Recordará el lector que Gualtero y Roger se habían quedado en la
antecámara, donde no tardó en rodearlos animado grupo de jóvenes
caballeros ingleses, deseosos de obtener noticias recientes de su país.
Las preguntas menudearon:
--¿Sigue nuestro amado soberano en Windsor?
--¿Qué nos decís de la buena reina Felipa?
--¿Y qué de la bella Alicia Perla, la otra reina?
--El diablo te lleve, Haroldo, dijo un alto y fornido escudero, asiendo
por el cuello y sacudiendo al que acababa de hablar. ¿Sabes que si el
príncipe hubiera oído la preguntilla esa te podría costar la cabeza?
--Y como está vacía poco perdería con ella el buen Haroldo.
--No tan vacía como tu escarcela, Rodolfo. Pero ¿qué demonios piensa el
mayordomo? Todavía no han empezado á poner la mesa.
--¡Pardiez! En todo Burdeos no hay doncel más hambriento. Si las
espuelas de caballero y los ricos cargos se ganasen con el estómago,
serías ya lo menos condestable.
--Pues digo, que si se ganasen empinando el codo, Rodolfito mío, te
tendríamos de canciller hace años.
--Basta de charla, exclamó otro, y que hablen los escuderos de Morel.
¿Qué se dice por Inglaterra, mocitos?
--Probablemente lo mismo que al salir de ella vosotros, contestó picado
Gualtero. Sin embargo, tengo para mí que no se hablaba ya tanto como
cuando andaban por allí muchos parlanchines....
--¡Hola! ¿Qué quiere decir eso, moderno Salomón?
--Averiguadlo si podéis.
--Medrados estamos con el paladín éste, que todavía no se ha quitado de
los zapatos el barro amarillo de los breñales de Hanson y ya viene
tratándonos de parlanchines.
--¡Qué gente tan lista la de esta tierra, Roger! dijo Gualtero con
sorna, guiñando el ojo á su amigo.
--¿Cómo debemos tomar vuestras palabras, señor mío?
--Tomadlas por donde podáis sin quemaros, respondió Gualtero.
--¡Otra agudeza!
--Gracias por el cumplido.
--Mira, Germán, lo mejor será que lo dejes, porque el escudero de Morel
es más despierto y más listo de lengua que tú.
--De lengua, lo concedo. ¿Y de espada? preguntó Germán.
--Punto es ese, observó Rodolfo, que podrá esclarecerse dentro de dos
días, la víspera del gran torneo.
--Poco á poco, Germán, exclamó entonces un escudero de rudas facciones,
cuyo robusto cuello y anchos hombros revelaban su fuerza. Tomáis los
insultos de esta gente con asombrosa calma, y yo no estoy dispuesto á
que me llamen parlanchín sin más ni más. El barón de Morel ha dado
pruebas repetidas de lo que puede y vale, pero ¿quién conoce á estos
caballeritos? Este otro ni siquiera chista. ¿Qué decís vos á ello?
Al pronunciar estas palabras posó su pesada mano sobre el hombro de
Roger.
--Á vos nada tengo que deciros, respondió el doncel procurando
contenerse.
--Vamos, este no es escudero, sino tierno pajecillo. Pero descuidad, que
vuestras mejillas tendrán menos colorete y más bríos vuestra mano antes
de que volváis á guareceros tras el guardapié de vuestra nodriza.
--De mi mano puedo deciros que está siempre pronta....
--¿Pronta á qué?
--Á castigar una insolencia, señor mío, replicó Roger, airado el rostro
y centelleante la mirada.
--¡Pero qué interesante se va poniendo el querubín éste! continuó el
rudo escudero. Vamos á ver si lo describo: ojos de gacela, piel
finísima, como la de mi prima Berta, y unos buclecillos tan luengos y
tan rubios... Al decir esto, su mano tocó el rizado cabello de Roger.
--Buscáis pendencia....
--¿Y aunque así fuera?
--Yo os diría que lo hacéis como un patán, y no como hombre bien nacido.
Os diría también que en la escuela de mi señor no se aprende á buscar un
lance por medio de tan groseros modos....
--¿Y cómo habéis aprendido á hacerlo vos, modelo de escuderos?
--No siendo brutal ni insolente, sino dirigiéndome á vos, por ejemplo,
para deciros cortésmente: "He resuelto mataros y espero que me hagáis la
merced de designar hora y lugar donde podamos vernos cara á cara y
espada en mano." Y tratándose de un escudero comedido y digno de ese
nombre, me quitaría el guante, como lo hago ahora y lo dejaría caer á
sus pies; pero teniendo que habérmelas con un destripaterrones como vos,
se lo lanzaría á la cara!
Y con toda su fuerza arrojó el guante al rostro burlón del escudero.
--¡Lo pagaréis con vuestra vida! rugió éste, blanco de ira.
--Si podéis quitármela, repuso Roger con entereza.
--¡Bravo, muchacho! exclamó Gualtero. Tente firme.
--Se ha portado como debía y puede contar conmigo, agregó Norbury,
escudero de Sir Oliver.
--Tú tienes la culpa de todo esto, Tránter, dijo Germán. ¿No andas
siempre buscando pendencia á los recien llegados? Pues ahí la tienes.
Pero sería una vergüenza que el asunto pasase á mayores. El mozo no ha
hecho más que contestar á una provocación con otra.
--¡Imposible! exclamaron algunos. ¡Tránter ha recibido un golpe! Tanto
valdría quedarse con una bofetada.
--¿Pues y los insultos de Tránter? ¿No empezó él por poner su mano en
los cabellos del otro? dijo Haroldo.
--Habla tú, Tránter. Ha habido ofensa por ambas partes y bien podrían
quedar las cosas como están.
--Todos vosotros me conocéis, dijo Tránter, y no podéis dudar de mi
valor. Que recoja su guante y reconozca que ha hecho mal, y no volveré á
hablar del asunto.
--Mala centella lo parta si tal hace, murmuró Gualtero.
--¿Lo oís, joven? preguntó Germán. El escudero ofendido olvidará el
golpe si le decís que habéis obrado precipitadamente.
--No puedo decir tal cosa, declaró Roger.
--Tened en cuenta que solemos poner á prueba el valor de los escuderos
recien llegados, para saber si debemos de tratarlos como amigos. Vos
habéis tomado esa prueba como ofensa mortal y contestado con un golpe.
Decid que lo sentís, y basta.
--No llevéis las cosas á punta de lanza, dijo entonces Norbury al oído
de Roger. Conozco al tal Tránter, que no sólo es superior á vos en
fuerza física sino muy hábil en el manejo de la espada.
Pero Roger de Clinton tenía en las venas noble sangre sajona, y una vez
irritado era muy difícil aplacarlo. Las palabras de Norbury que le
indicaban un peligro acabaron de afirmarlo en su resolución.
--He venido aquí acompañando á mi señor, dijo, y en la inteligencia de
que me rodeaban ingleses y amigos. Pero ese escudero me ha hecho un
recibimiento brutal y lo ocurrido es culpa suya. Pronto estoy á recoger
mi guante, mas ¡por Dios vivo! no sin que antes me pida él perdón por
sus palabras y ademanes.
--¡Basta ya! exclamó Tránter encogiéndose de hombros. Tú, Germán, has
hecho todo lo posible para sustraerlo á mi venganza. Lo que procede es
solventar la cuestión en seguida.
--Lo mismo digo, asintió Roger.
--Después del banquete hay consejo de jefes y tenemos lo menos dos horas
disponibles, dijo un escudero de cabellos grises.
--¿Y el lugar del combate?
--Desierto está el campo del torneo, y en él podemos....
--Nada de eso; ha de ser dentro de los límites de este edificio donde
reside la corte. De lo contrario, recaería sobre todos nosotros la
indignación del príncipe.
--¡Bah! Conozco yo un lugar inmejorable para tales lances, á la orilla
misma del río. Salimos de los terrenos de la abadía y tomamos por la
calle de los Apóstoles. En tres minutos estamos allí.
--Pues entonces _¡en avant!_, dijo Tránter, echando á andar con gran
prisa, seguido de numerosos escuderos.
Á orillas del Garona había una pequeña pradera limitada en dos de sus
extremos por altos paredones. El terreno formaba rápido declive al
acercarse al río, muy profundo en aquel punto, y los únicos dos ó tres
botes visibles estaban amarrados á gran distancia. En el centro del río
anclaban algunos barcos. Ambos combatientes se despojaron prontamente de
sus ropillas y birretes y empuñaron las espadas. En aquella época no se
conocía la etiqueta del duelo, pero eran muy frecuentes los encuentros
singulares como el que describimos, y en ellos, así como en las justas,
habíase conquistado el escudero Tránter una reputación que justificaba
sobradamente la amistosa advertencia de Norbury. Roger no había
descuidado por su parte el diario ejercicio de las armas y podía
considerársele como tirador no despreciable, ya que no de los primeros.
Grande era el contraste que ambos combatientes presentaban: moreno y
robusto Tránter, mostraba el velludo pecho y la recia musculatura de
hombros y brazos, en tanto que Roger, rubio y sonrosado, personificaba
la gracia juvenil. La mayor parte de los espectadores preveían una lucha
desigual, mas no faltaban dos ó tres lidiadores expertos que notaban con
aprobación la firme mirada y los ágiles movimientos del doncel.
--¡Alto, señores! exclamó Norbury apenas se cruzaron las espadas. El
arma de Tránter es casi un palmo más larga que la de su adversario.
--Toma la mía, Roger, dijo Gualtero de Pleyel.
--Dejad, amigos, respondió el servidor de Morel. Conozco bien el peso y
alcance de mi espada y estoy acostumbrado á ella. Nada importa la
desigualdad. ¡Adelante, señor mío, que pueden necesitarnos en la abadía!
La desmesurada tizona de Tránter dábale, en efecto, marcada ventaja.
Bien separados los pies y algo dobladas ambas rodillas, parecía pronto á
precipitarse de un salto sobre su enemigo, al cual presentaba la punta
de su larga espada á la altura de los ojos. La empuñadura tenía una
guarda de gran tamaño que protegía bien mano y muñeca, y al comienzo de
la cruz, junto á la hoja, una profunda muesca destinada á recibir y
retener la espada del adversario y á romperla ó desarmarlo por medio de
un vigoroso movimiento de la muñeca. En cambio Roger tenía que confiar
por completo en su propia destreza; el arma que empuñaba, aunque del
mejor temple, era delgada y de sencilla empuñadura; una espada de corte
más que de combate.
Conocedor Tránter de las ventajas que le favorecían no tardó en
aprovecharlas y adelantándose de un salto dirigió á Roger una estocada
vigorosa, seguida de tremendo tajo capaz de cortarlo en dos; pero con no
menos rapidez acudió Roger al doble quite, aunque la violencia del
ataque le hizo retroceder un paso y aun así, la punta de la hoja enemiga
le desgarró el justillo sobre el pecho. Pronto como el rayo atacó á su
vez, mas la espada de Tránter apartó violentamente la suya y continuando
su giro descargó otro tajo terrible, que si bien fué parado á tiempo,
sobrecogió á los espectadores amigos de Roger. Pero el peligro parecía
atraer á éste, que contestó con dos estocadas á fondo, rapidísimas, la
segunda de las cuales apenas pudo parar Tránter, y al trazar el quite su
espada rozó la frente de Roger, tanto se había aproximado éste. La
sangre brotó abundante y cubrió su rostro, obligándole á retroceder para
ponerse fuera del alcance de su enemigo, quien se detuvo por un momento
respirando agitadamente, mientras los testigos de aquella lucha rompían
el silencio que hasta entonces guardaran.
--¡Bien por ambos! exclamó Germán. Sois tan valientes como diestros y
aquí debe terminar esta contienda.
--Con lo hecho basta, Roger, dijo Norbury.
--¡Sí, sí! exclamaron otros; se ha portado como bueno.
--Por mi parte, no tengo el menor deseo de matar á este doncel, si se
confiesa vencido, dijo Tránter enjugando el sudor que bañaba su frente.
--¿Me pedís perdón por haberme insultado? le preguntó Roger súbitamente.
--¿Yo? No en mis días, contestó Tránter.
--¡En guardia, pues!
Los relucientes aceros chocaron con furia. Roger cuidó de adelantar
continuamente, impidiendo al enemigo el libre manejo de su larga tizona;
alcanzóle ésta levemente en un hombro y casi al mismo tiempo hirió él
también á Tránter en un muslo, pero al elevar su espada para dirigirle
otro golpe al pecho, la sintió firmemente trabada en el corte hecho con
ese objeto en la hoja del contrario. Un instante después se oyó el ruido
seco que hacía la espada de Roger al romperse, quedándole tan sólo en la
mano un pedazo de hoja de no más de tres palmos de largo.
--Vuestra vida está en mis manos, exclamó Tránter con triunfante
sonrisa.
--¡Teneos! ¡se rinde! exclamaron á una varios escuderos.
--¡Otra espada! gritó Gualtero.
--Imposible, dijo Rodolfo; sería contra todas las reglas del duelo.
--Pues entonces, Roger, tirad al suelo ese trozo de espada, aconsejó
Norbury.
--¿Me pedís perdón? repitió Roger dirigiéndose á Tránter.
--¿Estáis loco? contestó éste.
--¡Pues en guardia otra vez! gritó Roger, renovando el ataque con vigor
tal que compensó la pequeñez de su arma.
Había notado que la respiración de Tránter era fatigosa y se propuso
hostigarle y cansarle, haciendo valer la propia agilidad. Su adversario
paraba como podía aquel diluvio de golpes, atisbando la oportunidad de
acabar el combate con uno de sus mortales tajos; mas ni la corta
distancia á que de propósito se mantenía Roger, ni la prontitud de los
movimientos de éste le permitían usar su larga espada con ventaja. Pero
Tránter, duelista experto, sabía que era imposible sostener dos minutos
más aquel ataque violentísimo y fatigoso cual ninguno y que muy pronto
cedería el nublado de golpes que caían sobre su espada con rapidez
vertiginosa. Así sucedió, en efecto; el cansancio paralizaba ya el brazo
de Roger, su adversario comprendió que había llegado el momento de dar
un golpe decisivo y oprimiendo con fuerza el puño de su acero, saltó
hacia atrás para ganar el espacio que necesitaba.... Aquel movimiento
salvó á Roger; su adversario había retrocedido sin cesar desde la
renovación del combate y llegado sin saberlo á la misma orilla. Al
retroceder una vez más le faltó pie y se hundió en las aguas del
Garona.
Con una exclamación general de sorpresa precipitáronse todos en auxilio
de Tránter, que había desaparecido por completo en las profundas y
heladas aguas del río. Dos veces apareció sobre ellas su angustiado
rostro y en vano procuró asir los cintos, espadas y ramas que sus
compañeros le tendían. Roger había lanzado al suelo su rota espada y
contemplaba aquella dolorosa agonía con profunda lástima. Todo su furor
habíase disipado como por encanto. En aquel momento apareció por tercera
vez sobre las aguas el rostro contraído del escudero; su mirada se cruzó
con la de Roger y éste, incapaz de resistir aquella muda apelación,
apartó violentamente á un escudero que delante tenía y se lanzó al
Garona.
Nadador experto, pocas brazadas bastaron para llevarle junto á su
adversario, á quien asió por los cabellos. Pero la corriente era
poderosa y muy pronto comprendió el animoso doncel la dificultad de
sostener á flote el cuerpo de Tránter y nadar al propio tiempo hacia la
orilla. Á pesar de los más vigorosos esfuerzos no parecía ganar una
línea. Dió con desesperación algunas brazadas más y un grito de júbilo
de cuantos estaban en tierra le anunció que había salido de la peligrosa
corriente y llegado á un tranquilo remanso allí formado por una
proyección del terreno. Momentos después caía en su diestra mano la
extremidad del cinto de Gualtero, al que había anudado éste los de
algunos otros escuderos. Asiólo con fuerza, incapaz de seguir nadando un
momento más, pero sin soltar á Tránter. Los escuderos los sacaron del
agua en un tris, depositándolos casi exánimes sobre la hierba.
Tránter, que no había luchado como su adversario contra la impetuosa
corriente, fué el primero en salir de aquel letargo. Incorporóse
lentamente y contempló á Roger, que no tardó en abrir los ojos y en
sonreirse complacido al escuchar los elogios que todos á porfía le
prodigaban.
--Os estoy muy reconocido, señor mío, díjole Tránter, con no muy
amistoso acento. Sin vos hubiera perecido en el río, porque soy natural
de las montañas de Varén, donde se cuentan muy pocos que sepan nadar.
--No pido ni espero gracias, repuso Roger. Ayúdame á levantarme,
Gualtero.
--El río ha sido hoy mi enemigo, continuó Tránter, pero se ha portado
como bueno con vos, pues á él le debéis la vida que yo iba á
arrancaros....
--Eso estaba por ver, repuso Roger.
--¡Todo ha concluído! exclamó Germán, y más felizmente de lo que yo
creía. Lo que no ofrece duda es que este joven, cuyo nombre me dicen es
Roger de Clinton, ha ganado brillantemente el derecho de pertenecer al
muy honrado gremio de los escuderos de Burdeos. Aquí está vuestra
ropilla, Tránter.
--Y vos, Clinton, echaos esta capa sobre los hombros y venid cuanto
antes.
--Lo que más deploro es la pérdida de mi buena espada, que yace en el
fondo del río, suspiró Tránter.
--¡Á la abadía! exclamaron varios escuderos.
--¡Un momento, señores! dijo entonces Roger, que había recogido del
suelo su rota espada y se apoyaba en el hombro de Gualtero. No he oído á
este hidalgo retractar las palabras que me dirigió y....
--¡Cómo! ¿Todavía insistís? preguntó Tránter sorprendido.
--¿Y por qué no? Soy tardo en recoger las provocaciones, pero una vez
resuelto á obtener reparación la exijo mientras me quedan fuerzas y
alientos.
--_Ma foi_, pues bien pocos os quedan ya, exclamó Germán bruscamente.
Estáis blanco como la cera. Seguid mi consejo y dad por terminada la
cuestión, que no os podéis quejar del resultado.
--No, insistió Roger. Yo no provoqué esta querella, pero ya comenzada,
juro no partir hasta haber obtenido lo que vine á buscar ó perecer en la
demanda. No hay más que hablar; dadme vuestras excusas ó procuraos otra
espada y reanudemos el combate.
El joven escudero, pálido como un muerto, extenuado con el tremendo
esfuerzo que acababa de hacer para salvar á su enemigo y con la pérdida
de sangre que manchaba su hombro y su frente, probaba sin embargo con su
actitud, sus palabras y su acento que lo animaba una resolución
inquebrantable. El mismo Tránter admiró aquella energía invencible y
cedió ante la gran fuerza de carácter que acababa de demostrar el joven
hidalgo.
--Puesto que á tal punto lleváis lo que debisteis de considerar como
inocente broma, me avengo á declarar que siento haberos dicho lo que
tanto os ofende, dijo Tránter en voz baja.
--Y yo deploro también la respuesta que á ello dí, repuso prontamente
Roger. Hé aquí mi mano.
--Y con esta van tres veces que suena la campana llamándonos á comer,
exclamó Germán mientras todos se dirigían en grupos hacia la abadía,
comentando las peripecias del combate. ¡Por Dios vivo! señor de Pleyel,
dad una copa de buen vino á vuestro amigo en cuanto lleguéis, porque
está transido, sin contar que ha tragado dos azumbres de agua. Confieso
que á juzgar por su aspecto no hubiera esperado de él tanta entereza.
--Pues yo declaro que el aire de Burdeos ha trocado á mi compañero en
gallo de pelea, porque jamás había salido del condado de Hanson joven
más apacible y modesto que él.
--¿Sí, eh? Pues también tiene fama de modesto y apacible como una dama
su señor el de Morel; y la verdad es que ni uno ni otro aguantan moscas.
¡Cáspita con el mozo!