DE CÓMO LA GUARDIA BLANCA PARTIÓ PARA LA GUERRA

El día de San Andrés, último de Noviembre, fué el designado para la

marcha. Á hora muy temprana comenzó el redoble de los atabales, que

llamaba á los soldados, seguido de los toques de clarín ordenando la

formación de la Guardia Blanca en el patio de honor de la fortaleza.

Desde una ventana de la armería contemplaba Roger el interesante

espectáculo; las filas de robustos arqueros y tras ellos el imponente

grupo de los hombres de armas, cubiertos de hierro é inmóviles sobre sus

caballos, que piafaban impacientes. Mandábalos el veterano Reno, de cuya

lanza ondeaba estrecho y largo pendón con las cinco rosas; frente á los

infantes, el arquero Simón, orgulloso de la magnífica compañía que tenía

á sus órdenes. Acudieron también al patio los sirvientes del castillo y

algunos hombres de armas que debían quedarse de guarnición en la

fortaleza y querían despedirse de sus amigos. Admiraba Roger el marcial

talante de la tropa, cuando le sorprendió un sollozo que oyó á su

espalda. Volvióse vivamente y vió con asombro á Doña Constanza, que

pálida y desfallecida se apoyaba en el muro de la habitación y procuraba

ahogar con un pañuelo posado sobre los labios los sollozos que agitaban

su pecho. Los hermosos ojos fijos en el suelo, estaban llenos de

lágrimas.

--¡Oh, no lloréis! exclamó Roger corriendo á su lado.

--Me hace daño la vista de todos esos valientes, cuando pienso en su

destino y en la suerte que á muchos de ellos aguarda.

--¡Quiera Dios que volváis á verlos á todos antes que transcurra un

año! No os aflijáis así, dijo el doncel atreviéndose á tomarle una mano.

--Quisiera poder partir yo también, añadió Constanza, mirándole á través

de sus lágrimas y sonriéndose tristemente. Pero en tiempo de guerra sólo

nos está permitido consumirnos de impaciencia entre los muros de una

fortaleza, hilando ó bordando, mientras que allá, en los campos de

batalla... ¡Ah, de qué sirvo yo en este mundo!

--¡Vos! exclamó Roger apasionadamente. ¡Vos sois un ángel del cielo, mi

único pensamiento, mi vida entera! ¡Oh, Constanza, sin vos no puedo

vivir, como puedo dejaros sin una palabra de amor! Desde que os ví por

vez primera todo ha cambiado para mí. Soy pobre y no de vuestra

alcurnia, aunque de origen noble, pero os ofrezco un amor acendrado, una

adoración constante y eterna. Decidme una sola palabra de afecto, ya que

no de amor y ella bastará para animarme y sostenerme en vuestra

ausencia, más mortal mil veces que todos los peligros de la guerra. Pero

¡ay de mí! os he atemorizado con mis palabras, ofendídoos quizás....

La conmovida doncella se había llevado las manos al pecho y por dos

veces trató de replicar, pero inútilmente. Al fin dijo con débil voz:

--Me habéis sorprendido, sí, mas no ofendido. Completo y súbito ha sido

el cambio realizado en vos. ¿No cambiaréis otra vez en la ausencia?

--¡Cruel! ¿Cómo dejar de amaros? ¡Por favor, una sola palabra de

esperanza, una mirada, para atesorarla como un bien supremo y saber que

puedo seguir adorándoos! No os pido juramento ni promesa.... Decidme

solamente que no me prohibís amaros, que algún día tendréis quizás una

palabra afectuosa para mí....

Mirábale la joven con dulzura, entreabiertos los labios por una ligera

sonrisa y á Roger le parecía oir ya la anhelada respuesta; pero en aquel

momento resonó en el patio del castillo una voz potente, seguida de gran

ruido de armas y pasos y el trote de los caballos. La columna se ponía

en marcha.

--¿Oís? exclamó la joven, erguida, brillante la mirada. Van á partir. Es

la voz de mi padre. Vuestro puesto está á su lado, desde este momento

hasta su regreso, hasta el regreso de ambos. Ni una palabra más, Roger.

Conquistad ante todo la estimación de mi padre. El buen caballero no

espera recompensa hasta después de haber cumplido su deber. ¡Adiós, y el

cielo os proteja!

El doncel, lleno de alegría al escuchar aquellas palabras, se inclinó

para besar la mano de su amada. Retiróla ésta prontamente, al sentir el

contacto de los ardientes labios de Roger y salió presurosa de la

habitación, dejando en manos del atónito y alborozado escudero el velo

blanco que en vano había solicitado Froilán de Roda como preciadísima

presea. Oyóse en aquel momento el chirrido de las cadenas que bajaban el

puente levadizo; los expedicionarios aclamaron á su jefe, que puesto al

frente de la columna había dado la voz de marcha y Roger, besando

fervorosamente el fino cendal, lo ocultó en el pecho y salió corriendo

al patio.

Soplaba un viento frío y el cielo empezaba á cubrirse de nubes cuando

los soldados de Morel tomaron el pendiente camino del pueblo. Á orillas

del Avón los esperaban casi todos los vecinos de Salisbury, que vieron

en primer lugar á Reno, vistiendo armadura completa, caballero en negro

corcel y llevando majestuosamente el pendón de su famoso capitán. Tras

él, de tres en fondo, doce veteranos de las grandes guerras, que

conocían la costa de Francia y las principales ciudades, desde Calais

hasta Burdeos, tan bien como los bosques y villas de su tierra natal, el

condado de Hanson. Iban armados hasta los dientes, con lanza, espada y

hacha de dos filos y llevaban al brazo izquierdo el escudo corto y

cuadrado que usaban los hombres de armas de la época.

Campesinos, mujeres y niños aclamaron con entusiasmo la bandera de las

cinco rosas y su arrogante guardia de honor. Seguíanla cincuenta

arqueros escogidos, robustos y de elevada estatura, que llevaban el

casco sencillo, la cota de armas y sobre ella el coleto blanco con el

rojo león de San Jorge y calzaban recios borceguíes anudados á la pierna

con luengas correa, todo lo cual constituía el equipo de los Arqueros

Blancos. Á la espalda la bien provista aljaba de cuero y el arco de

combate, arma la más terrible y mortífera de las conocidas hasta la

fecha y pendiente del cinto la espada, el hacha ó la maza, según la

elección de cada cual. Á pocos pasos de los arqueros iban los atabales

y clarines, cuatro en número, y tras ellos diez ó doce mulas con la

impedimenta de la pequeña columna, tiendas, ropas, armas de repuesto,

batería de cocina, provisiones, herramientas, arneses, herraduras y

demás artículos indispensables ó siquiera útiles en campaña. Un servidor

del barón conducía la blanca mula vistosamente enjaezada que llevaba las

ropas, armas y otros efectos de la propiedad del noble guerrero. Formaba

el centro de la columna un centenar de arqueros y cerraba la marcha el

resto de la caballería, es decir, los hombres de armas reclutados

recientemente, soldados escogidos todos ellos, aunque no veteranos como

sus compañeros de la vanguardia. Mandaba el grueso de los arqueros

nuestro amigo Simón y tras él, en primera línea, descollaba Tristán de

Horla, un Alcides con capacete, cota de malla, arco, flechas y maza

descomunal.

Apenas desembocó la columna en la calle del pueblo comenzó un fuego

graneado de chanzas, y menudearon las despedidas y los abrazos.

--¡Hola, maese Retinto! gritó Simón al ver la nariz amoratada del

tabernero. ¿Qué harás con tu vinagre y tu cerveza aguada, ahora que nos

vamos nosotros?

--Pues voy á descansar, porque tú y tus compañeros os habéis bebido

hasta la última gota de cuanto tenía en casa, excepto el agua.

--¡Tus toneles estarán enjutos, pero tu escarcela repleta, truhán!

exclamó otro arquero. Á ver si haces buena provisión para cuando

volvamos.

--Trae tú el gaznate ileso, que lo que es cerveza y vino no te faltarán,

arquero, gritó una voz entre la multitud, respondiéndole grandes

carcajadas.

--Estrechar filas, que aquí la calle es callejuela, ordenó Simón. ¡Por

vida de! Allí está Catalina, la molinerita, más preciosa que nunca. _¡Au

revoir, ma belle!_ Aprieta ese cinturón, Guillermo, ó el hacha te va á

cortar los callos. Y á ver si andas con un poco más de vida, moviendo

esos hombros y alta la cabeza, como sólo saben andar los arqueros

blancos. Y tú, Reinaldo, no vuelvas á sacudirte el polvo del coleto. ¿Si

creerás que vamos á alguna parada? Aguarda, hijo, que antes de llegar al

puerto estarás tan empolvado como yo, por mucho que te limpies.

Había llegado la columna á las últimas casas del pueblo cuando el señor

de Morel salió del castillo, caballero en el brioso _Ardorel_, negro

como el azabache y el mejor caballo de batalla de todo el condado.

Vestía el barón de terciopelo negro y birrete de lo mismo con larga

pluma blanca, sujeta por un broche de oro, y no llevaba más armas que su

espada, suspendida del arzón. Pero los tres galanos escuderos que le

seguían bien montados llevaban, además de sus propias armas, Froilán el

yelmo con celada de su señor, Gualtero la robusta lanza y Roger el

escudo blasonado. Junto al barón trotaba el blanco palafrén de su

esposa, pues ésta deseaba acompañarle hasta la entrada del bosque. La

buena baronesa no había querido confiar á nadie la tarea de elegir y

empaquetar cuidadosamente las ropas y efectos de su esposo; todo lo

había dispuesto ella misma, á excepción de las armas. Y eran de oir las

instrucciones que daba á Roger y á los otros escuderos, al encomendarles

la persona del barón.

--Creo que nada se ha olvidado, iba diciéndoles. Te lo recomiendo mucho,

Roger. La ropa va toda en esa caja, al lado derecho de la mula. Las

botellas de Malvasía en el cestillo de la izquierda; le prepararás un

vaso de ese vino, bien caliente, por las noches, para que lo tome antes

de acostarse. Cuida de que no permanezca horas y horas con los pies

mojados, porque lo que es él jamás se acuerda de tal cosa. Entre la ropa

va un estuchillo con las drogas más indispensables; y cuanto á las

mantas del lecho, han de estar bien secas, sobre todo en campaña....

--No os inquietéis por mí, dijo el barón riéndose al oir aquella

enumeración. Os agradezco en el alma vuestra solicitud, pero queréis que

mis escuderos me traten más bien como viejo achacoso que como soldado

aguerrido. ¿Y tú qué dices, Roger? ¿Por qué tan pálido? ¿No te alegra el

corazón, como á mí, el ver las cinco rosas sirviendo de enseña á tan

bizarros soldados?

--Ya te he dado la escarcela, Roger, continuó impávida la baronesa, para

evitar que tu señor se quede sin blanca desde los primeros días de

marcha. Mucho cuidado con el dinero. Los borceguíes bordados de oro son

exclusivamente para el día que el barón se presente á nuestro gracioso

soberano, ó al príncipe su heredero, y para las reuniones de los

nobles. Después los vuelves á guardar, antes de que el barón se vaya de

caza con ellos puestos y los destroce....

--Mi buena amiga, observó el señor de Morel, duéleme en el alma

separarme de vos, pero hemos llegado á los linderos del bosque y no

debéis ir más lejos. La Virgen os guarde á vos y á Constanza basta mi

regreso. Pero antes de separarnos, entregadme, os ruego, uno de vuestros

guantes, que lo quiero llevar al frente de mi casco en torneos y

combates, como prenda de la mujer amada.

--Dejad, barón, que yo soy vieja y nada hermosa y los apuestos señores

de la corte se reirían de vos si os proclamaseis paladín de tan pobre

dama....

--¡Oid, escuderos! exclamó el señor de Morel. Vuestra vista es mejor que

la mía, y quiero que si véis á un caballero, por noble y alto que sea,

menospreciar esta prenda de la dama á quien sirvo, le anunciéis

inmediatamente que tiene que habérselas con el barón León de Morel, á

caballo con lanza y escudo ó á pie con espada y daga, en combate á

muerte.

Dicho esto, recibió respetuosamente el guante que le tendía la baronesa

y lo aseguró en su gorra, con el mismo broche de oro que sostenía la

ondulante pluma. Despidióse después afectuosamente de la dama anegada en

lágrimas y poniendo su caballo al trote, seguido de los escuderos, tomó

el camino del bosque.

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 36 / 101 题