Los soldados de Morel durmieron aquella noche en San Leonardo,
repartidos entre las granjas, graneros y dependencias de aquel poblado,
perteneciente, como tantos otros, á la rica abadía de Belmonte, que no
muy lejos quedaba. Roger volvió á ver con alegría el hábito blanco de
algunos religiosos allí aposentados y recordó conmovido sus años de vida
monástica al oir la campana de la capilla convocando á vísperas. Al
rayar el alba se embarcaron hombres de armas, arqueros y servidores en
anchas barcas que los esperaban en la ría del Lande y pasando frente al
pintoresco pueblo de Esbury llegaron á la rada de Solent y al puerto de
Lepe, donde debía de efectuarse su embarco en la galera del rey. En el
puerto vieron multitud de barcas y botes, y anclado á buena distancia un
buque de gran tamaño que se balanceaba sobre las espumosas olas.
--¡Dios sea loado! exclamó el barón. Nuestros amigos de Southampton han
cumplido su promesa y hé allí el galeón pintado de amarillo que nos
describían y ofrecían enviarnos á Lepe en sus últimas cartas.
--Amarillo canario, dijo Roger. Y á lo que parece, bastante grande para
recibir á bordo más soldados que semillas tiene una granada.
--De lo cual me alegro, observó Froilán, porque ó mucho me engaño ó no
haremos el viaje solos. ¿No véis allá á lo lejos, entre aquellas
casuchas de la playa, los colores de un gonfalón y el brillo de las
armas? Esos reflejos no proceden de remos de pescadores ni de ropilla de
villanos.
--Muy cierto es ello, contestó Gualtero. Mirad, allá va un bote lleno de
hombres de armas, con dirección á la nave. Tendremos compañía numerosa,
tanto mejor. Y por lo pronto nos dan la bienvenida; ved á los del pueblo
que vienen á recibirnos.
Grupos numerosos de hombres, mujeres y niños se dirigían al encuentro de
las barcas y agitaban desde la playa sombreros y pañuelos, lanzando
alegres exclamaciones y vitoreando al famoso capitán. Apenas saltaron á
tierra los arqueros de la primera barca, mandados por el sargento Simón,
se acercó á éste un obeso personaje ricamente vestido, que llevaba al
cuello gruesa cadena de oro de la que pendía sobre el pecho enorme
medalla del mismo metal.
--Sed bienvenido, alto y poderoso señor, dijo descubriendo una gran
calva y saludando profundamente á Simón. Sed bienvenido á nuestra ciudad
y aceptad nuestros humildes respetos. Dadme desde luego vuestras
órdenes, capitán ilustre, y decidme en qué puedo serviros, á vos y á
vuestra gente.
--Pues ya que tan atento lo ofrecéis, contestó Simón con sorna, por lo
que á mí toca me contentaré con un par de eslabones de esa cadena que
lleváis al cuello, que más gruesa no la he visto jamás, ni aun entre los
más opulentos caballeros de Francia.
--Sin duda os chanceáis, señor barón, repuso admirado el personaje, que
no era otro sino el corregidor de Lepe. ¿Cómo he de entregaros parte de
esta cadena, insignia del municipio de nuestra ciudad?
--Acabáramos, gruñó el veterano. Vos buscáis al barón de Morel, nuestro
valiente capitán, y allí lo tenéis, que acaba de desembarcar y monta el
caballo negro.
El corregidor contempló sorprendido al barón, cuya endeble apariencia
mal se avenía con la fama de sus proezas.
--Sois tanto más bienvenido, díjole después de repetir el respetuoso
saludo que antes había dirigido al taimado arquero, por cuanto esta leal
ciudad de Lepe necesita más que nunca defensores como vos y vuestros
soldados.
--¿Qué decís? Explicaos, exclamó el señor de Morel, esperando
atentamente la respuesta del funcionario.
--Lo que pasa, señor, es que el sanguinario pirata Cabeza Negra, uno de
los más crueles bandidos normandos, acompañado del genovés Tito Carleti,
ha aparecido últimamente por nuestras costas, saqueando, incendiando y
matando. Ni el valor de nuestro pueblo ni las vetustas murallas de Lepe
ofrecen protección suficiente contra tan temibles enemigos, y el día que
se presenten por aquí....
--Adiós Lepe, concluyó Gontrán el escudero, á media voz.
--¿Pero tenéis motivos para creer que atacarán vuestra villa? preguntó
el barón.
--Sin duda alguna. Las dos grandes galeras cargadas de piratas han
saqueado ya las vecinas poblaciones de Veymouz y Porland y ayer
incendiaron á Coves. Muy pronto nos tocará el turno.
--Pero es el caso, observó el señor de Morel poniendo su caballo en
dirección de las puertas de la ciudad, que el príncipe real nos espera
en Burdeos y por nada en el mundo quisiera verle en camino dejándome
rezagado. No obstante, os prometo dirigirme á Coves y hacer todo lo
posible para descubrir y castigar á esos bandidos por aquellas
cercanías, tratándolos de suerte que no piensen en nuevas expediciones
ni desembarcos.
--Mucho os agradecemos la oferta, repuso el magistrado, pero no veo cómo
podáis triunfar con vuestro único barco sobre las dos poderosas galeras
corsarias, al paso que con vuestros arqueros en los muros de Lepe fácil
os sería dar á los piratas una lección sangrienta.
--Ya os he dicho mis razones para no detenerme aquí. Y por lo que hace á
la desigualdad de fuerzas, creed que me infunde gran confianza el
aspecto de aquel galeón amarillo que allí me espera, y que con mi gente
á bordo no temeré los ataques de dos ni de tres barcos piratas. Hoy
mismo nos haremos á la vela.
--Perdonad, señor barón dijo entonces uno de los que acompañaban al
corregidor. Me llamo Golvín y soy capitán del _Galeón Amarillo_,
destinado á conduciros. Marino desde la infancia, he peleado á bordo de
barcos ingleses contra normandos y genoveses, bretones, españoles y
sarracenos, y os aseguro que la nave de mi mando es muy débil para
atacar corsarios. Lo único que conseguiréis si dáis con ellos será el
degüello de la mitad de vuestra gente y la perspectiva, para los que
sobrevivan, de ser vendidos como esclavos y pasar la vida remando en
galeras piratas ó moras.
--Pues no creáis, señor capitán, que me han faltado combates navales en
mi larga carrera de soldado, replicó el noble, y por lo mismo que el
castigo de esos bribones presenta dificultades tanto mayor es mi deseo
de vérmelas con ellos y sentarles la mano. Á pesar de vuestras palabras,
capitán, me parecéis marino experto y valeroso y creo que conmigo
ganaréis honra y provecho en esta empresa.
--He cumplido mi deber diciéndoos francamente lo que de ella opino, en
las condiciones en que váis á emprenderla, dijo Golvín, lisonjeado por
las palabras del barón. Pero ¡por Santa Bárbara! marino viejo soy y no
sé lo que es el miedo. Que nos hundamos ó no, contad conmigo. Á Coves os
he de llevar, y si á los amos del barco no les gusta el viaje, que
busquen otro capitán después del zafarrancho.
Tras el grupo de jefes y escuderos entraron en la población los soldados
de Morel, mezclados con multitud de gentes del pueblo en cuyos
semblantes se leía el contento que les causaba la llegada de aquellos
bizarros defensores. El tuno de Simón llevaba del brazo á dos robustas
muchachas, á las que juraba amor eterno, y entre las últimas filas
descollaba la elevada estatura de Tristán, en cuyo ancho hombro se
sentaba una chicuela pescadora de quince abriles, que un tanto asustada
asía con ambas manos el casco del gigante.
Pensativo cabalgaba el corregidor junto á su ilustre huésped y no notó
que un caballero de obesidad portentosa y rubicundo semblante se abría
paso entre las filas de curiosos y se dirigía precipitadamente á su
encuentro.
--¡Cómo se entiende, señor corregidor! gritó el recienllegado con
esfuerzo tal que se le amorató el rostro. ¿Dónde están las ostras y
almejas prometidas para la comida de hoy?
--Calmaos, Sir Oliver, dijo el magistrado. Es muy posible que mi
mayordomo y mi cocinero hayan olvidado los ostras ó no hayan podido
conseguirlas; pero no hay motivo para desesperarse por tal bicoca. No
faltará que comer.
--¿Bicoca? ¡Pues me gusta! Una comida sin ostras, sin una miserable
almeja. ¿Qué va á ser de mí? Nunca me hubierais convidado á vuestra
mesa....
--Vamos, quedaos siquiera un día sin ostras, amigo Oliver, exclamó el
barón riéndose, que si hoy habéis perdido vuestro plato favorito en
cambio volvéis á ver á un amigo, á un compañero de armas.
--¡Por San Martín! gritó el mofletudo personaje, olvidando toda su
cólera. ¡Vos, Sir León, el paladín del Garona! ¡Bienvenido seáis! Ah,
con vos se renueva la memoria de aquellos buenos tiempos. ¡Qué
aventuras, qué tajos y qué guerreros! ¿Os acordáis?
--Sí á fe mía. Felices días y gloriosos triunfos aquellos.
--Pero tampoco nos faltaron tribulaciones y pesares. ¿Recordáis lo que
nos pasó en Medoc?
--No sería gran cosa, buen Oliver; alguna escaramuza que tuvisteis y en
la que no tomé parte, pues recuerdo muy bien no haber desenvainado la
espada mientras en Medoc estuve....
--Siempre el mismo, furibundo Morel, fierabrás incorregible. No se trata
de dar ni recibir lanzadas y mandobles, sino de la calamidad
irremediable que nos sucedió en aquel figón, donde nos quedamos sin la
más apetitosa empanada de liebre que he visto en mi vida porque el bruto
del posadero, en lugar de sal, la llenó de azúcar. ¡Dios de justicia,
cómo olvidar tamaño desastre!
--¡Ja, ja, ja! Veo que también vos seguís siendo el mismo, Sir Oliver,
gastrónomo incomparable, cuyo apetito iguala á vuestro valor. ¡Oh, sí!
La posada de Medoc, en compañía de Lord Pomers y Claudio Latour, y
vuestra desesperación al ver perdido el guisado, y cómo perseguisteis al
mesonero espada en mano hasta la calle y quisisteis pegar fuego al
figón. ¡Ja, ja! Creedme, señor corregidor; mi amigo y compañero el noble
Oliver de Butrón es hombre peligroso cuando enristra la lanza y cuando
se queja su estómago, y lo mejor que podéis hacer es procurarle cuanto
antes esos mariscos que tanto anhela.
--Antes de una hora los tendrá en su plato, dijo el corregidor. Con la
alarma en que estamos no he podido pensar en nada y confieso que olvidé
por completo la promesa que hice anoche á vuestro noble amigo de
proporcionarle uno de sus platos favoritos. Pero supongo, señor de
Morel, que vos también honraréis mi pobre mesa.
--Mucho tengo que hacer todavía, contestó el barón, pues me propongo
embarcar á toda mi gente esta misma tarde. ¿Qué fuerza mandáis, Sir
Oliver?
--Cuarenta y tres hombres. Los cuarenta están borrachos perdidos y los
tres entre dos luces, pero los tengo á todos seguros á bordo.
--Pues bueno será que no beban un trago más, porque antes de que cierre
la noche me propongo darles tarea cumplida, lanzándolos con mi gente
sobre esos piratas normandos y genoveses de quienes habréis oído hablar.
--Y que llevan consigo buena provisión de caviar y finas especias de
Levante y otras golosinas apetitosas que me prometo gustar, dijo el
corpulento noble relamiéndose los labios. Sin contar el buen negocio que
puede hacerse con la venta de las especias sobrantes. Os ruego, señor
capitán, que cuando volváis á bordo mandéis á los marineros que echen un
cubo de agua sobre cuantos soldados de mi mando estén todavía
calamocanos.
Dejando á su noble amigo y á los personajes de la ciudad congregados
para el banquete, dirigióse el barón con su Guardia Blanca á la playa,
donde comenzó rápidamente el embarque de hombres, caballos y armas en
grandes barcas que los condujeron á bordo del galeón. Tanta prisa les
dió el barón y con tan buena maña los recibieron y acomodaron á bordo el
capitán y sus marinos, que se dió la señal de levar el ancla cuando el
señor de Butrón estaba todavía engullendo los delicados manjares que
cubrían la mesa del corregidor. No es de extrañar tanta presteza si se
recuerda que poco antes había embarcado el Príncipe Negro cincuenta mil
hombres en el puerto de Orvel, con caballos, artillería é impedimenta,
haciéndose la escuadra á la vela á las veinticuatro horas de comenzado
el embarque. En el último bote que dejó la playa de Lepe iban los dos
famosos capitanes, el barón León de Morel y el caballero Oliver de
Butrón, formando por su aspecto el mayor contraste imaginable. Seguíalos
otra barca llena de grandes piedras que el barón había ordenado llevar á
bordo. Poco después se hacía á la vela el enorme _Galeón Amarillo_,
enarbolando el pabellón morado con una imagen dorada de San Cristóbal en
su centro y saludado por las aclamaciones de la multitud que se agolpaba
en la playa. Más allá de Lepe se extendían los bosques de Hanson y tras
ellos las verdes colinas en línea no interrumpida, formando un paisaje
risueño y pintoresco.
--¡Juro por mis pecados que bien vale la pena de pelear y morir por
tierra tan hermosa! exclamó el barón, que de pie en la popa tenía fijos
los ojos en aquella costa fértil y poblada cual ninguna. Pero mirad
allí, Sir Oliver, entre aquellas rocas; ¿no os ha parecido ver á un
jorobado?
--Nada puedo ver, contestó el interpelado con melancólico acento, porque
con las prisas que vos nos dáis siempre que se trata de ir á romperse el
alma con alguien, tengo atragantada una ostra como el puño y no puedo
olvidar la botella de vino de Chipre que tuve que dejar sobre la mesa,
sin más que catarlo.
--Yo lo he visto, señor barón, dijo Froilán; el jorobado estaba sobre la
roca más alta, mirando nuestro barco, y desapareció de súbito.
--Su presencia confirma los buenos augurios que he observado hoy, repuso
el barón. Al dirigirnos á la playa cruzaron nuestro paso un religioso y
una mujer, y ahora divisamos un jorobado antes de perder de vista la
costa. Presagio dichoso. ¿Qué piensas tú de ello, Roger?
--No sé qué deciros, señor barón, contesto el doncel. Romanos y griegos,
con ser pueblos de gran ilustración, tenían completa fe en esos
augurios, pero no faltan entre los modernos pensadores y hombres de
ciencia muchos que consideran tales signos como vanos y pueriles.
--No diré yo tal, observó el señor de Butrón, recordando en aquel
momento otro de los desastres gastronómicos que tanto lamentaba. Los
presagios nunca fallan, y si no dígalo todo el ejército del príncipe
Eduardo, que allá en el paso de los Pirineos oyó de repente un trueno
formidable en medio del día, sin que una sola nube ocultase el azul del
cielo. Todos sabíamos lo que aquello significaba y que estábamos
amenazados de una gran calamidad; y en efecto, trece días después
desapareció de la puerta de mi tienda un soberbio cuarto de venado y mis
escuderos descubrieron que se habían agriado seis botellas de vino
bearnés que llevaba para mi mesa....
--Pues ya que de escuderos habláis, dijo el barón cuando cesó la risa
provocada por los recuerdos de Sir Oliver, debo decir á los míos que hoy
mismo tendrán brillante ocasión de acreditar su valor y de imitar el
ejemplo que les han dejado nobles antecesores. Id á la cámara,
muchachos, y traedme mi arnés; el señor de Butrón y yo nos armaremos
aquí, sobre cubierta, con vuestra ayuda. Después aprestaos vosotros, por
lo que pueda ocurrir y decid á los oficiales que tengan hombres y armas
dispuestos á la primera señal. ¿Quién de nosotros mandará en jefe, Sir
Oliver?
--Vos, amigo mío, vos. Yo soy guerrero viejo como vos y conozco mi
oficio, pero no puedo compararme con el gran capitán que fué un tiempo
escudero de Guillermo de Marny. Lo que hagáis estará bien hecho.
--Corriente y gracias. Vuestro pabellón ondeará en la proa y el mío á
popa. Os daré como vanguardia vuestros cuarenta hombres y otros tantos
arqueros míos. Cincuenta hombres más con mis escuderos formarán la
guardia de popa. Los demás en el centro y á los costados del barco, á
excepción de una docena armados de arcos y ballestas, que irán á las
cofas. ¿Qué os parece la distribución?
--Inmejorable. Pero aquí me traen mi armadura y el ponérmela es ya para
mí tarea larga y difícil.
Entretanto se notaba gran movimiento á bordo, los arqueros y hombres de
armas formaban en grupos sobre cubierta, examinando aquéllos sus arcos y
atendiendo á los consejos que les daban el sargento Simón y otros
veteranos, expertos en el manejo de la temible arma.
--Firmes, muchachos y que no se mueva nadie de donde yo lo ponga, iba
diciendo Simón de grupo en grupo. Mientras tengáis un buen arco en la
mano no hay pirata que se acerque. Y sobre todo, no olvidéis que en
cuanto se suelta una flecha ya debe estar la otra en la mano y en la
cuerda. Esta ha sido siempre la regla en la Guardia Blanca.
--Y digo yo, amigo Simón ¿no es también regla el dar á cada soldado
medio cuartillo de vino mientras espera á los piratas con el gaznate
seco? preguntó Tristán de Horla.
--Eso vendrá después, borrachín, pero ahora hay que ganarlo. Cada uno á
su puesto, que ó mucho me engaño ó apuntan por allí dos mástiles, tras
las Agujas de Coves.
Arqueros y hombres de armas se tendieron sobre cubierta, en cumplimiento
de las órdenes del barón. Cerca de la proa colgaba de una robusta lanza
el escudo de armas de Butrón, una cabeza negra de jabalí en campo de
oro, y en el centro de la proa Reno el veterano clavaba el estandarte
con las cinco rosas de Morel. Cubrían el centro de la nave los atezados
marinos de Southampton, gente aguerrida toda, armada con hachas de
abordaje, mazas y picas. Su jefe el capitán Golvín hablaba con el barón
á popa, escudriñando ambos el horizonte y vigilando el velamen y los dos
timoneles.
--Dad orden, dijo el barón, de que ningún soldado ni marino se deje ver
hasta que el clarín les mande tender los arcos. Conviene que esos
corsarios tomen al _Galeón_ por un barco mercante de Southampton que
huye al descubrir sus naves.
--¡Allí están! ¿No lo dije yo? exclamó el capitán volviendo apresurado
junto al barón después de transmitir su orden. Ved las dos galeras
balanceándose plácidamente en la bahía exterior de Coves, y mirad
también en tierra, hacia el este, la humareda que levantan sus últimos
incendios. ¡Ah, perros! Ya nos han visto; las lanchas de los
incendiarios se apartan de la costa á todo remo, dirigiéndose á sus
galeras, que Dios confunda. ¡Y qué multitud á bordo! Parece aquello un
hormiguero. Os repito, señor barón, que la empresa pudiera muy bien
resultar superior á nuestras fuerzas. Esos buques piratas son de primer
orden y sus tripulantes gente desesperada, que lucha hasta morir.
--Pues amigo, os envidio la buena vista que tenéis, contestó el señor de
Morel con imperturbable calma, guiñando sus ojillos irritados. Por lo
pronto, hacedme la merced de decir á la gente que hoy no se da cuartel á
nadie. Tratándose de esas fieras, no quiero prisioneros. ¿Tenéis á bordo
un sacerdote ó un religioso?
--No, señor barón.
--No importa. La Guardia Blanca se puede pasar sin ellos, porque los
tengo á todos bien confesados desde Salisbury y maldito si han tenido
ocasión de cometer fechorías desde que emprendimos la marcha. Pero á la
verdad, lo siento por el contingente de Vinchester que manda mi noble
amigo de Butrón, pues según noticias y señales, es gente díscola y la
han corrido en grande estos días. Á ver, dad orden de que recen todos un
padrenuestro y un avemaría mientras esperan la señal de ataque.
No tardó en oirse el prolongado murmullo de todas aquellas preces,
dichas con singular recogimiento por arqueros, marinos y hombres de
armas tan devotos como valientes. Muchos de ellos sacaron cruces y
reliquias que besaron fervientemente, tendidos sobre cubierta y sin
mostrarse al enemigo.
El _Galeón Amarillo_ había abandonado las aguas del Solent y se alejaba
de la costa á toda vela, cortando pesadamente las espumosas olas. En su
seguimiento se habían lanzado las dos naves piratas, pintadas de negro,
de corte estrecho y largo, que contrastaba con la mayor altura y rotunda
forma del galeón á que daban caza. Parecían dos lobos hambrientos en
seguimiento de su presa.
--Pero decidme, señor barón. Esos perros han visto ya el escudo y pendón
que llevamos á proa y popa y saben que tenemos dos nobles á bordo, dijo
Golvín.
--Ya había pensado yo en ello, pero no es de caballeros ni de jefes de
tropas reales el ocultar su presencia. Se dirán que os dirigís á Gascuña
y habéis recibido nobles pasajeros con destino al cuartel general de
nuestro príncipe. ¡Cómo acortan la distancia! Á juzgar por su aspecto y
el nuestro diríase que dos halcones se preparan á caer sobre inocente
paloma. Pero no es maravilla que nos alcancen tan pronto, con su triple
hilera de remos, al paso que nosotros sólo tenemos las velas. ¿Véis
alguna señal ó bandera á bordo de esos barcos?
--En la vela mayor del de la izquierda hay pintada una enorme cabeza
negra, respondió el capitán.
--Es la galera del cruel pirata normando y la primera vez que la ví fué
en Chelsea. También lo ví á él, _Cabeza Negra_, en medio del combate. Es
un gigante con la fuerza de seis hombres y los crímenes de sesenta sobre
la conciencia.
--Sólo á un bárbaro como él se le ocurriría entrar en combate con dos
infelices colgados de las vergas de su buque. ¿Los véis?
--Así es en efecto, replicó el barón. La Virgen de Embrún me concederá
la merced de ahorcarlo también á él dentro de pocas horas. ¿Qué insignia
es aquella en las velas del otro pirata?
--La cruz roja de Génova.
--Lo que prueba que tenemos allí al barbudo Tito Carleti, tan valiente y
casi tan malo como su compañero de piraterías. Ese genovés pretende que
no hay en el mundo arqueros ni soldados como los suyos y tenemos que
probarle lo contrario.
--Se lo probaremos, asintió el animoso capitán. Pero entre tanto, bueno
será que los arqueros y ballesteros escogidos de antemano suban á las
cofas disimulando su presencia y su número lo más posible. Las tres
anclas están ya en el centro del buque, con veinte pies de cable cada
una y sólidamente amarradas al palo mayor, con cuatro buenos marineros á
cargo de cada ancla. Según vuestras órdenes, diez hombres distribuídos á
lo largo de la cubierta, con pellejos llenos de agua, cuidarán de apagar
todo fuego que puedan producir las flechas incendiarias si las usan esos
bandidos. Las piedras están también en las cofas, y los arqueros se
encargarán de aplastar con ellas á cuanto grupo de piratas se les ponga
á tiro.
--Enviadles á más de las piedras cualquier otro objeto pesado que
tengáis á bordo, dispuso el barón.
--Pues en tal caso lo mejor será izarles á Sir Oliver, apuntó Gualtero.
--¡Brava ocasión para chanzas! dijo el señor de Morel, con mirada tal
que hizo temblar al escudero. Además, no se dirá que un servidor mío ha
hecho burla de un noble en mi presencia sin el debido correctivo.
Después de todo, continuó reprimiendo con trabajo una sonrisa, demasiado
sé que ha sido esa una chanza de muchacho, sin intención aviesa. Sin
embargo, Gualtero, debo á vuestro padre Carter de Pleyel el ordenaros
que procuréis refrenar la lengua.
--Ataque por babor y estribor á la vez, exclamó el capitán Golvín,
viendo separarse los dos barcos enemigos. El normando tiene á proa un
pedrero y se preparan á disparar.
--Á ver, Simón, tres arqueros, los mejores que tengas, ordenó el barón;
que elijan los arcos más poderosos que haya á mano y den una lección á
los artilleros apenas crean que no perderán sus flechas.
--¡Arnoldo, Renato y Jaime, á popa! exclamó enseguida el veterano. Una
sangría al primer babieca que toque aquel pedrero. Trescientos cincuenta
pasos, á lo sumo. Arnoldo, hijo mío, tú el primero y á ver si te luces.
¿Ves el canalla aquel con la gorra roja? Pues á ensartarlo, antes de que
disparen.
Los tres arqueros nombrados, fija la mirada en la proa del barco
enemigo, tendían lentamente la cuerda de sus enormes arcos, sin cuidarse
ya de si los veían ó no los piratas. El numeroso grupo que éstos
formaban se había apartado del pedrero, dejando solos junto á él á dos
hombres encargados de dispararlo. El de la gorra roja se inclinó para
apuntar, abrió los brazos y cayó de bruces con una flecha clavada en el
costado. Casi en el mismo instante recibió el otro pirata un dardo en la
garganta y otro en una pierna y quedó retorciéndose sobre cubierta.
Al grito de furor de los piratas respondieron las carcajadas de los
arqueros.
--¡Bien, muchachos! gritó Simón. Pero ocultaos de nuevo tras la borda,
porque veo que han resuelto aprovechar la lección y tienden red de malla
para protegerse contra nuestras flechas. Que nadie asome. No tardaremos
en oir silbar las piedras de esos jayanes.