Un viernes por la mañana, el veintinueve de Diciembre, dos días antes
del de San Silvestre, ancló el _Galeón Amarillo_ frente á la noble
ciudad de Burdeos. Grandes fueron el interés y la admiración de Roger al
contemplar desde á bordo el bosque de mástiles, los numerosos botes que
cruzaban en todas direcciones y la hermosa ciudad extendida en forma de
media luna á orillas del río, con sus altas torres y la multitud de
edificios de arquitectura y colores variadísimos. Nunca en su tranquila
vida había visto ciudad de igual importancia, ni contaba Inglaterra, con
la sola excepción de Londres, otra que pudiera comparársele en extensión
y riqueza. Á Burdeos llegaban por aquella época los productos de todas
las fértiles comarcas bañadas por el Dordoña y el Garona; los tejidos
del sud, las pieles de Guiena, los vinos del Medoc, para exportarlos
después á Hull, Exeter, Dartmouth, Bristol ó Chester, en cambio de las
lanas y lanillas inglesas. En Burdeos se hallaban también los famosos
hornos de fundición y las forjas que habían dado á sus aceros universal
renombre y con los cuales se forjaban las espadas y lanzas mejor
templadas. Desde su galeón veía Roger el humo que despedían las altas
chimeneas de las fundiciones y la brisa le llevaba de cuando en cuando
el toque de los clarines que resonaba en las murallas de la plaza.
--¡Hola, _mon petit_! dijo Simón acercándosele. Hete ya escudero hecho y
derecho y en camino de calzarte muy pronto la espuela de oro, mientras
que yo soy y seré sargento instructor de arqueros y nada más. Apenas me
atrevo á seguir hablándote con la misma franqueza que cuando
trincábamos en los mesones de nuestra tierra. Sin embargo, todavía puedo
servirte de guía por estos rumbos, nuevos para tí y sobre todo en
Burdeos, cuyas casas conozco una por una, tan bien como conoce el fraile
las cuentas de su rosario.
--Demasiado me conocéis también á mí, Simón, para creer que pueda yo
menospreciar á un amigo como vos porque la fortuna parece sonreirme,
contestó el doncel poniendo una mano sobre el hombro del veterano.
Siento que hayáis pensado cosa semejante.
--No, camarada, ni pensarlo siquiera. Fué una prueba para ver si seguías
siendo el mismo, aunque no debí dudarlo un momento.
--¿Dónde estaría yo hoy, á no haberos conocido en la venta de Dunán?
Desde luego no hubiera ido al castillo de Monteagudo, ni sería escudero
de nuestro valiente capitán, y probablemente no hubiera visto nunca
á....
Aquí se detuvo ruborizándose, pero Simón no lo notó, absorto como estaba
con sus propios recuerdos.
--Buen mesón el del _Pájaro Verde_ ¿eh? ¡Por el filo de mi espada!
Peores cosas podría hacer que casarme con aquella ventera tan fresca y
rolliza, cuando me llegue el día de trocar este coleto y la cota de
malla por la ropilla de paño.
--Pues yo creía que habíais dado palabra de casamiento á una muchacha de
Salisbury.
--Á tres, amigo Roger, á tres. Y mucho me temo no volver jamás á aquel
pueblo, á fin de evitar un recibimiento más caluroso que el que pudieran
hacerme tres escuadrones franceses en Gascuña.... Pero mira aquella gran
torre donde flamea el estandarte de los leones de oro; es la bandera
real inglesa, con la divisa de nuestro príncipe. El edificio es la
abadía de San Andrés, y allí se hospeda con su corte hace más de un año.
--¿Y aquella otra torre gris?
--La iglesia de San Miguel, y á la izquierda la de San Remo. El caserón
inmediato es el palacio de Berland. Mira también esas fuertes murallas,
con tres poternas hacia el río y diez y seis en todo el circuito de
tierra.
--¿Y á qué el continuo sonar de tantos clarines?
--Mal puede ser otra cosa, cuando casi todos los grandes señores de
Inglaterra y Gascuña están aposentados detrás de esos muros y el que más
y el que menos quiere que el clarín á su servicio se oiga tanto y tan
frecuentemente como el de su vecino. Á fe mía que me recuerdan un
campamento escocés por la zambra que arman éstos con sus gaitas. Allí
avanza un grupo de pajes que van á dar de beber á los caballos. Cada uno
de esos corceles indica la presencia de un caballero en Burdeos, porque
tengo entendido que los hombres de armas y arqueros han marchado ya con
dirección á Dax.
--¡Simón! llamó el señor de Morel. Avisa á la gente que dentro de una
hora estarán aquí las lanchas y que lo tengan todo listo para el
desembarco.
El arquero saludó y se dirigió apresuradamente á proa. Sir Oliver no
tardó en reunirse á su amigo y ambos caballeros empezaron á pasear sobre
cubierta, observando y comentando la vista de la ciudad. Vestía el barón
un traje de terciopelo negro, con gorra redonda de igual material y
color, y sujeto á ésta el guante de la baronesa, cubierto en parte por
rizada pluma blanca. Con la modestia aparente del rico pero obscuro
traje contrastaban los brillantes arreos de Sir Oliver, vestido á la
última moda, con justillo, calzón y capa corta de terciopelo verde,
acuchilladas de rojo las mangas y con birrete rojo también y de gran
tamaño. Las puntas de su calzado, encorvadas _à la poulaine_, parecían
amenazar las piernas del rechoncho caballero.
--Una vez más nos vemos frente á esta puerta de honor que en tantas
ocasiones nos ha franqueado el paso á los campos del combate y de la
gloria, dijo el barón contemplando la ciudad con brillante mirada. Allí
ondea el pabellón del príncipe y justo es que ante todo le rindamos
homenaje. Ya veo dirigirse hacia aquí las lanchas que deben de
conducirnos.
--No es maleja la posada inmediata á la puerta del oeste, contestó el
glotón, y bien pudiéramos aplacar el hambre antes de ir á saludar al
príncipe, porque la mesa de éste, aunque cubierta de brocado y plata, no
es gran cosa para gentes de mi apetito, ni Su Alteza tiene la menor
simpatía por sus superiores....
--¿Sus superiores?
--En la mesa y con el tenedor en la mano, quiero decir. Dios me libre
de faltarle al respeto, pero le he visto sonreirse porque yo miraba por
cuarta vez al trinchante un día que nos sirvieron caza soberbia. Y en
cambio él me da lástima en la mesa, jugueteando con su cubilete de oro,
en el que bebe cuando más un poco de vino aguado. Y os recuerdo lo del
mesón, amigo, porque la guerra y la gloria no bastan á un cuerpo como el
mío, ni es cosa de estrechar el cinto por la prisa de saludar á Su
Alteza.
--Casi todas las naves cercanas á la nuestra ostentan el escudo de algún
noble, continuó el señor de Morel. Hé allí el de los Percy, é inmediatos
los de Abercombe, Moreland, Bruce y tantos otros. Extraño sería que de
tal reunión de bizarros caballeros no resultasen notables hechos de
armas. Aquí está nuestra lancha, Butrón, y si es vuestro parecer iremos
directamente á la abadía con nuestros escuderos, dejando á maese Golvín
al cuidado de armas y bagajes y de su desembarque.
Pronto quedaron instalados caballeros y escuderos en una de las lanchas
y sus caballos en una barcaza prevenida al efecto. Apenas llegó el barón
á tierra hincó la rodilla y elevó al cielo ferviente súplica. Después
sacó de su pecho un pequeño parche negro y poniéndoselo sobre el ojo
izquierdo lo ató firmemente, diciendo:
--¡Por San Jorge y por mi dama! Hago voto de no descubrir este ojo hasta
haber visto la tierra de España y realizado en ella un hecho de armas
que redunde en honra de mi patria y de mi nombre. Así lo juro sobre mi
espada y sobre el guante de mi dama.
--Al veros y oiros me siento rejuvenecer veinte años, Morel, le dijo su
amigo cuando hubieron montado y puéstose en camino hacia la Puerta del
Mar. Pero, por merced, si un caballero cegato como vos se quita
voluntariamente la mitad de la poca vista que le queda, no váis á
distinguir un arquero inglés de un capitán español. Paréceme que no
habéis andado muy cuerdo en la elección de vuestro voto.
--Sabed, señor caballero, repuso el barón con voz imperiosa, que siempre
veré lo bastante para distinguir la senda del deber y de la gloria,
camino en el cual no necesito guía.
--¡Medrados estamos, y no es mal humorcillo el que mostráis apenas
llegado á tierra de Francia! exclamó Sir Oliver. Pero á bien que si me
buscáis querella, y con vos no he de tenerla, aprovecharé la ocasión
para dejaros solo y visitar una vez más la _Cabeza de Oro_ aquí cercana,
cuyos guisos de perdices adobadas han dejado en mí eterna remembranza.
--No, amigo, dijo sonriente el barón. Nos conocemos y estimamos
demasiado para reñir por palabra más ó menos, como dos pajecillos.
Creedme, venid conmigo á saludar al príncipe y después buscaremos
alojamiento y mesa; aunque tengo para mí que verá con pesar á tan buen
servidor como vos trocar la mesa del príncipe por la de un figón. Pero
¿quién viene ahí? ¿No es ese caballero que nos saluda el señor Roberto
Delvar? ¡Dios sea con vos, buen Roberto! Y aquí está también De Cheney.
¡Qué grato encuentro!
Los cuatro caballeros continuaron juntos su camino, seguidos de Roger,
Gualtero y Juan de Norbury, escudero de Sir Oliver. Tras ellos iban Reno
y Verney, portaestandartes de Morel y Butrón. Norbury era un joven alto
y seco, que cabalgaba erguido y sin mirar á derecha ni izquierda, como
muy conocedor de la ciudad, donde ya había estado pocos años antes; pero
Gualtero y Roger, llenos de curiosidad, lo escudriñaban todo, paseantes,
calles, edificios y blasones, llamándose mutuamente la atención á cada
instante hacia cuanto les rodeaba. El joven de Pleyel no se cansaba de
oir la nueva lengua en que se expresaban los vendedores de los puestos
ambulantes y los grupos de gentes del pueblo.
--¿Pero has oído en tu vida cosa semejante? preguntaba á su compañero.
Lo raro es que no se les haya ocurrido aprender el inglés y hablar como
Dios manda, ahora que su tierra pertenece á la corona de Inglaterra. Y
¡por vida mía! que estas muchachas francesas valen un imperio. Mira esa
moza del zagalejo azul. ¡Vaya un palmito!
No es maravilla que el aspecto de la ciudad produjera profunda impresión
en los que la contemplaban por vez primera. Rica, populosa, animadísima,
Burdeos se hallaba entonces en su apogeo. Además de sus industrias,
armerías y gran comercio, las prolongadas guerras que habían arruinado á
tantas otras villas francesas la habían favorecido notablemente. En
Burdeos se acaparaba y se vendía inmenso botín, procedente de batallas,
saqueos y presas marítimas, cuyo producto en ella se gastaba casi
totalmente. Además, la numerosa corte del Príncipe Negro allí instalada
definitivamente, había atraído á multitud de nobles ingleses con sus
familias y servidores, elemento fastuoso cuyo entretenimiento, fiestas y
grandes gastos contribuían no poco á la prosperidad de la noble villa
del Garona. Sin embargo, la reciente acumulación de fuerzas numerosas
para la próxima expedición á España en auxilio de Don Pedro de Castilla
contra su hermano bastardo Don Enrique de Trastamara, había producido
gran escasez y carestía de provisiones y el Príncipe Negro acababa de
enviar la mayor parte de sus tercios y escuadrones á la comarca de Dax,
en Gascuña.
Frente á la abadía de San Andrés se abría una gran plaza que á la
llegada de nuestros caballeros estaba ocupada por multitud de gentes del
pueblo atraídas por la curiosidad, soldados, religiosos, pajes y
vendedores ambulantes. Algunos brillantes caballeros que se dirigían á
la morada del príncipe cruzaban la plaza á intervalos, separando con
dificultad los grupos de hombres, mujeres y chiquillos que se
precipitaban á su paso. Las enormes puertas de roble y hierro estaban
abiertas de par en par, indicando que el príncipe daba audiencia en
aquel momento; y una veintena de arqueros apostados frente al edificio
mantenía las turbas á debida distancia, no sin distribuir de cuando en
cuando cintarazos sendos entre los curiosos más osados. En el ancho
portal daban guardia dos caballeros armados de punta en blanco, calada
la visera y apoyados en sus lanzas; y entre ellos, sentado á una mesa
baja y atendido por dos pajes, se hallaba el secretario de Su Alteza,
encargado de anotar en el registro que delante tenía el nombre y títulos
de los nobles visitantes y en especial los de aquellos recién llegados á
la corte. Era aquel personaje hombre de avanzada edad, cuyos largos
cabellos y barba blancos le daban venerable aspecto, realzado por el
amplio ropaje de color púrpura que lo cubría hasta los pies.
--Ahí tenéis á Roldán de Parington, secretario regio, dijo el señor de
Morel. Pobre del que trate de engañarle ó de contradecir sus notas y
registros, porque es el hombre más versado que existe en asuntos
genealógicos y tiene en la memoria los títulos y blasones de cuantos
caballeros hay en Francia é Inglaterra y creo que también la historia
completa de sus alianzas y servicios. Dejemos aquí nuestros caballos y
entremos con los escuderos.
Llegados al portal y al secretario regio, halláronle en animado coloquio
con un joven y elegante caballero, muy deseoso al parecer de conseguir
entrada en la abadía.
--¿Os llamáis Marvel? decía Roldán de Parington. Pues me parece que no
habéis sido presentado aún.
--Así es, contestó el otro. Aunque sólo llevo veinticuatro horas en
Burdeos, no he querido diferir la presentación de mis respetos á Su
Alteza.
--Que no deja de tener otros muchos y muy graves asuntos á que atender.
Pero siendo Marvel por fuerza pertenecéis á los Marvel de Normanton, y
así lo veo en efecto por vuestro blasón: sable y armiño.
--Marvel de Normanton soy, afirmó el joven tras un momento de
vacilación.
--En tal caso vuestro nombre es Esteban Marvel, hijo primogénito del
barón Guy del mismo apellido, muerto recientemente.
--El barón Esteban es mi hermano mayor, confesó en voz baja el noble y
yo soy Arturo, el segundo de mi casa y de mi nombre.
--¡Acabáramos! exclamó el implacable secretario. Y siendo ello así
¿dónde está en vuestro escudo el crestón que lo denote? ¿Para cuándo es
la media luna de plata que debería de llevar vuestro blasón para indicar
que no es el del jefe de la familia, sino el de un segundón? Retiraos,
señor mío y no esperéis ser presentado al príncipe hasta tener vuestro
escudo de armas muy en regla.
Retiróse confuso el noble, siguióle con la vista el secretario y notó
casi en seguida el estandarte con las cinco rosas encarnadas que tan
orgullosamente portaba el veterano Reno.
--¡Por mi nombre! exclamó Parington. Huéspedes tenemos hoy aquí á
quienes no hay que preguntar si los abona nobleza de primer orden. ¡Las
Rosas de Morel! ¡Y digo, la cabeza de jabalí de los Butrón! ¡Ah!
Pendones son esos que podrán estarse aquí en fila, esperando turno, pero
que han figurado y figurarán siempre en primera línea en los campos de
batalla. ¡Bienvenidos, señores! ¡Qué alegría la del canciller De Chandos
cuando vea y abrace á sus predilectos compañeros de armas! Por aquí,
caballeros. Vuestros escuderos son sin duda dignos del renombre de sus
señores. Á ver las armas. ¡Hola! aquí tenemos á un Clinton, de la
antigua familia de Hanson y á uno de los Pleyel, rancia nobleza sajona.
¿Y vos? Norbury. Los hay en Chesire y también en la frontera de Escocia.
Corriente, señores míos; vuestra admisión y presentación tendrán efecto
al instante.
Los pajes abrieron una puerta inmediata que daba entrada á un amplio
salón, en el que nuestros caballeros hallaron congregados á otros muchos
nobles que como ellos esperaban audiencia. En el testero fronterizo á la
puerta de entrada había otra guardada por dos hombres de armas. Abríase
á intervalos para dar paso á un funcionario que nombraba en alta voz al
noble designado por el príncipe.
Butrón y Morel tomaron asiento y Roger no tardó en distinguir entre los
grupos de apuestos caballeros á uno que hacia él se dirigía y á quienes
todos saludaban con respeto y miraban con evidente interés. Muy alto y
delgado, blanco el cabello y blancos también los desmesurados bigotes
que caían laciamente hacia el cuello, parecía conservar por su mirada de
águila, la viveza de sus ademanes y la gracia de su paso todo el vigor
de la juventud. Tenía el rostro lleno de cicatrices, señal indeleble,
algunas de tremendas heridas, que lo desfiguraban por completo;
faltábale además un ojo, y con tantas averías hubiera sido imposible
reconocer en él al bizarro doncel que cuarenta años antes había sido el
encanto de la corte inglesa por su valor, su fama y su presencia y el
caballero predilecto de las damas. Pero entonces como después seguía
siendo el canciller De Chandos honra y prez de la nobleza del reino, una
de sus mejores lanzas y el más respetado de sus caballeros, el héroe de
Crécy, Chelsea, Poitiers, Auray y de tántos otros combates como años
contaba su larga y gloriosa vida.
--¡Ah, por fin os encuentro, corazón de oro! exclamó Chandos abrazando
estrechamente al barón de Morel. Tenía noticias de vuestra llegada y no
he parado hasta dar con vos.
--Grande es el placer que me causa volver á ver al amigo querido y al
modelo de caballeros, dijo Morel devolviendo el abrazo.
--Y por lo que veo, añadió riéndose el de Chandos, en esta campaña
seremos tal para cual, porque á mí me falta un ojo y vos os habéis
tapado uno de los vuestros. ¡Bienvenido, Sir Oliver! No os había visto.
Entraremos á saludar al príncipe cuanto antes, pero os prevengo que si
hace esperar á tales caballeros es porque está ocupadísimo. Don Pedro de
Castilla por una parte, el rey de Aragón por otra, el de Navarra, que
cambia de parecer de la noche á la mañana, y luégo el enjambre de
señores gascones, añadió bajando la voz, con sus interminables
pretensiones, todo contribuye á que el príncipe no tenga una hora suya.
¿Cómo dejasteis á mi señora de Morel?
--Bien de salud, pero entristecido el ánimo. Mucho me encargó que os
saludara en su nombre.
--Soy siempre su caballero y su esclavo. ¿Y vuestro viaje?
--No pudiera desearlo mejor, contestó el barón. La mar algo alborotada,
pero tuvimos la suerte de avistar unas galeras piratas, á las que
dijimos dos palabras.
--¡Siempre afortunado, Morel! Ya nos contaréis la aventura esa. Pero
ahora, dejad aquí á vuestros escuderos, seguidme de cerca y creo que el
príncipe no vacilará en recibiros fuera de turno, cuando sepa qué par de
veteranos ilustres están haciendo antesala.
Los señores de Morel y Butrón siguieron al de Chandos, saludando á su
paso entre los grupos de nobles á muchos antiguos compañeros de armas.