
Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en la
sala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuito
Lausana, el comisario de policía, un médico y dos gendarmes.
Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretos
del cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmes
se colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otro
saloncito, para impedir que la gente volviera. Sólo quedaron con el
cadáver, la extranjera, el doctor Bérard, y su colega de la policía, a
quien explicaba la inutilidad de toda curación y la rapidez de la
muerte; la Baronesa de Börne, que sin que nadie se lo pidiera, informaba
de lo sucedido al juez; éste, el Príncipe y el comisario.
--¿A qué se atribuye su funesta resolución? ¿No había algo que la
hiciese prever?--preguntó el juez; y la Baronesa, no obstante ser
incapaz de callarse, por esa vez se limitó a encogerse de hombros y
mirar al Príncipe, para significar que éste era el único que podía
contestar.
Zakunine se pasó una mano por la frente, como si se despertara de un
profundo sueño, y dijo:
--Sí, había que preverlo... Yo he debido preverlo...
--¿Sufría mucho?
--¡Sufría tanto... tanto!...--respondió el Príncipe, con una entonación
de tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sintió conmovido.
--¿Estaba enferma?--preguntó el juez al doctor, después de un breve
silencio.
--Sí: de una afección del pecho.
--¿Sabía lo que tenía?
--Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente y
valerosa, que las mentiras compasivas eran inútiles con ella.
--¿No se podía tener esperanzas de salvarla?
--Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabe
engaño, pero que mediante un régimen apropiado permiten vivir aún largos
años.
--¿Entonces no es la enfermedad lo único que la ha impulsado a matarse?
--No es lo único--repitió como un eco el Príncipe Alejo.
Muy curiosa, casi cómica, era durante aquel triste interrogatorio la
actitud de la Baronesa de Börne, la cual, ya que no podía hablar
apretaba los labios, movía los ojos, sacudía la cabeza, inclinaba todo
el cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez y
confirmara las respuestas del médico y del Príncipe, para hacer ver que
ella había previsto las unas y las otras, y advertir por señas que
también ella tenía una observación que hacer. Y de vez en cuando
interrumpía:
--¡Eso es!... ¡Asimismo!... ¡Exactamente!... Y teniendo los sentimientos
religiosos que tenía...
--¿Cuáles eran?--preguntó el juez.
--Pocas mujeres he conocido de una fe tan sólida y ardiente--contestó el
doctor.
--¿Es cierto?...--interrumpió otra vez la Baronesa.--¡Parece increíble
lo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba un
paseo sin que su término no fuera una iglesia. Sus excursiones
preferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, a
Villars-le-Terroir, a causa de las iglesias católicas que encontraba por
allí.
Los domingos y fiestas pasaba largas horas aquí, en San Luis,
arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era la
observación que yo quería hacer a usted: que es por demás increíble
cómo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho.
El Príncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacudía
iba calmándose; la convulsa, violenta, pavorosa expresión de su rostro
lívido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: pálido, agotado,
sin fuerzas, parecía él también próximo a caer.
--¿Estaba sola cuando se mató?
--Sola.
--¿Habló usted con ella esta mañana?
--Sí; habló con ella.
--¿Estaba triste?
--Mortalmente.
--Podríamos ver si ha dejado algo escrito.
La Baronesa dio una palmada y exclamó:
--¡Eso es lo que yo he dicho desde el principio!
El comisario, a una señal del juez, se puso a buscar.
Pocos muebles había en el cuarto de la muerta. La cama, un ropero con
espejo, una cómoda, un pequeño escritorio colocado contra la ventana, en
plena luz, y en un ángulo una mesita de trabajo, era todo lo que formaba
el menaje. Sobre el escritorio había dos pilas de libros ingleses con
cubiertas blancas; una caja de papel de cartas; una bombonera antigua, y
un saco de viaje. En la mesita de trabajo y en el velador había más
libros. El comisario los registraba uno por uno, abría los cajones de
los muebles, ninguno de los cuales estaba cerrado con llave, y después
de echar una ojeada a los objetos de elegancia femenina de que estaban
llenos, los volvía a cerrar. En el escritorio estaba la
correspondencia de la difunta, en cajas de cartón bastante viejas y una
cartera llena de valores italianos y franceses así como algunos miles de
pesos en monedas de oro y plata. En el fondo de la gaveta de la derecha
encontró el comisario un estuche en forma de libro forrado en terciopelo
negro, y cerrado con una minúscula llave: ya iba a abrirlo, cuando el
Príncipe dio un paso hacia él, diciendo:
--Ese es un libro de memorias... el diario de su vida...
Por el tono en que hacía esa indicación, por la actitud de toda su
persona, parecía que quisiera defender contra las miradas indiscretas el
pensamiento íntimo de su pobre amiga; pero la Baronesa de Börne exclamó,
aproximándose al juez, que ya había tomado de las manos del comisario el
libro extraído por éste de su negra caja:
--¡Allí precisamente se puede encontrar algo!...
También la cubierta del libro era negra, con broches de plata, como un
libro mortuorio y su sola vista expresaba la tristeza y el dolor que
debían haber amargado la vida de aquella desventurada. El juez recorrió
rápidamente las tapas: la letra era más bien grande, delgada, poco
acentuada, elegante y de una nitidez admirable. Casi las tres cuartas
partes del libro estaban escritas. El juez consagró su mayor atención a
las últimas páginas; pero después de haber leído, dejó caer la cabeza y:
--No se entiende--dijo--no es una confesión...
Mientras tanto, el comisario continuaba sus investigaciones en una
pequeña habitación contigua al cuarto de vestirse, donde otro ropero,
el lavatorio y los baúles ocupaban todo el lugar disponible. Pero
tampoco allí encontró ninguna carta. Entonces volvió al dormitorio, lo
atravesó, y entró en la sala: allí el registro fue aún más breve o
inútil, pues aparte del diván y los sillones, sólo había una mesa llena
de menudos objetos de uso, y luego el piano, sobre el cual se veía un
cuaderno con composiciones de Pessard. Ya el comisario volvía sobre sus
propios pasos, cuando un ruido de voces, exclamaciones de angustia le
hicieron regresar; los gendarmes, obedientes a las órdenes que habían
recibido, impedían la entrada a una mujer vestida de obscuro, que
llevaba en la cabeza el velo negro de la gente del pueblo lombardo.
--¡Ah, señor! ¡Ah, señor!...--exclamaba la mujer, juntando las manos, el
flaco rostro surcado por ardientes lágrimas.--¡Quiero verla!... ¡Verla
una vez más!... ¡Mi patrona... mi buena patrona! ¡Ah, señor, verla!...
Era Julia, que en ese momento volvía de la ciudad. Bajita y delgada,
algo entrada en años, parecía anonadada por la angustia.
--Dejadla pasar--ordenó el magistrado, a quien la Baronesa explicaba
que, sirvienta de la Condesa durante muchos años, esa mujer había gozado
de toda su confianza.
Y cuando entró, sollozante y lacrimosa, juntas las manos, y se adelantó
hacia el cadáver, el mismo estremecimiento nervioso de antes volvió a
sacudir el cuerpo del Príncipe; en su rostro volvieron a leerse aquel
desfallecimiento de terror, aquel pavoroso dolor, como si la vista de
una persona cara a la muerta, su presencia allí, hicieran recrudecer su
tormento. Ya no miraba al cadáver sino a la desconsolada mujer, y
parecía querer acercársela, juntarse con ella, como para unir los
dolores de ambos, para hablarla de la muerta, para oírla hablar de ella.
Todos, hombres de justicia, médicos, hasta la misma Baronesa se sentían
impresionados por la ansiosa actitud de aquel desdichado: sólo la
extranjera permanecía inmóvil y rígida, impasible y casi sin mirar a
nadie.
--¡Lo decía y lo ha hecho!... ¡Ha hecho lo que decía!...--gemía la mujer
junto al cadáver.--Deseaba la muerte, la llamaba... ¡Ah, pobrecilla!...
¡Ah, señores!... Y me mandó afuera, me mandó... para estar libre...
¡para que no se lo leyese en la cara! ¡Ah, si hubiera estado junto a
ella!... ¡Cuántas veces, pobrecita, cuántas veces, rogó a Dios que la
hiciera morir!... ¡Y se ha matado!...--repetía con voz aún más afligida,
como si hasta ese momento hubiera podido dudar y esperar, y de repente
recibiera la confirmación indudable de semejante desgracia. ¡Se ha
matado!... ¡Está muerta! ¡Señor! ¡Señor!...
La Baronesa se pasó la mano por los ojos, suspiró y atrajo hacia su
pecho a la criada.
--¡Basta, basta, pobre mujer!... ¡No hay más remedio que conformarse!...
¡Cálmese usted!.... ¡Basta!... Lo mejor es que diga usted a estos
señores, a la justicia, ¿adonde la mandó, a usted? ¿A qué la mandó?
--A la ciudad, a pagar unas cuentas... a comprar cosas... Yo no sé
más... Parecía, cuando se levantó de la cama, como si quisiera ir
conmigo... después cambió de opinión, y me mandó...
--¿La dio a usted alguna carta? ¿Sabe usted si escribió alguna carta,
anoche o esta mañana?
--Anoche no: esta mañana. Esta mañana escribió una carta.
--¿A quién estaba dirigida?
--A sor Ana.
--¿Quién es sor Ana?--preguntó el magistrado, que había dejado
pacientemente a la verbosa señora formular el interrogatorio.
--Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa.
--¿Dónde está?
--No sé. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero.
--¿Usted tampoco sabe esa dirección?--preguntó el juez, volviéndose
hacia el Príncipe Alejo.
--La ignoro, pero...
Su ansiedad parecía ir calmándose. Ya iba a decir algo, cuando se volvió
a oír en el fondo de la sala a los agentes de policía que impedían la
entrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba,
no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, decía:
--¡Déjenme pasar!... ¡necesito entrar, les digo!...
Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quién era, Bérard y la
Baronesa de Börne se acercaban a la puerta.
--¡Vérod!--exclamó la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, de
cabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entró
a prisa cuando los guardias, a una seña de su superior, se hicieron a un
lado. Pero después de haber realizado su intento y avanzar rápidamente
los primeros pasos, el recién venido pareció de pronto titubear,
vacilante: la irritación que le encendía el rostro fue cediendo ante la
confusión y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadáver se llevó
una mano al corazón, se recostó contra el marco de la puerta,
intensamente pálido, a punto casi de desmayarse.
--¡Nuestra pobre amiga!--exclamó otra vez la Baronesa, tendiéndole la
diestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.--¡Quién lo
habría dicho!... ¿No parece un sueño?... ¡Pobre, pobre amiga!... Matarse
así...
Pero el joven se repuso, y avanzando un paso más dijo con fuerte voz:
--No.
Un movimiento de inquietud y estupor pasó por entre los presentes.
--¿Qué dice usted?--preguntó el juez, acercándose a Vérod y mirándole
fijamente en los ojos.
--Digo que esta señora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada.
Su voz resonaba de manera extraña, parecía que hablara en un lugar
vacío, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tan
suspensos y sorprendidos se encontraban los ánimos de todos los
presentes. El Príncipe Alejo, erguido, inmóvil, alta la frente, miraba
también fijamente a su inesperado acusador.
--¿Cómo puede usted asegurarlo?--preguntó aún el juez.
--Lo sé.
--¿Cuáles son las pruebas que tiene usted?
--Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales.
--¿Quién cree usted que la ha muerto?
El joven extendió el brazo, señaló con el índice al Príncipe y la
extranjera, y dijo:
Todos los presentes volvieron las atónitas miradas hacia los acusados.
En el primer momento la fisonomía del Príncipe Zakunine había
permanecido sin expresión; parecía que éste no hubiera oído, o que no
hubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irónica contracción
de los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de pronto
hundidos y casi risueños, animados por una risa casi dolorosa, revelaron
la sensación de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversión,
que tan inopinado cargo despertaba en su ánimo. En cuanto a la
desconocida, seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al
acusador, sin que su rostro de estatua despertara desdén ni estupor.
Antes de decir nada contra alguien--repuso el juez en tono de
amonestación--es preciso estar cierto de lo que se dice.
--Si no estuviera cierto no habría hablado.
--¿Qué interés puede haber armado el brazo de estas personas?
El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba de
contener.
--La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de
destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con
la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.
La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estaban
preñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habían
producido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento de
verdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, el
puño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura,
rencorosa, y le apostrofó así:
--¡Loco! ¿Qué dices?
Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros
que despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno y
otro penetrar con ellas hasta el alma.
El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.
--¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!--intimó el primero.
--¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo
conocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondad
de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios,
de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya
conocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.
Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos... digan
ustedes--agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados:
deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes--digan
ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es
creíble...
El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una mirada
escrutadora:
--Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha
intentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamente
y que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo y
firme.
--¿Usted cree eso?--exclamó el joven desconcertado--¿usted ha dicho eso?
La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente;
parecía no comprender ni ver.
--¿De quién era esta arma?--la preguntó el magistrado.
--Suya.
--¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?
--Encerrada, escondida.
--¿Ve usted--dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven--que nada
confirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas?
El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reproche
por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero éste, después de un
momento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente y
lanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpo
exánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, el
rostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas de
sangre iban perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca todavía
entreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; y
entonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada:
--Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar
con el juez de instrucción.
II
LAS PRIMERAS INDAGACIONES
Francisco Ferpierre, juez de instrucción adscripto al tribunal cantonal
de Lausana, era muy joven: todavía no tenía cuarenta años. Una cultura
legal solidísima, mucha ciencia de la vida y del corazón humano, una
natural aptitud para la observación, que en el ejercicio de su profesión
se había convertido en genial clarovidencia y casi en presciencia
inerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de él una de las
mejores autoridades de la magistratura helvética. Y, sin embargo, su
primera vocación había sido otra.
Amante de las letras, había comenzado a cultivarlas, descuidando por
ellas en un principio, los estudios legales como inútiles e ingratos, y
llegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, que
lo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas,
ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginación, era como
pensaba conquistarse la gloria, desdeñoso y para nada necesitado de
compensaciones más reales. La muerte de su padre, sostén de la numerosa
familia, le despertó de su sueño. Comprendió entonces que su deber era
sustituir a su padre y de la noche a la mañana dijo adiós a la fantasía
y a la fábula, para dirigir su actividad por un camino más positivo.
Sus primeros trabajos no le habían sido inútiles del todo: el hábito de
la investigación contraído al reflexionar sobre argumentos ficticios, lo
habían hecho hábil para desentrañar los misterios con que lucha la
justicia. Había comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias a
ellos podía comprender sin gran trabajo, cómo era en realidad.
La profesión política y la judicial son sin duda las que mejor y con mas
rapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombre
político es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poder
juzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno,
extraño a los intereses que ve agitarse en torno suyo, está más que
cualquier otro en situación de leer en el libro del corazón. Y
Ferpierre, después de haber dado libre desahogo en los artísticos
trabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, había
comprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano en
una concepción demasiado amplia y poética de la existencia, y como sus
sentimientos habían llegado a ser más austeros, más severos eran por
consiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvética,
la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazón de la raza por efecto
de la contemplación de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata de
aquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo la
música por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en él
después de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional del
joven poeta, sucedió la rectitud inflexible del hombre maduro.
Ferpierre se sentía, por lo tanto, animado de una secreta desconfianza
contra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juez
de paz en la _villa Cyclamens_, adonde había acudido al primer
llamamiento. La muerta le inspiraba mucha lástima, cierto, pero si
resultaba cierto que ella misma había querido abandonar la vida, tan
merecedora sería del reproche como de la compasión. Además, los vínculos
que la habían ligado con el Príncipe Zakunine estaban fuera de la ley, y
su amistad con Vérod estaba contaminada también. Sin haber todavía visto
al acusador, con sólo oír su nombre, creía el magistrado reconocer en él
a Roberto Vérod, el escritor ginebrino que vivía desde muchos años antes
en París y de allí esparcía por el mundo sus libros llenos de amargas
enseñanzas. De modo que, si no se engañaba, ese personaje debía serle
conocido íntimamente: Vérod había entrado quince años antes en la
Universidad de Ginebra, cuando Ferpierre seguía el penúltimo curso de
leyes, y un círculo de estudiantes les había contado a ambos en el
número de sus socios durante dos años. Pero ¿por qué veía el joven en la
muerte de la Condesa un asesinato y se empeñaba en vengarlo, sino porque
había sido rival del Príncipe, es decir, amante de la difunta? La
actitud de soberbio desafío de la extranjera, la certidumbre de que
también ella debía estar afiliada al nihilismo, había predispuesto en su
contra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulaba
sobre la cabeza del Príncipe.
Desde largo tiempo atrás conocía su reputación. Sabía que, dueño de uno
de los primeros nombres y de una de las más cuantiosas fortunas de su
país, había sido desterrado por complicidad en una conspiración contra
la vida de un general. Sabía que, desterrado, había continuado
conspirando con mayor empeño, que había llegado a ser uno de los más
temibles directores del partido revolucionario europeo, que una condena
de muerte pendía sobre su cabeza. Y sabía también que, no obstante que
en apariencia la obra política del rebelde absorbía toda su actividad,
todavía disponía de tiempo para llevar una existencia llena de aventuras
galantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor del
abandono y la traición a las desventuradas incapaces de resistir a sus
seducciones. ¡Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan,
se había dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, ¿habría la
Condesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueños de amor
fiel, o había sido asesinada por el Príncipe y la nihilista?
Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discutía estas y
otras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de la
catástrofe, después de haber ordenado la traslación del cadáver a la
sala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraron
en la _villa Cyclamens_. En la suposición de que el amor o el capricho
del Príncipe por la Condesa hubiera concluido, ¿bastaban el desagrado,
el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo para
explicar el homicidio, si acaso se había cometido un homicidio? La razón
aducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, es
decir, la maldad de los nihilistas, carecía de valor mientras no se
encontrara acompañada de un móvil más particular y eficaz. Destruir una
vida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas,
sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sido
impulsados por una pasión o por cualquier interés. Quizás si las
maldades que la Condesa veía urdir al Príncipe, las conspiraciones en
que sabía estaba mezclado, la sangre que, según oía decir, se derramaba
por obra suya, había aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir que
perseverara en su labor tremenda, podía haber sorprendido alguno de sus
secretos, o un secreto que, no fuera suyo: ¿habría entonces, la rígida
disciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y de
su cómplice? El juez de paz atribuía a esta suposición algún fundamento;
pero a Ferpierre le parecía, si no del todo inadmisible, por lo menos
poco probable.
Más admisible era que, si existía un delito, se tratara de un delito de
amor. ¿No habría el Príncipe muerto por celos a la Condesa, enamorado
nuevamente de ella después de haberla dejado de amar? ¿Y de quién podía
haber estado celoso, sino de ese Vérod que se mostraba tan afligido de
la muerte de la Condesa, y asumía, sin que nadie se lo pidiera, el papel
de acusador y de vengador? ¿O no sería más bien la extranjera quien
había cometido el crimen, celosa del amor que tenía por la italiana el
hombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable,
cualquiera que fuese el móvil, no podía tampoco haberse consumado sin
que entre el asesino y la víctima hubiera habido una lucha, aun cuando
hubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la persona
de la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posición
del arma, la empuñadura hacia fuera, y el cañón apuntando al cadáver,
deducían, los doctores que si la Condesa se había matado, debía haberse
hecho el tiro estando parada: de ese modo el revólver, al caer al suelo,
se había dado vuelta. Y aunque no parecía muy natural que la infeliz,
contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esa
posición para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revólver y
haberlo tenido oculto, excluía la suposición de que un asesino hubiera
podido servirse de él. Además, el revólver estaba mal cerrado y en la
caída se le había salido una cápsula cosa que se explicaba perfectamente
de parte de una mujer poco práctica en el manejo de las armas, de una
suicida cuyas manos debían temblar por otras razones; pero que en un
asesino sería inexplicable.
Mas para detenerse sobre una hipótesis cualquiera, era necesario todavía
esperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, que
había establecido en el comedor de la villa su gabinete para la
necesaria averiguación en el lugar del suceso, ordenó que hicieran
entrar a Vérod.
Cuando el joven se presentó a Ferpierre, éste vio en la palidez de su
rostro, en la angustia de su mirada, en la turbación de su actitud, la
confirmación evidente de que Vérod debía haber estado vinculado con la
difunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en el
instante, reconoció en él, sin la menor vacilación, al estudiante del
curso de letras, por más largo que fuera ya el tiempo transcurrido desde
la época en que ambos eran condiscípulos. Y al verlo recordó también la
frecuencia con que lo había encontrado en el círculo universitario
ginebrino, durante dos años seguidos, y recordó igualmente que entre
ellos no había mediado una sola palabra de simpatía. La índole triste de
Vérod se había revelado desde aquellos días lejanos, en las discusiones
juveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierre
había obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poéticos, ni el severo
deber parecían inteligibles a esa alma cerrada. ¿Se acordaría él también
de aquellas antiguas relaciones? ¿Había pedido ver al juez instructor
por qué sabía quién era? ¿Iba a darse a conocer?
--Usted ha querido hablarme--dijo Ferpierre mientras se dirigía
mentalmente estas preguntas y ponía en orden en la mesa los papeles,
secuestrados en la habitación de la muerta y del Príncipe;--aquí me
tiene usted. Y ante todo ¿su nombre, su edad?
--Roberto Vérod, treinta y cuatro años.
--¿Es usted Vérod, el escritor?
--Sí.
--¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París?
--Sí.
O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía.
--Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme?
No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio,
sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado,
tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía.
Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego,
arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió la
mano.
--¡Si usted supiera, señor--le dijo con voz insegura y sumisa,--qué
tumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar,
cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, para
decirle lo que tengo que decirle!
Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierre
se sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hiciera
reconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que los
habían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la mano
que el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a
él, contestó:
--Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algo
mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no al
magistrado, sino al hombre.
--¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al
magistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiría
probablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, mi
convicción moral...
--¿Y al hombre?
--Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien ha
soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin
resplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio,
puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?
El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto
no contestó.
Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez a
interrogarle:
--¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta?
El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas.
--No debo, no, decirlo...--murmuró con voz ahogada.--A nadie revelaré un
secreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mire
usted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo.
--¿La amaba usted?
--Sí.
Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y la
alegría, una altiva felicidad.
--Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de
cualquiera. ¿Por qué lo habría de negar?
--¿Y ella le amaba a usted?
--¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. El
mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un
acto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez ese
sentimiento que nos hacía vivir.
--¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso?
A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedió
un amarga contracción de desdén.
--¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubiera
amado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí?
Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea.
O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que
Vérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico se
había convertido.
--Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones del
Príncipe con la Condesa?--siguió preguntando mientras tanto.--¡No cabe
duda de que hubo un tiempo en que se amaron!
--Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas
cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra
codicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amó
porque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar!
--¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse?
--Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara,
como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó. Pero ella no
quiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en su
interior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir las
consecuencias del error, aceptó el martirio.
--¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato?
--¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus
palabras envolvían una ofensa, un agravio.
--¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo?
--¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra ese
hombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombre
en París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía lo
que valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que
yo a su respecto.
--¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a la
Condesa?
--Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, y
ahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos
veces.
--¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad
política?
--Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.
--¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines que
perseguía?
--No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de su
patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar de
compasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosa
que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y
sueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal,
debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración.
--¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto?
--¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí!
--¿Cuándo la conoció usted?
--El año pasado.
--¿Dónde?
--Aquí, en el Beau Séjour.
--¿Todavía no había alquilado la villa?
--Sí, pero pasó algunas semanas en el hotel.
--¿Dónde vivía en invierno?
--En Niza.
--¿Entonces el año pasado ya no estaban juntos?
--No.
--Y ahora, ¿hacía poco tiempo que él había vuelto a unírsele?
--En estos últimos meses.
--Esa mujer, esa joven, ¿podría usted decirme quién es?
--Una compatriota y correligionaria suya.
--¿Conoce usted la naturaleza de sus relaciones?
--No, pero no es difícil adivinarla.
--¿Sería ella también su querida?
--¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores de
la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en
asociarse al deber?
La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba de
aquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de la
criatura adorada por él.
--De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe.
¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haber
estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba ya
al Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que no
amaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta la
condición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer ese
delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada
para confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer,
apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puesto
en práctica un antiguo propósito?
--¿Eso no le prueba a usted--exclamó el joven, sin contestar
directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva
interrogación,--eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperación
había caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre
por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida
debía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento en
que deseó morir. Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero eso
fue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanza
que después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?...
Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y
el juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moral
del joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose de
sus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinaba
mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el
acusador.
Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusación
parecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubiera
debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creía
hasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramente
humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecía
improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy
diversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto más
alto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con el
grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más,
no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos.
Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y
reposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puede
ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasión
esencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida.
--Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella para
inculpar a dos personas?
--Usted comprenderá--repuso el magistrado cuando vio calmarse la
angustia de Vérod,--la necesidad que me obliga a hacerle ciertas
preguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien el
sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habría
permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar,
casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último,
las consecuencias de su error... Pero si eso le había sido posible antes
de conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otra
esperanza la sonrió?
--Sí, ¿por qué no la recuperó?--replicó Vérod, como hablando consigo
mismo.
--¿Usted no sospechó el motivo?
--Ella misma me lo dijo.
--¿Y fue?...
--Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que había
contraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ella
un compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yo
tampoco la quería de esa manera...