Nos hallamos en Inglaterra, en una hermosa mañana de Julio, cuatro meses
después de los sucesos que quedan relatados. Por el camino que conducía
derechamente á la antigua ciudad de Vinchester y á no muy grande
distancia de ella iban dos jinetes, joven, apuesto y ricamente ataviado
el uno, con las espuelas de oro del caballero, al paso que el otro,
hercúleo mocetón, tenía más trazas de gañán que de soldado, á no revelar
su profesión la formidable espada que al cinto llevaba. Sobre la grupa
de su caballo veíase un saco que contenía, entre otras cosas, los cinco
mil ducados que pagara por su rescate Don Diego de Álvarez. Inútil es
decir que era el jinete nuestro jovial amigo Tristán de Horla, elevado
recientemente á la dignidad de escudero de Sir Roger de Clinton, señor
de Munster, á cuyo lado cabalgaba en aquel momento.
Roger había sido armado caballero por el Príncipe Negro en persona, con
aplauso de todo el ejército que le consideraba como uno de los más
brillantes soldados del reino. Aquella defensa inaudita, aquel esfuerzo
supremo de la Guardia Blanca había sido referido y ensalzado en toda la
cristiandad y el príncipe heredero, en nombre del soberano, había
colmado de honores á los escasos sobrevivientes de tan honroso hecho de
armas. Por más de un mes fluctuó Roger entre la vida y la muerte, y tan
luego triunfó su juventud y cesó el delirio, supo que había terminado la
guerra y que nada se había podido averiguar sobre el paradero ni la
suerte del barón de Morel. Recibió las felicitaciones y alabanzas que le
prodigó en persona el príncipe, y tan luego se halló en disposición de
soportar el viaje á Londres se embarcó acompañado de su fiel Tristán.
Inmediatamente que llegaron á aquella ciudad emprendieron el camino de
Hanson, pues Roger carecía de toda noticia desde la carta del prior que
le anunció la muerte de su hermano.
Tristán comentaba con admiración y entusiasmo cuanto veían en el camino,
la verdura y lozanía de los campos, los matices de las flores y la
hermosa apariencia del ganado.
--Bien está que te regocijes, amigo Tristán, le dijo el joven caballero,
pero cuanto á mí jamás pensé volver á la patria con tanta amargura en el
corazón. Lloro por mi señor y por el valiente Simón Aluardo, y no sé
cómo atreverme á comunicar la pérdida del primero á la baronesa y á su
hija, suponiendo que no tengan ya noticia de su desgracia.
--¡Ay de mí! exclamó Tristán dando un gemido que espantó á los caballos.
Duro es el trance en que os véis y también yo lamento la muerte de
ambos. Pero descuidad, que la mitad de estos ducados que aquí llevo se
la daré á mi madre y la otra mitad la agregaremos á los dineros que vos
tengáis, para comprar el _Galeón Amarillo_ que nos llevó á Burdeos y con
él saldremos en busca del barón.
--¡Buen Tristán! dijo Roger sonriéndose. Pero ¡ah! que si el barón
viviese ya hubiéramos tenido nuevas suyas. ¿Qué villa es esa? preguntó
poco después.
--¡Romsey! La conozco bien. Allí está el monasterio con su vieja torre
parda. Permitidme que dé una moneda al venerable ermitaño que allí véis,
sentado en aquella piedra junto al camino.
Suspendió el anciano sus preces para aceptar la dádiva del arquero.
--Soldados sois á lo que veo, hijos míos, y mis oraciones os acompañarán
en vuestras empresas.
--De España venimos, reverendo padre, dijo Tristán.
--¿De España decís? ¡Ah! Infortunada expedición en la que tantos bravos
ingleses han sacrificado las vidas que Dios les concediera. Hoy mismo he
dado mi bendición á una noble dama que ha perdido cuanto amaba en esa
cruel y lejana guerra.
--¿Qué decís? preguntó Roger con vivo interés.
--Sí, una joven y principalísima dama de esta comarca, tranquila y
dichosa cual ninguna pocos meses hace y que se prepara á tomar el velo
en el convento de Romsey. ¿No habéis oído hablar, mis buenos caballeros,
de una compañía llamada la Guardia Blanca?
--¡Oh, sí, mucho! dijeron ambos á la vez.
--Pues el padre de la dama de que os hablo era el jefe de esa valiente
fuerza, y su prometido era escudero del famoso capitán. Llegó aquí la
nueva de que ni un solo miembro de la Guardia había sobrevivido á una
serie de cruentos combates y la pobre doncella....
--¡Acabad! gritó Roger. ¿Habláis de Doña Constanza de Morel?
--La misma.
--¡Constanza monja! ¿Qué decís? ¿Tan terrible efecto le ha causado la
pérdida de su padre?
--De su padre y del gallardo mancebo de rubios cabellos á quien adoraba.
La muerte de este último es la que en verdad abre para ella las puertas
del claustro....
--¡Á escape, Tristán! ¡Á Romsey! gritó Roger espoleando á su caballo,
que partió como una flecha.
Grande había sido la alegría de las monjas de Romsey al saber que la
noble cuanto hermosa Constanza de Morel había pedido ser recibida como
hermana suya, tras corto noviciado. Hechos estaban todos los
preparativos para la solemne ceremonia, decorado el templo, cubierto de
flores el altar y numerosos grupos de gentes del pueblo se hallaban
congregados en el atrio ó se encaminaban hacia la iglesia inmediata al
monasterio, ansiosos de presenciar el imponente acto. Ya habían visto
pasar á la venerable abadesa con su gran crucifijo de oro, seguida de
las hermanas, del clero y los acólitos con los humeantes incensarios y
de unas hermosas niñas que iban alfombrando de flores el suelo, al paso
de la novicia. Seguíalas ésta entre cuatro compañeras suyas, cubierta de
la cabeza á los pies por el blanco velo, y centro de todas las miradas.
Aquella solemne procesión llegó á las puertas del templo y se disponía á
entrar en él cuando se notó súbita confusión en uno de los ángulos de la
plaza, de donde pronto partieron grandes clamores. La multitud osciló
primero y abrió luego paso á un jinete, á un joven caballero cubierto de
polvo, que sin miramientos lanzaba su corcel sobre la compacta masa del
pueblo. Era el mensajero de la juventud y del amor, que llegaba á
tiempo de arrancar al claustro una vida que por ningún concepto le
estaba destinaba. Llegado á los escalones que conducían al atrio saltó
de su caballo, y apartando bruscamente á la sorprendida abadesa,
dirigióse el doncel al punto donde se hallaba la novicia y extendiendo
hacia ella sus brazos, exclamó con amoroso acento, en el que palpitaba
profundísima emoción:
--¡Constanza!
--¡Roger!
La novicia iba á caer desvanecida, pero Roger la recibió en sus brazos y
la estrechó amorosamente, con gran escándalo de la abadesa y con no
menor admiración de las veinte monjas y novicias que presenciaban tan
inesperado desenlace. Pero Constanza y Roger no se daban cuenta de lo
que en torno de ellos sucedía, perdidos como estaban en mutua
contemplación, embriagados con la felicidad inmensa de verse reunidos
después de una separación que ella había creído eterna. Tras los amantes
quedaba el obscuro arco de entrada del templo; frente á ellos la vida
entera, llena de luz, de alegría y felicidad. Su elección quedó hecha en
un momento y se dirigieron, entrelazadas las manos, hacia la luz, en
busca del amor, abandonando ella para siempre el claustro, olvidados
ambos por el momento de sus pasadas tristezas.
El anciano padre Cristóbal bendijo poco tiempo después su unión en la
iglesia del Priorato de Salisbury. Los únicos testigos de la tierna
ceremonia fueron la baronesa, Tristán de Horla y una docena de arqueros
y servidores del castillo. La animosa señora de Morel, tras largos meses
de ansiedad y amargos sufrimientos, dudaba todavía de la muerte del
barón; parecíale imposible que habiendo regresado de tantas y tan
mortíferas campañas, hubiese sonado para él la hora suprema en aquella
última expedición, lejos de su hogar, privado del amor de los suyos y de
los solícitos cuidados de su amante esposa. Desde luego manifestó el
deseo de ir á España en persona y agotar todos los recursos para
averiguar el paradero del barón. Disuadióla Roger de su proyecto,
convenciéndola de que á él le tocaba emprender aquel viaje, debiendo
quedarse ella acompañando á su hija y al cuidado de los múltiples
intereses que suponía la administración de las vastas propiedades de
Munster, unidas á la del castillo de Monteagudo y sus dependencias.
Fletó Roger el _Galeón Amarillo_, mandado por el mismo valiente capitán
Golvín, y un mes después de su boda partió el joven señor de Munster
para Sorel, acompañado de su fiel Tristán, á fin de averiguar si había
llegado de Southampton el para ellos inolvidable galeón. Poco antes de
llegar á Sorel se detuvieron en Dalton, pueblecillo de la costa, donde
notó Roger la presencia de una pequeña galera recienllegada, á juzgar
por el número de botes y lanchas que la rodeaban para conducir á tierra
su cargamento.
Á un tiro de ballesta del pueblo había un pequeño edificio, entre mesón
y taberna, hacia el cual se dirigieron los dos viajeros. Á una ventana
del primero y único piso de la casita se asomaba un individuo que
parecía contemplarlos con curiosidad. Mirándole estaba Tristán cuando
salió corriendo del mesón una robusta moza, riéndose á carcajadas y
perseguida de cerca por un truhán que muy pronto desapareció, lo mismo
que la muchacha, entre los árboles del huerto. Echando pie á tierra los
jinetes, ataron sus caballos á la cerca y apenas tomaron por el sendero
que á la casa conducía se detuvieron atónitos, contemplándose en
silencio, presa de profunda emoción.
--¡Ah, _ma belle!_ decía una voz sonora. ¿Con que así tratas á un viejo
soldado que hace tiempo no ha visto tan siquiera una buena moza inglesa?
¡Por el filo de mi espada! aguarda un poco y en lugar de un beso te daré
media docena....
Una exclamación de alegría se escapó de los labios sonrientes de Roger y
Tristán. ¡Era Simón, no cabía duda! Simón bueno y sano, que apenas
puesto el pie en tierra volvía á las andadas. Iban á precipitarse en su
busca, á llamarle á gritos, cuando oyeron otra voz que partía de la
ventana.
--¿Qué ocurre, Simón? decía. Si me necesitas, no pido cosa mejor que
empuñar la espada y desentumecer un poco el brazo, metiendo en cintura
al primero que se desmande y nos busque pendencia, aunque sea en tierra
propia.
Apareció Simón al oir la voz de su señor y en un instante se vió asido
por los formidables brazos de Tristán, de los que pasó á los de Roger.
No había vuelto de su sorpresa el buen Simón cuando se presentó en la
puerta el barón de Morel, espada en mano y guiñando más que nunca sus
ojillos, en busca de imaginario enemigo. Renováronse entonces los
abrazos, que el barón y el veterano no tardaron en devolver con creces,
poseídos de inmensa alegría.
Durante el viaje de regreso oyeron sus amigos el relato de sus
portentosas aventuras. Hechos prisioneros ambos en la homérica lucha,
allá en España, viéronse cautivos de un noble aragonés, que tras largo
viaje los condujo á la costa, donde los embarcó con rumbo á unas
posesiones que por allí tenía. Sorprendida su embarcación en alta mar
por los piratas berberiscos, se acrecentaron sus sufrimientos bajo el
yugo bárbaro de su nuevo amo; pero llegados á un puertecillo africano,
el indomable barón halló modo de matar al capitán pirata en la barca que
á tierra los conducía y arrojándose después al agua seguido de Simón
ganaron á nado la tierra y tras mil penalidades lograron embarcarse en
la galera que acababa de llevarlos á Inglaterra, no sin rico botín
arrebatado con astucia á sus crueles enemigos. Inútil es hablar de su
recepción en el castillo de Monteagudo, y de la inmensa ventura que
llenó aquel dichoso hogar, poco antes tan agobiado por la tristeza y el
dolor.
El barón León de Morel vivió todavía largos años, colmado de honores,
tranquilo y feliz. La dicha de Roger de Clinton y su esposa adorada fué
también completa. Dos veces guerreó él en Francia, conquistando
preciados laureles y altísima fama. Concediósele distinguido puesto en
la corte y por muchos años ejerció brillantes cargos en los reinados de
Ricardo y de Enrique IV, quien le confirió la orden de la Jarretiera y
le honró como á uno de los primeros caballeros y más valientes campeones
de su tiempo.
Cuanto á Tristán de Horla, se casó con una linda muchacha de Dunán y
allí se estableció definitivamente, gozando del prestigio que le daban
sus proezas y los cinco mil ducados tan briosamente ganados allá en
tierra de España. Él y su inseparable amigo Simón animaron
frecuentemente con su presencia y su alegría perenne las bulliciosas
veladas del _Pájaro Verde_. Simón acabó por ofrecer su amor y su nombre
á la buena ventera que tan fielmente le guardara su botín de anteriores
campañas. Así vivieron aquellos hombres, rudos si se quiere, como la
época que los vió nacer y morir, pero francos, honrados y valientes,
dejando á las generaciones venideras un ejemplo digno de imitación y
aplauso.