DONDE EL SEÑOR DE MOREL CUMPLE SU VOTO

La mañana siguiente, desapacible y fría como muchas del mes de Marzo en

aquellos contornos, halló á nuestros arqueros en un terreno pedregoso y

al pie de elevadísimas rocas, cuyas cimas empezaba á dorar el sol

naciente. En uno de los grupos que apresuradamente disponían el desayuno

figuraban Reno, Simón y Yonson, más atentos á preparar sus flechas y

afilar sus espadas que á vigilar el guiso, del cual cuidaba solícito el

voraz Tristán. Roger y Norbury, el silencioso escudero de Sir Oliver,

procuraban calentar al fuego de la hoguera sus manos ateridas.

--¡Ya hierve el guisote! exclamó Yonson poniendo á un lado el espadón.

¡Á comer, antes de que nos den la orden de marcha ó nos caiga encima un

nublado de castellanos y franceses!

--¡Por vida de! dijo Simón mirando á su amigo Tristán, ahora que este

cernícalo está en vísperas de recibir el cuantioso rescate de su

prisionero desdeñará quizas comer con pobres arqueros. ¿Eh, Tristán? No

más cubiletes de cerveza ni medias raciones de cecina, cuanto te veas

otra vez en Horla, sino vino gascón á diario y carne asada hasta que te

hartes.

--Lo que en Horla haré, sargento, si allá llego otra vez, está por ver;

lo que sí sé es que por ahora voy á meter mi casco en esa caldera y á

comer cuanto pueda, por si no volvemos á ver un guiso en todo el día.

--¡Bien dicho, muchacho! ¡Ea, cada cual para sí! ¿Á quién buscas, Robín?

--El señor barón desea veros en su tienda, dijo á Roger un joven

arquero.

Apenas llegado Roger á presencia de su señor entrególe éste un abultado

pergamino, diciendo:

--Acaba de traérmelo un mensajero de Su Alteza, quien me dice que fué

portador de ese y otros pergaminos un caballero recienllegado de

Inglaterra al cuartel general.

--Está dirigido á vos, señor barón y escrito, según aquí reza, "de mano

de Cristóbal, siervo de Dios y Prior del monasterio de Salisbury."

--Lee pronto, Roger.

El joven escudero recorrió con la vista las primeras líneas, palideció y

lanzó una exclamación de sorpresa y dolor.

--¿Qué es ello? preguntó el barón. ¿Vas á darme malas noticias de la

señora baronesa ó de mi hija Constanza?

--¡Mi hermano, mi desgraciado hermano! exclamó Roger. ¡Hugo ha muerto!

--Te trató en vida como á mortal enemigo, Roger, y no veo fundado motivo

para que tanto sientas su muerte.

--Era el único pariente que me quedaba en el mundo. Pero ¡qué noticias!

¡Cuánto inesperado desastre! Oid, señor barón.

El prior escribía que poco después de la partida de Morel se había

congregado en la granja de Munster y puéstose á las órdenes del díscolo

Hugo de Clinton numerosa fuerza compuesta de aventureros, bandidos y

gente perdida de toda la comarca, quienes después de derrotar á las

gentes de justicia y soldados del rey enviados contra ellos, habían

puesto sitio al castillo de Monteagudo, habitado por la esposa é hija

del barón. Que la baronesa, lejos de entregar la fortaleza, había

organizado y dirigido la defensa con tantos bríos y acierto tal que al

segundo día, después de empeñados y mortíferos asaltos, había perdido la

vida Hugo, el jefe de los sitiadores, y huído y dispersádose éstos. La

carta terminaba dando las mejores noticias sobre la salud de ambas damas

é invocando sobre el barón las bendiciones del cielo.

--¡La profecía! dijo el barón tras larga pausa. ¿Recuerdas, Roger lo que

nos dijo aquella noche memorable y fatal la esposa de Duguesclín? El

asalto del castillo, el jefe de la barba rubia, todo, todo. ¡Es

portentoso! Y á propósito, Roger; nunca te he preguntado por qué la

noble profetisa dijo de tí que tenías el pensamiento puesto en el

castillo de Monteagudo con más constancia y cariño que yo mismo....

--Quizás tuviera también razón al decirlo, señor, replicó el escudero

ruborizándose, porque os confieso que en aquel castillo pienso todo el

día y con él sueño de noche.

--¡Hola! exclamó el barón. ¿Y cómo es eso, Roger?

--Debo confesároslo. Amo á mi señora Doña Constanza, vuestra hija, con

el más puro y profundo amor....

--Me sorprendes, doncel, dijo el barón frunciendo el ceño. ¡Por San

Jorge! ¿sabes que es muy noble nuestra sangre y muy antiguo nuestro

nombre?

--También lo es el mío, señor barón, y muy noble la sangre heredada de

mis mayores.

--Constanza es nuestra única hija y cuanto tenemos le pertenecerá algún

día.

--También soy yo ahora el único Clinton, y muerto sin hijos mi hermano

soy dueño y señor de Munster.

--Cierto es. Pero ¿cómo no me has hablado antes del caso?

--No podía hacerlo, señor barón, porque ni aun sé si vuestra hija me ama

y no media entre nosotros oferta ni promesa.

Quedóse pensativo el famoso guerrero y por fin se echó á reir.

--¡Juro por San Jorge no tomar cartas en el asunto! exclamó. Mi muy

amada hija es árbitra de su elección, pues la juzgo muy capaz de mirar

por sí misma y elegir con acierto. La conozco, amigo Roger, y si como me

figuro está ella pensando en tí como tú en ella, ni Enrique de

Trastamara con sus sesenta mil soldados puede impedir que mi Constanza

haga su voluntad y deje de amar á quien ame. Lo que sí me toca recordar

aquí es que siempre he deseado para esposo de mi hija á un caballero

valiente y cumplido. Tú, Roger de Clinton, estás en camino de ser una

brillante lanza si Dios te protege. Sigue haciendo méritos y

conquistando lauros. Pero basta de este asunto, que volveremos á tratar

cuando veamos otra vez las costas de Inglaterra. Nos hallamos en

situación gravísima é importa salir de ella cuanto antes. Hazme la

merced de llamar al señor de Fenton, con quien deseo conferenciar antes

de que nos alcance el enemigo en esta desventajosa posición.

Obedeció Roger inmediatamente y sentándose después sobre apartada roca

trató de recordar una á una las palabras del barón y su propia

confesión; comparó también las desfavorables circunstancias que le

rodeaban cuando por primera vez vió á su amada, novicio indigente y sin

hogar, con la holgada posición que le creaba la prematura muerte de su

hermano. Además, había sabido ganarse el aprecio y la confianza del

barón, sus compañeros de armas lo consideraban como valiente entre los

valientes de la Guardia Blanca, á pesar de sus pocos años, y sobre todo,

el barón acababa de oir la revelación de su amor más complacido que

enojado. El resultado de sus meditaciones fué la resolución de no

abandonar aquellas montañas sin conquistar lauros brillantes, que

acabaran de hacerle digno de merced tan alta y felicidad tan cumplida

cual podía prometerse el futuro esposo de la encantadora Constanza de

Morel.

En aquel instante oyó Roger, tres veces repetida, la nota penetrante de

un clarín, y saltando de la roca en que estaba sentado vió que los

arqueros empuñaban sus armas y se dirigían apresuradamente hacia los

caballos. Llegó en pocos momentos al grupo que formaban los jefes y oyó

al señor de Fenton que decía:

--No me queda duda, es el toque del clarín enemigo. Pero es imposible

que las tropas de Enrique nos hayan dado alcance tan pronto.

--Olvidáis, dijo el barón, los informes del villano á quien sorprendimos

anoche. Un hermano del rey castellano, nos dijo, se había adelantado al

grueso del ejército para hostigar á nuestras avanzadas con un cuerpo de

seis mil jinetes y mucho me temo que nuestra precipitada marcha nos haya

alejado de un peligro para hacernos caer en otro.

--Así es, en efecto, dijo el de Angus. ¿Qué hacer?

--Tomar posiciones en aquella altura y vender caras nuestras vidas, ó

salvarlas si nos llegan refuerzos. La más alta de aquellas colinas, de

difícil subida por todos lados y con una planicie bastante extensa en la

cumbre, nos ofrece una admirable fortaleza natural. Dad, Fenton, la

orden de marcha sin perder momento. Conservad, señores, vuestros

caballos, pero que abandonen los suyos los soldados. Si vencemos nos

sobrarán caballos del enemigo. Puesto que el jefe castellano nos ha

descubierto y no se oculta, enseñémosle también los colores de nuestra

bandera. Nuestras almas están en manos de Dios, nuestros cuerpos al

servicio del rey. ¡Desenvainemos las espadas, por San Jorge é

Inglaterra!

El entusiasmo del barón se comunicó á sus soldados, y la Guardia toda

escaló con resuelto paso la ladera menos pendiente, erizada de peñascos

y cubierta de rocas sueltas que rodaban á su paso é iban á perderse,

rebotando, en el fondo del valle. La altura á que por fin llegaron los

arqueros ingleses constituía en efecto una posición fortísima, un enorme

cono truncado desde cuya base superior podían barrer con sus flechas el

pendiente camino que ellos acababan de recorrer con gran dificultad, al

paso que por los otros lados la roca cortada á pico hacía la posición

inexpugnable.

La niebla que hasta entonces cubriera el valle comenzó á disiparse,

flotando en grandes jirones que rozaban por un momento las copas de los

árboles y luégo se elevaban desvaneciéndose en el espacio. El sol

iluminó entonces los alrededores de la roca convertida en fortaleza y

nobles y arqueros contemplaron con admiración la vasta fuerza que los

cercaba. Brillaban los cascos y corazas de numerosos escuadrones y las

voces que dieron y el toque de las cornetas y atabales indicaron también

que habían descubierto el refugio de sus enemigos y que se preparaban

para el ataque. El barón y sus jefes se reunieron ante los cuatro

estandartes de su fuerza, que eran el de las armas inglesas, el de Morel

y los de Butrón y Merlín, enseña este último de unos sesenta arqueros

del país de Gales.

--¿Véis, barón, aquella hermosa bandera bordada de oro que ondea al

frente de las otras? preguntó Fenton. Pues es la de los famosos

caballeros de Calatrava, y no lejos de ella la de la Orden de Santiago.

En el centro el estandarte real, y ó mucho me engaño ó hay también en

esa fuerza muchos caballeros franceses. ¿Qué decís á ello, Don Diego?

El prisionero de Tristán de Horla contemplaba con alegría y entusiasmo

las brillantes cohortes de sus compatriotas.

--¡Por Santiago! exclamó. Vos y vuestros amigos váis á caer al empuje de

los más afamados caballeros de León y Castilla. Manda esa fuerza un

hermano de nuestro rey, y sin contar los gloriosos pendones de Calatrava

y de Santiago, veo allí los de Albornoz, Toledo, Cazorla, Rodríguez

Tavera y tantos otros, amén de los de muchos nobles aragoneses y

franceses.

No se hizo esperar el ataque. Los brillantes escuadrones de las dos

grandes órdenes militares se adelantaron en formación perfecta, y cuando

ya los arqueros preparaban sus armas vieron con sorpresa que sus

enemigos se detenían, blandiendo lanzas y espadas, y que de sus filas se

adelantaban dos guerreros armados de punta en blanco, caladas las

viseras y con grandes penachos blancos que sobre los relucientes yelmos

ondeaban al viento. Alzados ambos sobre los estribos y blandiendo las

lanzas, era evidente que dirigían un reto á los caballeros ingleses.

--¡Un cartel, por vida mía! gritó el barón, brillándole el único ojo que

tenía descubierto. No se dirá que el barón de Morel ha rehusado tan

cortés propuesta. ¿Y vos, Fenton?

La contestación del caballero inglés fué saltar sobre su caballo, y

empuñando, como el barón, la lanza y embrazando el escudo, ambos jinetes

descendieron con peligrosa rapidez la enhiesta pendiente, en dirección á

los dos campeones castellanos, que á su vez les salieron al encuentro.

Era el contrincante de Guillermo Fenton un apuesto caballero, joven y

vigoroso en apariencia, cuya lanza dió en el escudo del inglés tan recio

golpe que lo partió en dos, á tiempo que la acerada lanza de Fenton le

atravesaba la garganta, derribándolo moribundo. Impulsado Sir Guillermo

por el entusiasmo del triunfo y el ardor del combate, siguió su furiosa

carrera y desapareció entre las apretadas filas de los caballeros de

Calatrava, que en un abrir y cerrar de ojos dieron cuenta del valeroso

campeón inglés.

El barón en tanto había hallado un competidor digno de su esfuerzo y

bríos en guerrero tan famoso como Don Sebastián de Gomera, lanza

escogida de los caballeros de la Orden de Santiago. Acometiéronse con

tal furia que al primer encuentro quedaron rotas ambas lanzas, y

empuñando los aceros se atacaron con denuedo sin igual. Largo fué el

combate, brillantes los golpes y paradas que demostraron la pericia de

ambos, hasta que impaciente el de Santiago hizo saltar á su caballo

hasta tocar al del inglés, y abalanzándose sobre el barón le rodeó el

cuerpo con sus brazos. Cayeron al suelo ambos enemigos estrechamente

unidos, logró el castellano dominar á su adversario, de cuerpo más

endeble que el suyo, y posándole una rodilla en el pecho alzó el brazo

armado para poner de una estocada fin al furioso combate. Pero nunca

llegó á dar el golpe mortal. La espada del barón, rápida como el rayo,

entró oblícuamente por debajo del levantado brazo de su enemigo, y éste

cayó pesadamente en tierra, lanzando ahogado grito. Confusa gritería de

aplauso y de despecho se dejó oir en uno y otro bando y el barón,

saltando sobre su caballo, se lanzó hacia la altura, á la vez que los

sitiadores emprendían el ataque de la posición inglesa.

Los arqueros los recibieron con una granizada de flechas que hicieron

morder el polvo á filas enteras de los asaltantes. Inútiles fueron los

esfuerzos denodados de éstos por llegar hasta la altura; la estrechez y

la pendiente del camino y los obstáculos que añadían á su paso los

cuerpos de hombres y caballos hacinados y revolcándose en sangrientos

montones sólo les permitían avanzar lentamente, haciéndolos fácil blanco

de las flechas enemigas, y muy pronto se oyó el toque de retirada.

Felicitábanse los arqueros cuando descubrieron otro enemigo aun más

temible que las impotentes lanzas de los jinetes. Numerosos honderos

castellanos habían tomado posesión de otras alturas cercanas y desde

ellas lanzaron mortíferas piedras, con fuerza y acierto tal que en pocos

momentos quedaron tendidos sin vida el veterano Yonson y algunos otros

arqueros y malheridos quince de éstos y seis hombres de armas.

Parapetáronse los ingleses lo mejor que pudieron detrás de los peñascos,

tendiéronse muchos en el suelo y dirigieron sus certeras flechas contra

los honderos.

--¡Barón! exclamó en aquel momento el señor de Burley; acaba de decirme

Simón que no nos quedan más de doscientas flechas por junto. ¿Qué hacer?

En mi opinión ha llegado la hora de parlamentar ó de morir casi

indefensos.

--¡Por lo pronto, contestó el barón de Morel arrancándose el parche que

por tanto tiempo cubriera su ojo izquierdo, creo haber cumplido mi voto

dando muerte en leal combate á uno de los más pujantes y famosos

caballeros enemigos! Y ahora ¡á morir matando!

--Lo mismo digo, asintió tranquilamente Oliver de Butrón, enarbolando

pesada maza.

--¡Disparad hasta vuestra última flecha, arqueros! gritó el de Morel.

¡Entonces os quedarán todavía espadas y hachas para vender caras

vuestras vidas!

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 74 / 101 题