DEL COMBATE ENTRE EL GALEÓN AMARILLO Y LOS DOS PIRATAS.

El supuesto barco mercante y sus dos perseguidores se dirigían

rápidamente hacia el oeste, dejando al norte la costa de San Albano. No

se divisaba otra vela en todo el horizonte. Roger permanecía cerca del

timón, mirando las galeras enemigas y recibiendo de lleno en el rostro

la fuerte brisa del mar que agitaba su rizado cabello rubio. Digno

descendiente de tantos famosos guerreros sajones, su corazón latía con

violencia y hubiera deseado llegar á las manos con los piratas sin más

tardanza.

De pronto le pareció que una voz ronca le hablaba al oído, y volviéndose

prontamente dirigió al timonel una mirada interrogadora. El marino,

sonriente, señaló con el pie una gruesa saeta clavada profundamente en

un tablón á tres pasos de la cabeza de Roger. Pocos segundos después el

timonel cayó de bruces y Roger vió en su espalda el asta ensangrentada

de otra flecha. Inclinóse para levantar al infeliz y oyó el ruido de los

dardos que caían á bordo, semejante al que produce la lluvia de otoño

sobre las hojas secas del bosque.

--¡Redes de malla á popa! ordenó el barón.

--¡Y otro hombre al timón! dijo imperiosamente el capitán.

--Tú con diez arqueros entretén á los normandos, añadió el señor de

Morel dirigiéndose á Simón y que otros diez hombres de Sir Oliver hagan

lo mismo con los genoveses. No quiero revelarles todavía toda nuestra

fuerza.

Diez arqueros escogidos mandados por Simón se apostaron enseguida en el

lado de la popa por donde avanzaba el barco normando, y los tres

escuderos vieron con admiración la calma de aquellos veteranos en tales

momentos y la precisión con que obedecían las voces de mando, moviéndose

á la vez como si fueran un solo hombre. Sus compañeros, ocultos tras la

borda, no les escaseaban las chanzas y los consejos.

--Más alto, Fernán, más alto, que todavía no suben al abordaje. Pégate

al arco, Renato; no parece sino que le tienes miedo ó temes que la

cuerda te manche el coleto. Ten en cuenta el viento, y no desperdicies

flecha.

Entre tanto los dos pedreros enemigos habían tomado la ofensiva, bien

protegidos los servidores de ambas piezas por alta red de malla. La

primera piedra del genovés pasó silbando sobre las cabezas de los

arqueros y cayó al mar; la del pedrero normando mató un caballo y

derribó á varios soldados, otra abrió un boquete enorme en la vela del

_Galeón_ y la cuarta dió en el centro de la proa y rebotando, arrojó al

agua dos hombres de armas de Butrón. El capitán miró fijamente al barón.

--Se mantienen á distancia, dijo, porque nuestros veinte arqueros les

han causado grandes pérdidas. Pero nos van á matar mucha gente con sus

pedreros.

--Pues una estratagema para que se acerquen, y el barón dió brevemente

sus órdenes.

Trasmitidas que fueron éstas, los arqueros empezaron á caer como si la

artillería y las flechas de los piratas causasen en ellos grandes

estragos. Muy pronto no quedaron más que tres arqueros por banda y los

barcos enemigos se acercaron rápidamente, con las cubiertas llenas de

una turba horrible que lanzaba gritos de triunfo y blandía sables,

hachas, puñales y picas.

--Acuden como peces al cebo, exclamó el barón. ¡Á ellos, soldados, á

ellos! El estandarte aquí, á mi lado, y los escuderos á defenderlo.

Tened las anclas listas para lanzarlas á bordo de esos condenados.

¡Suenen los clarines y Dios proteja nuestra causa!

Una aclamación unánime le respondió y las bordas del barco inglés

aparecieron repentinamente cubiertas de proa á popa por una doble línea

de cascos. La turba enemiga lanzó gritos de rabia, sobre todo al recibir

el nublado de flechas que lanzaron los arqueros ingleses en el centro

de aquella abigarrada multitud, compuesta de hombres de todas cataduras

y colores, normandos, sicilianos, genoveses, levantinos y moros. La

confusión á bordo de ambos piratas fué espantosa y grande la matanza,

pues los arqueros lanzaban sus flechas y dardos desde lo alto del enorme

_Galeón_, que dominaba las cubiertas enemigas. Además, en aquella masa

compacta, pronta al abordaje del que creían ser punto menos que

inofensivo buque mercante, no se perdía una sola flecha y los piratas

caían á montones, muertos ó heridos. En tanto los hombres de armas

destinados al efecto habían lanzado dos anclas á bordo de los buques

enemigos, para impedirles la retirada y las tres naves quedaron unidas

por doble lazo de hierro, cabeceando pesadamente.

Entonces empezó una de esas luchas frenéticas, sangrientas y heróicas,

no referidas por ningún historiador, no cantadas por ningún poeta, de

las que no queda otra señal ni monumento que una nación poderosa y feliz

y una costa no devastada por las depredaciones que un tiempo la

asolaran.

Los arqueros habían limpiado de enemigos la proa y popa de ambas

galeras, pero los piratas éstos atacaron en gran número el centro del

_Galeón_, cayendo con furia por ambos costados sobre los marinos y

hombres de armas y luchando con ellos cuerpo á cuerpo, en confusión tal

que los soldados y marineros situados en las cofas no se atrevían á

lanzar dardos ni peñascos, temerosos de herir y aplastar á sus propios

compañeros. En aquella masa confusa de hombres sólo se veía el brillo de

sables y hachas que caían con ruido estridente sobre cascos y armaduras,

derribando ingleses, genoveses y normandos, en medio de una gritería

espantosa, de un tumulto indescriptible. El gigante _Cabeza Negra_,

cubierto de hierro y con una tremenda maza, anonadaba á cuantos se

ponían á su alcance; cada golpe de su maza derribaba una víctima. Por

estribor se había lanzado al abordaje con no menos ímpetu el genovés

Carleti, bajo de estatura, pero cuyos anchos hombros, robusto cuerpo y

membrudos brazos denotaban su fuerza. Á la cabeza de cincuenta italianos

escogidos y bien armados se abrió paso casi hasta el mástil del barco

inglés y los marinos se vieron cogidos como entre dos muros de hierro

por sus fieros asaltantes, dando y recibiendo la muerte sin pedir

cuartel.

Pero en aquel instante supremo les llegó el auxilio que tanto

necesitaban. El señor de Butrón con sus hombres de armas y el barón

seguido de sus escuderos, de Reno, Simón, Tristán de Horla y otros

veinte, se lanzaron como leones contra las turbas que por ambos lados

habían invadido la cubierta y abriéndose sangriento paso llegaron á lo

más recio de la lucha. Roger no se apartó de su señor un solo momento y

aunque mucho había oído de sus proezas, nunca hasta entonces había

tenido idea de su valor, de su calma en el combate y de la presteza de

sus movimientos. Saltaba de uno á otro pirata, derribándolos de una

estocada ó un tajo, parando los golpes que le asestaban con el escudo y

la espada y llevando el terror entre sus enemigos. Uno de sus golpes

alcanzó á Tito Carleti, hiriéndolo en el cuello y por fin el mismo

_Cabeza Negra_ resolvió concluir con aquel temible combatiente y

lanzándose á su encuentro alzó sobre él la pesada maza. Inclinóse el

barón para protegerse mejor con el escudo, al propio tiempo que paraba

los golpes del furioso genovés, pero en aquel instante resbaló en un

charco de sangre y cayó sobre cubierta. Roger atacó al gigante normando,

pero un golpe de la maza de éste hizo pedazos su espada y lo derribó

sobre un grupo de muertos y heridos. Iba _Cabeza Negra_ á repetir el

golpe, cuando sintió su muñeca cogida como con unas tenazas de hierro y

vió á su lado á Tristán, el hercúleo arquero, que doblando hacia atrás

el cuerpo del normando, haciendo gala de su increíble fuerza, acabó por

romperle el brazo y tenderlo cuan largo era sobre las tablas del puente.

Una vez derribado le puso el puñal al rostro por entre las barras de la

visera y el temible pirata permaneció inmóvil, único modo de evitar la

muerte que tan de cerca le amenazaba.

Desalentados los normandos con la pérdida de su jefe y acosados de

cerca, volvieron la espalda y abandonaron el _Galeón_, saltando

atropelladamente sobre la cubierta de su barco, donde empezaron á

diezmarlos las flechas de los arqueros ingleses y los peñascos que desde

las cofas les lanzaban los marinos. Además, unido firmemente el barco

pirata al _Galeón_ por el ancla de éste, pasaron á bordo del normando el

señor de Butrón y cincuenta veteranos, en persecución de los fugitivos.

Á estribor continuaba encarnizada la lucha. El genovés y sus secuaces

se defendían con vigor, retrocediendo paso á paso ante los furiosos

ataques del barón de Morel, Roger, Reno y sus arqueros. Carleti, ronco

de ira y de cansancio y cubierto de heridas de las que manaba la sangre

en abundancia, volvió á bordo de su buque con los piratas que le

quedaban, sin cesar de defenderse y perseguido por una docena de

ingleses que se lanzaron al abordaje de la galera. Entonces Carleti

abandonó de un salto á sus compañeros, corrió á lo largo de la cubierta

y regresando á bordo del _Galeón_ cortó de un tajo el cable del ancla

que retenía á su barco. Hecho esto saltó de nuevo sobre la cubierta de

su galera, cuyos remeros empezaron á impelirla y apartarla del _Galeón_.

--¡San Jorge nos asista! gritó Gualtero de Pleyel. ¡El barón está en la

galera, peleando con los genoveses! ¡Se lo llevan!

--¡Está perdido! gritó á su vez Froilán de Roda. ¡Saltemos, Gualtero!

Ambos jóvenes, de pie sobre la borda del _Galeón_, se lanzaron al

espacio. El desgraciado Froilán cayó sobre los remos de la galera pirata

y desapareció entre las olas; más afortunado Gualtero, alcanzó la

cubierta del barco enemigo y se unió á los compañeros del barón. Roger

quiso seguir á sus dos amigos en defensa de su señor, pero Tristán de

Horla se lo impidió á la fuerza.

--¿Cómo has de dar ese salto de muerte, muchacho, si apenas puedes

sostenerte en pie? le dijo. Tienes la cabeza llena de sangre.

--¡Mi puesto está al lado del barón! rugió Roger, forcejeando

inútilmente.

--Quédate aquí, te digo, y te quedarás á las buenas ó á las malas.

Necesitarías alas para llegar á la galera. Esta se alejaba gradualmente.

--¡Mirad qué valor, cómo se defienden, cómo atacan! continuó Tristán

siguiendo los detalles de la lucha á bordo del pirata. Los nuestros han

limpiado la popa de enemigos y adelantan, con el barón á la cabeza.

¡Bravo Simón, buen golpe! Reno se bate como un tigre. El genovés, aunque

bandido, es un valiente, no hay que dudarlo. Ha conseguido reunir á su

gente en la proa.... ¡Por la Cruz de Gestas, ya cayó un arquero, y otro!

¡Maldito Carleti! Pero allá va el barón, á dar cuenta de él. ¡Mira,

Roger!

--El barón ha caído....

--No, una de sus tretas. Ahí lo tienes otra vez, más brioso que nunca,

¡Qué espada! El jefe pirata retrocede, cae, atravesado de parte á parte.

¡Viva, viva! Los otros huyen, se rinden. Allá va Simón. ¡Por vida de! Ya

arría la bandera de la cruz roja, ya iza la de Morel, las cinco

rosas.... ¡Viva!

La muerte de Tito Carleti puso fin á toda resistencia y su galera,

cambiando de bordada, se dirigió de nuevo hacia el _Galeón_, saludada

por los gritos de entusiasmo de los soldados. El barón y Sir Oliver no

tardaron en reunirse sobre la cubierta del barco inglés, y retirada el

ancla que lo aferraba á la galera del normando, se hicieron las tres

naves á la vela, á corta distancia una de otra. Roger, más débil á cada

momento que pasaba, oyó con admiración la voz tranquila del capitán que

seguía mandando la maniobra con tanta calma como lo había hecho durante

el combate.

--No deja de tener averías bastante graves nuestro pobre _Galeón_, dijo

Golvín al señor de Morel apenas pudo hablarle. La borda destrozada, la

vela mayor hecha trizas. ¿Qué dirán los armadores cuando me presente con

su barco en tan triste estado?

--Lo triste sería, dijo el barón, que fueseis vos á sufrir por causa

mía, sobre todo después de la faena de hoy y de vuestro brillante

comportamiento. Nada, os lleváis esas dos galeras como prueba de la

jornada y que las vendan los armadores. Con el importe se reembolsarán

de los perjuicios que haya sufrido el _Galeón Amarillo_ y el resto que

lo guarden hasta mi regreso, para distribuirlo entre todos. No os

quejaréis de vuestra parte. Por la mía, debo á la Virgen del Priorato

una imagen de plata de diez libras por haberme otorgado la merced de

vencer y matar al pirata genovés, cuyo valor y pericia en el manejo de

las armas soy el primero en reconocer. ¿Y tú, Roger? ¿Herido?

--No es nada, dijo el doncel con voz débil, quitándose el casco que

conservaba claras señales de la poderosa maza del normando. Pero apenas

se hubo descubierto, la sangre inundó su rostro y cayó desvanecido.

--Pronto volverá en sí, dijo el noble después de examinarlo atentamente.

He perdido hoy un valiente escudero y mal puedo perder otro. ¿Cuántas

bajas hemos tenido, Simón?

--Nueve arqueros, siete marinos, once hombres de armas y vuestro

escudero el joven señor de Roda.

--¿Y el enemigo?

--Sólo queda con vida el jefe normando. Ahí está, bien agarrotado. Vos

dispondréis de él, señor barón.

--Ahórcalo sin tardanza. Hice el voto y hay que cumplirlo. Pero cuélgalo

de una verga de su propio barco, que tal fué mi promesa.

_Cabeza Negra_, aunque herido y con un brazo roto, se había mantenido de

pie junto á la borda, entre dos arqueros. Al oir las palabras del barón

se estremeció y su rostro se contrajo violentamente.

--¿Ahorcado, yo? exclamó en francés. ¿Muerte de villano, á mí?

--Pues según noticias, dijo el señor de Morel, vos ahorcabais á cuantos

caían vivos en vuestras manos, sin distinción de nobles ó plebeyos.

Además he hecho voto de colgaros.

--Soy señor de Andelys y corre por mis venas sangre real....

--Sois un pirata desalmado, replicó el barón volviéndole la espalda, á

tiempo que dos marineros asían á _Cabeza Negra_ y le echaban el dogal al

cuello.

Al sentir la cuerda hizo el jefe pirata un esfuerzo supremo y rompió las

ligaduras que ataban sus manos, derribó á uno de los arqueros que le

guardaban y asiendo por la cintura con su único brazo sano al marinero

que sujetaba la cuerda, lo levantó y se arrojó con él al mar.

--¡Se ha escapado! gritó Simón, corriendo hacia el punto de la cubierta

por donde había desaparecido _Cabeza Negra_.

--Decid más bien que ha muerto, repuso el capitán. Ambos se han hundido

en las aguas como un plomo.

--No me pesa, dijo el barón; que si bien no he podido cumplir mi voto,

el tal pirata se ha portado como valiente en la lucha, ha muerto como

tal y hubiera sido lástima ahorcarlo cual si se tratara de uno de esos

menguados que lo acompañaban.

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 42 / 101 题