Mientras se celebraba el consejo de guerra en Pamplona hallábase
acampada la Guardia Blanca en las afueras de la ciudad, entre las
compañías del jefe gascón La Nuit y del flamenco Ortingo, y allí se
divertían tirando la espada, luchando cuerpo á cuerpo como antiguos
gladiadores ó mostrando su habilidad en el manejo del arco, para lo cual
les servían de blanco escudos colocados sobre las cercanas eminencias
del terreno. Los arqueros bisoños se adelantaban formados en filas y
tendían cuidadosamente los grandes arcos, en tanto que los veteranos
como Yonson, Reno, Simón y otros seguían con atención el vuelo de las
flechas, comentando, aplaudiendo ó corrigiendo los esfuerzos de los
tiradores. Tras ellos se agrupaban muchos ballesteros de La Nuit y del
Brabante, que observaban con interés el ejercicio á que se entregaban
sus aliados ingleses.
--¡Bravo, Gerardo! dijo el viejo Yonson á un mocetón de ojos azules y
rubio cabello que con labios entreabiertos y fija mirada, seguía la
dirección de la flecha que acababa de lanzar. Ahí la tienes en el centro
del blanco, y así lo esperaba desde que la ví salir de tu mano. ¡Buen
arquero, muchacho!
--Tirad siempre de la cuerda lentamente y por igual y soltad la flecha
sin mover la mano, pero de pronto, dijo Simón. Y acordaos de que esas
reglas son ley lo mismo cuando tiréis al blanco que cuando tras del
escudo se os venga encima un jinete lanza en ristre ó espada en alto,
dispuesto á partiros el alma. Pero ¿quién es ése que agarra el arco como
un cayado y que hace tantas muecas para apuntar?
--Es Sabas, de Bristol. ¡Oye tú, Sabas! gritó Vifredo, no dobles el
espinazo, hijo, ni saques la lengua, que maldito lo que eso te ayudará
para poner la flecha en el blanco. Levanta esa cara tan fea que Dios te
ha dado, tente tieso, y extiende bien el brazo izquierdo, sin moverlo;
ahora tira despacio de la cuerda con la derecha.
--Á fe mía, que más entiendo yo de manejar la espada y la pica que el
arco, dijo Reno, pero he llevado tantos años entre arqueros que recuerdo
haber presenciado prodigios. Buenos tiradores hay aquí, pero no como
algunos que recuerdo.
--¿Ves aquello? preguntó Yonson al veterano, extendiendo el brazo hacia
una bombarda que á no gran distancia se alzaba sobre su poco airosa
cureña. Pues la culpa la tienen esos armatostes, con sus humaredas y sus
rugidos. Ante ellos van desapareciendo poco á poco los arqueros de la
buena escuela. Y es maravilla que tan gentil guerrero como nuestro
príncipe lleve consigo esas sucias máquinas, que ojalá revienten todas
con mil demonios.
--Para arqueros de primer orden algunos que teníamos en el sitio de
Calais, observó Simón. Recuerdo que en una de las muchas salidas un
genovés levantó el brazo y lo agitó como amenazándonos. Diez de nuestros
muchachos le soltaron en el acto otras tantas flechas, y cuando
descubrimos después su cadáver se vió que tenía ocho de ellas clavadas
en el antebrazo.
--Pues yo os diré, repuso Vifredo, que cuando los franceses nos cogieron
el galeón _Cristóbal_ y lo anclaron á doscientos pasos de la playa, dos
arqueros de marca, Robín y Elías, no necesitaron más de cuatro flechas
para cortar el cable del ancla como con un cuchillo, de suerte que por
poco se estrella el galeón contra las rocas y á los de á bordo los
asaeteamos de lo lindo.
--Buenos tiempos aquellos y mejores arqueros, en verdad, dijo Reno, pero
á bien que ahí está Simón Aluardo, tan perito como el que más; y cuanto
á tí, Yonson, como si no te hubiera visto yo ganarte el buey gordo allá
en Fenbury, cuando te lo disputaron en el tiro al blanco los primeros
arqueros de Londres.
Habíalos estado escuchando muy atentamente, apoyado en su ballesta, un
robusto flamenco de penetrante mirada y atezado rostro, cuyo traje y
porte revelaban á un oficial subalterno de las tropas del Brabante.
--No comprendo, dijo dirigiéndose á los arqueros ingleses, por qué os
gusta tanto la percha esa de seis pies de largo, que os hace tirar y
esforzaros como mulos de carga, cuando yo con el molinete de mi ballesta
obtengo sin molestia los mismos resultados.
--Buenos tiros de ballesta han visto mis ojos, contestó Simón, pero
permitidme deciros, camarada, que comparando vuestra arma con el arco me
parece una bicoca propia de mujeres, que pueden dispararla con tanta
facilidad y tanto acierto como vos.
--Mucho habría que decir sobre eso, repuso bruscamente el flamenco. Pero
desde luego aseguro que con mi ballesta hago yo lo que ninguno de
vosotros con el arco.
--¡Bien dicho, _mon garçon!_ exclamó Simón. El buen gallo canta siempre
alto. Pero á los hechos me atengo y como yo he practicado muy poco con
el arco en estos últimos tiempos, ahí está el viejo Yonson, que sabe
hacer bien las cosas y sostendrá contra vos el honor de la Guardia
Blanca.
--Un galón de vino del Jura apuesto por el arco, dijo Reno, y por mis
barbas que preferiría apostarlo de buena cerveza de Londres si tal
hubiera por estas tierras.
--¡Apostado! exclamó el ballestero. Lo que no veo, continuó mirando
rápidamente en derredor, es un blanco que merezca tal nombre, pues yo no
he de perder el tiempo tirando á esos escudos, buenos para ejercitar
reclutas.
--El tío ese es el mejor tirador de las compañías aliadas, dijo en voz
baja á Simón un hombre de armas inglés. Esta misma mañana oí decir de él
que fué quien derribó malherido al condestable de Borbón.
--Respondo de Yonson, á quien he visto manejar el arco durante veinte
años, contestó Simón. ¿Qué tal, viejo mío? ¿Te resuelves á demostrar á
este camarada lo que vale un arco inglés?
--Á buena parte vienes, Simón, como si para lances tales valiera más un
arquero machucho, por bueno que haya sido, que uno de esos zánganos
mozos con ojos de lince y puños de hierro. Pero en fin, déjame tomarle
el tiento á ese arco tuyo, Roldán, que me parece de los buenos. Escocés
de construcción, no hay más que verlo, ligero y flexible á la vez que
poderoso. No, esas flechas no; una de aquellas, tres plumas por banda y
punta estrecha y larga.
--Esas son las que á mí me gustan, marrullero, dijo Simón.
--¿Estáis pronto? preguntó el ballestero, poniendo cuidadosamente en su
arma un grueso dardo.
La noticia de la prueba que se preparaba había cundido por el campo y
numerosos espectadores de las diferentes compañías formaban extenso
semicírculo detrás de los dos justadores. La mirada del ballestero se
fijó de pronto en una cigüeña que trasponiendo lejana colina continuó su
perezoso vuelo en dirección al campamento. Al acercarse divisaron todos
un punto negro que se cernía á grande altura, y que muy pronto
conocieron era un milano en seguimiento de su víctima. Aterrorizada la
cigüeña llegó á unos cien pasos de los arqueros y el ave de rapiña
empezó á trazar pequeños círculos, como si se preparase á caer sobre
ella, cuando el ballestero, apuntando rápidamente, atravesó con su dardo
á la pobre cigüeña. Casi al mismo tiempo tendió Yonson su temible arco y
la flecha detuvo en su vuelo al milano, que empezó á caer velozmente;
alzóse gran clamoreo de los espectadores, que aplaudían ambas proezas;
pero la aprobación de todos se trocó en asombro al ver que Yonson ponía
apresurado otra flecha en su arco apenas disparada la primera y
apuntando horizontalmente clavaba á su vez una saeta en la infeliz
cigüeña, casi en los momentos de dar ésta con su cuerpo en el suelo. Un
grito unánime de los arqueros, resonante expresión de triunfo, acogió
aquella doble hazaña de su camarada, á quien abrazó estrechamente Simón,
que danzaba de gozo.
--¡Ah, viejo lobo! gritó. Esta la celebraremos juntos vaciando un
azumbre de lo bueno. No contento con el milano habías de ensartar
también la cigüeña. ¡Por las barbas del gran turco! ¡Otro abrazo!
--Buen tirador sois, á fe mía, dijo gravemente el ballestero, pero no
habéis probado serlo mejor que yo. Apunté á la cigüeña y dí en el
blanco; nadie hubiera podido hacer más.
--No pretendo aventajaros como tirador, repuso Yonson, pues conozco
vuestra fama; pero sí quería demostrar que con el arco es posible hacer
lo que no hubierais podido realizar con vuestra ballesta en igual
tiempo, dado el que necesitáis para armarla y disparar por segunda vez.
--Cierto es ello, pero ahora me toca á mí enseñaros una ventaja de la
ballesta sobre el arco. Tended el vuestro cuanto podáis y lanzad la
flecha lo más lejos que alcance. Mi dardo la dejará muy atrás. Marca las
distancias, Arnaldo, clavando en tierra una pica á cada cien pasos y
espérate junto á la quinta para recoger y traerme mis dardos.
Hízolo así el soldado y momentos después partía silbando la flecha de
Yonson.
--¡Más allá de la cuarta pica! gritó Simón.
--¡Bravo, Yonson! exclamaron los arqueros.
--¡Cuatrocientos veinte pasos! dijo un ballestero que con Arnaldo
acababa de medir la distancia exacta y llegó corriendo al grupo.
--Pues ahora veréis cómo vuela un buen dardo del Brabante, dijo
tranquilamente el ballestero.
--¡Por la cruz de Gestas! gruñó Tristán, ha caído cerca de la quinta
pica.
--¡No, más allá, más allá! gritaron entusiasmados los flamencos.
--¡Quinientos ocho pasos! voceó Arnaldo y repitieron todos con asombro.
--¿Cuál de las dos armas vence ahora? preguntó orgullosamente el
ballestero.
--En el tiro á distancia, la vuestra lleva la ventaja, lo confieso,
replicó Yonson cortésmente.
--¡Poco á poco! gritó en aquel punto nuestro amigo Tristán con un
vozarrón tremendo y adelantándose hasta llegar junto al engreído
ballestero. Este arco que aquí véis alcanza más lejos que esa maquinaria
vuestra, con molinillo y todo, y os lo voy á probar ahora mismo.
¿Preferís tirar otra vez?
--Me atengo á los quinientos ocho pasos de mi último dardo.
--Pues allá va el mío camino de los seiscientos, dijo el gigantesco
arquero tendiéndose en el suelo, poniendo un pie en cada extremo de su
arco y tirando vigorosamente de la cuerda, después de colocar en ella
larguísima flecha.
--Vas á hacer un pan como unas hostias, gandul, le dijo Simón. ¿De
cuándo acá pretendes tú superar á los arqueros veteranos?
--Calma, Simón, que esta es una treta mía y yo sé lo que me hago.
--¡Bien por Tristán! ¡Rompe el arco si es preciso, camarada! vocearon
los arqueros.
--¿Quién es aquel imbécil que está allí plantado, camino de mi flecha?
preguntó Tristán alzando la cabeza y mirando hacia la última pica.
--Es mi soldado Arnaldo, que marca el lugar donde cayó mi dardo y sabe
que allí nada tiene que temer de vos, dijo el ballestero.
--¿No? ¡Pues que Dios lo perdone! exclamó Tristán tendiéndose de nuevo
en el suelo, afirmando los pies y tirando de la cuerda hasta hacer
crujir el arco. ¡Allá va!
El silbido de la flecha se oyó á gran distancia; el medidor del terreno
se arrojó de cara al suelo y levantándose enseguida echó á correr en
dirección opuesta al grupo que formaban los tiradores.
--¡Aprieta, Tristán! ¡Si no se tira al suelo no lo cuenta! ¡Bien,
muchacho! exclamaron los arqueros.
--_¡Mon Dieu!_ No he visto jamás proeza igual, dijo el de Brabante.
--Lo dicho, es una treta mía con la cual me he ganado muy buenos
cuartillos de cerveza allá en las ferias de Hanson, repuso Tristán
levantándose y sonriendo satisfecho.
--La flecha ha caído á ciento treinta pasos más allá de la quinta pica,
dijeron varios arqueros y soldados.
--¡Seiscientos treinta pasos! Es un tiro descomunal, pero nada prueba á
favor de vuestra arma, robusto amigo, porque para llegar á tal distancia
os habéis convertido vos mismo en arco y eso no era lo pactado.
--¡No deja de ser verdad lo que decís! asintió Simón riéndose. Pero
probados ya el tiro al blanco y el de distancia, voy á demostraros á mi
vez cómo el arco gana á la ballesta en fuerza de penetración. ¿Véis
aquel escudo, en la altura? Es de roble recubierto de cuero. Clavad en
él vuestro dardo lo más profundamente que podáis.
--Allá va, dijo el ballestero, á quien imitó Simón después de ensebar
con cuidado la punta de su flecha.
--Tráeme el escudo, Elías, dijo Simón á un arquero.
Cariacontecidos quedaron los ingleses y grande fué la risa de los de La
Nuit y Brabante al ver que el sólido escudo sólo tenía el dardo del
ballestero clavado profundamente y ni señales de la flecha de Simón.
--¡Por vida de los tres reyes! exclamó el flamenco. Ni siquiera habéis
dado en el blanco, seor inglés.
--¿No, eh? replicó el veterano con sorna; y dando vuelta al escudo
señaló en la cara interior de éste un pequeño agujero. ¿Véis esto? Pues
es que ha sucedido lo que yo esperaba; vuestro dardo ha quedado
atarugado en el roble á poco de atravesar el cuero, en tanto que mi
flecha ha horadado el escudo de parte á parte.
El semblante del oficial reveló su humillación y su disgusto, pero antes
de que pudiera despegar los labios llegó al galope Roger, que
dirigiéndose á los arqueros les dijo:
--Nuestro capitán el barón de Morel me sigue de cerca y quiere hallar
reunidos á sus soldados para darles en persona una buena noticia.
Arqueros y hombres de armas se calaron á toda prisa los cascos,
endosaron cotas de malla y coletos, asieron sus respectivas armas y en
dos minutos quedó perfectamente formada la Guardia Blanca. Poco después
llegó el barón al trote de su brioso corcel y contempló con evidente
satisfacción el marcial aspecto de su gente.
--Soldados, les dijo, vengo á anunciaros que la Guardia Blanca acaba de
ser objeto de un alto honor. El príncipe nos ha elegido para formar la
vanguardia y seremos los primeros en atacar al enemigo. Si alguno de
vosotros vacila en este momento....
--¡Os seguiremos hasta el último! ¡Viva nuestro capitán! gritaron á una
los arqueros.
--Bien está. ¡Por San Jorge! no esperaba menos de vosotros. Nos
pondremos en marcha mañana al despuntar el día, y montaréis los caballos
de la compañía Loring, que por ahora queda incorporada á la reserva.
Hasta mañana.
Los arqueros rompieron filas con mil exclamaciones de contento,
palmoteando y abrazándose como si acabasen de ganar una victoria.
Contemplábalos sonriente el barón cuando cayó sobre su hombro una pesada
mano y volviéndose halló el rostro coloradote y mofletudo de Sir Oliver
Butrón.
--¡Aquí tenéis otro recluta, caballero andante! le dijo el rollizo
guerrero. Acabo de saber que seréis el primero en marchar camino del
Ebro y con vos me largo aunque no queráis.
--¡Bienvenido, Oliver! Vuestra compañía, á más de gustosa, es honra para
mí.
--Pero debo confesaros con franqueza que tengo para ello una razón
poderosa....
--Sí, vuestro deseo de hallaros siempre donde hay peligros que correr y
lauros que conquistar.
--No precisamente....
--¿Qué buscáis, pues?
--Gallinas.
--¿Eh?
--Os explicaré. Hasta ahora hemos debido de tener por vanguardia una
partida de gentes famélicas, á juzgar por la limpia de vituallas que han
hecho en todo el camino. Desde que salimos de Dax trae á la grupa mi
escudero un saco de exquisitas trufas, pero estad seguro de que no
hallaremos una sola gallina ni un mal pollastre con que comerlas
mientras no dejemos atrás á esos voraces merodeadores. Y hé aquí por
qué, mi buen León, me alisto desde ahora bajo vuestra bandera, con
trufas y todo.
--¡Siempre el mismo, Oliver! dijo el barón riéndose de la salida de su
amigo é invitándolo á entrar en su tienda.