DONDE SE AVERIGUA QUIÉN ERA EL MISTERIOSO PALADÍN

En Aiguillón, á donde llegaron aquella noche, los esperaban el barón de

Morel y el risueño Gualtero, cómodamente instalados en la hostería del

_Bâton Rouge_. El noble inglés sostenía interesante coloquio con un

afamado caballero del Poitou, Gastón de Estela, que acababa de llegar de

Lituania, donde había servido con los caballeros teutones á las órdenes

del gran maestre de Marienberga. Complacidísimo el señor de Morel con

aquel encuentro, se pasó las horas muertas hablando de campañas,

asedios, justas y aventuras y amanecía cuando se despidió del de Estela.

No le impidió esto ponerse en camino á la temprana hora que había fijado

la víspera, y dejando en Aiguillón el curso del Garona, tomó con sus

cuatro acompañantes por la orilla del Lot, no ya en dirección de

Montaubán sino de Villafranca, por donde, según noticias recogidas en el

camino, andaban sueltos unos arqueros ingleses más malos que Caín y que

desde luego supuso eran los mismos á quienes buscaba y de quienes era

capitán. Numerosos indicios revelaban la agitación y el estado de alarma

predominantes en aquella comarca y más de una vez se vió cercada y

detenida la pequeña cabalgata por numerosos grupos de vecinos armados, á

quienes tuvieron que dar cuenta del objeto de su viaje, so pena de

hacerse sospechosos y verse metidos en un mal lance.

--Bien se echa de ver que la paz de Bretigny no ha procurado gran

sosiego á esta región, dijo el señor de Morel. En ella parecen haberse

congregado cuanto malsín y aventurero quedaron por Francia y Aquitania

después de la guerra, gente sin fe ni ley que vive del despojo y la

violencia. Aquellas altas torres que allí véis pertenecen á la villa de

Cahors, y más allá queda la tierra de Francia.

En Cahors descansaron los caminantes, sin incidente ni aventura que

merezcan relato aparte, y al dejar aquella población se apartaron

también de las orillas del río, tomando una senda estrecha y tortuosa

que atravesaba extensa y desolada llanura. Limitábala por el sur

frondoso bosque, al salir del cual anunció el barón á sus escuderos que

habían dejado atrás los dominios de Inglaterra y pisaban el territorio

francés. Por todas partes se veían montones de ruinas, árboles y campos

quemados, viñedos cubiertos de piedras, puentes destrozados y aquí y

allá un castillo ó un monasterio convertidos en escombros; señales por

doquier del asolamiento y la rapiña. Aquel espectáculo contristó el

ánimo de los viajeros y el barón empezó á preguntarse con recelo si en

tal yermo hallaría provisiones para su pequeña tropa. Grande fué por lo

tanto la satisfacción de hidalgos y arqueros al notar que el sendero

desembocaba en ancho camino y que á poca distancia del cruce se veía una

casa intacta, grande y cuadrada, una de cuyas ventanas ostentaba la

enorme rama seca que anunciaba un mesón ó paradero.

--¡Ya era tiempo, vive Dios! exclamó el barón regocijado. Adelántate,

Roger, y dí al dueño de esa hostería ó taberna ó lo que sea que prepare

alojamiento para un caballero inglés y sus servidores.

Picó Roger espuelas á su caballo y llegó á la puerta de la casa, dejando

á sus compañeros á un tiro de ballesta. No viendo alma viviente, empujó

la entornada puerta, entró en el zaguán y llamó á gritos al mesonero. Ni

por esas; y como no era cosa de quedarse plantado allí, el joven

escudero se coló bonitamente en una gran pieza que á la izquierda

quedaba y en cuyo hogar chisporroteaban y ardían con alegre llama unos

gruesos troncos. Junto al fuego y sentada en un sillón de baqueta de

altísimo respaldo, hallábase una dama cuya edad no pasaría de los

treinta y cinco, y cuyos ojos, cejas y cabellos negrísimos contrastaban

con la extremada blancura de la tez. Pero más que su hermosura llamaban

en ella la atención su aire majestuoso y digno y la expresión grave y

pensativa del semblante. Sentado frente á ella en un escabel se hallaba

un hidalgo de robusta apariencia, cuyos anchos hombros cubría holgada

capa negra y que tenía puesta una gorra de terciopelo negro también, con

rizada pluma blanca. Sobre la tosca mesa cercana se veían un jarro de

vino y un cubilete de estaño, que el hidalgo llenaba y vaciaba de cuando

en cuando; al entrar Roger se ocupaba en partir y comer nueces, de las

que había un plato lleno sobre la mesa y cuyas cáscaras arrojaba entre

las llamas del hogar. Volvió un tanto el rostro para mirar á Roger y

éste contempló con sorpresa unas facciones deformes, cruzadas de

cicatrices, unos ojillos verdosos y la nariz abollada y torcida como si

hubiera recibido tremendo golpe.

--¿Sois vos el que así vocea? exclamó con voz gutural y desabrido

acento. ¿Habráse visto jovenzuelo con más frescura y menos miramientos?

Ganas tengo de coger mi látigo y daros una lección que bien necesitáis.

El asombro de Roger creció de punto, sobreponiéndose á su indignación y

por algunos instantes permaneció inmóvil, mirando al insolente caballero

y sin saber cómo contestarle en presencia de la dama. En aquel momento

llegaron á la puerta el barón, Gualtero y los dos soldados y echaron pie

á tierra; mas apenas oyó el desconocido sus voces y la lengua en que

hablaban, enfureciósele el rostro y arrojando con fuerza al suelo el

plato de nueces empezó á dar voces desaforadas llamando al hostalero.

Acudió éste pálido y temblando y dirigiéndose á la puerta de la casa

dijo en voz baja á los recién llegados:

--No lo encolericéis, mis buenos señores, por el amor de Dios lo pido.

--¿Qué decís? ¿De quién se trata? preguntó el barón.

Antes de que Roger pudiera explicarse resonó de nuevo la voz del

irritado huésped:

--¿Pero qué sentina es ésta? gritó. ¿No os pregunté al llegar, posadero

de los demonios, si estaba vuestra casa limpia de sabandijas, para que

pudiera alojarse en ella mi noble esposa sin asco ni molestias?

--Y os contesté, poderoso señor, que está limpia como una patena,

replicó el otro humildemente.

--¿Pues cómo se entiende, bellaco, que apenas llegados á ella oigamos ya

la charla de esos condenados ingleses? ¿Qué peores ni más dañinas

sabandijas para un buen caballero francés? ¡Que se larguen pronto,

maese, y de lo contrario, tanto peor para ellos y para vos!

No se lo hizo repetir el posadero, que salió corriendo de la estancia, á

tiempo que la dama protestaba dulcemente contra el violento lenguaje del

caballero.

--¡Por amor de Dios! dijo el atribulado posadero á los ingleses, hacedme

la merced de seguir vuestro camino. Villafranca no dista más de dos

leguas y allí encontraréis cómodo alojamiento en la posada de Anjou.

--No haré yo tal, dijo el barón de Morel, sin ver antes á quien así

habla y decirle dos palabras. ¿Cuáles son su nombre y sus títulos?

--Imposible nombrarle, señor, sin su permiso. Pero ved que si entráis

montará en ira y entonces.... Creedme, mi buen señor; ¡no sabéis de

quién se trata! Discreto sois, avisado estáis; ¡seguid, por merced,

vuestro camino!

--¡Calle el ventero! exclamó furioso ya el noble inglés. Ó mejor, id á

decir á ese tan formidable caballero que aquí está y aquí se queda el

barón León de Morel, porque así le place y sin que él ni nadie sea osado

á impedírselo. ¡Id!

Azorado el pobre hombre y sin saber á qué santo encomendarse, dió

algunos pasos por el zaguán, cuando se abrió de golpe la puerta interior

y apareció el furibundo francés, cerrados los puños y las deformes

facciones convulsas por la ira.

--¡Todavía estáis ahí, perros ingleses! gritó. ¡Mi espada, venga mi

espada! Pero en aquel instante se fijaron sus ojos en el escudo

blasonado del barón, sostenido por Tristán, y después de contemplarlo un

instante suavizóse la expresión de su semblante y apareció en sus labios

una sonrisa.

--_¡Mort Dieu!_ exclamó, ¡pues si es mi espadachín de Burdeos! Las cinco

rosas. Motivos tengo para recordarlas desde que las ví, no hace tres

días, en las justas del Garona. ¡Ah, señor León de Morel, tengo

contraída con vos una deuda! y al decir esto señaló su hombro derecho,

vendado con un pañuelo de seda.

Pero la sorpresa del desconocido al ver al barón no pudo compararse con

la de éste. Miró fijamente al herido y por fin exclamó con acento que

revelaba su profundo regocijo:

--¡Bertrán Duguesclín!

--El mismo que viste y calza, replicó el otro riéndose. Bien hice, á fe

mía, en ocultar el rostro allá en Burdeos, pues quien lo ve una vez

jamás lo olvida. Yo soy, señor de Morel, y hé aquí mi mano, que jamás

estrechará otras manos inglesas que la vuestra y la de Chandos.

--No soy joven, repuso el barón, y las guerras han añadido algunos años

á los que ya tengo, pero hasta ahora no me había otorgado el cielo la

merced y la honra de cruzar mi espada con otra de tan limpia y merecida

fama como la que me opusisteis vos en la liza de Burdeos. ¡Feliz yo mil

veces! Imposible me parece todavía haber tenido tan alta honra.

--¡Voto á! Motivos me habéis dado para no dudarlo, querido barón, dijo

el famoso guerrero con gran risa. Pero venid, y entren también vuestros

escuderos. No quiero privar á mi amada compañera del placer de ver en

vos á un modelo de nobles, aunque inglés, y á un guerrero famoso.

Recibiólos la noble dama con bondadosa sonrisa y á los pocos minutos de

conversación se había conquistado ya todo el respeto y toda la

admiración de Morel y sus escuderos. Con el aire de una reina y las

maneras de la más aristocrática dama, poseía un tacto incomparable, un

encanto que á todos seducía. Únase á esto el misterio de que la rodeaba

la creencia general de que poseía una facultad sobrenatural, la de

adivinar y predecir lo futuro y se comprenderá la impresión vivísima que

produjo en los tres hidalgos ingleses.

El mismo Duguesclín observaba con evidente satisfacción el interés que

en ellos despertaban la conversación amena de su esposa, sus puras y

elevadas ideas y la ilustración nada común de que daba clara muestra sin

la menor pesadez ni afectación.

--Perdonad, dijo por fin el guerrero francés. Tan noble y grata compañía

merece digno albergue y este ventorrillo no puede ofrecéroslo para pasar

la noche. Aprovechemos el poco tiempo que nos queda para montar á

caballo y llegar al castillo de Tristán de Rochefort, situado á una

legua de Villafranca y al cual nos dirigíamos cuando resolvimos

descansar aquí algunas horas. Es el señor de Rochefort antiguo

compañero de mis campañas y hoy senescal de Auvernia.

--Y os recibirá en palmas, á no dudarlo, dijo el barón. Mas ¿qué pensará

el senescal de nuestra llaneza?

--Pues os bendecirá cuando sepa que venís á limpiar la comarca de esos

tunantes uniformados que la devastan. ¡Á caballo, señores! Y vos, maese,

aquí tenéis unas monedas de oro; si algo sobra, tenédselo en cuenta al

primer caballero necesitado que por aquí aporte.

Momentos después cabalgaban ambos señores y la dama entre ellos,

escoltados por el joven Pleyel. Habíase retardado Roger en el mesón

llamando á los arqueros, cuando oyó una voz angustiada pidiendo favor á

gritos. Acercóse á la puerta de la estancia de donde procedían las voces

y se halló de manos á boca con Simón y Tristán, que se reían á

carcajadas y se dirigieron apresuradamente á la puerta del caserón,

donde los esperaban sus monturas. Entró Roger en la habitación y quedó

atónito al ver que de un fuerte garfio de hierro pendiente del techo

colgaba un hombrecillo que era quien tan desaforadamente gritaba. El

garfio lo tenía sujeto por el cinto y el infeliz manoteaba y perneaba

como un poseído.

--_¡À moi, mes amis!_ seguía berreando, cárdeno el rostro. ¡Favor al

campeón del Obispo de Montaubán! _¡À moi!_

Llegó el ventero en aquel instante, precipitóse con Roger en auxilio del

colgado, para lo cual tuvieron que subirse sobre la pesada mesa de

encina en la que se veían los restos del refrigerio de ambos arqueros, y

no sin trabajo lograron desenganchar al campeón del obispo.

--¿Se ha ido? preguntó apenas puso los pies en el suelo.

--¿Quién?

--El gigante, el monstruo de la cabellera roja.

--¡Ah, vamos! Tristán el arquero. Sí, se ha ido, dijo Roger.

--¿Y no volverá?

--No.

--¡De buena ha escapado! exclamó el hombrecillo dando un suspiro de

satisfacción. ¡Cobarde! ¡Atreverse conmigo y huir! ¡Ah, de haberme

esperado hubiera hecho con él un escarmiento, como hay Dios, para

ejemplo de pícaros!

--Permitidme, señor de Pelisier, dijo el ventero, que ponga á vuestra

disposición mi caballejo, con el cual no tardaréis en alcanzar al

descortés arquero.

--Ni pensarlo, exclamó apresuradamente el fanfarrón. Tengo estropeada

una pierna desde el día en que maté á tres enemigos, en el combate de

Castelnau.

--¡Pues corro á buscarlo yo mismo, para que lo castiguéis cual se merece

quien de tal suerte ofende á mi buen parroquiano, el señor Oscar

Reginaldo Bombardón de Pelisier!

--_¡Pas si vite, mon ami!_ Yo sabré buscarlo en su día. Imaginaos el

destrozo que sufriría vuestra hacienda si ese gigante y yo trabásemos

aquí descomunal combate.

En aquel momento se oyó el trote de un caballo que se detuvo á la puerta

de la hostería, palideció el prudente Pelisier y se agazapó bajo la

mesa, á tiempo que se oía la voz de Gualtero llamando á Roger. Dejó éste

la venta con su compañero y pronto alcanzaron á los dos arqueros.

--Bonita manera de tratar al señor Bombardón de Pelisier, dijo Roger á

Tristán con fingida severidad.

--No lo hice adrede... comenzó á decir el mocetón, á la vez que Simón

prorrumpía en sonoras carcajadas.

--¡Por el filo de mi espada! exclamó. Fanfarrón más insoportable no

espero volver á verlo en mi vida. Se negó á comer y beber con nosotros y

aun á dirigirnos la palabra. Después empezó á contar sus proezas á las

vigas del techo y acabó diciendo que había matado más ingleses que pelos

tenía en la cabeza. Iba yo á despanzurrarlo de un puntapie, cuando este

mameluco alargó su manaza y agarrando á Bombardón me lo colgó del gancho

como un cochinillo ó un trozo de cecina. ¡Por vida de! ¡Ja, ja, ja!

Reíanse todavía de la aventura los cuatro amigos cuando alcanzaron á su

capitán y poco después llegaron todos al castillo de Rochefort, cuyas

puertas se les abrieron de par en par apenas oyeron los que las

guardaban el nombre de Bertrán Duguesclín.

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 62 / 101 题