Cuando Roger se presentó en la cámara del barón al siguiente día,
hallóle muy ocupado en trazar sobre emborronado pergamino unos signos
retorcidos y enormes, que según averiguó después eran un conato de carta
del barón á su esposa.
--Bien vienes, Roger, dijo alborozado apenas divisó al joven. Confieso
que no soy muy fuerte en achaques de escritura, y aquí me tienes sudando
para contar á mi señora la baronesa muchas cosas que quiero decirle, con
unos garabatos que se empeñan en no salir derechos y que no los
entenderá ella, ni tú, ni yo mismo.
Sonrióse el fiel escudero, ofreció al barón escribirle en un santiamén
cuantas cartas quisiese y poco tardó en quedar firmada y sellada la en
que el caballero refería ligeramente los principales episodios de su
viaje, el encuentro con los piratas, la desgraciada muerte del joven
escudero Froilán de Roda, su presentación en la corte y cómo se proponía
salir sin tardanza para Montaubán, donde el resto de la famosa Guardia
Blanca de su mando entretenía sus ocios quemando y saqueando.
--Algo falta, señor, observó Roger, y si me lo permitís....
--Escribe lo que gustes, Roger, y agrégalo á mi carta, que cuanto digas
habrá de ser interesante y agradable para mi señora la baronesa.
Aprovechando el permiso, describió el doncel lo que por modestia callaba
el barón, la gloria alcanzada por éste en combates y justas; aseguró á
la castellana de Morel que la salud del barón era inmejorable, que
todavía quedaban en la escarcela confiada á su guarda muy buenos
ducados y durarían hasta llegar él con su señor á Montaubán, y por
último rogaba á la baronesa que aceptase sus respetos y se sirviese
presentárselos muy rendidos á su hija la sin par Constanza.
--Muy bien expresado está todo eso, dijo el barón, moviendo satisfecho
su calva cabeza. Y ahora, Roger, si algo quieres escribir á tus
parientes de Inglaterra, lo enviaré con el mismo mensajero que ha de
llevar mis cartas.
--No tengo parientes, señor, dijo Roger tristemente. Mi hermano es el
único....
--Sí, recuerdo cómo os separasteis y te aseguro que no pierdes mucho.
Pero ya que no personas de tu misma sangre ¿no tienes allá alguien que
te sea querido?
--Oh, sí, replicó el joven, suspirando.
--Vamos, ya veo. ¿Es hermosa?
--Bellísima.
--¿Buena?
--Como un ángel.
--¿Y no te ama?
--No puedo decir que ame á otro.
--En tal caso, tu deber es hacerte digno de su amor. Sé honrado y
valiente; sin humillarte ante el poderoso, muéstrate afable y dulce con
el pobre y humilde, y á su tiempo te verás honrado con el amor de una
doncella pura y buena, el mayor galardón á que aspirar pueda todo
cumplido caballero. ¿Es tu amada de noble alcurnia?
--De nuestra más distinguida nobleza, señor.
--Cuidado, Roger, cuidado. No piques muy alto y recojas desengaños y
amarguras.
--Vos conocisteis á mi padre, señor barón, y sabéis también lo que vale
el linaje de los Clinton de Hanson....
--Rancia é indiscutible nobleza y gloriosa historia. Mas no lo digo por
tus blasones, hijo mío, sino por tu carencia de fortuna. Si fueras tú el
señor de Munster, en lugar de tu bullicioso hermano.... Pero, ó mucho me
engaño ó los pasos que resuenan son los de Sir Oliver.
No tardó en presentarse el rechoncho caballero, rojo de indignación, con
la inaudita noticia de que acababa de enviar un cartel de desafío á los
señores de Chandos y Fenton, cancilleres del ducado de Aquitania y á
quienes el príncipe encomendara la elección de los caballeros que con
tanto lucimiento sostuvieron el honor de las armas inglesas en el torneo
de la víspera. Atónito el de Morel ante tamaño desplante, averiguó que
el señor de Butrón se sentía ofendido por no haber figurado su nombre
entre los cinco elegidos y se proponía pedir cuenta de aquel desacato á
Chandos y Fenton. Trabajo le costó al barón apaciguar á su alborotado
amigo, quien acabó por confesarle que sólo esperaba saborear un nuevo y
gustoso guiso que en aquel momento le preparaban, para enviar también un
cartel al mismo príncipe.
--Pero ¿estáis dejado de la mano de Dios? le preguntó el barón. ¿Qué os
ha hecho el príncipe?
--Me tiene en poco, lo mismo que Chandos, y empieza á convertirme en
blanco de sus pullas y cuchufletas. ¿Sabéis la que me lanzó anoche
después del torneo? Alababa uno de mis amigos la fuerza de mi brazo y el
príncipe tuvo á bien decir que por fuerte que fuera el brazo nunca lo
sería tanto como el espinazo de mi caballo. Gracia ésta que fué recibida
con gran risa por todos los presentes.
Rióse también el barón, volvió á calmar á su pletórico amigo lo mejor
que supo y pudo, y viéndolo ya más dispuesto á gozar de sus guisos y
golosinas que á seguir lanzando retos á troche y moche, se despidió de
él hasta verse de nuevo en Dax. Sir Oliver se encargaba de mandar los
doscientos hombres de Morel y conducirlos á Dax en unión de sus
cincuenta ganapanes, mientras el barón anticipaba su salida de Burdeos
para dirigirse á Montaubán, tomar el mando del resto de la Guardia
Blanca que por allí merodeaba y reunirse al grueso del ejército en Dax
antes de que el príncipe emprendiese la marcha con dirección á España.
--Tú, Gualtero y el sargento Simón me acompañaréis, y también otro
arquero que Simón elija para que cuide de mis armas y arnés, dispuso el
barón.
Poco después salía éste de Burdeos acompañado de Gualtero de Pleyel y
dos horas más tarde se ponían en su seguimiento Roger, Simón y Tristán
de Horla, para quienes el primero tuvo que procurarse dos caballejos de
las Landas, de tan pobre apariencia como excelentes cualidades. Por el
camino iba pensando Roger, mientras sus dos compañeros departían
animadamente, en la conversación que poco antes había tenido con el
barón y se preguntaba si debió de haber completado su confesión
revelándole que no era otra su adorada que la bella heredera de Morel.
¿Cómo hubiera acogido éste semejante declaración? Desde luégo, declarado
había que por su nobleza podía aspirar á la mano de la más linajuda
dama, sin otro obstáculo en su camino que la falta de bienes de fortuna.
Por primera vez en su vida deseó tenerlos, y aunque no dudaba del amor
de Constanza, sabía también que la hechicera joven no le daría su mano
sin contar antes con la plena aprobación de su padre.
--¿Dónde dijo el capitán que le encontraríamos? preguntó á la sazón el
veterano arquero, volviéndose hacia Roger y sacándolo de sus
meditaciones.
--En Marmande ó Aiguillón, y añadió que no había extravío posible porque
desde Burdeos hasta los dos pueblos nombrados no hay otro camino que
éste que seguimos.
--Y que yo conozco como la palma de mi mano, dijo Simón. Quiera mi buena
suerte que al regreso lo recorra tan bien provisto de botín como la
última vez que por él pasé. ¿Véis á lo lejos aquel pueblecillo con el
castillejo feudal? Pues es Cadillac, nombre y lugar que tengo en la
memoria gracias á la taberna que estas gentes llaman del _Mouton d'Or_ y
que yo llamaría del buen vino, que probaremos muy pronto. Á orillas del
Garona veremos después el villorrio de Bazán, donde me detuve tres días
á mi regreso de la última campaña; y la culpa fué de las hijas del
talabartero del lugar, tres pimpollos á cual más rozagante y á las
cuales dí palabra de casamiento.
--¿Á las tres?
--El diablo enredó las cosas de manera que no hubo medio de dejar una ó
dos buscando novio. Lo cual hubiera sido de muy mal gusto, á fe mía, y
más tratándose de un arquero galante, porque son á cual más bonita y el
diablo me lleve si hubiera yo podido preferir y elegir una de las tres.
--Pedigüeño tenemos, dijo en aquel punto Tristán, señalando hacia un
árbol cercano á cuya sombra se sentaba un viejo, cubierto desde el
cuello hasta los descalzos pies con tosco sayal gris de triple esclavina
y llevando un grasiento sombrero de anchas alas con tres conchas
cosidas en hilera al frente de la copa.
--Diría que es un religioso ó peregrino, á no ser por las extrañas
mercancías que parece tener de venta, dijo Simón.
Acercándose vieron que sobre una tabla que delante tenía se hallaban
colocados en línea algunos trozos de madera, varias piedras y un clavo
de buen tamaño.
--Socorred, señores, á un pobre peregrino, exclamó el viejo, que perdió
la vista de sus ojos después de contemplar con ellos los Santos Lugares
y que no prueba bocado desde hace dos días.
--Pues nadie lo diría al ver lo repleto y lucio que estáis, buen hombre,
dijo Simón mirándole atentamente.
--Con esas ligeras palabras no hacéis más que aumentar mi pena, dijo el
ciego. Me véis repleto y obeso al parecer y por ende me creéis bien
comido, cuando lo que en realidad me hincha y me mata es una hidropesía
incurable.
--¡Pobre hombre! murmuró Roger.
--¡Mala centella me parta si vuelvo á decir palabra! exclamó el arquero
arrepentido.
--No juréis, dijo el peregrino, y por lo que á mí toca os perdono de
corazón. Mis desgracias y mi desamparo han llegado á tal extremo que por
fin me veo obligado á deshacerme de mis tesoros para procurarme algunos
recursos con que terminar mi viaje. Voy al santuario de Nuestra Señora
de Rocamador y allí espero acabar mis días.
--¿Y qué tesoros son esos de que habláis?
--Helos aquí, sobre esta tabla. Ante todo este clavo, uno de los que
contribuyeron al infame suplicio que tuvo por consecuencia la redención
de la humanidad. Obtuve esta reliquia invaluable de los descendientes de
José de Arimatea, que viven todavía en Jerusalén.
--¿Y esas piedras y maderas? preguntó Tristán, no menos sorprendido que
sus compañeros.
--Una astilla de la verdadera cruz, otra del arca de Noé y la tercera de
la puerta del gran templo de Salomón. De los tres cantos que aquí tengo,
el menor fué uno de los que le arrojaron á San Esteban sus crueles
verdugos, y los otros dos proceden de la torre de Babel. Mucho me ha
costado obtener estas preciadas reliquias y por todo el oro del mundo no
me hubiera separado de ellas; pero próximo á morir, porque siento que
mis días están contados, os ofrezco las que queráis, al precio que
vuestros recursos os permitan ofrecerme.
Transportado Roger y sin reflexionar gran cosa, se volvió hacia sus
compañeros diciéndoles:
--Ocasión como esta no volverá á presentársenos en toda la vida. Sin el
clavo ese no me quedo, y se lo he de llevar y ofrecer á la abadía de
Belmonte.
--Como yo le llevaré á mi madre esa piedra que le arrojaron al santo,
dijo Tristán.
--Pues á mi vez prefiero la astilla de las puertas del templo, dijo por
su parte Simón, y aquí os entrego tres ducados, de cuatro que me quedan.
--Y aquí van dos más, agregó Tristán.
--Y cuatro míos, dijo Roger.
Con lo cual se despidieron del piadoso y cuitado peregrino, llevándose
aquellas venerables reliquias tan impensada cuanto fácilmente
adquiridas.
Lo malo fué que á poco andar dieron con una herrería, donde se
detuvieron para atender al caballo de Simón, que mucho necesitaba los
servicios del herrero. En conversación con éste, contóle Simón su
reciente encuentro y la gran compra que habían hecho; ver el rústico las
reliquias y echarse á reir fué todo uno, y asiendo un cajón lleno de
luengos clavos se lo presentó á Roger.
--Mirad, le dijo, si vuestro clavo no es uno de estos y si los cascorros
y astillas del santo varón no proceden del montón aquel que está á mi
puerta y donde yo mismo se los ví tomar no hace dos horas y meterlos en
su zurrón. El clavo me lo pidió él mismo y yo se lo dí. ¡Por vida de!
Sobrado crédulos sois para soldados.
Oir aquello y echar á correr en busca del tramoyista viejo fué todo uno.
Á poco lo vieron en lo alto de una cuesta que formaba el camino, pero
también los divisó él á buena distancia y suponiendo la embajada que
llevaban, prescindió de su ceguera y dejando el camino se metió por los
jarales y ganó el bosque, dejando más que mohinos á los tres amigos, tan
bonitamente burlados.