DONDE AGUSTÍN PISANO ARRIESGA SU CABEZA

Abundante y bien servida era la mesa de los escuderos en la abadía de

San Andrés desde que el príncipe Eduardo estableció su corte en aquel

histórico edificio. Allí aprendió Roger lo que el lujo y el buen gusto

significaban, sobre todo al comparar aquellos festines con las frugales

comidas del convento y la parsimonia de la mesa de Morel. Cabezas de

jabalí deliciosamente adobadas, faisanes asados, dulces y cremas nunca

gustados antes, prodigios de repostería, uno de los cuales representaba

en todos sus detalles el exterior del regio palacio de Windsor, tales

fueron algunas de las maravillas culinarias que saboreó Roger en la

antigua abadía francesa. Un arquero se apresuró á llevarle ropas y traje

de los que á bordo del galeón dejara, y después de mudarse y lavar sus

heridas no tardó en recobrar fuerzas y buen humor, olvidado por completo

de la fatiga de aquella mañana. Un paje le anunció que su señor se

proponía visitar aquella noche al canciller de Chandos y deseaba que sus

dos escuderos se alojasen en el hostal de la _Media Luna_, al fin de la

calle de los Apóstoles. Al cual mesón se dirigieron Roger y Gualtero al

anochecer, después de su larga comida y de oir los brindis y canciones

con que pasaron rápidas las horas en compañía de los otros alegres

escuderos.

Caía menuda lluvia cuando los dos camaradas empezaron á recorrer las

calles de Burdeos, después de dejar bien cuidados sus corceles y el del

barón en las caballerizas del príncipe. No hallaban á su paso más

alumbrado que el muy escaso de tal cual farol de aceite colgado en una

esquina ó á la entrada de las casas principales de la ciudad; pero ni la

semiobscuridad ni la lluvia impedían que las calles siguiesen casi tan

concurridas como en pleno día. Los transeuntes pertenecían á todas las

clases de aquella rica y por entonces bélica ciudad. Allí el obeso

comerciante, cuyo rostro complacido y sonriente, traje obscuro de fino

paño y repleta escarcela pregonaban su riqueza y bienestar. Tras él

modesta sirviente, llevando la encendida linterna que indicaba á su amo

donde poner los pies sin grave tropiezo. En dirección contraria veíase

un grupo de mocetones ingleses, arqueros del condado de Estápleton á

juzgar por el pelícano azul cosido sobre el coleto; gente alegre de

cascos y dura de puños, que bebían á más y mejor y cantaban á voz en

cuello y cuya presencia obligaba al mercader á apresurar el paso,

mientras su fámula ocultaba el rostro con el manto al oir los piropos

nada delicados de aquella turba. No escaseaban los soldados de la

guardia real, los pajes ingleses elegantemente ataviados, las mujeres

del pueblo cuyas agudas voces se oían á gran distancia, parejas de

frailes, filas de ballesteros y hombres de armas, marineros, soldados de

los cuerpos de guardia, caballeros gascones que vociferaban y

gesticulaban según costumbre invariable, campesinos del Medoc, escuderos

ingleses y gascones y tantas otras gentes, que cruzaban en todas

direcciones ó hablaban en grupos, empleando ya las lenguas inglesa,

francesa y del país de Gales, ya el vascuence ó los dialectos de Gascuña

y Guiena. Á veces se abrían los grupos para dar paso á la litera de una

noble dama, ó á los arqueros que con antorchas encendidas precedían á un

caballero de alto rango camino de su alojamiento y procedente de los

festines de la corte. Las pisadas y el relinchar de los caballos, los

gritos de los vendedores ambulantes, el choque de las armas, las voces

de borrachos pendencieros, las carcajadas de hombres y mujeres, todo

aquel clamor se elevaba y se cernía, como la neblina en el pantano,

sobre las calles obscuras y atestadas de la gran ciudad.

La atención de nuestros escuderos se fijó particularmente en dos

personas que iban delante y en la misma dirección que ellos. Eran un

hombre y una mujer, alto, cojo caído de hombros el primero, que llevaba

debajo del brazo un objeto grande y plano envuelto en negro lienzo. La

mujer era joven y gracioso su andar, pero mal podía vérsele el rostro,

cubierto por tupido manto que sólo daba paso á la brillante mirada de

unos ojos grandes y pardos y descubría uno ó dos rizos de negrísimo

pelo. El hombre se apoyaba pesadamente en el brazo de la joven, y

procuraba proteger cuanto podía el envoltorio que llevaba, evitando el

encuentro de los transeuntes que con él pudieran tropezar en la

obscuridad. La ansiedad evidente de aquel hombre, que parecía llevar

oculta preciosa carga y el aspecto de su compañera despertaron el

interés de los dos jóvenes ingleses que los seguían á dos pasos de

distancia.

--¡Ánimo, hija mía! exclamó el desconocido en lo que parecía ser uno de

los dialectos de aquella región. Cien pasos más y lo ponemos en salvo.

--Cuidadlo bien, padre, y no temáis ya, repuso la mujer en la misma

extraña habla.

--La verdad es que nos rodea una turba de bárbaros, borrachos muchos de

ellos. Cincuenta pasos más, Tita mía, y juro por el bendito San Telmo no

poner otra vez los pies fuera de casa hasta que el enjambre éste se

halle en Dax ó donde lo lleven los demonios. ¡Cómo empujan y aullan!

Procura apartarlos, hija, adelantando un poco el cuerpo. Dale un codazo

á ese animal. Ya es imposible andar. ¡Buena la hemos hecho!

La multitud apiñada que los precedía formaba allí una barrera

infranqueable y tuvieron que detenerse. Algunos arqueros ingleses

repletos de cerveza se fijaron en la extraña pareja y empezaron á

examinarla con curiosidad.

--¡Por el rabo de Satanás! exclamó uno, mirad la arrogante muleta que

usa este viejo. No te apoyes tanto en la chica y más en tus piernas,

abuelo.

--¡Cómo se entiende! dijo otro arquero. Los soldados del rey sin una

muchacha que los mire, porque los viejos franceses se las llevan de

paseo. ¡Vente conmigo, reina!

--Ó conmigo, paloma. ¡Por San Jorge! la vida es corta y lo mejor es

hacerla alegre. ¡No vuelvan á ver mis ojos el puente de Chester si no le

digo dos palabritas á esta buena moza!

--¿Qué lleva el lagarto ese bajo el brazo? preguntó un tercero.

--Á ver, manojo de huesos. Venga el envoltorio.

Los arqueros rodeaban á la pareja y el hombre, azorado, sin comprender

una palabra de lo que decían, oprimía con una mano el brazo de la mujer

y con la otra apoyaba sobre el pecho el precioso paquete, dirigiendo en

torno miradas suplicantes.

--¡Ea, muchachos! exclamó Gualtero de Pleyel con imperiosa voz,

apartando al arquero que más cerca tenía. Os portáis como villanos.

¡Quedas las manos, ó puede costaros caro!

--¡Tened vos la lengua ó más caro ha de costaros todavía! respondió el

soldado más ebrio. ¿Quién sois vos para impedir que los arqueros

ingleses se diviertan?

--Un escudero palurdo, acabado de desembarcar, dijo otro. ¡Bonito sería

que además de nuestros jefes viniera á darnos órdenes el primer

muchachuelo que abandone á su mamá y se aparezca en Aquitania!

--¡Por Dios, mis buenos señores! suplicó la joven en mal francés

¡amparadnos! ¡Impedid que estos hombres nos maltraten!

--Nada temáis, señora, dijo cortésmente Roger. ¡Suelta, rufián! ordenó

dirigiéndose á un arquero que había enlazado con su brazo el talle de la

joven.

--¡No la sueltes, Bastián! aulló un hombre de armas gigantesco, de

luenga barba negra, cuya coraza brillaba á la tenue luz del farol más

próximo. Y vosotros, mozalbetes, cuidado con tocar esos espadines que

lleváis ú os hago tragar un palmo de hierro en menos que canta un gallo.

--¡Dios sea loado! exclamó en aquel momento Roger, viendo venir hacia

ellos un casco enorme sobre roja melena, que descollaba entre la

multitud. ¡Á mí, Tristán! Y también Simón. ¡Á mí, compañeros, ayudadme á

proteger á una mujer y un anciano!

--¡Hola, _mon petit_! gritó Simón con voz tonante, abriéndose paso en un

santiamén y seguido del sonriente Tristán de Horla. ¿Qué pasa aquí? ¡Por

el filo de mi espada! te advierto, Roger, que si vas á proteger á

cuantos se hallen en apuro en esta tierra ya tienes tela cortada para

rato. Pero descuida, que al cabo de un año de aprendizaje en la Guardia

Blanca harás menos caso de lo que digan y emprendan unos cuantos

arqueros calamocanos. ¿De qué se trata, repito? Por ahí viene el

preboste con sus guardias y es muy probable que si no tomáis soleta

tendremos aquí un par de arqueros ahorcados en menos de diez minutos.

--¡Digo, pues si es este el viejo Simón Aluardo, de la Guardia Blanca!

exclamó el hombre de armas que tan insolente se había mostrado con los

escuderos. ¡Un abrazo, Simón! Por vida mía, tiempo hubo en que desde

Limoges hasta Navarra no se conocía arquero más pronto en conquistar á

una muchacha ó derrengar á un enemigo.

--No lo dudo, amigo Carlín, repuso Simón, y á fe que no creo haber

cambiado mucho desde entonces. Pero también sabes que ni tomo yo un beso

á la fuerza, ni ataco al enemigo por la espalda y diez contra uno. Al

buen entendedor....

Una mirada al resuelto rostro del sargento y á las manazas de Tristán

convenció á los arqueros de que allí nada bueno podrían sacar á la

fuerza. La mujer y su padre comenzaron á abrirse paso sin que nadie

intentase impedírselo y Gualtero y Roger fueron tras ellos.

--Un momento, camarada, dijo Simón á Roger. Ya sé que esta mañana has

hecho proezas en la abadía; pero te recomiendo alguna prudencia en eso

de sacar la espada á relucir. Mira que he sido yo quien te ha metido en

estos líos y que si te pasa algo lo sentiré de veras, muchacho.

--Descuidad, Simón, seré prudente.

--No busques el peligro, _mon petit_, y espera á tener la muñeca algo

más sólida. Oye; esta noche nos reuniremos algunos amigos en la _Rosa de

Aquitania_, á dos puertas de tu hostería de la _Media Luna_, y si

quieres vaciar un vaso en compañía de simples arqueros ¡bienvenido!

Prometió el doncel reunirse con ellos si se lo permitían sus deberes de

escudero y deslizándose entre los grupos llegó á donde estaba Gualtero,

en conversación con el viejo y la muchacha, en el portal de su casa.

--¡Gracias, valiente caballero! exclamó el desconocido abrazando á

Roger. ¿Cómo manifestaros mi gratitud? Sin vuestro auxilio y el de

vuestros amigos habría yo perdido la cabeza y sabe Dios qué suerte

hubiera cabido á mi pobre Tita....

--No creo que aquellos energúmenos se hubieran propasado á tal extremo,

dijo el joven algo sorprendido.

--_¡Ah, diavolo!_ exclamó el otro soltando la carcajada, no hablo de mi

cabeza sino de la que llevo aquí bajo el brazo.

--Quizás estos caballeros deseen entrar y reposar un momento en nuestra

casa, padre mío. Si seguimos aquí puede estallar otro tumulto de un

momento á otro.

--¡Tienes razón, hija! Entrad, señores. ¡Una luz, Jacobo, pronto! Siete

escalones, eso es. Tomad asiento. _¡Corpo di Bacco_, qué susto me han

dado esos canallas! Pero no es extraño. Tomad un vándalo, un normando y

un alano, mezcladlos con el moro más redomado, emborrachad al aborto

resultante de esa mezcla y ya tenéis un inglés hecho y derecho.... Me

dicen que ahora están invadiendo á Italia, mi patria, como han invadido

á Francia. ¡Qué gente, Dios eterno! En todas partes se meten, menos en

el cielo.

--Padre mío, dijo la joven mientras ayudaba al anciano á sentarse en

cómoda poltrona, olvidáis que estos buenos señores que nos han protegido

son también ingleses....

--¡Mil perdones! Pero ¡quién lo dijera! Mirad, señores míos, estas obras

de arte que aquí tengo; quizás os interesen, aunque entiendo que allá en

vuestra isla no se conoce más arte que el de la guerra.

Cuatro lámparas iluminaban ampliamente la estancia de artesonado techo

en que se hallaban. Colgadas de las paredes, sobre los muebles, en los

rincones, por todas partes se veían placas de vidrio de diferentes

tamaños y formas, pintadas delicadamente. Gualtero y Roger miraron en

torno asombrados, porque jamás habían visto juntas tantas y tan

magníficas obras de arte.

--Veo que os gustan, dijo el artista al notar la expresión de grata

sorpresa reflejada en los semblantes de ambos hidalgos. Lo cual me

prueba que no faltan ingleses capaces de apreciar tales fruslerías.

--Nunca lo hubiera creído posible, exclamó Roger. ¡Qué colorido, qué

perfilado! Admira, Gualtero, este Martirio de San Esteban; no parece

sino que tú ó yo podríamos coger esas piedras ahí pintadas.

--¿Pues y este ciervo, con la cruz que sobre su cabeza destella como una

aparición portentosa? Es perfecto; no he visto ciervos más naturales en

los bosques de Bere.

--Mira la hierba, de un verde claro, que parece movida por el viento.

¡Por vida de! Cuanto he pintado hasta la fecha ha sido juego de niños.

Este hombre debe de ser uno de aquellos grandes artistas de quienes me

hablaba el hermano Bartolomé allá en Belmonte.

Una expresión de profundo contento animó el cetrino rostro del artista

al oir aquellos espontáneos elogios. Su hija se había quitado el manto

que hasta entonces cubriera sus hombros y cabeza y los dos jóvenes

admiraron en ella uno de los tipos más acabados de la belleza italiana,

que muy pronto atrajo toda la atención y las miradas de Gualtero.

--¿Y qué me decís de esto? preguntó el anciano, desenvolviendo el

paquete que tantas zozobras le había proporcionado.

Era una lámina de vidrio en forma de hoja enorme y pintada en ella una

cabeza de admirables líneas, rodeada de resplandeciente aureola. Era tan

natural el colorido, tanta la verdad y la expresión del rostro, que

parecía imagen viva, mirando dulcemente á los ojos de Roger. Este

palmoteó, con el entusiasmo que la belleza produce siempre en todo

verdadero artista.

--¡Es un portento! exclamó; y me admira que hayáis arriesgado por las

calles una maravilla tan frágil como ésta.

--Confieso que fué grave imprudencia. ¡Un frasco de vino, Tita, pero del

mejor, del florentino! Sin vuestro auxilio no sé qué hubiera sucedido.

Examinad bien la tez; á mí mismo me resulta muchas veces demasiado

obscura, enrojecida por haberse caldeado los colores, ó pálida y falta

de vida. Pero aquí se ven latir las sienes y se siente correr la sangre

bajo esa piel bronceada. La pérdida de este trabajo hubiera sido para mí

una calamidad irreparable. Está destinado á la iglesia de San Remo y

esta tarde fuí con mi hija para ver si ajustaba bien en el marco de

piedra que allí lo espera. Me demoré más de lo que esperaba, cerró la

noche y ya sabéis lo que sucedió después. Pero vos también, hidalgo,

parecéis tener aficiones artísticas. ¿Sois pintor?

--Apenas me atrevo á responderos afirmativamente después de lo que aquí

he visto, contestó Roger. Criado y educado en el claustro, no fué tarea

muy difícil la de manejar los pinceles mejor que los otros novicios.

--Ahí tenéis colores, pinceles y cartón, dijo el viejo artista, y no os

doy vidrio porque eso requiere conocimientos especiales y bastante

tiempo. Os ruego que me déis una muestra de vuestro trabajo. Gracias,

hija mía. Llena los vasos hasta el borde.

Gualtero sostenía conversación animada y al parecer muy interesante con

la hermosa doncella, expresándose él en una mezcla de francés é inglés y

ella en graciosas frases franco-italianas, lo cual no les impedía

entenderse perfectamente. El artista examinaba atento su última y

maravillosa creación para ver si la pintura había sufrido algún rasguño

y en tanto Roger manejaba rápidamente los pinceles, hasta dejar

bosquejadas las facciones y el torneado cuello de bellísima mujer.

--¡Bravo! exclamó el maestro; sois pintor, no hay que dudarlo y podéis

llegar á serlo muy bueno. ¡Es la cara de un ángel!

--Decid más bien la cara de mi señora Constanza de Morel, exclamó

sorprendido Gualtero.

--Algo se le parece, á fe mía, dijo Roger un tanto confuso.

--¿Con que un retrato? Tanto mejor y más difícil. Joven, soy Agustín

Pisano, hijo del maestro Andrés Pisano y os repito que tenéis mano de

artista. Diré más; que si os quedáis en mi compañía os enseñaré el

secreto de la preparación de esos trabajos sobre vidrio que ahí véis; la

composición de los pigmentos y sus mezclas, cómo espesarlos, cuáles

penetran el vidrio y cuáles no, el caldeado y glaseado de las placas, en

fin, todos los detalles del oficio.

--Mucho me placería practicar y aprender con tan gran maestro, dijo el

doncel, pero mi deber me obliga á seguir á mi señor, por lo menos

mientras dure la guerra.

--¡Guerra, guerra! ¡Siempre lo mismo! exclamó Pisano. Y por consiguiente

llamáis héroes y grandes hombres á los que más destruyen y matan. _¡Per

Bacco!_ para hombres notables, de verdadero mérito, dignos de toda

gloria, los artistas que tenemos en Italia, los que edifican en lugar de

destruir, los que han creado las bellezas artísticas de mi noble Pisa,

los que ennoblecen á toda la nación, los Andrés Orcagna, Tadeo Gaddi,

Giottino, Stefano, Simón Memmi, maestros cuyos colores sería yo indigno

de mezclar. Y me ha tocado en suerte el contemplar con mis propios ojos

sus obras inmortales. He visto al anciano Giotto, discípulo á su vez del

gran Cimabue, con anterioridad al cual sostengo que no existía el arte

en Italia y hubo que importar artistas griegos para decorar la capilla

de los Gondi de Florencia. ¡Ah, señores, esos son los grandes hombres,

los bienhechores de la humanidad, cuyos nombres vivirán eternamente!

¡Qué contraste con vuestros soldados, que aspiran á la gloria asolando

comarcas enteras, recorriendo la tierra á sangre y fuego!

--Pues tengo para mí que tampoco están de más los soldados, observó

Gualtero. De otra suerte ¿cómo podrían esos artistas que nombráis

proteger y conservar los productos de su genio?

--De los cuales tenemos no pocos á la vista, agregó Roger. ¿Son todos

estos trabajos de vuestra mano?

--Todos. Notaréis que algunos están concluídos en diferentes placas, que

unidas forman cuadros de gran tamaño. Aquí en Francia tienen á Clemente

de Chartres y algunos otros artífices de mérito, dedicados á esta misma

clase de trabajos. Pero ¿oís? Ya suena otra vez el clarín bélico para

recordarnos que vivimos bajo la mano férrea del conquistador y no en las

regiones donde impera el arte.

--Señal es esa también para nosotros, dijo Gualtero al oir el toque de

los clarines. Bien quisiera yo permanecer aquí más largo tiempo, rodeado

de tantas cosas bellas--y al decirlo miraba con admiración á la ruborosa

Tita--pero fuerza es volver á nuestra posada y eso antes de que á ella

regrese el señor de Morel.

Renovaron Pisano y su hija las demostraciones de gratitud, prometieron

los escuderos repetir tan grata visita y habiendo cesado la lluvia, se

dirigieron éstos de la calle del Rey, donde vivía el artista italiano, á

la de los Apóstoles, en cuya esquina ostentaba su muestra la _Hostería

de la Media Luna_.

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 52 / 101 题