--La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hac

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

FEDERICO DI ROBERTO

ESPASMO

BUENOS AIRES

1909

INDICE

I.--El hecho

II.--Las primeras indagaciones

III.--Los recuerdos de Roberto Vérod

IV.--Historia de una alma

V.--Duelo

VI.--La investigación

VII.--La confesión

VIII.--La carta

IX.--Espasmo

Para hacer conocer la literatura romántica italiana, en sus elementos

más modernos y en sus tendencias más recientes, difícilmente podríamos

haber encontrado algo más a propósito que un autor como Federico di

Roberto y un libro como Espasmo.

Federico di Roberto tendrá ahora treinta y seis años. Es siciliano, como

Verga, el autor de _Cavalleria rusticana_, con el cual su talento

literario presenta algún parecido. Como Verga, también es un realista,

de un realismo que ostenta el color luminoso de la isla nativa. Sus

novelas son de una gran intensidad dramática--aun cuando conservan en

sus lineamientos una elegancia impecable,--algo de aristocrático en la

concepción y en la forma, que se revela en todas sus páginas y que

caracterizan al joven escritor de una manera feliz. Con _Arabeseos e

Historias breves_ inició brillantemente su carrera literaria, en la que,

a pesar de estar en sus comienzos, ha logrado éxitos de resonancia con

_I Viceré_ y con este _Espasmo_ que hoy ofrecemos a los lectores

argentinos, y cuya traducción directa del idioma en que fue escrito

mereció de nuestra parte especial cuidado.

En el drama que se desarrolla en este libro intervienen pasiones

intensas y opuestas. Su ambiente es una ciudad de Suiza; el drama se

desarrolla entre refugiados nihilistas, y es la lucha ardiente del deber

impuesto por la fe política contra una pasión violenta y arrebatadora.

Sobre tal contraste, que da lugar a escenas emocionantes y en que se

mueven personajes intensamente humanos, se funda el argumento de esta

novela, acerca de la cual no diremos nada más para no malograr la

conmoción honda y sincera que ella produce en el ánimo del lector.

Como se podrá notar fácilmente, Federico di Roberto representa en la

moderna literatura de Italia una nota nueva para nosotros,

diferenciándose completamente de D'Annunzio, Fogazzaro y D'Amicis, que

son los novelistas italianos más conocidos en el exterior. Y, al leer

_Espasmo_, estamos seguros de que los lectores de buen gusto nos tendrán

en cuenta el haberles hecho conocer un vigoroso talento que encarna,

puede decirse, la nueva forma de la literatura romántica italiana en

esta época.

ESPASMO

I

EL HECHO

Todos los que pasaron el otoño de 1894 en las orillas del lago de

Ginebra, recuerdan sin duda todavía el trágico suceso de Ouchy, que

produjo tanta impresión y proporcionó tan abundante alimento a la

curiosidad, no sólo de las colonias de gente en vacaciones esparcidas en

todas las estaciones del lago, sino también del gran público

cosmopolita, al que los diarios lo refirieron.

El 5 de octubre, pocos minutos antes de mediodía, el estampido de un

arma de fuego y gritos confusos salidos de la _villa Cyclamens_, situada

en mitad del camino de Lausana a Ouchy, interrumpieron violentamente la

habitual tranquilidad del lugar y atrajeron a los vecinos y transeúntes.

La _villa Cyclamens_ estaba alquilada a una señora milanesa, la Condesa

d'Arda, que la ocupaba todos los años, de junio a noviembre. La amistad

de la Condesa con el Príncipe Alejo Zakunine, revolucionario ruso que

había sido condenado primero en su país, expulsado en seguida de todos

los Estados de Europa y refugiado últimamente en el territorio de la

Confederación, era conocida desde tiempo atrás.

Los dos amantes se encontraban en la villa el día de la tragedia; y los

gritos, del mismo Príncipe Zakunine, junto con la detonación del arma,

hicieron acudir a los sirvientes despavoridos, a cuyos ojos apareció un

tremendo espectáculo: la Condesa yacía exánime al pie de la cama, la

sien derecha perforada por un proyectil, y un revólver cerca de su mano.

Y por más que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta,

sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de ese

cadáver no era, sin embargo, lo que producía una emoción más fuerte,

sino el aspecto del sobreviviente. Semejante a una pálida azalea cruzada

por rayas rojas, el frío rostro de la infeliz, manchado parcialmente de

sangre, tenía el color de la cera, pero nada en él revelaba las

contracciones de la agonía: por el contrario, una serena confianza y

algo como una sonrisa todavía viviente le animaban; Levemente apartados

los violáceos labios, detrás de los cuales asomaba apenas la perlada

línea de los dientes; abiertos los párpados, las pupilas vueltas hacia

el cielo, la muerta parecía estar en éxtasis, como si aún no hubiese

abandonado la existencia del todo, deseosa de poder atestiguar que fuera

de la vida humana, en el silencio y en la sombra, había por fin hallado

el bienestar y la alegría. Lívido, desencajadas las facciones, los

cabellos en desorden sobre la frente empapada en sudor glacial, loca la

mirada, temblorosos los labios, las manos, todo el cuerpo, como si

fuera presa de la fiebre, el Príncipe Alejo infundía pavor. Después de

haber pedido auxilio con voz ronca y a gritos, se había arrodillado

junto al cadáver y lo abrazaba, ensangrentándose todo, y de su convulsa

boca no salían más que dos palabras breves y monótonas:

--¡Se acabó!... ¡Se acabó!...

En aquellas palabras, en el desgarrado acento con que las repetía, había

un desconsuelo, una amargura, una desesperación tan grande, que la

muerta no parecía ya merecer tanta compasión como el vivo, como aquel

hombre inconsolable, abrumado por el dolor, que parecía, él también,

próximo a perder el aliento. Y a ratos, cuando sus manos se cansaban de

acariciar las manos, los cabellos, las ropas de la muerta, se las

llevaba al cuello con ademán violento, cual si quisiera estrangularse:

entonces los criados, todas las personas que habían acudido, trataban de

consolarle, de arrancarle a ese espectáculo cruel; pero él, con ímpetu

salvaje, rechazaba a todos lejos de sí, extendía los brazos, se paraba,

y después de recorrer con paso inseguro, cual si estuviera ebrio, el

cuarto mortuorio, volvía a desplomarse junto al cadáver.

La villa estaba abierta para todos; nadie pensaba en impedirles su

acceso. De la cercana Casa de Salud había acudido prontamente el doctor

Bérard, quien sólo había podido comprobar la muerte instantánea. La

noticia se iba propagando rápidamente entre la colonia de extranjeros, y

los curiosos afluían a la villa, en especial los que conocían a la

Condesa y al Príncipe; pero ninguno podía obtener noticias de lo

acontecido, a no ser de los sirvientes. Zakunine parecía sordo y ciego,

no reconocía a las personas que se le acercaban, que intentaban

estrecharle la mano, ni oía las palabras de pésame, las frases de

dolorida simpatía que le dirigían.

Tampoco las respuestas de los criados arrojaban mucha luz sobre el

suceso. Refiriéndose solamente a las circunstancias exteriores de la

catástrofe, contaban todos que el Príncipe había vuelto a la villa dos

días antes, después de una ausencia de algunas semanas; que la señora se

había levantado esa mañana más temprano que de costumbre y había

permanecido como una hora en el terrado, mientras su compañero trabajaba

en el escritorio, con una dama que había llegado como a las nueve; que

antes del almuerzo la Condesa había enviado a la ciudad, con unos

encargos, a Julia, la doncella italiana que tenía desde hacía largo

tiempo; que, cuando ya iba el almuerzo a ser servido, el disparo había

hecho estremecer a todos: que del segundo piso, donde estaban las

habitaciones de los patrones, se había lanzado el Príncipe al piso bajo

como un loco, pidiendo que se llamara a un médico, y que todos habían

subido precipitadamente al cuarto de la Condesa, donde la extranjera,

después de intentar en vano socorrer a aquélla, había tratado,

igualmente en vano, consolar al desesperado Príncipe.

En medio de la confusión pocos habían notado la presencia de la

extranjera. Era ésta una joven de veinte años apenas; cabellos de un

rubio azafranado, cortos, peinados como los de un hombre; ojos claros y

mirada fría; estatura más bien pequeña: estaba vestida de negro de pies

a cabeza. Se mantenía derecha e inmóvil en el ángulo de una ventana, los

brazos cruzados, la cabeza inclinada, y casi no se daba cuenta de la

curiosidad que su presencia comenzaba a excitar.

En el círculo que formaban los más curiosos de los presentes, estaba la

Baronesa de Börne, dama austriaca, gruesa y de baja estatura, la única

de su sexo que había acudido a la villa, y que miraba fijamente a la

extranjera, abrumando al mismo tiempo con sus preguntas a los criados,

quienes no sabiendo qué contestar se mezclaban en los grupos a comentar

lo ocurrido.

--¡Pobre mujer!... ¡Pobre amiga!...--exclamaba la Baronesa.--Pero ¿por

qué?... ¿Cómo ha podido?... ¿Y no ha escrito nada? ¿No han encontrado

algo dejado por ella?... Tiene que haber algo... buscando... ¿Murió en

el instante?... Sufría, es cierto; ¡pero no tanto que no pudiera

resistir!... Era fuerte, una mujer muy fuerte, a pesar de su cuerpecito

tenue y delicado... Los dolores morales...

Y en voz más baja, dirigiendo la palabra a un joven inglés de bigotes

colorados, ojos azules y frente calva, le insinuó:

--¿Cree usted que fuera feliz?

El interrogado respondió con un ademán ambiguo, que tanto podía

significar asentimiento como duda o ignorancia.

--¡Y ese pobre Príncipe!...--continuó la Baronesa, siempre mirando por

lo bajo, continuamente, a la extranjera.--Es un dolor verle sufrir

así... Sería necesario que alguien le persuadiera de que se

alejara...--Y estas palabras iban encaminadas directamente a la joven

desconocida; pero como ésta no contestara, la Baronesa propuso:--¿Por

qué no ponen por lo menos el cadáver sobre la cama?

Hablaba desde el grupo formado en torno del cadáver, y, al ver que los

circunstantes, aprobaban sus observaciones, pidió y obtuvo que la

dejaran pasar. Entonces se acercó al Príncipe, que estaba en ese momento

apoyado contra la cama, los brazos colgando, contraídas las manos y los

extraviados ojos todavía vueltos hacia la muerta.

--No podemos dejarla así... deseamos ponerla sobre la cama... ¿Quiere

usted?

Pero él no contestó, ni pareció siquiera haber oído, y al ponerle la

Baronesa una mano en el hombro, tembló como sacudido por una corriente

magnética: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba una

angustia tan pavorosa, que la locuaz señora se encontró por un momento

con que le faltaban las palabras.

--¡Qué desgracia!... ¡Qué dolor!...--dijo turbada.--¡Pero hay, sin

embargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!...

Doctor--agregó, volviéndose hacia Bérard, que se acercaba en ese momento

al Príncipe.--Desearíamos retirar de allí el cadáver... ¡Me figuro a

ratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, ¿no

se la podría pedir que se alejara?

--Sí... cierto...--contestó el doctor vacilante y sin saber qué

hacer.--Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de los

magistrados...

--¿Se les ha avisado?

--Aquí llegan.

Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en la

sala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuito

Lausana, el comisario de policía, un médico y dos gendarmes.

Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretos

del cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmes

se colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otro

saloncito, para impedir que la gente volviera. Sólo quedaron con el

cadáver, la extranjera, el doctor Bérard, y su colega de la policía, a

quien explicaba la inutilidad de toda curación y la rapidez de la

muerte; la Baronesa de Börne, que sin que nadie se lo pidiera, informaba

de lo sucedido al juez; éste, el Príncipe y el comisario.

--¿A qué se atribuye su funesta resolución? ¿No había algo que la

hiciese prever?--preguntó el juez; y la Baronesa, no obstante ser

incapaz de callarse, por esa vez se limitó a encogerse de hombros y

mirar al Príncipe, para significar que éste era el único que podía

contestar.

Zakunine se pasó una mano por la frente, como si se despertara de un

profundo sueño, y dijo:

--Sí, había que preverlo... Yo he debido preverlo...

--¿Sufría mucho?

--¡Sufría tanto... tanto!...--respondió el Príncipe, con una entonación

de tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sintió conmovido.

--¿Estaba enferma?--preguntó el juez al doctor, después de un breve

silencio.

--Sí: de una afección del pecho.

--¿Sabía lo que tenía?

--Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente y

valerosa, que las mentiras compasivas eran inútiles con ella.

--¿No se podía tener esperanzas de salvarla?

--Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabe

engaño, pero que mediante un régimen apropiado permiten vivir aún largos

años.

--¿Entonces no es la enfermedad lo único que la ha impulsado a matarse?

--No es lo único--repitió como un eco el Príncipe Alejo.

Muy curiosa, casi cómica, era durante aquel triste interrogatorio la

actitud de la Baronesa de Börne, la cual, ya que no podía hablar

apretaba los labios, movía los ojos, sacudía la cabeza, inclinaba todo

el cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez y

confirmara las respuestas del médico y del Príncipe, para hacer ver que

ella había previsto las unas y las otras, y advertir por señas que

también ella tenía una observación que hacer. Y de vez en cuando

interrumpía:

--¡Eso es!... ¡Asimismo!... ¡Exactamente!... Y teniendo los sentimientos

religiosos que tenía...

--¿Cuáles eran?--preguntó el juez.

--Pocas mujeres he conocido de una fe tan sólida y ardiente--contestó el

doctor.

--¿Es cierto?...--interrumpió otra vez la Baronesa.--¡Parece increíble

lo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba un

paseo sin que su término no fuera una iglesia. Sus excursiones

preferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, a

Villars-le-Terroir, a causa de las iglesias católicas que encontraba por

allí.

Los domingos y fiestas pasaba largas horas aquí, en San Luis,

arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era la

observación que yo quería hacer a usted: que es por demás increíble

cómo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho.

El Príncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacudía

iba calmándose; la convulsa, violenta, pavorosa expresión de su rostro

lívido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: pálido, agotado,

sin fuerzas, parecía él también próximo a caer.

--¿Estaba sola cuando se mató?

--Sola.

--¿Habló usted con ella esta mañana?

--Sí; habló con ella.

--¿Estaba triste?

--Mortalmente.

--Podríamos ver si ha dejado algo escrito.

La Baronesa dio una palmada y exclamó:

--¡Eso es lo que yo he dicho desde el principio!

El comisario, a una señal del juez, se puso a buscar.

Pocos muebles había en el cuarto de la muerta. La cama, un ropero con

espejo, una cómoda, un pequeño escritorio colocado contra la ventana, en

plena luz, y en un ángulo una mesita de trabajo, era todo lo que formaba

el menaje. Sobre el escritorio había dos pilas de libros ingleses con

cubiertas blancas; una caja de papel de cartas; una bombonera antigua, y

un saco de viaje. En la mesita de trabajo y en el velador había más

libros. El comisario los registraba uno por uno, abría los cajones de

los muebles, ninguno de los cuales estaba cerrado con llave, y después

de echar una ojeada a los objetos de elegancia femenina de que estaban

llenos, los volvía a cerrar. En el escritorio estaba la

correspondencia de la difunta, en cajas de cartón bastante viejas y una

cartera llena de valores italianos y franceses así como algunos miles de

pesos en monedas de oro y plata. En el fondo de la gaveta de la derecha

encontró el comisario un estuche en forma de libro forrado en terciopelo

negro, y cerrado con una minúscula llave: ya iba a abrirlo, cuando el

Príncipe dio un paso hacia él, diciendo:

--Ese es un libro de memorias... el diario de su vida...

Por el tono en que hacía esa indicación, por la actitud de toda su

persona, parecía que quisiera defender contra las miradas indiscretas el

pensamiento íntimo de su pobre amiga; pero la Baronesa de Börne exclamó,

aproximándose al juez, que ya había tomado de las manos del comisario el

libro extraído por éste de su negra caja:

--¡Allí precisamente se puede encontrar algo!...

También la cubierta del libro era negra, con broches de plata, como un

libro mortuorio y su sola vista expresaba la tristeza y el dolor que

debían haber amargado la vida de aquella desventurada. El juez recorrió

rápidamente las tapas: la letra era más bien grande, delgada, poco

acentuada, elegante y de una nitidez admirable. Casi las tres cuartas

partes del libro estaban escritas. El juez consagró su mayor atención a

las últimas páginas; pero después de haber leído, dejó caer la cabeza y:

--No se entiende--dijo--no es una confesión...

Mientras tanto, el comisario continuaba sus investigaciones en una

pequeña habitación contigua al cuarto de vestirse, donde otro ropero,

el lavatorio y los baúles ocupaban todo el lugar disponible. Pero

tampoco allí encontró ninguna carta. Entonces volvió al dormitorio, lo

atravesó, y entró en la sala: allí el registro fue aún más breve o

inútil, pues aparte del diván y los sillones, sólo había una mesa llena

de menudos objetos de uso, y luego el piano, sobre el cual se veía un

cuaderno con composiciones de Pessard. Ya el comisario volvía sobre sus

propios pasos, cuando un ruido de voces, exclamaciones de angustia le

hicieron regresar; los gendarmes, obedientes a las órdenes que habían

recibido, impedían la entrada a una mujer vestida de obscuro, que

llevaba en la cabeza el velo negro de la gente del pueblo lombardo.

--¡Ah, señor! ¡Ah, señor!...--exclamaba la mujer, juntando las manos, el

flaco rostro surcado por ardientes lágrimas.--¡Quiero verla!... ¡Verla

una vez más!... ¡Mi patrona... mi buena patrona! ¡Ah, señor, verla!...

Era Julia, que en ese momento volvía de la ciudad. Bajita y delgada,

algo entrada en años, parecía anonadada por la angustia.

--Dejadla pasar--ordenó el magistrado, a quien la Baronesa explicaba

que, sirvienta de la Condesa durante muchos años, esa mujer había gozado

de toda su confianza.

Y cuando entró, sollozante y lacrimosa, juntas las manos, y se adelantó

hacia el cadáver, el mismo estremecimiento nervioso de antes volvió a

sacudir el cuerpo del Príncipe; en su rostro volvieron a leerse aquel

desfallecimiento de terror, aquel pavoroso dolor, como si la vista de

una persona cara a la muerta, su presencia allí, hicieran recrudecer su

tormento. Ya no miraba al cadáver sino a la desconsolada mujer, y

parecía querer acercársela, juntarse con ella, como para unir los

dolores de ambos, para hablarla de la muerta, para oírla hablar de ella.

Todos, hombres de justicia, médicos, hasta la misma Baronesa se sentían

impresionados por la ansiosa actitud de aquel desdichado: sólo la

extranjera permanecía inmóvil y rígida, impasible y casi sin mirar a

nadie.

--¡Lo decía y lo ha hecho!... ¡Ha hecho lo que decía!...--gemía la mujer

junto al cadáver.--Deseaba la muerte, la llamaba... ¡Ah, pobrecilla!...

¡Ah, señores!... Y me mandó afuera, me mandó... para estar libre...

¡para que no se lo leyese en la cara! ¡Ah, si hubiera estado junto a

ella!... ¡Cuántas veces, pobrecita, cuántas veces, rogó a Dios que la

hiciera morir!... ¡Y se ha matado!...--repetía con voz aún más afligida,

como si hasta ese momento hubiera podido dudar y esperar, y de repente

recibiera la confirmación indudable de semejante desgracia. ¡Se ha

matado!... ¡Está muerta! ¡Señor! ¡Señor!...

La Baronesa se pasó la mano por los ojos, suspiró y atrajo hacia su

pecho a la criada.

--¡Basta, basta, pobre mujer!... ¡No hay más remedio que conformarse!...

¡Cálmese usted!.... ¡Basta!... Lo mejor es que diga usted a estos

señores, a la justicia, ¿adonde la mandó, a usted? ¿A qué la mandó?

--A la ciudad, a pagar unas cuentas... a comprar cosas... Yo no sé

más... Parecía, cuando se levantó de la cama, como si quisiera ir

conmigo... después cambió de opinión, y me mandó...

--¿La dio a usted alguna carta? ¿Sabe usted si escribió alguna carta,

anoche o esta mañana?

--Anoche no: esta mañana. Esta mañana escribió una carta.

--¿A quién estaba dirigida?

--A sor Ana.

--¿Quién es sor Ana?--preguntó el magistrado, que había dejado

pacientemente a la verbosa señora formular el interrogatorio.

--Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa.

--¿Dónde está?

--No sé. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero.

--¿Usted tampoco sabe esa dirección?--preguntó el juez, volviéndose

hacia el Príncipe Alejo.

--La ignoro, pero...

Su ansiedad parecía ir calmándose. Ya iba a decir algo, cuando se volvió

a oír en el fondo de la sala a los agentes de policía que impedían la

entrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba,

no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, decía:

--¡Déjenme pasar!... ¡necesito entrar, les digo!...

Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quién era, Bérard y la

Baronesa de Börne se acercaban a la puerta.

--¡Vérod!--exclamó la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, de

cabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entró

a prisa cuando los guardias, a una seña de su superior, se hicieron a un

lado. Pero después de haber realizado su intento y avanzar rápidamente

los primeros pasos, el recién venido pareció de pronto titubear,

vacilante: la irritación que le encendía el rostro fue cediendo ante la

confusión y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadáver se llevó

una mano al corazón, se recostó contra el marco de la puerta,

intensamente pálido, a punto casi de desmayarse.

--¡Nuestra pobre amiga!--exclamó otra vez la Baronesa, tendiéndole la

diestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.--¡Quién lo

habría dicho!... ¿No parece un sueño?... ¡Pobre, pobre amiga!... Matarse

así...

Pero el joven se repuso, y avanzando un paso más dijo con fuerte voz:

--No.

Un movimiento de inquietud y estupor pasó por entre los presentes.

--¿Qué dice usted?--preguntó el juez, acercándose a Vérod y mirándole

fijamente en los ojos.

--Digo que esta señora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada.

Su voz resonaba de manera extraña, parecía que hablara en un lugar

vacío, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tan

suspensos y sorprendidos se encontraban los ánimos de todos los

presentes. El Príncipe Alejo, erguido, inmóvil, alta la frente, miraba

también fijamente a su inesperado acusador.

--¿Cómo puede usted asegurarlo?--preguntó aún el juez.

--Lo sé.

--¿Cuáles son las pruebas que tiene usted?

--Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales.

--¿Quién cree usted que la ha muerto?

El joven extendió el brazo, señaló con el índice al Príncipe y la

extranjera, y dijo:

Todos los presentes volvieron las atónitas miradas hacia los acusados.

En el primer momento la fisonomía del Príncipe Zakunine había

permanecido sin expresión; parecía que éste no hubiera oído, o que no

hubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irónica contracción

de los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de pronto

hundidos y casi risueños, animados por una risa casi dolorosa, revelaron

la sensación de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversión,

que tan inopinado cargo despertaba en su ánimo. En cuanto a la

desconocida, seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al

acusador, sin que su rostro de estatua despertara desdén ni estupor.

Antes de decir nada contra alguien--repuso el juez en tono de

amonestación--es preciso estar cierto de lo que se dice.

--Si no estuviera cierto no habría hablado.

--¿Qué interés puede haber armado el brazo de estas personas?

El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba de

contener.

--La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de

destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con

la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.

La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estaban

preñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habían

producido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento de

verdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, el

puño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura,

rencorosa, y le apostrofó así:

--¡Loco! ¿Qué dices?

Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros

que despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno y

otro penetrar con ellas hasta el alma.

El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.

--¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!--intimó el primero.

--¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo

conocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondad

de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios,

de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya

conocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.

Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos... digan

ustedes--agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados:

deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes--digan

ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es

creíble...

El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una mirada

escrutadora:

--Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha

intentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamente

y que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo y

firme.

--¿Usted cree eso?--exclamó el joven desconcertado--¿usted ha dicho eso?

La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente;

parecía no comprender ni ver.

--¿De quién era esta arma?--la preguntó el magistrado.

--Suya.

--¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?

--Encerrada, escondida.

--¿Ve usted--dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven--que nada

confirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas?

El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reproche

por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero éste, después de un

momento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente y

lanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpo

exánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, el

rostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas de

sangre iban perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca todavía

entreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; y

entonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada:

--Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar

con el juez de instrucción.

II

LAS PRIMERAS INDAGACIONES

Francisco Ferpierre, juez de instrucción adscripto al tribunal cantonal

de Lausana, era muy joven: todavía no tenía cuarenta años. Una cultura

legal solidísima, mucha ciencia de la vida y del corazón humano, una

natural aptitud para la observación, que en el ejercicio de su profesión

se había convertido en genial clarovidencia y casi en presciencia

inerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de él una de las

mejores autoridades de la magistratura helvética. Y, sin embargo, su

primera vocación había sido otra.

Amante de las letras, había comenzado a cultivarlas, descuidando por

ellas en un principio, los estudios legales como inútiles e ingratos, y

llegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, que

lo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas,

ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginación, era como

pensaba conquistarse la gloria, desdeñoso y para nada necesitado de

compensaciones más reales. La muerte de su padre, sostén de la numerosa

familia, le despertó de su sueño. Comprendió entonces que su deber era

sustituir a su padre y de la noche a la mañana dijo adiós a la fantasía

y a la fábula, para dirigir su actividad por un camino más positivo.

Sus primeros trabajos no le habían sido inútiles del todo: el hábito de

la investigación contraído al reflexionar sobre argumentos ficticios, lo

habían hecho hábil para desentrañar los misterios con que lucha la

justicia. Había comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias a

ellos podía comprender sin gran trabajo, cómo era en realidad.

La profesión política y la judicial son sin duda las que mejor y con mas

rapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombre

político es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poder

juzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno,

extraño a los intereses que ve agitarse en torno suyo, está más que

cualquier otro en situación de leer en el libro del corazón. Y

Ferpierre, después de haber dado libre desahogo en los artísticos

trabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, había

comprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano en

una concepción demasiado amplia y poética de la existencia, y como sus

sentimientos habían llegado a ser más austeros, más severos eran por

consiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvética,

la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazón de la raza por efecto

de la contemplación de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata de

aquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo la

música por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en él

después de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional del

joven poeta, sucedió la rectitud inflexible del hombre maduro.

Ferpierre se sentía, por lo tanto, animado de una secreta desconfianza

contra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juez

de paz en la _villa Cyclamens_, adonde había acudido al primer

llamamiento. La muerta le inspiraba mucha lástima, cierto, pero si

resultaba cierto que ella misma había querido abandonar la vida, tan

merecedora sería del reproche como de la compasión. Además, los vínculos

que la habían ligado con el Príncipe Zakunine estaban fuera de la ley, y

su amistad con Vérod estaba contaminada también. Sin haber todavía visto

al acusador, con sólo oír su nombre, creía el magistrado reconocer en él

a Roberto Vérod, el escritor ginebrino que vivía desde muchos años antes

en París y de allí esparcía por el mundo sus libros llenos de amargas

enseñanzas. De modo que, si no se engañaba, ese personaje debía serle

conocido íntimamente: Vérod había entrado quince años antes en la

Universidad de Ginebra, cuando Ferpierre seguía el penúltimo curso de

leyes, y un círculo de estudiantes les había contado a ambos en el

número de sus socios durante dos años. Pero ¿por qué veía el joven en la

muerte de la Condesa un asesinato y se empeñaba en vengarlo, sino porque

había sido rival del Príncipe, es decir, amante de la difunta? La

actitud de soberbio desafío de la extranjera, la certidumbre de que

también ella debía estar afiliada al nihilismo, había predispuesto en su

contra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulaba

sobre la cabeza del Príncipe.

Desde largo tiempo atrás conocía su reputación. Sabía que, dueño de uno

de los primeros nombres y de una de las más cuantiosas fortunas de su

país, había sido desterrado por complicidad en una conspiración contra

la vida de un general. Sabía que, desterrado, había continuado

conspirando con mayor empeño, que había llegado a ser uno de los más

temibles directores del partido revolucionario europeo, que una condena

de muerte pendía sobre su cabeza. Y sabía también que, no obstante que

en apariencia la obra política del rebelde absorbía toda su actividad,

todavía disponía de tiempo para llevar una existencia llena de aventuras

galantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor del

abandono y la traición a las desventuradas incapaces de resistir a sus

seducciones. ¡Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan,

se había dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, ¿habría la

Condesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueños de amor

fiel, o había sido asesinada por el Príncipe y la nihilista?

Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discutía estas y

otras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de la

catástrofe, después de haber ordenado la traslación del cadáver a la

sala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraron

en la _villa Cyclamens_. En la suposición de que el amor o el capricho

del Príncipe por la Condesa hubiera concluido, ¿bastaban el desagrado,

el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo para

explicar el homicidio, si acaso se había cometido un homicidio? La razón

aducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, es

decir, la maldad de los nihilistas, carecía de valor mientras no se

encontrara acompañada de un móvil más particular y eficaz. Destruir una

vida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas,

sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sido

impulsados por una pasión o por cualquier interés. Quizás si las

maldades que la Condesa veía urdir al Príncipe, las conspiraciones en

que sabía estaba mezclado, la sangre que, según oía decir, se derramaba

por obra suya, había aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir que

perseverara en su labor tremenda, podía haber sorprendido alguno de sus

secretos, o un secreto que, no fuera suyo: ¿habría entonces, la rígida

disciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y de

su cómplice? El juez de paz atribuía a esta suposición algún fundamento;

pero a Ferpierre le parecía, si no del todo inadmisible, por lo menos

poco probable.

Más admisible era que, si existía un delito, se tratara de un delito de

amor. ¿No habría el Príncipe muerto por celos a la Condesa, enamorado

nuevamente de ella después de haberla dejado de amar? ¿Y de quién podía

haber estado celoso, sino de ese Vérod que se mostraba tan afligido de

la muerte de la Condesa, y asumía, sin que nadie se lo pidiera, el papel

de acusador y de vengador? ¿O no sería más bien la extranjera quien

había cometido el crimen, celosa del amor que tenía por la italiana el

hombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable,

cualquiera que fuese el móvil, no podía tampoco haberse consumado sin

que entre el asesino y la víctima hubiera habido una lucha, aun cuando

hubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la persona

de la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posición

del arma, la empuñadura hacia fuera, y el cañón apuntando al cadáver,

deducían, los doctores que si la Condesa se había matado, debía haberse

hecho el tiro estando parada: de ese modo el revólver, al caer al suelo,

se había dado vuelta. Y aunque no parecía muy natural que la infeliz,

contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esa

posición para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revólver y

haberlo tenido oculto, excluía la suposición de que un asesino hubiera

podido servirse de él. Además, el revólver estaba mal cerrado y en la

caída se le había salido una cápsula cosa que se explicaba perfectamente

de parte de una mujer poco práctica en el manejo de las armas, de una

suicida cuyas manos debían temblar por otras razones; pero que en un

asesino sería inexplicable.

Mas para detenerse sobre una hipótesis cualquiera, era necesario todavía

esperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, que

había establecido en el comedor de la villa su gabinete para la

necesaria averiguación en el lugar del suceso, ordenó que hicieran

entrar a Vérod.

Cuando el joven se presentó a Ferpierre, éste vio en la palidez de su

rostro, en la angustia de su mirada, en la turbación de su actitud, la

confirmación evidente de que Vérod debía haber estado vinculado con la

difunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en el

instante, reconoció en él, sin la menor vacilación, al estudiante del

curso de letras, por más largo que fuera ya el tiempo transcurrido desde

la época en que ambos eran condiscípulos. Y al verlo recordó también la

frecuencia con que lo había encontrado en el círculo universitario

ginebrino, durante dos años seguidos, y recordó igualmente que entre

ellos no había mediado una sola palabra de simpatía. La índole triste de

Vérod se había revelado desde aquellos días lejanos, en las discusiones

juveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierre

había obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poéticos, ni el severo

deber parecían inteligibles a esa alma cerrada. ¿Se acordaría él también

de aquellas antiguas relaciones? ¿Había pedido ver al juez instructor

por qué sabía quién era? ¿Iba a darse a conocer?

--Usted ha querido hablarme--dijo Ferpierre mientras se dirigía

mentalmente estas preguntas y ponía en orden en la mesa los papeles,

secuestrados en la habitación de la muerta y del Príncipe;--aquí me

tiene usted. Y ante todo ¿su nombre, su edad?

--Roberto Vérod, treinta y cuatro años.

--¿Es usted Vérod, el escritor?

--Sí.

--¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París?

--Sí.

O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía.

--Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme?

No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio,

sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado,

tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía.

Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego,

arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió la

mano.

--¡Si usted supiera, señor--le dijo con voz insegura y sumisa,--qué

tumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar,

cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, para

decirle lo que tengo que decirle!

Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierre

se sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hiciera

reconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que los

habían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la mano

que el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a

él, contestó:

--Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algo

mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no al

magistrado, sino al hombre.

--¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al

magistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiría

probablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, mi

convicción moral...

--¿Y al hombre?

--Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien ha

soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin

resplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio,

puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?

El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto

no contestó.

Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez a

interrogarle:

--¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta?

El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas.

--No debo, no, decirlo...--murmuró con voz ahogada.--A nadie revelaré un

secreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mire

usted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo.

--¿La amaba usted?

--Sí.

Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y la

alegría, una altiva felicidad.

--Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de

cualquiera. ¿Por qué lo habría de negar?

--¿Y ella le amaba a usted?

--¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. El

mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un

acto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez ese

sentimiento que nos hacía vivir.

--¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso?

A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedió

un amarga contracción de desdén.

--¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubiera

amado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí?

Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea.

O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que

Vérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico se

había convertido.

--Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones del

Príncipe con la Condesa?--siguió preguntando mientras tanto.--¡No cabe

duda de que hubo un tiempo en que se amaron!

--Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas

cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra

codicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amó

porque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar!

--¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse?

--Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara,

como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó. Pero ella no

quiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en su

interior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir las

consecuencias del error, aceptó el martirio.

--¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato?

--¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus

palabras envolvían una ofensa, un agravio.

--¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo?

--¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra ese

hombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombre

en París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía lo

que valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que

yo a su respecto.

--¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a la

Condesa?

--Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, y

ahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos

veces.

--¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad

política?

--Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.

--¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines que

perseguía?

--No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de su

patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar de

compasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosa

que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y

sueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal,

debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración.

--¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto?

--¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí!

--¿Cuándo la conoció usted?

--El año pasado.

--¿Dónde?

--Aquí, en el Beau Séjour.

--¿Todavía no había alquilado la villa?

--Sí, pero pasó algunas semanas en el hotel.

--¿Dónde vivía en invierno?

--En Niza.

--¿Entonces el año pasado ya no estaban juntos?

--No.

--Y ahora, ¿hacía poco tiempo que él había vuelto a unírsele?

--En estos últimos meses.

--Esa mujer, esa joven, ¿podría usted decirme quién es?

--Una compatriota y correligionaria suya.

--¿Conoce usted la naturaleza de sus relaciones?

--No, pero no es difícil adivinarla.

--¿Sería ella también su querida?

--¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores de

la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en

asociarse al deber?

La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba de

aquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de la

criatura adorada por él.

--De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe.

¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haber

estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba ya

al Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que no

amaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta la

condición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer ese

delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada

para confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer,

apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puesto

en práctica un antiguo propósito?

--¿Eso no le prueba a usted--exclamó el joven, sin contestar

directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva

interrogación,--eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperación

había caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre

por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida

debía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento en

que deseó morir. Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero eso

fue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanza

que después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?...

Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y

el juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moral

del joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose de

sus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinaba

mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el

acusador.

Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusación

parecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubiera

debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creía

hasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramente

humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecía

improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy

diversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto más

alto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con el

grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más,

no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos.

Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y

reposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puede

ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasión

esencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida.

--Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella para

inculpar a dos personas?

--Usted comprenderá--repuso el magistrado cuando vio calmarse la

angustia de Vérod,--la necesidad que me obliga a hacerle ciertas

preguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien el

sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habría

permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar,

casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último,

las consecuencias de su error... Pero si eso le había sido posible antes

de conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otra

esperanza la sonrió?

--Sí, ¿por qué no la recuperó?--replicó Vérod, como hablando consigo

mismo.

--¿Usted no sospechó el motivo?

--Ella misma me lo dijo.

--¿Y fue?...

--Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que había

contraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ella

un compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yo

tampoco la quería de esa manera...

Espasmo · 第 1 / 16 段