ANTE EL DUQUE DE AQUITANIA

Aunque no de grandes dimensiones, la cámara del príncipe estaba

amueblada y decorada con tanto gusto como riqueza. En el testero, sobre

un estrado, dos regios sillones con dosel de terciopelo carmesí

esmaltado de flores de lis de plata. Sitiales tallados recubiertos de

damasco, tapices, alfombras y almohadones ricamente guarnecidos

completaban el mueblaje.

Ocupaba uno de los sillones del estrado un personaje de elevada estatura

y formas bien proporcionadas, pálido el rostro y cuya mirada algo dura

daba al semblante expresión un tanto amenazadora. Era éste Don Pedro de

Castilla. En el sillón de la izquierda se sentaba otro príncipe español,

Don Jaime, quien lejos de parecer aburrido como su compañero, mostraba

gran interés en cuanto le rodeaba y acogía con sonrisas y saludos á los

caballeros ingleses y gascones. Cerca de ambos y sobre el mismo estrado

ocupaba también un sitial más bajo el famoso Príncipe Negro, Eduardo,

hijo del soberano de Inglaterra. Vestido modestamente, nadie que no le

conociese hubiera soñado ver en él al vencedor de tantas y tan grandes

victorias, cuya fama llenaba el mundo. En su preocupado semblante se

reflejaba en aquellos momentos una expresión de enojo. Á uno y otro lado

del salón veíase triple fila de prelados y altos dignatarios de

Aquitania, barones, caballeros y cortesanos.

--Hé allí al príncipe, dijo Chandos al entrar. Los dos personajes

sentados detrás de él son los monarcas españoles para quienes, con la

ayuda de Dios y nuestro esfuerzo, vamos á conquistar respectivamente á

Castilla y Mallorca. Muy preocupado está Su Alteza, y no me asombra.

Pero el príncipe había notado su entrada y placentera sonrisa animó su

rostro.

--Innecesarios son esta vez vuestros buenos oficios, Chandos, dijo

levantándose. Estos valientes caballeros me son muy bien conocidos para

necesitar introductor. Bienvenidos á mi ducado de Aquitania sean Sir

León de Morel y Sir Oliver Butrón. No, amigos; doblad la rodilla ante el

rey mi padre en Windsor; á mí dadme vuestras manos. Bien llegáis, pues

cuento daros no poco que hacer antes de que volváis á ver vuestra tierra

de Hanson. ¿Habéis estado en España, señor de Butrón?

--Sí, Alteza, y lo que más recuerdo es aquella famosa y deliciosísima

olla podrida del país....

--¡Siempre el mismo, á lo que veo! exclamó el príncipe riéndose, lo

mismo que otros muchos caballeros. Pero descuidad, que una vez allí

trataremos de que obtengáis vuestro plato español favorito, preparado

con todas las reglas del arte. Ya ve Vuestra Alteza, continuó

dirigiéndose al rey Don Pedro, que no faltan entre nuestros caballeros

admiradores entusiastas de la cocina española. Pero, dicho sea en honor

de Sir Oliver, también sabe pelear con el estómago vacío. Bien lo probó

allá en Poitiers, cuando batallamos por dos días sin más alimento que

unos mendrugos de pan y unos tragos de agua cenagosa; y todavía recuerdo

cómo se lanzó en lo más recio del combate y de un solo tajo hizo rodar

por tierra la cabeza de un brillante caballero picardo.

--Porque se le ocurrió impedirme el paso á un carro cargado de víveres

que tenían los franceses, observó Sir Oliver, con gran risa de todos los

presentes.

--¿Cuántos reclutas me traéis? le preguntó el príncipe.

--Cuarenta hombres de armas, señor, contestó Sir Oliver.

--Y yo cien arqueros y cincuenta lanzas, dijo el señor de Morel; pero

cerca de la frontera navarra me esperan otros doscientos hombres.

--¿Qué fuerza es esa, barón?

--Una compañía famosa, llamada la Guardia Blanca.

Con gran sorpresa del barón, sus palabras fueron acogidas con unánime

carcajada. El mismo príncipe y los dos reyes extranjeros participaron de

la hilaridad general. El barón de Morel miró tranquilamente á uno y

otro lado, y fijándose por último en un fornido caballero de poblada

barba negra situado cerca de él y que se reía más ruidosamente que los

demás, se dirigió á él y tocándole el brazo le dijo:

--Cuando hayáis acabado de reíros no me negaréis la merced de una breve

entrevista, en lugar donde podamos entendernos cara á cara y espada en

mano....

--¡Calma, barón! exclamó Su Alteza. No busquéis querella al señor

Roberto Briquet, que tanta culpa tiene él como todos nosotros. La verdad

es que cuando entrasteis acabábamos de oir, y yo con enojo, noticias de

las fechorías cometidas por esa misma Guardia Blanca, tales y tántas que

juré ahorcar al capitán de esa compañía. Lejos estaba yo de hallarlo

entre los más valientes y escogidos de mis jefes. Pero mi juramento es

nulo, en vista de que acabáis de llegar de Inglaterra y ni sabéis lo que

ha hecho vuestra gente por aquí, ni es posible exigiros por ello asomo

de responsabilidad.

--Que yo sea ahorcado es cuestión de poca monta, señor, contestó al

punto el barón, si bien el género de muerte es menos noble de lo que yo

esperara. Pero lo esencial es que el príncipe de Inglaterra y modelo de

caballeros, no deje sin cumplir su juramento, por ninguna razón ni

pretexto....

--No insistáis, barón. Al oir hace poco á un vecino de Montaubán, que

nos refería los saqueos y depredaciones de esos foragidos, hice voto de

castigar duramente al que en realidad los manda hoy. Vos y el señor de

Butrón quedáis invitados á mi mesa y por lo pronto formáis parte de los

caballeros de mi séquito.

Inclináronse ambos nobles y siguiendo al señor de Chandos, llegaron al

extremo opuesto del salón, fuera de los apretados grupos de guerreros y

cortesanos.

--Muchos deseos tenéis de que os ahorquen, mi buen amigo, dijo Chandos,

y por vida mía, en tal caso lo mejor hubiera sido dirigiros al rey Don

Pedro, que no hubiera tardado en complaceros, atendido á que vuestra

Guardia Blanca se ha conducido en la frontera como una manada de lobos.

--No tardaré en meterlos en cintura, con el favor de San Jorge y una

buena cuerda para ahorcar á los más díscolos. Y ahora os ruego, noble

amigo, que me digáis los nombres de algunos de estos caballeros, pues

son muchas las caras desconocidas que me rodean. En cambio otras las

conozco desde que ciño espada.

--Mirad ante todo aquellos graves religiosos, inmediatos á los regios

asientos. Es uno el arzobispo de Burdeos y el otro el obispo de Agén.

Aquel caballero de la barba entrecana, que sin duda ha llamado vuestra

atención por su imponente figura y marcial aspecto, es Sir Guillermo

Fenton. Tengo la honra de compartir con él las funciones de la

Cancillería de Aquitania.

--¿Y los nobles situados á la derecha de Don Pedro?

--Son distinguidos capitanes españoles que han seguido al monarca en su

destierro, y entre ellos he de nombraros á Don Fernando de Castro, el

primero junto á las gradas, modelo de caballeros y tan hidalgo como

valiente. Frente á nosotros están los señores gascones, cuyo serio y

enojado aspecto revela el reciente disgusto que han tenido con Su

Alteza. El de elevada estatura y hercúleo cuerpo es Captal de Buch,

nombre que habréis oído con frecuencia, pues no hay en Gascuña más

famosa lanza. Habla con él Oliverio de Clisón, apellidado el

Pendenciero, pronto siempre á enconar los ánimos y atizar la discordia.

Una cuchillada en la mejilla izquierda os señalará al señor de Pomers, á

quien acompañan sus dos hermanos y les siguen en línea los señores de

Lesparre, de Rosem, de Albret, de Mucident y de la Trane. Tras ellos veo

numerosos caballeros procedentes del Limosín, Saintonges, Quercy, Poitou

y Aquitania, con el valiente Guiscardo de Angle en último término, el

del jubón púrpura y ferreruelo guarnecido de armiño.

--¿Qué de los caballeros situados á este lado del salón?

--Son todos ingleses, unos del séquito regio y otros, como vos,

capitanes de compañías auxiliares ó del ejército. Ahí tenéis á los

señores de Neville, Cosinton, Gourney, Huet y Tomás Fenton, hermano del

canciller Guillermo. Fijaos bien en aquel caballero de la nariz aguileña

y roja barba, que pone la mano sobre el hombro del capitán de moreno

rostro, dura mirada y modesto traje.

--Bien los veo, dijo el barón. Y juraría que ambos están más

acostumbrados á ceñir la armadura y repartir mandobles que á figurar

entre cortesanos en la regia cámara.

--Á otros muchos nos pasa lo mismo, Sir León, repuso Chandos, y bien

puedo asegurar que el mismo príncipe respira más á sus anchas en el

campo de batalla que en su palacio. Pero oid los nombres de aquellos dos

capitanes: Hugo Calverley y Roberto Nolles.

El señor de Morel se inclinó para contemplar á su sabor á tan famosos

guerreros; uno capitán de compañías auxiliares y guerrillero

incomparable; el otro paladín renombrado, que desde muy modesta posición

habíase elevado hasta ocupar el segundo lugar después de Chandos entre

las mejores lanzas inglesas, y conquistádose inmensa popularidad entre

los soldados de todo el ejército.

--Pesada mano la de Nolles en tiempo de guerra, continuó el señor de

Chandos. Á su paso por tierra enemiga deja siempre tras sí rastro

sangriento y en el norte de Francia llaman todavía "Ruinas de Nolles" á

los castillos desmantelados y pueblos destruídos que Sir Roberto dejó en

aquellas asoladas comarcas.

--Conozco su nombre y no me disgustaría romper una lanza con tan

principal y temido caballero, dijo el barón. Pero mirad, muy enojado

está el príncipe.

Mientras hablaban ambos nobles había recibido Guillermo el homenaje de

otros recién llegados y oído con impaciencia las propuestas de algunos,

por lo general aventureros, que ofrecían vender su espada y las

reclamaciones de no pocos negociantes y armadores de la ciudad,

perjudicados, según ellos, por los excesos de la soldadesca. De repente,

al oir uno de los nombres anunciados por el funcionario encargado de

presentar á los que solicitaban audiencia, levantóse apresuradamente el

príncipe y exclamó:

--¡Por fin! Acercaos, Don Martín de la Carra. ¿Qué nuevas y sobre todo

qué mensaje me traéis de parte de mi muy amado primo el de Navarra?

Era el recién llegado caballero de arrogante figura y majestuoso porte.

Su moreno rostro y negrísimos ojos, cabellos y barba indicaban su origen

meridional. Sobre el traje de corte llevaba luenga capa negra, de forma

y material muy diferentes de los usados en Francia é Inglaterra.

Adelantóse con mesurado paso y saludando profundamente, dijo:

--Mi poderoso é ilustre señor, Carlos, rey de Navarra, conde de Evreux y

de Champaña y señor del Bearn, me ordena saludar fraternalmente á su muy

amado primo Eduardo, príncipe de Gales, duque de Aquitania,

lugarteniente....

--¡Basta ya, Don Martín! interrumpió impacientemente el príncipe.

Conozco los títulos de vuestro soberano y ciertamente no ignoro los

míos. Decidme sin más preámbulos si se halla libre el paso por los

desfiladeros, ó si vuestro señor opta por faltar á la palabra que me dió

pocos meses há, en nuestra última entrevista.

--Mal podría el rey de Navarra faltar á su palabra, dijo el enviado

español con irritado acento. Lo único que mi ilustre soberano recaba es

la prolongación del plazo para el cumplimiento de lo pactado, así como

ciertas condiciones....

--¡Condiciones, aplazamientos! ¿Habla vuestro rey con el príncipe real

de Inglaterra ó con el preboste de una de sus villas? ¡Condiciones! Yo

se las dictaré bien pronto. Pero vamos á lo que importa. ¿Entiendo que

hallaremos cerrados los pasos de la cordillera?

--No, Alteza....

--¿Libres, entonces, y expedito el paso?

--No, Alteza, pero yo....

--¡Nada más digáis, Don Martín! Triste espectáculo en verdad el de tan

noble y respetable caballero abogando por causa tan mezquina. Sé lo que

ha hecho Carlos de Navarra, y cómo mientras con una mano recibía los

cincuenta mil soberanos de oro convenidos á cambio de dejarnos libre el

paso de la frontera, tendía la otra mano á Don Enrique el de Trastamara

ó al rey de Francia, recibiendo en ella rica compensación por

disputarnos la entrada. Pero juro por mi santo patrón que tan bien como

conozco yo á mi primo de Navarra me conocerá él á mí muy pronto.

¡Falso!...

--¡Señor, permitidme recordaros que si tales palabras fuesen

pronunciadas por otros labios que los vuestros, yo exigiría retractación

inmediata! dijo el de Carra, trémulo de indignación.

Don Pedro frunció el entrecejo y miró sañudo á su compatriota, pero el

príncipe inglés acogió aquellas palabras con aprobadora sonrisa.

--¡Bien, Don Martín! exclamó, ¡digno es de vos ese arranque! Decid á

vuestro rey que si cumple lo convenido entre nosotros, no tocaré una

piedra de sus castillos ni un cabello de sus súbditos; pero que de lo

contrario, os seguiré de cerca, llevando conmigo una llave que abrirá de

par en par cuantas puertas él nos cierre. Y ¡ay entonces de Carlos y ay

de Navarra!

Inclinóse después Su Alteza hacia los dos caudillos Nolles y Calverley,

que cerca tenía, y habló con ellos breves instantes. Ambos nobles

salieron inmediatamente de la cámara con altanero paso y gozosa sonrisa.

--Juro por los santos del Paraíso, continuó el príncipe, que así como he

sido aliado generoso, sabré ser también enemigo implacable. Vos,

Chandos, dad las órdenes oportunas para que el señor de la Carra sea

tratado y atendido cual lo merece por su rango y por sus prendas.

--Siempre bondadoso, observó Don Pedro.

--Aun con los que se le muestran tan altivos como acaba de hacerlo ese

enviado, añadió Don Jaime.

--Decid más bien que procuro ser siempre justo, repuso el príncipe

Eduardo. Pero aquí tengo noticias de interés para Vuestras Altezas; un

pliego de mi hermano el duque de Lancaster anunciándome su salida de

Windsor para traernos el refuerzo de cuatrocientas lanzas y otros tantos

arqueros. Tan luego mi esposa la duquesa recobre la salud, y espero que

no tardará mucho, emprenderemos nuestra marcha con la gracia de Dios,

para unirnos al grueso del ejército en Dax y poner á Vuestras Altezas en

posesión de sus estados.

Un murmullo de aprobación acogió aquellas palabras y el príncipe

contempló con satisfacción los rostros de todos aquellos capitanes,

ganosos de seguirle y distinguirse bajo sus banderas.

--El titulado rey de Castilla, Enrique de Trastamara, contra cuyas

fuerzas vamos á luchar, es un guerrero hábil y animoso y la campaña

proporcionará ocasión de conquistar lauros sin cuento. Á sus órdenes

tiene cincuenta mil soldados castellanos y leoneses, con más doce mil

hombres de armas de las compañías francesas que tiene á sueldo,

veteranos cuyo valor reconozco. También es un hecho la misión del sin

par Bertrán Duguesclín cerca del Duque de Anjou, para atraerlo á la

causa de Enrique y volver á España con tercios numerosos reclutados en

Bretaña y Picardía. Y probablemente lo hará como se propone, porque el

gran condestable es uno de los hombres de más prestigio y energía de

nuestra época. ¿Qué decís á ello, Captal? Duguesclín os venció en

Cocherel y esta campaña os ofrece la revancha.

El guerrero gascón acogió aquella alusión del príncipe con avinagrado

gesto y no hizo mejor gracia á los caballeros gascones que rodeaban á

Captal de Buch, pues les recordaba que la única vez que habían atacado á

las tropas francesas sin el auxilio de Inglaterra les había tocado en

suerte completa derrota.

--No es menos cierto, Alteza, dijo Clisón, que la revancha la hemos

obtenido ya, pues sin el concurso de las espadas gasconas no hubierais

hecho prisionero á Duguesclín en Auray, ni quizás roto las huestes del

rey Juan en Poitiers....

--Muy alto pretende picar el gallo gascón, y apenas levanta del suelo un

palmo, interrumpió un caballero inglés.

--Cuanto más pequeño el gallo mayores suelen ser los espolones, repuso

con fuerte voz Captal de Buch.

--Si no se los corta quien puede hacerlo, dijo el señor de Abercombe.

--Á osados y altaneros nos ganáis vosotros los ingleses, contestó el

capitán Roberto Briquet. Pero gascón soy, y vos, Abercombe, me daréis

cuenta de esas palabras.

--Cuando gustéis, dijo el otro volviéndole la espalda.

--Como vos me la daréis á mí, señor de Clisón, exclamó á su vez Sir

Vivián Bruce.

--Ocasión inmejorable, se oyó decir entonces al barón de Morel, para que

tan lucida lanza gascona como la del señor de Pomers me haga el honor de

cruzarse con la muy humilde mía.

Oyéronse en pocos instantes una docena de retos, que revelaban la mala

voluntad y los rencores existentes entre gascones é ingleses.

Gesticulaban furiosos los primeros, contestábanles los segundos con

impasible desprecio y en tanto el príncipe Eduardo los contemplaba en

silencio, secretamente complacido de presenciar aquella escena tan

conforme con su espíritu batallador. Sin embargo, la división entre sus

propios jefes ningún buen resultado podía darle y se apresuró á calmar

los ánimos.

--Haya paz, señores, ordenó extendiendo el brazo. Quienquiera de

vosotros que continúe tan tonta querella fuera de aquí, tendrá que darme

cuenta de ello. Necesito el concurso de todas vuestras espadas y no

permitiré que las volváis unos contra otros. Abercombe, Morel, Bruce

¿dudáis acaso del valor de los caballeros gascones?

--Eso no haré yo, contestó Bruce, pues demasiadas veces los he visto

pelear como buenos.

--Valientes son, sin duda, pero no hay temor de que nadie lo olvide

mientras tengan lengua para proclamarlo á todas horas, sin ton ni son,

dijo á su vez Abercombe.

--No os demandéis de nuevo, se apresuró á decir el príncipe. Si es de

gente gascona el decir en alta voz lo que piensan, tampoco falta quien

tache á los ingleses de fríos y taciturnos. Pero ya lo habéis oído,

señores de Gascuña; los mismos que acaban de tener con vosotros una

querella pueril os reconocen el valor y las dotes de todo honrado

caballero. Captal, Clisón, Pomers, Briquet, cuento con vuestra palabra.

--La tiene Vuestra Alteza, respondieron los gascones, aunque sin ocultar

que lo hacían de pésima gana.

--¡Y ahora, á la sala del banquete! prosiguió Eduardo. Ahoguemos hasta

el último recuerdo de esta contienda en unos cuantos frascos de buena

malvasía.

Volviéndose entonces hacia sus regios huéspedes, los condujo con toda

cortesía á los puestos de honor que les estaban reservados en la mesa

servida en la vecina estancia. Tras ellos siguieron los brillantes

caballeros de antemano invitados á la mesa del príncipe.

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 48 / 101 题