La fama y brillo de la corte que rodeaba al príncipe Eduardo desde su
instalación como Duque de Aquitania, atraían á numerosos caballeros de
toda Europa y los torneos y justas eran por entonces espectáculos que
con frecuencia presenciaban los vecinos de Burdeos. Con los más afamados
paladines ingleses y franceses solían romper lanzas diestros justadores
de Alemania, caballeros de Calatrava, nobles portugueses é italianos y
aun formidables guerreros de la Escandinavia y otras regiones del norte
y del oeste.
Pero en la ciudad y en toda la comarca fué objeto del mayor interés y de
incesantes comentarios la noticia de que cinco caballeros ingleses entre
los más esforzados habían dirigido un cartel de reto á otros tantos
nobles de la cristiandad, quienesquiera que fuesen. Había gran
curiosidad por ver quienes lo aceptarían y sabíase además que aquellas
justas serían las últimas por entonces, ya que el príncipe se aprestaba
á salir con toda su gente para la guerra de España. La víspera del
torneo llegaron á Burdeos multitud de gentes de todo el Medoc, que
tuvieron que acampar fuera de las murallas, en el llano y á orillas del
Garona. Tampoco faltaron oficiales del ejército acuartelado en Dax, ni
nobles y burgueses de Blaye, Bourg, Libourne, Cardillac, Ryons y otras
muchas villas, que llegaron durante el día y parte de la noche anterior
al combate, á pie, á caballo y en vehículos de todas clases.
No fué pequeña empresa la de elegir cinco caballeros por banda, cuando
tantos y tan valientes y ganosos de gloria los había congregados allí; y
en poco estuvo que la elección ocasionase una serie de duelos
preliminares que sólo pudieron evitarse con la intervención del príncipe
y de los nobles de más edad y merecimientos. Hasta la víspera del día
fijado para el torneo no se fijaron en la liza, pendientes de sendas
lanzas, los escudos de los campeones, para que los heraldos y el público
supiesen sus nombres y también para que se presentase ante los jueces de
campo toda fundada querella ó protesta contra la participación de
cualquiera de ellos en el torneo.
Los dos aguerridos capitanes Roberto Nolles y Hugo Calverley no habían
regresado de la expedición á Navarra que el príncipe les encomendara, lo
cual privó á los justadores ingleses de dos de sus mejores lanzas. Pero
eran tantas y tan buenas las que aun quedaban que los señores Chandos y
Fenton, á quienes en definitiva se encomendó la elección, tuvieron que
discutir y pesar uno por uno los méritos y hazañas de muchos aspirantes;
decidiéndose por fin á favor de Morel de Hanson y Abercombe de Chesire,
renombradísimo el primero entre los nobles veteranos y héroe de Poitiers
el segundo. De los caballeros más jóvenes resultaron agraciados tres
brillantes paladines: Tomás Percy, Guillermo Beauchamp y Raniero Leiton.
Desde luego aceptaron el reto inglés todos los caballeros gascones y la
elección, difícil de suyo, favoreció á Captal de Buch, Oliverio de
Clisón, Pedro de Albret, el señor de Mucident y un caballero teutón
llamado Segismundo de Bohemia. Al mirar aquellos diez escudos los
veteranos ingleses se prometían un torneo brillante cual ninguno, pues
eran los mantenedores hombres de gloriosa historia y de valor y esfuerzo
probadísimos.
--Á fe mía, Chandos, dijo el príncipe mientras cabalgaba junto al
canciller por las estrechas y tortuosas calles de la ciudad, camino del
palenque; bien quisiera yo romper una lanza en estas justas, suponiendo
que los jueces de campo no me creyesen indigno de alternar con tan
famosos campeones.
--No hay en el ejército mejor ni más digno paladín que vos, señor,
replicó Chandos, pero dadas las circunstancias de este torneo, creedme,
no conviene que participéis en él. No es de vuestro alto cargo el tomar
aquí partido á favor de ingleses contra gascones, ni poneros con éstos
frente á aquellos, lanza en ristre ó espada en mano. Demasiado
sobreexcitados están ya los ánimos.
--Siempre la razón de estado, Chandos, que vos sacáis á relucir no sólo
en la sala del consejo sino camino de fiesta tan alegre y lucida como
ésta. ¿Y qué piensan de ella mis hermanos de Castilla y Mallorca?
preguntó dirigiéndose á los príncipes españoles, que á su derecha
cabalgaban.
--Mi opinión es que hoy presenciaremos no pocas proezas, dijo Don Pedro,
en vista de la fama y pujanza de los justadores.
--¡Por Santiago! observó Don Jaime, otra cosa va llamando mi atención y
es el buen porte y mejores vestidos de esos burgueses de Burdeos que se
agolpan á mirarnos. Rica en verdad debe de ser esta gran villa y holgada
la condición de sus moradores, á pesar de recientes guerras y
trastornos.
--Pues si el aspecto de los buenos burgueses os admira, repuso Don
Pedro, ¿qué me decís de esos hombres de armas escogidos y de los bien
plantados arqueros? Difícil sería igualar y menos vencer fuerzas tan
apuestas y bien disciplinadas.
--Con esos soldados cuento, dijo el príncipe inglés, y con otros muchos
como ellos, para hacer entrar en razón á los usurpadores de Castilla y
Mallorca.
Sonriéronse ambos pretendientes, revelando en sus semblantes la
satisfacción y la confianza con que habían oído aquellas palabras.
--Y una vez hecha justicia, dijo Don Pedro de Castilla, uniremos las
fuerzas de Inglaterra, Aquitania y España y mucho sería que de tal unión
no resultasen magnas consecuencias.
--Por ejemplo, agregó el príncipe Eduardo con evidente entusiasmo,
completar para siempre la expulsión de los infieles del territorio de
Europa. No creo que pudiéramos acometer empresa más grata para la Santa
Virgen, excelsa patrona de Aquitania.
--Ni más aceptable para todo español. En tal empresa cuente Vuestra
Alteza con el apoyo absoluto de nobles y plebeyos, así en León y
Castilla como en Asturias, Navarra, Mallorca y Aragón. Y aun para
perseguir á los moros allende el mar y combatirlos en sus guaridas del
África y de Oriente.
--¡Sí, por Dios! exclamó el Príncipe Negro. Ese ha sido uno de mis
sueños dorados, ver ondear el estandarte inglés sobre los muros y
mezquitas de la ciudad santa.
--La conquista de Jerusalén no puede parecer peligrosa ni ardua á
quienes han realizado la conquista de París.
--Ni me había de contentar yo con eso, sino con el sitio y toma de
Constantinopla y la guerra á muerte contra el Sultán de Damasco. Y
vencido éste, todavía podríamos imponer tributo á las hordas tártaras,
otra amenaza de la cristiandad. Decidme, Chandos, ¿no habríamos de poder
llegar nosotros hasta donde llegó Ricardo Corazón de León?
--Poder hacerlo es una cosa, replicó el prudente consejero, y otra muy
distinta saber si conviene y debe hacerse. Desde luego, cuente Vuestra
Alteza con que el rey de Francia vería el cielo abierto el día que los
ejércitos ingleses cruzasen el mar, en persecución de los infieles de
Oriente.
--Os conozco demasiado, Chandos, para no saber que esas palabras os las
dicta vuestra razón, no el temor ni el cansancio de las guerras. ¡Qué
enorme multitud! No recuerdo haber visto tantos curiosos desde el día en
que recorrí las calles de Londres acompañando á mi prisionero el rey de
Francia.
Un mar de cabezas cubría por completo la vasta llanura que se extendía
desde la Puerta del Norte hasta los primeros viñedos del este de la
ciudad y hasta las orillas del río. Entre los obscuros tonos de aquella
multitud se destacaban ya las toquillas de vivos colores de las mujeres,
ya el casco de un arquero herido por los rayos del sol. En el centro de
la llanura, quedaba el espacio cercado que se destinaba á las justas,
con gradas y tribunas engalanadas con multitud de gallardetes y
banderas. Trabajo costó abrir estrecho paso á los príncipes y su séquito
entre aquella masa compacta, que los saludó con aclamaciones
atronadoras. Tras ellos fueron llegando numerosos nobles y damas
ricamente ataviadas y pronto quedaron llenas las tribunas, relucientes
de oro y pedrería. En el numeroso séquito del príncipe y sus regios
huéspedes figuraban capitanes y cortesanos de Gascuña y España, de
Inglaterra, el Lemosín y Saintonge. En los asientos y gradas encantaban
la mirada las morenas bellezas del Garona y junto á ellas las rubias
beldades inglesas, ostentando unas y otras sus mejores galas. De las
balaustradas de las tribunas colgaban ricos tapices y anchas franjas de
terciopelo en cuyo centro destacábanse, bordados en oro, plata y sedas
de vivos colores, los escudos de armas de cien nobles. No tardaron en
tomar éstos asiento, la multitud y los soldados se acomodaron como mejor
pudieron y los pajes y palafreneros se encargaron de las armas y
monturas de sus señores.
Los mantenedores ocupaban la extremidad del campo más cercana á las
puertas de la ciudad. Frente á sus respectivos pabellones se veían los
escudos de armas de los cinco campeones ingleses, sostenidos por otros
tantos escuderos; allí las rosas de Morel, las barras gules de Leiton,
el león de Percy, los grifos de Abercombe y las plateadas alas de
Beauchamp. Tras los pabellones piafaban impacientes los grandes caballos
de batalla lujosamente enjaezados. La gran mayoría de los arqueros y
hombres de armas ingleses se agrupaban en aquel extremo de la liza,
ganosos de contemplar y vitorear á sus famosos campeones, que sentados á
la puerta de sus tiendas, armados completamente y con el yelmo sobre las
rodillas, departían tranquilamente sobre el gran suceso del día en que
tan importante parte les tocaba desempeñar. Pero el pueblo gascón no
ocultaba su preferencia por Captal de Buch y sus compañeros, pues la
popularidad de los ingleses había decaído mucho desde las enconadas
contiendas originadas por la captura del rey de Francia y el destino que
debía de darse al regio prisionero. De aquí que no fueran generales,
aunque sí muy nutridos, los aplausos que acogieron la proclamación del
rey de armas, anunciando los nombres y títulos de los caballeros
ingleses que estaban prontos, "por su Dios, por su patria, por su rey y
por su dama," á combatir contra cuantos hidalgos les hiciesen la honra
de romper lanzas con ellos. Más que aplausos, en cambio, fueron
aclamaciones ensordecedoras las que saludaron al heraldo que en el
opuesto extremo de la liza enumeró los nombres popularísimos de los
justadores gascones.
--Comienzo á creer que teníais mucha razón, Chandos, al aconsejarme que
no tomase hoy partido ni enristrase lanza, dijo el príncipe en voz baja
al notar el estado de los ánimos. Paréceme, señor de Armagnac, que
nuestros amigos de Aquitania no verían con malos ojos la derrota de los
campeones ingleses.
--Bien pudiera ser, príncipe, como no dudo que en iguales circunstancias
el pueblo de Londres ó Windsor favorecería ó aclamaría á sus
compatriotas.
--Y no está lejos la demostración palpable de lo que decís, exclamó
riéndose el príncipe, porque allá diviso unas veintenas de arqueros cuyo
vocerío no cede al de la multitud. Mucho me temo que sufran amargo
desencanto si la copa de oro que he ofrecido al vencedor se queda en
Aquitania en vez de cruzar el mar. ¿Cuáles son las condiciones, Chandos?
--Cada pareja justará no menos de tres veces y la victoria será del
partido cuyos campeones hayan triunfado en mayor número de encuentros
singulares. El que más se distinga entre ellos recibirá el trofeo
ofrecido por Vuestra Alteza, y el más diestro justador de los vencidos
un broche de oro y piedras preciosas. ¿Doy la señal?
Contestó el príncipe afirmativamente, sonaron los clarines y los
mantenedores fueron entrando en liza uno tras otro y arremetiendo á sus
contrarios, con varia fortuna para ambos bandos. Así, Sir Guillermo
Beauchamp cayó al poderoso golpe de Captal de Buch, pero Percy desarzonó
al de Mucident; Lord Abercombe derribó á su vez al señor de Albret y por
fin el hercúleo Oliverio de Clisón igualó la suerte del combate con la
victoria que alcanzó sobre Sir Raniero Leiton.
--¡Por Santiago! exclamó Don Pedro, buenas lanzas y grande empuje, tanto
los señores gascones como los ingleses.
--¿Quién es el próximo adalid inglés? preguntó el príncipe con voz que
denotaba su viva emoción.
--El barón León de Morel, de Hanson, respondió Chandos.
--Campeón esforzado y diestro si los hay.
--Sin duda alguna, señor, pero su vista, como la mía, se halla muy
quebrantada tras largas campañas. Con su poderoso brazo ganó en buena
lid la diadema de oro ofrecida como trofeo por la reina Felipa, augusta
madre de Vuestra Alteza, en las grandes justas con que se celebró en
Inglaterra la toma de Calais. En el castillo de Monteagudo, donde
reside, tiene un tesoro en premios y trofeos.
--Ojalá vaya á reunirse con ellos la copa de este torneo, dijo el
príncipe en voz baja. Aquí tenemos al paladín alemán y por su aspecto
parece muy temible enemigo. Advertid al rey de armas que les permita
encontrarse por tres veces en la liza, ya que tanto depende ahora del
resultado de este combate.
Sonaron de nuevo los clarines, hizo el rey de armas la señal que
repitieron los farautes y se adelantó el último campeón de los gascones
entre los vítores desaforados de la multitud. Era un guerrero de gran
talla y fornido cuerpo, con yelmo y armadura negros y escudo sin divisa,
pues prohibían tenerla los estatutos de la orden teutónica á que
pertenecía. Flotaba á su espalda amplio manto blanco que tenía bordada
en su centro la cruz negra orillada de plata de aquella orden. Manejaba
briosamente su soberbio bridón, negro como el azabache y de gran alzada;
y después de saludar al príncipe volvió grupas y ocupó su puesto á un
extremo de la liza.
Inmediatamente salió el barón de Morel de su tienda y se dirigió al
galope hacia el balconcillo regio, ante el cual detuvo súbitamente al
fogoso corcel con tal fuerza que lo hizo retroceder y alzarse de manos,
á tiempo que el jinete saludaba profundamente. Llevaba el barón
brillante armadura blanca, escudo blasonado y yelmo con largo y airoso
penacho de plumas también blancas. La gracia y viveza de sus
movimientos, el esplendor de su armadura y de los paramentos de su
caballo y los corveteos de éste hicieron estallar unánimes aplausos. El
barón saludó otra vez con singular donaire y se dirigió al punto del
campo frontero al que ocupaba su contrario, haciendo caracolear al noble
bruto y más como quien se dirige á una alegre fiesta que á fiero
combate.
Tan luego se hallaron frente á frente ambos campeones reinó absoluto
silencio en todo el palenque. Del resultado dependía no sólo la gloria
que pudiera caber al vencedor sino la victoria ó la derrota del bando
que respectivamente representaban. Guerreros ambos de mucha nombradía,
sus proezas los habían llevado á muy distintos países y campos de
combate, sin darles hasta entonces la oportunidad de medirse cuerpo á
cuerpo. Dióse la señal, y puestas las lanzas en los ristres arremetieron
uno contra otro ambos combatientes, encontrándose con tremendo choque
frente á la regia tribuna. Aunque el teutón se estremeció al golpe
furibundo del caballero inglés, su lanza alcanzó á éste en la visera con
fuerza tal que rompió las cintas que sujetaban el casco y éste cayó
hecho pedazos, pero el barón continuó su carrera, descubierta la calva
cabeza que brillaba á los rayos del sol. Millares de pañuelos y gorras
agitados en el aire y un vocerío inmenso acogieron aquella ligera
ventaja del caballero teutón.
Nada desanimado el de Morel, llegóse á escape á su pabellón y se
presentó á los pocos momentos con otro fuerte yelmo, pronto para la
segunda justa. El resultado de ésta fué tan igual para ambos que los
mejores jueces no hubieran podido adjudicar la victoria á uno ni otro.
Así Morel como el de Bohemia resistieron impávidos el bote formidable
del contrario, que ambos recibieron de lleno en el pecho y sin perder la
silla. Pero en el tercer encuentro la lanza del barón se clavó entre las
barras de la celada del contrario, arrancándole de golpe la visera, á
tiempo que el de Bohemia, con singular mala suerte, desviaba su lanza y
daba con ella fuerte golpe en el muslo de Morel, contra todas las reglas
del torneo, que prohibían herir al contrario de la cintura abajo y
declaraban vencido al que tal hiciera. También daba á Morel aquel
malhadado golpe el derecho de apropiarse las armas y el caballo del
enemigo, si hubiera querido ejercerlo. Los aplausos y gritos delirantes
de los soldados ingleses y el silencio y los ceñudos rostros del pueblo
anunciaron, antes que lo hicieran los farautes, el triunfo de los
primeros, que habían obtenido ventaja en tres encuentros, contra dos que
ganaran los gascones. Ya se habían congregado los diez combatientes
frente á la tribuna del príncipe para recibir dos de ellos el galardón
merecido, cuando el agudo toque de un clarín llamó la atención de los
presentes hacia un extremo del palenque, ganosos todos de ver al
inesperado caballero que así anunciaba su llegada.