En todo el sur de Inglaterra comenzaron simultáneamente y con gran vigor
los preparativos de guerra. Las nuevas que Simón y otros emisarios de
los jefes del ejército en Francia habían llevado á la corte y á los
castillos del reino fueron recibidas con entusiasmo por nobles y
soldados, para quienes una nueva campaña en tierra ajena significaba
gloria y provecho. Seis años de paz tenían impacientes á millares de
veteranos que habían participado en las jornadas de Crécy, Nogent y
Poitiers y para quienes no existía perspectiva más risueña que la de
invadir el territorio de Francia ó España, mandados por el hijo de su
soberano, el famoso Príncipe Negro; y de uno á otro mar sólo se hablaba
de aprestos bélicos, de reclutamientos y de concentración de fuerzas en
los puntos de antemano señalados.
Cada villa, cada aldea preparó y facilitó su contingente sin tardanza, y
en todo aquel otoño y parte del siguiente invierno se oyó de continuo
por los caminos el toque de los clarines, el trotar de los caballos y el
paso acompasado de los infantes, arqueros, ballesteros y hombres de
armas, ya en compañías organizadas ya en grupos aislados, que de todas
partes se dirigían á éste ó aquel castillo ó puerto.
El antiguo y populoso condado de Hanson fué de los primeros en responder
al llamamiento con gran golpe de soldados. Al norte ondeaban los
estandartes de los señores de Brocas y Roche, el primero con la cortada
cabeza de sarraceno en el centro del escudo y el segundo con el
histórico castillo rojo de la casa de Roche, seguidos ambos por
numerosos combatientes. Los vasallos de Embrún en el este y los del
potentado Juan de Montague en el oeste se unieron en pocas semanas á las
fuerzas levantadas por los señores de Bruin, Liscombe, Oliver de Buitrón
y Bruce, procedentes de Andover, Arlesford, Chester y York y marcharon
al sur, en dirección de Southampton. Pero el más nutrido y brillante
contingente del condado fué el que se agrupó en torno del estandarte de
Morel, gracias á la fama del barón. Arqueros de la Selva de Balsain,
montañeses y cazadores de Vernel, Dunán y Malvar, hombres de armas
veteranos y bisoños y nobles caballeros ganosos de prestigio, dirigíanse
todos á Salisbury, desde las riberas del Avón hasta las del Lande, para
alistarse bajo la bandera de las cinco rosas gules de Morel.
Sin embargo, no era el barón uno de aquellos acaudalados magnates que
podían mantener en armas numerosa hueste, y con dolor se vió obligado á
despedir gran número de voluntarios, que buscaron otros jefes,
limitándose él á seguir las instrucciones que le había enviado su amigo
Claudio Latour, autorizándole para equipar cien arqueros y cincuenta
hombre de armas, que unidos á los trescientos veteranos de la Guardia
Blanca que quedaban en Francia, formarían un cuerpo cuyo mando podría
aceptar sin vacilación tan gran capitán como el barón de Morel. Con el
auxilio de Simón, nombrado sargento instructor, Reno y otros veteranos,
eligió cuidadosamente sus hombres y á mediados de Noviembre tenía ya
completa una fuerza escogida, cien de los mejores arqueros de Hanson y
cincuenta hombres de armas bien montados. Dos nobles amigos del barón le
encomendaron á sus hijos, jóvenes y apuestos caballeros llamados Froilán
de Roda y Gualtero de Pleyel, para que compartiesen con Roger de Clinton
los honores, peligros y deberes del cargo de escuderos.
Las piezas de armadura para los hombres de armas y la mayor parte de las
espadas, hachas y lanzas aguardaban á los soldados de Morel en Burdeos,
donde podían procurarse mejores y mucho menos costosas que en
Inglaterra; mas no así los grandes arcos de combate, en cuyo material y
buena construcción los armeros ingleses superaban á todos los demás.
También hubo que uniformar á hombres de armas y arqueros con el capacete
liso, cota de malla, blanco coleto sin mangas sobre la cota y con el
rojo león de San Jorge en el pecho, todo lo cual componía el uniforme de
la famosa Guardia Blanca que con tanto orgullo llevaba Simón Aluardo.
Soberbio aspecto presentaron las fuerzas de Morel cuando su veterano
capitán, montando su mejor caballo de batalla, les pasó revista final en
el gran patio del castillo. De los ciento cincuenta hombres la mitad por
lo menos habían sido soldados, algunos toda su vida; entre los reclutas
llamaba la atención el gigantesco Tristán de Horla, que cerraba la
marcha, llevando á la espalda su enorme arco de guerra.
El equipo de la compañía requirió algunas semanas y Roger y sus amigos
llevaban dos meses en el castillo cuando el barón anunció á su esposa
que todo estaba pronto para la marcha. Aquellos dos meses transformaron
por completo el porvenir de Roger, despertaron en él un sentimiento
desconocido y le hicieron más grata la vida. Entonces aprendió también á
bendecir la previsión de su padre, que le había permitido conocer algo
el mundo, antes de sepultarse para siempre en la soledad del claustro.
¡Cuán diferente le parecía entonces la vida, cuán exageradas las
palabras del Maestro de los novicios al describirle con los más negros
colores la manada de lobos, como él decía, que le esperaban para
devorarle apenas abandonase los muros protectores de Belmonte! Junto á
los criminales y depravados había hallado también hombres de corazón
valiente, amigos cordiales, un noble jefe cien veces más útil á su país
y á sus compatriotas que el virtuoso abad de Berguén, cuya vida
transcurría olvidada y monótona de año en año, en un círculo mezquino,
rodeado de aquellos monjes que rezaban, comían y trabajaban
sosegadamente, aislados del resto de los mortales y como si en el mundo
no hubiera más habitantes que ellos ni más horizontes que el de los
terrenos de la abadía. Su propio criterio dijo á Roger que al pasar del
servicio del abad al del barón, lejos de perder había efectuado un
cambio ventajoso. Cierto que su carácter apacible le hacía mirar con
horror las violencias de la guerra, pero en aquella época de órdenes
militares no era tan marcada como en nuestros días la separación entre
el religioso y el soldado, unidos entonces con frecuencia en una sola
persona.
En justicia á Roger debe decirse que antes de aceptar definitivamente la
oferta del barón meditó mucho y pidió consejo al cielo en sus oraciones;
pero el resultado fué que á los tres días eligió armas y caballo, cuyo
importe ofreció pagar con parte de lo que le correspondiese como botín
de guerra. Dedicó desde entonces largas horas al manejo de las armas, y
como sobraban buenos maestros y él era joven, ágil y vigoroso, no tardó
en dirigir su caballo y esgrimir la espada muy diestramente, mereciendo
palabras de aprobación de los veteranos y haciendo frente con su tizona
á Froilán y Gualtero, los otros dos escuderos de su señor.
Pero es casi innecesario decir que Roger tenía otra razón muy poderosa
para preferir la carrera de las armas y despedirse del convento. La vida
le ofrecía un atractivo irresistible, la presencia de la mujer amada. La
mujer, que allá en el claustro representaba la suma de todas las
tentaciones, peligros y asechanzas mundanales, el escollo que ante todo
debía evitar el hombre para perseverar en el buen camino, el ser á quien
los monjes del Císter no podían mirar sin pecado ni tocar sin exponerse
á los más severos castigos de la regla. En cambio Roger se veía
diariamente, una hora después de la de nona y otra antes de la oración,
en compañía de tres lindas doncellas, sus discípulas; y lejos de
parecerle la presencia de aquellas jóvenes cosa reprensible ni
pecaminosa, sentíase más dichoso que nunca al instruirlas, contestar á
sus preguntas ó sostener con ellas amena plática.
Pocas discípulas como Constanza de Morel. Á un hombre de más edad y
experiencia que Roger le hubieran sorprendido, é irritado quizás, sus
réplicas, las súbitas alteraciones de su carácter, la prontitud con que
se ofendía algunas veces y las lágrimas y protestas con que se sometía
otras á las indicaciones de su maestro. Si el objeto de la lección la
interesaba, seguía las explicaciones con entusiasmo sorprendente y
dejaba muy atrás á sus compañeras. Pero si el tema le parecía pesado y
árido, no había medio de atraer su atención ni de hacerle comprender ó
recordar lo explicado. Alguna que otra vez se rebelaba abiertamente
contra Roger, quien sin la menor irritación, con paciencia infinita,
continuaba su lección; poco después la rebelde discípula se arrepentía y
humillaba, acusándose á sí misma, avergonzada de la injusticia hecha á
Roger con su conducta. En cambio no permitía que sus otras dos
compañeras mostrasen el más leve indicio de desatención ó rebeldía; una
sola vez intentó Dorotea contradecir á Roger, y fué tanta la indignación
de Constanza y tales sus reproches, que la pobre niña abandonó la
habitación con los ojos llenos de lágrimas, lo que valió á Constanza la
más severa reprensión que jamás recibiera del joven profesor.
Pero pasadas las primeras semanas se notó la influencia de Roger, de su
paciencia y dignidad inalterables, en la conducta de la noble doncella.
Comprendía que la rectitud y la elevación de ideas de Roger eran un
ejemplo admirable y apreciaba los altos méritos del apuesto escudero. Y
Roger por su parte comprendía también que de día en día era mayor su
admiración por aquella adorable joven, cuya imagen y cuyo recuerdo no le
abandonaban un instante. Decíase también que era la única hija del barón
de Morel y que mal podía poner los ojos en ella el pobre escudero, sin
un puñado de plata con que pagar el caballo y las armas con que por
primera vez iba á buscar nombre y fortuna en la guerra. Pero su amor por
Constanza era su vida. Ninguna consideración, ningún obstáculo, podían
hacerle renunciar á él.
Era una hermosa tarde de otoño. Roger y su compañero Froilán de Roda
habían ido á Bristol para apresurar la terminación y entrega de la
última remesa de arcos de repuesto que el barón tenía encomendados á los
armeros de aquella ciudad. Acercábase el día de la partida. Los dos
escuderos, terminada su comisión, cabalgaban por el camino de Salisbury
y Roger notó con sorpresa el insólito mutismo de su compañero. Froilán
era un muchacho alegre y decidor, encantado de dejar la tranquila casa
paterna por las aventuras y emociones del largo viaje que iban á
emprender y de la guerra futura. Pero aquel día lo veía Roger callado y
pensativo, contestando apenas á sus preguntas.
--Dime con toda franqueza, amigo Roger, exclamó de pronto, si no te
parece como á mí que la bella Doña Constanza anda estos días
entristecida y pálida, cual si la atormentase ignorada cuita.
--Nada he notado, contestó Roger sorprendido, mas bien pudiera ser como
lo dices.
--Oh, sin duda. Mírala sentada y pensativa hora tras hora, ó paseando
por la terraza del castillo, olvidada de su halcón, de _Trovador_ y de
la caza. Sospecho, amigo Roger, que tanto estudio y tanta ciencia como
tú le enseñas sean tarea demasiado pesada para ella, que poco ó nada
estudiaba antes, y la preocupen y aun puedan llegar á enfermarle el
ánimo y el cuerpo.
--Orden es de la baronesa, su señora madre....
--Pues sin que ello sea faltarle al respeto, creo yo que mi señora la
baronesa estaría más en su lugar defendiendo las murallas del castillo ó
mandando una compañía en el asalto de una plaza que encargada de la
educación de su hija. Pero oye, Roger amigo, lo que á nadie he revelado
hasta ahora. Yo amo á Doña Constanza, y por ella daría gustoso mi
vida....
Roger palideció y guardó silencio.
--Mi padre es rico, siguió diciendo Froilán, y yo su hijo único y
heredero de los dominios de Roda. No creo que el barón tenga objeción
que hacer por lo que á caudal y nobleza se refiere.
--Pero ¿y ella? preguntó Roger en voz baja y sin mirar al escudero para
que éste no notase su turbación.
--Eso es lo que me desespera. Nunca he visto indiferencia como la suya y
hasta ahora tanto me hubiera valido suspirar ante una de las estatuas de
mármol del parque de Roda. ¿Recuerdas aquel finísino velo blanco que
llevaba ayer? Pues se lo pedí como una merced para ponerlo en mi yelmo
en combates y torneos, cual emblema de la dama y señora de mis
pensamientos. Se limitó á darme la negativa más fría y más rotunda,
agregando que si cierto caballero cuidaba de pedirle el velo, se lo
entregaría; de lo contrario, no se lo daría á nadie. No tengo la menor
idea de quién sea ese mortal afortunado. ¿Y tú, Roger? ¿Sabes á quién
ama?
--Ni lo sospecho siquiera, contestó Roger; y sin embargo, al decir
aquellas palabras se despertó en él una gratísima esperanza.
--Desde ayer me devano los sesos tratando de averiguarlo; no es Doña
Constanza doncella que oculte sus amores, si los tiene, y por
consiguiente el galán debe sernos conocido. Pero ¿á quién ve y habla
ella, además de sus padres, sus dos amigas y la servidumbre del
castillo? Te voy á dar la lista completa de los hombres que con ella han
hablado en estos dos meses: tú y nuestro camarada Gualtero de Pleyel, el
padre Cristóbal, del priorato, el pajecillo Rubín y yo. ¿Sabes de algún
otro?
--No por cierto, respondió Roger; y ambos apuestos jóvenes siguieron
cabalgando en silencio hasta llegar al castillo.
Durante la lección de la mañana siguiente notó Roger que la hermosa
joven estaba, en efecto, pálida y triste. Su rostro parecía adelgazado y
los bellos ojos habían perdido en parte la viveza y alegría que les
daban tan precioso atractivo. Terminada la hora de clase interrogó el
joven profesor á las señoritas de Pierpont, sus otras dos discípulas.
--Constanza sufre, es muy cierto, le contestó Dorotea con picaresca
sonrisa. Pero su enfermedad no es de las que matan.
--¡No lo quiera Dios! exclamó Roger. Pero decidme, os ruego, ¿qué mal la
aqueja?
--Uno que en mi opinión aqueja también á otra persona, cuyo nombre
podría decir sin temor de equivocarme, repuso á su vez Luisa de
Pierpont. Y vos que tanto sabéis ¿no adivináis su mal?
--No. Parece cansada y triste, ella siempre tan alegre....
--Pues bien, pensad que dentro de tres días partiréis todos y quedará el
castillo poco menos que desierto y nosotras sin ver alma viviente, como
no sea un soldado ó un rústico....
--Cierto es, exclamó Roger. No había pensado en que dentro de tres días
tendrá que separarse de su padre....
--¡Su padre! dijeron ambas jóvenes, lanzando argentina carcajada. ¡Ah
sí, su padre! ¡Hasta la tarde, señor Roger! y se alejaron alegremente,
llamando á voces á su amiga Constanza.
Roger se quedó absorto. Le parecía ver una insinuación clarísima en las
palabras y en la risa de ambas jóvenes, y sin embargo apenas osaba dar á
la tristeza y á los suspiros de Constanza la interpretación que su amor
anhelaba.