AVENTURAS DE VIAJE

El barón permaneció algún tiempo cabizbajo; Froilán y Roger no iban

menos silenciosos y pensativos que él, pero el alegre Gualtero, que no

tenía penas ni amores, se entretenía en blandir la pesada lanza de su

señor, amenazando con ella á los árboles y dirigiendo grandes botes á

imaginarios enemigos, aunque cuidando mucho de que el barón no

advirtiese su belicosa pantomima. Iban á retaguardia de la columna, y á

veces oía Roger el paso acompasado de los arqueros y los relinchos de

los caballos.

--Venid á mi lado, muchachos, dijo el señor de Morel al pasar frente á

un cortijo, donde el camino se ensanchaba notablemente. Puesto que me

habéis de seguir á la guerra, bueno será que os diga cómo quiero ser

servido. No dudo que Froilán de Roda mostrará ser digno hijo de su

valiente padre, y tú, Gualtero, del tuyo, el noble señor de Pleyel.

Cuanto á Roger, recuerda siempre la casa á que perteneces y el honor que

te hace y los deberes que te impone la larga línea de los señores de

Clinton. No cometáis el error, muy común entre soldados, de creer que

nuestra expedición tiene por objeto principal el de obtener botín y

rescates, aunque ambas cosas puede y suele conseguirlas todo buen

caballero. Vamos á Francia, y á España según espero, en primer lugar

para sostener el brillo de las armas inglesas y en segundo término para

hacer famosos nuestro nombre y nuestro escudo, ventaja inmensa del

caballero sobre el villano. Y ese prestigio puede obtenerse no sólo en

combates y asedios sino en justas y duelos, para los cuales nunca falta

razón ó pretexto. Pero en tierra extraña ó en territorio enemigo ni

pretexto se necesita y basta desenvainar la espada é invitar

cortésmente á otro hidalgo á duelo singular. Por ejemplo, si

estuviéramos en Francia diría yo ahora á Gualtero que se dirigiese al

galope hacia aquel caballero que allí viene y que después de saludarlo

en mi nombre lo invitase á cruzar conmigo la espada.

--Pues no se llevaría mal susto el infeliz, exclamó Gualtero, que miraba

atentamente al desconocido. Como que es el molinero de Salisbury,

caballero en su mula bermeja y probablemente atiborrado de cerveza,

según costumbre.

--Por eso es que el escudero debe preguntar, en caso de duda, si el

pasante es ó no caballero. Yo he tenido muchas y muy interesantes

aventuras de viaje, y una de las que más recuerdo es mi encuentro á una

legua de Reims con un paladín francés con quien combatí cerca de una

hora. Rota su espada, me dió con la maza tan terrible golpe que caí

maltrecho y no pude despedirme como deseaba de aquel valiente campeón,

ni preguntarle su nombre. Sólo recuerdo que tenía por armas una cabeza

de grifo sobre franja azul. En parecida ocasión recibí en el hombro una

estocada de León de Montcourt, con quien tuve la honra de cruzar la

espada en el camino de Burdeos. Fué aquella nuestra única entrevista y

conservo de ella el más grato recuerdo, porgue mi enemigo se condujo

como cumplido caballero. Y no olvidemos al bravo justador Le Capillet,

que hubiera llegado á ser un gran capitán de las huestes francesas....

--¿Murió? preguntó Roger.

--Tuve la desgracia de matarlo en un delicioso bosquecillo inmediato á

los muros de Tarbes. Aventuras parecidas las hallábamos en todas partes,

en el Languedoc, Ventadour, Bergerac, Narbona, aun sin buscarlas, porque

á menudo nos esperaba un escudero francés, á la vuelta del camino,

portador de cortés mensaje de su señor para el primer caballero inglés

que quisiera aceptar el reto. Uno de ellos rompió tres lanzas conmigo en

Ventadour, en honor de su dama.

--¿Pereció en la demanda, señor barón? dijo Froilán.

--Nunca lo he sabido. Sus servidores se lo llevaron en brazos, aturdido,

desmayado ó muerto. Por entonces no cuidé de indagar su suerte porque yo

mismo salí de la lucha contuso y malparado. Pero allí viene un jinete

al galope, como si lo persiguiera una legión de enemigos.

El viento barría el camino, que en aquel punto formaba suave pendiente.

Al otro lado de una hondonada volvía á subir y se perdía en un

bosquecillo, entre cuyos primeros árboles desaparecía en aquel momento

la retaguardia de la columna. El jinete pasó junto á ésta sin detenerse

y empezó á subir la cuesta en cuya cima estaban el barón y sus

servidores, hostigando incesantemente á su caballo con espuela y látigo.

Roger vió que el corcel venía cubierto de polvo y sudor y que lo montaba

uno al parecer soldado, de duras facciones y con casco, coleto de ante y

espada. Sobre el arzón llevaba un paquete envuelto en blanco lienzo.

--¡Paso al mensajero del rey! gritó al acercarse.

--Poco á poco, seor gritón, dijo el noble atravesando su caballo en el

camino. También yo he sido servidor del rey por más de treinta años,

pero jamás lo he ido pregonando á voces.

--Estoy de servicio y llevo conmigo lo que al rey pertenece. Me impedís

el paso á vuestra costa....

--Entre mis muchas aventuras tampoco me ha faltado la de toparme de

manos á boca con bergantes que encubrían sus traidores designios

pretendiendo ser mensajeros de Su Alteza, insistió el señor de Morel.

Veamos qué credenciales os abonan.

--¡Á la fuerza, entonces! gritó el jinete echando mano á la espada.

--Si sois caballero, dijo el barón, continuaremos nuestra entrevista

aquí mismo. Si plebeyo, cualquiera de estos tres escuderos míos, aunque

de noble cuna, se dará por bien servido con castigar vuestra audacia.

El desconocido los miró airado y soltando el puño de la espada comenzó á

desenvolver apresuradamente el paquete que sobre el arzón llevaba.

--Yo no soy caballero ni escudero, dijo, sino antiguo soldado y ahora

servidor de la justicia de nuestro príncipe. ¿Queréis credenciales? Pues

aquí las tenéis; y presentó á los horrorizados caballeros una pierna

humana reciéncortada. Esta es la pierna de un ladrón descuartizado en

Dunán y que por orden del justiciero mayor llevo á Milton para clavarla

allí en un poste donde todos la vean y sirva de escarmiento.

--¡Peste! exclamó el barón. Hacéos á un lado con vuestra carga. Seguidme

al trote, escuderos, y dejemos atrás cuanto antes á este ayudante del

verdugo. ¡Uf! Os aseguro, continuó cuando estuvieron en la ladera

opuesta, que los montones de muertos en un campo de batalla no me causan

tanta repugnancia como una sola de esas carnicerías del cadalso.

--Pues á bien que no han faltado atrocidades en las guerras de Francia,

según los relatos de nuestros soldados, observó Roger.

--Cierto es, contestó el barón. Pero sabed que los mejores combatientes,

los verdaderos soldados, no maltratan jamás á un hombre vencido y

desarmado, ni degüellan y destrozan prisioneros, ni se encarnizan en los

débiles en el saqueo de una plaza. Esa tarea cruel se queda para los

cobardes y los viles, que por desgracia nunca faltan y para esas turbas

de merodeadores que van como buitres en seguimiento de las tropas y en

busca de fáciles presas. Si no me engaño, allí á la derecha del camino

hay una casa entre los árboles.

--Una capilla de la Virgen, dijo Froilán, y á su puerta un anciano

pordiosero.

El noble se descubrió y deteniendo su caballo á la puerta de la modesta

capilla, rogó en alta voz á la Reina de los Cielos que bendijese sus

armas y las de sus soldados en la próxima campaña.

--Una limosna, mis buenos señores, dijo entonces el mendigo, con voz

suplicante. Favoreced á este pobre ciego, que hace veinte años no ve la

luz del día.

--¿Cómo perdisteis la vista, abuelo? preguntó el barón.

--Entre las llamas de un incendio, que me quemaron toda la cara.

--Grande es vuestra desdicha, pero también os libra de ver no pocas

miserias, como la que acabamos de contemplar nosotros en este mismo

camino, dijo el señor de Morel, recordando la ensangrentada pierna del

ladrón descuartizado. Dale mi bolsa, Roger, y apresuremos el paso, que

nos hemos quedado muy atrás.

Roger se guardó muy bien de obedecer la orden de su señor y recordando

las instrucciones de la baronesa, tomó una sola moneda de la escarcela

encomendada á su cuidado y se la dió al mendigo, que la recibió

murmurando gracias y oraciones.

Desde una eminencia cercana vieron los viajeros el pueblo de Horla,

situado en el fondo de un valle y á cuyas primeras casas llegaba en

aquel momento la vanguardia de las fuerzas de Morel. Éste y sus

escuderos pusieron los caballos al galope y muy pronto alcanzaron las

últimas filas, á tiempo que se oyó una voz estridente y estallaron las

carcajadas de los soldados. El barón vió entonces un gigantesco arquero

que marchaba fuera de las filas y tras él una viejecilla diminuta,

vestida pobremente y con una vara en la mano, con la cual sacudía

vigorosamente las espaldas del arquero á cada pocos pasos, sin dejar de

reñirlo á gritos. La víctima de aquella novel ejecución hacía tanto caso

de los palos que recibía como si hubiesen sido dados en uno de los

robles del bosque.

--¿Qué es eso, Simón? preguntó el señor de Morel. ¿Qué atropello ha

cometido el arquero? Si ha ofendido á esa mujer ó apoderádose de su

hacienda, juro dejarlo colgado en la plaza del pueblo, aunque sea el

mejor soldado de mi compañía.

--No, señor barón, contestó el veterano esforzándose por contener la

risa. El arquero Tristán es de este pueblo de Horla y la mujer es su

madre, que le da la bienvenida á su manera.

--¡Yo te enseñaré, holgazán, perdido, gandul! gritaba la vieja

esgrimiendo la vara.

--Poco á poco, madre, decía Tristán, que ya no ando de vago sino que soy

arquero del rey y voy á las guerras de Francia.

--¿Con que á Francia, bribón? Más te valiera quedarte aquí, que yo te

daré toda la guerra que quieras, sin ir tan lejos.

--Eso no lo dudaré yo, buena mujer, dijo Simón, que ni franceses ni

españoles han de sacudirle el polvo como vos lo hacéis.

--¿Y á tí qué te importa, deslenguado? exclamó la viejecilla volviéndose

airada contra Simón. ¡Bonito soldado estás tú también, entrometido,

borrachín!

--¡Aguanta, Simón! dijeron los arqueos en coro, con gran risa.

--Dejadla en paz, camaradas, dijo Tristán, que ha sido siempre buena

madre y lo que la desespera es que yo he hecho mi santa voluntad toda la

vida, en lugar de trabajar como un forzado con los leñadores de Horla.

Ya es hora de decirnos adiós, madre, continuó, levantando á la endeble

mujer como una pluma y besándola cariñosamente. Quedad tranquila, que os

he de traer una saya de seda y un manto de terciopelo que ni para una

reina y decid á Juanilla mi hermana que también habrá para ella buenos

ducados de plata cuando yo vuelva.

Dicho esto regresó el arquero á las filas y continuó la marcha con sus

compañeros. La mujer se quedó lloriqueando, y al llegar junto á ella el

barón le dijo:

--¿Lo véis, señor? Siempre ha sido lo mismo; primero se metió á fraile

para holgazanear, y porque una mozuela no le quiso, y ahora se me marcha

á la guerra dejándome vieja y pobre, sin un alma de Dios que me traiga

un brazado de leña del monte....

--Consoláos, buena mujer, que con la protección de Dios él volverá sano

y salvo y no sin su parte de botín. Lo que siento es haber dado mi bolsa

á un mendigo allá en el bosque....

--Perdonad, señor, dijo Roger; todavía quedan en ella algunas monedas.

--Pues dádselas á la madre del arquero, ordenó el noble, poniendo al

trote su caballo, mientras Roger depositaba dos ducados en la mano de la

vieja, que olvidando su cólera invocó las bendiciones del cielo sobre el

barón, Tristán y sus compañeros.

Llegada la columna al río Léminton se dió la voz de alto para comer y

descansar, y antes de que el sol empezara su marcha hacia el ocaso

reanudaron la suya los soldados, entonando alegres canciones. Por su

parte el barón deseaba vivamente llegar al término de su viaje y á

tierra enemiga, para cruzar la espada y romper lanzas una vez más con

los adversarios de sus anteriores campañas. Pensando iba en ellas cuando

él y sus escuderos vieron venir por el camino á dos hombres que desde

luego llamaron toda su atención. El que iba delante era un ser raquítico

y deforme, cuyos alborotados cabellos rojos aumentaban el volumen de

una cabeza enorme; cruel y torva la mirada de los húmedos ojos, parecía

lleno de terror y tenía en la mano un pequeño crucifijo que alzaba en

alto, como mostrándolo á todos los pasantes. Iba tras él un sujeto alto

y fornido, con luenga barba negra, llevando al hombro una maza

claveteada que á intervalos alzaba sobre la cabeza del otro,

amenazándole de muerte.

--¡Por San Jorge, aventura tenemos! dijo el barón. Averigua, Roger, qué

gente es esa y por qué uno de los villanos así amenaza y espanta al

otro.

Pero no necesitó adelantarse el escudero, porque los dos hombres

siguieron andando y pronto llegaron á pocos pasos del barón. El que

llevaba el crucifijo se dejó caer entonces sobre la hierba y el otro

enarboló enseguida la pesada maza, con tal expresión de furor y odio que

en verdad parecía llegada la última hora del caído.

--¡Teneos! gritó el barón. ¿Quién sois y qué os ha hecho ese infeliz?

--No tengo que dar cuenta de mis actos á los viandantes que encuentro en

el camino, contestó secamente el desconocido. La ley me protege.

--No es esa mi opinión, dijo el noble, que si la ley os permite amenazar

con esa clava á un hombre indefenso, tampoco me ha de impedir á mí

poneros la espada al pecho.

--¡Por los clavos de Cristo, protejedme, buen caballero! exclamó en

aquel punto el del crucifijo, poniéndose de rodillas y tendiendo las

manos en ademán suplicante. Cien doblas tengo en el cinto y vuestras son

si matáis á mi verdugo.

--¿Cómo se entiende, tunante? ¿Pretendes comprar con oro el brazo y la

espada de un noble? Creyendo estoy, á fe mía, que eres tan ruin de alma

como de cuerpo y que tienes merecido el trato que recibes.

--Gran verdad decís, señor caballero, repuso el de la maza, que es éste

Pedro el Bermejo, salteador de caminos y con más de una muerte sobre la

conciencia, terror por muchos meses de Chester y toda la comarca. Una

semana hace que mató á mi hermano alevosamente, perseguíle con otros

vecinos míos y acosado de cerca se refugió en el monasterio de San Juan.

El reverendo prior no quiso entregármelo hasta que hube jurado respetar

la vida de este asesino mientras tenga en la mano el crucifijo que le

dió en prenda de asilo. He respetado mi juramento hasta ahora como buen

cristiano, pero también he jurado seguir al miserable hasta que caiga

rendido y matarlo como un perro, tan luego se le escape de las manos la

santa cruz que aun le protege.

El bandido rugió como una fiera, acercósele amenazante el otro con la

maza en alto y los espectadores de aquella escena los contemplaron algún

tiempo en silencio, alejándose después por el camino que llevaba la

columna.

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 38 / 101 题