Muy tarde era cuando Roger pudo retirarse á descansar, no sin dejar
antes cómodamente instalado al barón en la habitación que le había sido
destinada. La suya, situada en el piso segundo de la feudal morada,
contenía un pequeño lecho para él y tendidos en el suelo dos colchones
en los que al entrar Roger dormían y roncaban Simón y Tristán. Rezaba el
joven sus oraciones cuando oyó un discreto golpe dado á la puerta y casi
en seguida entró Gualtero con un candil, pálido el rostro y temblorosas
las manos.
--¿Qué ocurre, amigo? le preguntó prontamente Roger.
--Apenas sé qué decirte. Me asaltan los más tristes presentimientos y
tiemblo sin saber por qué. ¿Te acuerdas de Tita, la hija del artista de
Burdeos? Yo la requerí de amores allá en la calle de los Apóstoles y le
dí una sortija de oro que me prometió llevar siempre en recuerdo mío. Al
despedirnos me dijo que su pensamiento me seguiría en las guerras y que
mis peligros serían también los suyos propios.... Pues acabo de verla.
--¡Bah! Estás sobreexcitado con las profecías y los espasmos de mi
señora Duguesclín y se te antojan los dedos huéspedes.
--Te digo que la he visto ahora mismo, al subir la escalera, tan
distintamente como veo á esos dos arqueros dormidos. Tenía los ojos
anegados en lágrimas y sus manos se adelantaban como para protegerme....
--Mira, Gualtero, es tarde y necesitas descansar. ¿Dónde está tu cuarto?
--En el próximo piso. Queda precisamente sobre éste. ¡La santa Virgen
nos proteja!
Oyó Roger las pisadas de su amigo en la escalera, y dirigiéndose después
á la ventana contempló el paisaje iluminado por la luna. Por aquella
parte del castillo se extendía una ancha faja de terreno cubierto de
menuda hierba y algo más lejos dos bosquecillos separados por un espacio
descubierto en el que sólo crecían algunos matorrales, plateados por los
rayos de la luna. Mirábalos Roger distraído, cuando vió que un hombre
salía lentamente de entre los árboles de la derecha y cruzando con
rapidez el claro, inclinándose como si quisiera ocultarse, desapareció
en el bosquecillo de la izquierda. Tras él pasó otro y después otro, y
luego muchos más, solos ó en grupos, llevando no pocos de ellos unos
grandes bultos asegurados á la espalda. Absorto quedó el joven escudero
por un momento, pero muy pronto se inclinó y tocó ligeramente el hombro
de Simón.
--¿Quién va? exclamó el arquero levantándose de un salto. ¡Hola, _mon
petit_! Creí que nos sorprendía el enemigo. ¿Qué me quieres?
Llevóle Roger á la ventana y díjole lo que acababa de ver.
--Mira, mocito, fué la contestación del veterano; en este endemoniado
país yo ya no me admiro de nada. Á bien que hay en él más tunantes que
conejos en los sotos de Hanson, gentes desalmadas todas, que se pasean
de noche porque si lo hicieran de día no tardaría en echarles mano el
verdugo. ¡Mala centella los parta y á dormir se ha dicho! Pero antes no
estará de más correr este cerrojo, que estamos en casa extraña.
Acuéstate y duerme.
Con esto se tendió el arquero en su jergón y á los dos minutos dormía
profundamente. Imitóle Roger, pensó que serían ya cerca de las tres de
la mañana y dormitando se hallaba cuando le pareció que alguien empujaba
y hacía crujir la puerta del cuarto, procurando en vano abrirla. Púsose
á escuchar sobresaltado y oyó pasos cautelosos que se alejaban de su
puerta y continuaban escalera arriba. Poco después resonó algo como un
grito ahogado, como un lamento de agonía y cuando Roger se disponía á
saltar del lecho, dirigió la vista á la ventana y quedó casi paralizado
de terror. Un cuerpo humano se balanceaba lentamente ante el hueco de la
ventana y de la parte exterior del muro. Pendía de una cuerda anudada
al cuello y fija evidentemente por el otro extremo en la ventana del
piso superior. Una atracción irresistible obligó á Roger á saltar del
lecho y acercarse, á tiempo que la luz de la luna daba de lleno en el
rostro del ahorcado. Era Gualtero de Pleyel, cobardemente sorprendido y
asesinado. Al tremendo grito de sorpresa y de dolor que lanzó Roger se
despertaron sobresaltados los dos arqueros.
--El pedernal y la yesca, pronto, dijo Tristán con reposada voz. Esta
luz de luna es cosa de espectros. Aquí está el candil y ahora nos
veremos las caras.
--Es el pobre Pleyel, no hay duda, gruñó Simón. ¡Pero que me aspen si no
le ajusto yo las cuentas á este senescal de los demonios por la manera
que tiene de tratar á sus huéspedes!
--No, no, Simón, los asesinos son aquellos bandidos ocultos en el bosque
de que te hablé antes. Y el barón, sabe Dios qué suerte le habrá cabido.
Vuelo á su lado....
--Un momento, camarada, que yo soy perro viejo y sé cómo se hacen estas
cosas. Lo primero es poner mi casco en la punta del arco. Tú abres la
puerta lentamente y yo presento el cebo á esos canallas, si por ventura
están ahí esperando degollarnos.
Así lo hicieron, y no bien se abrió la puerta y asomó por ella el
almete, recibió éste un tremendo tajo y estallaron los gritos de los
asesinos. Pero antes de que pudieran repetir el golpe brilló la espada
de Simón, y uno de sus enemigos cayó atravesado de parte á parte.
--¡Adelante! ¡Seguidme, y á ellos! gritó Simón, y abriendo de par en par
la puerta se lanzaron los tres ingleses fuera del cuarto, atropellando
violentamente á dos hombres que hallaron á su paso y bajando las
escaleras á toda prisa.
Los gritos partían del piso inferior, cuyo vestíbulo iluminaban
vivamente algunas antorchas clavadas en los trofeos que adornaban sus
paredes. Frente á una de las tres puertas que daban al vestíbulo veíanse
los ensangrentados cadáveres del senescal y de su esposa, ésta con la
cabeza separada del tronco y aquél atravesado el cuerpo por una pica.
Junto á ellos, muertos también, tres servidores del castillo,
destrozados é informes como si hubiera caído sobre ellos una manada de
lobos. En la puerta inmediata, Duguesclín y el barón de Morel, á medio
vestir y mal armados, tenían á raya á los asesinos; en los ojos de ambos
guerreros brillaba con luz siniestra el fuego del combate y ante ellos
se amontonaban los cadáveres enemigos. Un numeroso grupo de hombres
andrajosos, con horrendos visajes y armados de picas, hoces y chuzos,
arremetía de nuevo contra los dos caballeros, que hacían prodigios de
valor y destreza, en el momento en que les llegó el refuerzo de Roger y
los dos arqueros, cuyas espadas abrieron sangriento camino en la
vocinglera turba. Retrocedió ésta con gritos de rabia, uniéronse y
adelantáronse los cinco defensores del castillo y no tardó en quedar
libre de enemigos el vestíbulo. Tristán se apoderó de los dos últimos y
los lanzó escaleras abajo, sobre las cabezas de sus compañeros.
--¡No los sigáis! gritó Duguesclín. Si nos separamos estamos perdidos.
Poco me importaría morir matando, pero tengo que proteger á mi pobre
esposa. ¿Qué nos aconsejáis, barón?
--Para consejos estoy yo, que todavía no sé á qué viene ni qué significa
esta matanza.
--Son esos perros bandidos del bosque, la ralea peor que se conoce en la
tierra. Se han apoderado del castillo. Mirad por esa ventana.
--¡El cielo me valga! Hay más de un millar dentro de la fortaleza y
sobre las murallas. En aquel grupo con antorchas están descuartizando á
un arquero. Allí arrojan á otro desde el muro. Por las abiertas puertas
entran ahora muchos con grandes haces de leña y ramaje....
--Justo, para pegar fuego al castillo.
--¡Quién me diera ahora mi Guardia Blanca! Pero ¿dónde está Gualtero?
--Ha sido asesinado, señor.
--¡Dios acoja su alma! Y ahora, á defendernos y sobretodo á defender á
una dama que necesita de todo nuestro esfuerzo. Aquí llega quien quizás
pueda servirnos de guía por estos corredores y aun conducirnos fuera de
la fortaleza.
--En la cual no tardaremos en morir asados si no la dejamos pronto,
agregó Duguesclín.
Los que llegaban bajando los escalones de cuatro en cuatro eran un
escudero francés y el caballero bohemio, con una herida en la frente el
último.
--Habla, Godofredo, dijo Duguesclín al escudero. ¿Conoces alguna salida
libre?
--La única es el subterráneo secreto que da al campo y por él han
entrado esos bandidos con el auxilio de algún traidor dentro de la
fortaleza. El caballero hospitalario, que venía delante de nosotros,
cayó muerto allá arriba de un hachazo en el cráneo. La servidumbre y la
guarnición han sido pasadas á cuchillo. Somos los únicos que han
escapado con vida hasta ahora. En mi opinión el único recurso es
refugiarnos en la torre, cuyas llaves véis allí, pendientes del cinto de
mi infortunado señor. Una vez en ella podremos defender con más ventaja
la estrecha escalera; los muros de la torre son gruesos y el fuego
tardará mucho en consumirlos. Con tal que podamos conducir á la dama....
--Iré yo misma, se oyó decir á la noble señora, que apareció pálida y
grave á la puerta de la habitación que con su esposo ocupara aquella
noche fatal. Estoy acostumbrada á los azares de la guerra, y si vuestra
protección, valientes caballeros, fuese insuficiente, jamás caeré viva
en manos de esos malvados.
Al decir esto, mostró en su diestra agudísima daga.
--Leonor, dijo Duguesclín, os he amado siempre, pero en este instante
más que nunca. Si la Virgen nos permite protegeros, hago voto de ofrecer
una corona de oro á Nuestra Señora de Rennes. ¡Adelante, amigos!
Los asaltantes, cansados de matar, se dedicaban al saqueo. Sólo un grupo
bastante numeroso atizaba el fuego y observaba en silencio los progresos
del incendio. Al pie de la escalera tortuosa por donde los guió el
escudero francés hallaron los fugitivos á un desarrapado centinela, de
quien dió pronta cuenta una flecha disparada por la segura mano de
Simón. Pequeña puerta los separaba del gran patio del castillo y al otro
lado de ella se oían las voces y carcajadas de multitud de enemigos,
ebrios de sangre y enloquecidos con su triunfo. Aun el hombre más
animoso hubiera vacilado antes de salvar aquella frágil barrera, pero
Duguesclín puso fin á toda indecisión abriendo de golpe la puertecilla.
--¡Hacia la torre, á la carrera! gritó. ¡Los dos arqueros delante, mi
esposa entre los dos escuderos y los señores de Reiter y Morel á
retaguardia, para contener á esa gentuza!
Así lo hicieron y con tanta rapidez que habían recorrido ya la mitad del
gran patio del castillo, antes de que los sorprendidos villanos
comenzaran á atacarlos. Los arqueros derribaron en un abrir y cerrar de
ojos á los pocos que se pusieron en su camino, y los que llegaron á
perseguirlos de cerca mordieron el polvo, atravesados por las temibles
espadas de los tres nobles. Llegaron sin tropiezo á la puerta de la
torre y el escudero francés, que procuraba abrirla, lanzó de repente un
grito de angustia y desesperación.
--¡Esta no es la llave! exclamó, y fuera de sí dió dos pasos en
dirección del ala del castillo que acababan de dejar, como si quisiera
ir á pedir al cadáver de su señor la llave salvadora.
En aquel momento un hercúleo campesino lanzó contra él enorme piedra,
que le dió de lleno en la cabeza y lo tendió sin sentido á los pies del
barón.
--¡Esta es para mí la mejor llave! rugió Tristán; y levantando la pesada
roca la lanzó á su vez con irresistible fuerza contra la puerta de la
torre.
Un momento después acababa de echarla abajo el gigantesco arquero y los
fugitivos entraron por fin en aquel momentáneo refugio.
--¡Vos arriba, señora! exclamó el barón indicando á Doña Leonor la
escalera de piedra, en tanto que Duguesclín y sus compañeros derribaban
malheridos á los cuatro agresores más próximos.
Los demás retrocedieron vociferando y amenazadores siempre, pero
quedándose á prudente distancia, después de destrozar el cuerpo del
infeliz escudero; acto de crueldad que vengó Tristán abalanzándose sobre
la chusma y asiendo con sus nervudas manos á dos villanos, cuyas cabezas
golpeó una contra otra con fuerza tal que ambos quedaron tendidos en el
suelo, sin dar señales de vida.
--Ahora organicemos la defensa de la torre, dijo Duguesclín. El barón y
yo al pie de la escalera; Inglaterra y Francia pelearán hoy juntas
contra el enemigo común. El señor Otón de Reiter y el joven escudero de
Morel ahí, en el primer escalón; los arqueros algo más arriba, para que
puedan manejar sus arcos. ¡Atención!
Á la primera señal de ataque por parte de la furiosa multitud se oyeron
silbar dos flechas, lanzadas por Tristán y Simón, y los dos que parecían
jefes de los bandidos quedaron revolcándose en su sangre á la entrada de
la torre. Otros dos tuvieron igual suerte y entonces los sitiadores
desesperados se lanzaron en tropel al ataque. Poco hubiera durado la
resistencia sin la estrechez de la puerta y de la escalera, que impedían
los movimientos del enemigo, en tanto que cuatro espadas incansables
hacían tremendo estrago en aquella apretada masa de hombres mal armados.
Porfiada fué la lucha, pero terminó con la retirada del enemigo, no sin
que los sitiados tuvieran que deplorar la muerte de Reiter, el caballero
bohemio, á quién alcanzó en la cabeza un golpe de maza.
--Primera etapa, dijo tranquilamente Duguesclín. Parece que por ahora
tienen bastante.
--Y no deja de haber entre esos perros algunos muy valientes y que se
baten bien, comentó el señor de Morel. Pero ¿qué hacen ahora?
--¡Nuestra Señora de Rennes nos valga! dijo el paladín francés. Se
proponen pegar fuego á la torre y asarnos en ella. Me lo temía. Duro en
ellos, arqueros, que ahora de nada nos sirven nuestras espadas.
Una docena de sitiadores se adelantaron escudándose con enormes haces de
leña y ramas secas, que colocaron contra los muros. Otros les pegaron
fuego con antorchas y pronto estuvo la torre rodeada en su base por un
círculo de llamas. El humo obligó á sus defensores á refugiarse en el
primer piso, pero pronto empezaron á arder las tablas del suelo, se
llenó de humo espeso aquella estancia y á duras penas pudieron subir sin
ahogarse el último tramo y llegar á lo más alto de la torre.
Imponente era el cuadro que desde aquella elevación se divisaba. Prados
y bosque iluminados dulcemente por la luz argentada de la luna; oíase á
lo lejos el tañido penetrante de una campana; á un lado de la torre se
desmoronaban los muros del castillo, presa de las llamas, y al pie de su
último refugio agitábase con ademanes furiosos y roncos gritos la
multitud de sus enemigos.
--¡Por el filo de mi espada! exclamó Simón. Paréceme, amigo Tristán, que
de este viaje no veremos á España; ni tampoco mi cobertor de pluma, que
por fortuna se halla en buenas manos. Trece flechas me quedan y que me
ahorquen si una sola de ellas no da en el blanco. La primera para el
maldito aquel que agita el manto de seda de la pobre castellana.
¡Ensartado por la cintura, un palmo más abajo de lo que yo esperaba!
Número dos: regalo de despedida al condenado aquel que lleva una cabeza
clavada en la pica. Ya está tendido panza arriba. ¡Buen flechazo también
el tuyo, Tristán! Has hecho caer á ese buen mozo de narices en el fuego.
¡Allá va otra!
Mientras ambos arqueros se despachaban á su gusto, Duguesclín y su
esposa consultaban con el barón y Roger, y reconocían lo desesperado de
su situación.
--Por ella lo siento, decía el famoso guerrero francés.
--No te apesadumbre mi suerte, contestó la amante y valerosa dama, que
pues la muerte me amenaza, nunca tan bienvenida como recibiéndola
contigo á mi lado.
--Bien, señora, dijo el barón; esa es sin duda la respuesta que en
iguales circunstancias me hubiera dado mi inolvidable esposa, para quien
son mis últimos pensamientos.
--¿Qué es esto, señor barón? exclamó en aquel momento Roger con fuerte
voz, desde el lado opuesto de la terraza.
--¿Esto? ¡Por San Jorge! dijo el barón acudiendo presuroso, un montón de
proyectiles para bombardas. Y aquí está la caja de hierro destinada á la
pólvora. Ahora veréis el destrozo que vamos á hacer en la canalla. Tú,
Tristán, levanta esa caja y ponla sobre el parapeto. Y tú, Simón, alza
la tapa. Bien, está casi llena. Ahora dejad caer la caja al pie de la
torre, entre las llamas.
No bien quedó cumplida la orden resonó una detonación espantosa. La
torre tembló y quedó cuarteada, amenazando desplomarse de un momento á
otro. Los sitiados, pálidos y mudos de terror, se asieron al parapeto y
contemplaron los estragos de la explosión. Desde el pie de la torre
hasta una distancia de cincuenta varas se veía una masa confusa de
cuerpos destrozados, de heridos que lanzaban pavorosos gritos, muchos de
ellos envueltos por las llamas que consumían sus harapos. Más allá de
aquella escena de destrucción numerosos grupos de gentes aterrorizadas
que huían á todo correr, ansiosos de alejarse cuanto antes de la funesta
torre y de sus temibles defensores.
--¡Una salida, Duguesclín! gritó el barón. Aprovechemos su confusión
para salir de aquí y huir si posible es.
Dicho esto desenvainó la espada y comenzó á bajar rápidamente la
escalera, seguido de sus compañeros, pero antes de llegar al piso
inmediato se detuvo, con el desaliento reflejado en el rostro.
--¿Qué pasa?
--Mirad. La explosión ha derribado la pared, cuyos escombros interceptan
por completo la escalera. Y más abajo el fuego continúa minando la
torre.
--Estamos perdidos, dijo Duguesclín.
Volvieron todos lentamente á la terraza superior y apenas llegados lanzó
Simón una exclamación de alegría.
--¡Albricias! exclamó. ¿Oís? Es el canto de guerra de la Guardia Blanca.
Antes de bajar me pareció oirlo también como un eco lejano, pero no
estaba seguro de ello. Nuestros amigos llegan. ¡Oid!
Todos se pusieron á escuchar. La duda no era posible. Del valle se
elevaba un canto marcial y sonoro, más grato para los sitiados que la
más armoniosa melodía.
--¡Allí, allí! prosiguió Simón. Vedlos que salen del bosque y toman el
camino del castillo. Han visto las llamas y también la turba de esos
condenados y cantan como siempre que la Guardia Blanca se prepara á dar
y recibir testarazos. ¡Ah, valientes! ¡Á mí, Yonson, Roldán, Vifredo!
--¿Quién va? preguntó una voz potente.
--¡Simón Aluardo, voto á bríos, que no quiere morir asado! ¡Y aquí en la
torre tenéis también una dama á quien rescatar, junto con vuestro
capitán el barón de Morel! ¡Pronto, bergantes! ¡La flecha y la cuerda,
Vifredo, como en el sitio de Maupertuis!
--¡Viva Simón! se oyó gritar á los arqueros y poco después la voz de
Vifredo, que decía: ¿Estás pronto, camarada?
--¡Tira! contestó Simón.
El arquero tendió su arco y la flecha cayó dentro del parapeto. Atado á
su extremo tenía un largo bramante del que Simón se apoderó con avidez.
--¡Salvados! dijo, y luégo inclinándose hacia sus camaradas, gritó:
¡Atad ahora la cuerda, larga y fuerte!
Á los pocos momentos tenía en sus manos la gruesa cuerda salvadora. Con
su auxilio bajaron primero á la noble dama y no tardaron en verse todos
al pie de la torre, rodeados de los valientes arqueros de la Guardia
Blanca.