UN CAPITÁN COMO HAY POCOS

Pensando iba Roger que ni podía regresar á Belmonte en el término de un

año, ni asomar por las inmediaciones de la casa paterna sin que su

atrabiliario hermano le echase los perros encima; y que por consiguiente

se hallaba en el mundo á la ventura, sin saber qué hacer y harto escaso

de recursos para continuar viajando y gastando, sin oficio ni beneficio.

Con los diez ducados de plata que el buen abad había depositado en su

escarcela podría vivir escasamente un mes, pero no doce. Su única

esperanza era reunirse cuanto antes á los dos camaradas por quienes

sentía el afecto que ellos también le habían mostrado. Apretó pues el

paso, y corrió á trechos, comiendo el pan que llevaba en el zurrón y

apagando la sed en los cristalinos arroyos que halló á su paso.

Al cabo de una hora tuvo la fortuna de alcanzar á un leñador que con su

hacha al hombro llevaba la misma dirección que él, lo que le evitó

perder más tiempo y aun extraviarse en los numerosos senderos que

cruzaban el bosque. No fué muy animada la conversación entre ambos, pues

el leñador sólo platicaba sobre asuntos de su oficio, la calidad de

tales ó cuales maderas y las reyertas entre trabajadores de éste ó aquel

villorrio, al paso que Roger no podía apartar de su imaginación el

recuerdo de la encantadora desconocida. Tan distraído y preocupado iba

que su compañero acabó por callarse, hasta que torció á la izquierda por

el sendero de El Castañar, dejando á Roger en el ancho camino de

Salisbury.

Algunos pordioseros, un correo del rey, varios leñadores y otras

personas que encontró en su camino le indicaron la proximidad del

poblado. También vió pasar á un jinete corpulento, de luenga y negra

barba, que llevaba un rosario de gruesas cuentas en la mano y enorme

espadón pendiente del cinto. Por la forma y color del hábito y la

estrella de ocho puntas bordada en la manga reconoció en él á uno de los

caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén, cuyo maestre residía

en Bristol. El joven viajero recibió descubierto y reverente la

bendición del hospitalario, lleno de admiración por aquella famosa

orden, sin saber que á la sazón había adquirido ya gran parte de las

cuantiosas riquezas de los templarios y que los un tiempo humildes y

desinteresados caballeros de San Juan preferían ya las comodidades de

sus palacios á las aventuras y peligros de la campaña contra los

infieles del Oriente.

El sol se había ocultado tras negras nubes y á poco empezó á llover. Un

frondoso árbol cercano ofrecía el mejor refugio y bajo sus ramas se

cobijó Roger, aun antes de oir la cordial invitación de dos viajeros que

le habían precedido y que sentados al pie del árbol tenían delante media

docena de arenques salados, un pan moreno y una bota que después resultó

estar llena de leche fresca y no de vino. Eran dos jóvenes estudiantes

de los muchos que por aquella época se veían no sólo en las grandes

ciudades sino en los caminos y ventorrillos de casi toda Inglaterra.

Disputaban más que comían y saludaron alegremente al recienllegado.

--¡Venid aquí, camarada! dijo uno de ellos, bajo y rechoncho. _Vultus

ingenui puer._ No os asuste la cara de mi compañero, que como dijo

Horacio, _foenum habet in cornu_; pero es más inofensivo de lo que

parece.

--No rebuznes tan fuerte, Colás, repuso el otro, que era enteco y alto.

Si á citar vamos á Horacio, recuerda aquello de _loquaces si sapiat_...

ó como diríamos en buen inglés, huye de los charlatanes como de la

peste. Y á fe mía, que de seguir todos el consejo habías de verte tú

solo en el mundo.

--¡Buena lógica, buena! Como de costumbre, te enredas en tus propios

argumentos y te caes de bruces, dijo Colás con gran risa. Primera

premisa: los hombres deben huir de mi locuacidad. Segunda: tú estás aquí

comiendo arenques mano á mano conmigo. _Ergo_, tú no eres hombre. Que

es lo que se quería demostrar, Florián amigo, y lo que yo me tenía muy

sabido; que eres un monigote y no un nombre.

Roger y Florián se rieron de buena gana y el primero se sentó junto á

los polemistas.

--Ahí va un arenque, compañero, dijo Florián; pero antes de participar

de nuestra espléndida hospitalidad, tenemos que imponeros ciertas

condiciones.

--La que á mí más me interesa, repuso Roger jovialmente, es que con el

arenque venga también una rebanada de pan.

--¿Lo ves, gandul? preguntó Colás al otro estudiante. ¿No te he dicho

cien veces que el ingenio y la gracia en el decir me rodean como un aura

sutil y que nadie se me acerca sin dar á poco muestras evidentes de la

agudeza que en mí rebosa? Tú mismo eras el mostrenco más zafio que he

conocido en toda mi vida, pero en la semana que llevas conmigo has hecho

ya dos ó tres juegos de palabras muy pasables y esta mañana un

comentario asaz agudo, que yo no tendría inconveniente en aceptar por

mío.

--Como lo harás á la primera oportunidad, socarrón, para pavonearte con

plumas ajenas. Pero decidme, amigo, ¿sois estudiante? Y siéndolo ¿venís

de las aulas de Oxford ó de las de París?

--Algo he estudiado, contestó Roger, pero no en esas grandes

universidades, sino con los monjes del Císter, en su convento de

Belmonte.

--¡Bah! poco y malo probablemente. ¿Qué diablos de enseñanza pueden dar

allí?

--_Non cui vis contingit adire Corinthum_, observó Roger.

--¡Toma y vuelve por otra, hermano Florián! Pero dejémonos de

discusiones y á comer se ha dicho, que se _enfrían_ los arenques y el

pan amenaza convertirse en guijarro y la leche en requesón.

Lo cual no impidió que mientras Roger comía renovasen los otros sus

argucias y que á poco menudeasen argumentos y sofismas y lloviesen las

citas latinas y griegas, escolásticas y evangélicas, silogismos,

premisas, inferencias y deducciones. Sucedíanse las preguntas y

respuestas como los golpes de incansables espadas sobre fuertes

escudos. Por fin, aplacóse un tanto Colás, mientras su compañero siguió

perorando, triunfante y engreído.

--¡Ah, ladrón! gritó de pronto. ¡Te has comido mis arenques!

--Y muy ricos que estaban, contestó Colás con sorna. Pero eso es parte

de mi argumentación, el esfuerzo final, la _peroratio_, que dicen los

oradores. Porque amigo Florián, siendo _cosas_ las ideas, como lo acabas

de dejar muy bien sentado y probado, no tienes más que pensar ó idearte

un par de arenques rollizos y conjurar un frasco de leche de dos

azumbres, con lo cual quedará tu estómago tan satisfecho y tan campante.

--¿Con que esas tenemos, eh? Buen argumento, bueno, pero hay que

contestarlo; y haciendo y diciendo atizó al rubicundo Colás una bofetada

que lo hizo caer de espaldas. Y ahora, continuó, levantándose, imagínate

que no te has llevado ese revés y verás cómo ni te duele, ni vuelves á

robar arenques.

El estudiante santiguado agarró el garrote de Roger y en poco estuvo que

le rompiese un hueso á su compañero. Por fin consiguió Roger ponerlos en

paz, y habiendo cesado la lluvia se despidió de aquellos divertidos

polemistas. No tardó en divisar grupos de cabañas, campos cultivados y

una que otra granja; pero el sol se acercaba á su ocaso cuando el

viajero vió á distancia la elevada torre del priorato de Salisbury.

Alegróse de llegar al término de su viaje por aquel día, y mucho más

cuando al rodear las tapias de un huerto descubrió á Simón y Tristán,

sentados muy sosegadamente sobre un árbol caído.

Ninguno de ellos notó su presencia porque dedicaban toda su atención á

la partida de dados que tenían empeñada. Acercóse Roger muy quedamente y

observó con sorpresa que Tristán tenía cruzado á la espalda el arco de

Simón y ceñida la espada de éste y que entre los dos, como si fuese la

puesta de la próxima jugada, se hallaba el casco del arquero.

--¡Maldición! exclamó éste al mirar los dados. ¡Uno y tres! No he tenido

suerte peor desde que salí de Rennes, donde perdí hasta los borceguíes.

_À toi, camarade._

--Cuatro y tres, dijo Tristán con voz de bajo profundo. Venga el

capacete. Y ahora te lo apuesto contra tu coleto, arquero.

--¡Apostado! Pero como siga la mala racha voy á llegar al castillo en

camisa. ¡Voto á sanes! Bonita facha para un embajador. ¡Hola! gritó

levantándose apresuradamente al ver á Roger y echándole los brazos al

cuello; mira quién nos ha caído de las nubes, recluta.

No menos complacido que el arquero quedó Tristán, pero se limitó á abrir

la bocaza y entornar los ojos, que era su manera de sonreirse,

procurando con ambas manos ponerse el casco de Simón sobre la enorme

melena roja.

--¿Vienes á quedarte con nosotros, _petit_? preguntó el veterano, dando

golpecitos en la espalda de Roger.

--Por lo menos así lo deseo, respondió éste, conmovido ante la cariñosa

acogida de sus amigos.

--¡Bravo, muchacho! Juntos iremos los tres á la guerra, y que el diablo

se lleve la veleta del convento de Belmonte. Pero ¿dónde te has metido,

que vienes de barro hasta las rodillas?

--En un arroyo, dijo Roger; y tomando la palabra les refirió los

incidentes de su jornada, el ataque del bandolero, su encuentro con el

rey, la recepción que le hizo su hermano y el rescate de la hermosa

cazadora. Escuchábanle los otros atentamente, pero no había acabado su

relato, que hacía andando entre los dos amigos, cuando Simón volvió pie

atrás y se alejó dando resoplidos.

--¿Qué os pasa, arquero? gritó Roger corriendo tras él y echándole mano

al coleto. ¿Á dónde váis?

--Á Munster. ¡Suelta, muñeco!

--Pero ¿qué váis á hacer allí?

--Meterle seis pulgadas de hierro á tu hermanito en la barriga. ¡Cómo!

¡Insultar á una doncella inglesa y azuzar los perros contra su hermano!

Pues ¿para qué tengo yo esta espada? Digo, no, que la tiene el gandul

ese de Tristán y se la voy á quitar ahora mismo.

--¡Á mí, Tristán! ¡Échale mano! gritó Roger riendo á carcajadas y

tirando de Simón. Ni ella ni yo sufrimos un rasguño. ¡Venid, amigo! y

entre los dos lograron por fin ponerlo de nuevo en dirección de

Salisbury. Sin embargo, anduvo buen trecho con la cara hosca, hasta que

divisó una fresca labradora y le envió con un beso una sonrisa.

--Pero vamos á ver, dijo Roger. ¿Cómo es que el soldado no lleva ahora

consigo las herramientas de su oficio? Y tú Tristán ¿qué haces con arco,

espada y casco en tiempo de paz?

--Te diré. Es un juego que el amigo Simón se empeñó en enseñarme.

--Y el bribón resultó maestro, gruñó el arquero. Me ha desplumado como

si hubiese caído en manos de los ballesteros del rey de Francia. Pero

¡por mis pecados! que me has de devolver esos trastos, amigo, si he de

cumplir la misión de Sir Claudio Latour, y te los pagaré como nuevos, á

precio de armero.

--Aquí tienes todo lo que te he ganado y no hables de pagármelo, dijo

Tristán. Mi único deseo era llevar encima esos arreos por un rato, para

tomarles el peso, ya que en Francia y España he de llevarlos á diario

por algunos años.

--_Ma foi_, has nacido para soldado y buen compañero, exclamó regocijado

Simón. Eso es hablar y portarse como se debe. ¡Bien, recluta! ¿Quién ha

visto jamás arquero sin arco? Descuida, que yo te procuraré uno tan

bueno como éste, allá en el ejército. Pero ¡mirad! Á la derecha del

priorato se destaca la torre parda y cuadrada del castillo en la

eminencia, y aun á esta distancia me parece distinguir en la bandera que

allí ondea el rojo corzo de las armas de Monteagudo.

--Rojo en campo blanco, dijo Roger, pero no sé si es corzo, león ó

águila. ¿Qué es aquello que brilla sobre el muro? En la almena, debajo

de la bandera.

--El casco de acero de un centinela, contestó Simón. Pero apretemos el

paso si hemos de llegar antes que la campana dé la señal de vísperas y

el clarín la de alzar el puente levadizo; porque el barón de Morel, á

fuer de buen soldado, es lo más exigente y riguroso en punto á

disciplina.

Pronto se hallaron los tres camaradas en la extensa población construída

al pie de la antigua iglesia y del amenazador castillo. El barón de

Morel había cenado aquella tarde antes de ponerse el sol, según su

costumbre; visitó después las caballerizas, donde sus dos corceles de

batalla, _Darío_ y _Armorel_, descansaban de sus pasadas campañas, en

unión de otros buenos caballos y de los palafrenes de las damas, y por

último dispuso que los monteros sacasen á los perros y los dejasen

correr y retozar en libertad por media hora en las avenidas del

castillo. Unos treinta contenían las perreras y no fué mal concierto de

ladridos el que armaron al precipitarse en tropel perdigueros y

lebreles, mastines, galgos, sabuesos y podencos, de todos tamaños y

colores. Detrás de los monteros y pajes que con sus voces aumentaban la

algazara, veíase al noble señor de Morel, que contemplaba sonriente

aquel animado cuadro. Iba á su lado la buena baronesa y ambos siguieron

andando hasta el puente de piedra que separaba el pueblo del castillo.

Era el famoso guerrero de corta estatura y pocas carnes, y ni su aspecto

ni sus maneras revelaban en él al esforzado campeón inglés cuyos altos

hechos andaban en lenguas de todos. Los años habían encorvado algo su

cuerpo, aunque no pasaban de cuarenta y ocho los que tenía; y en la

época en que le conocemos sufría todavía de la vista á consecuencia de

haberle vaciado encima una espuerta de cal viva los sitiados de

Bergerac, cuando el barón dirigía el asalto de aquella plaza al frente

de los veteranos de Derby. El constante ejercicio de las armas y las

penalidades de su pasada vida de soldado lo habían conservado vigoroso y

activo como siempre; era delgado de rostro, de color moreno y llevaba el

retorcido bigote y larga perilla que por entonces estaban en boga entre

los caballeros del ejército. El chambergo de fino fieltro con airosa

pluma blanca, algo inclinado sobre la oreja derecha, ocultaba en parte

la cicatriz de una larga herida que partía desde la sien; la mitad de

aquella oreja se la llevó una bala de bombarda allá en Tournay, en las

guerras de Flandes. Vestía rico traje de terciopelo negro y capa corta

del mismo color, y usaba calzado de retorcida punta, aunque no tan

desmesurada como fué uso llevarla en el siguiente reinado. Ceñíale el

cuerpo un cinturón bordado de oro, en cuya ancha hebilla estaban

grabadas las armas de los Morel, cinco rosas gules en campo de plata.

Á su lado y apoyada en el parapeto del puente, la baronesa parecía el

tipo acabado de las altivas castellanas de la época. Más alta que su

esposo, tenía la mirada dominante y la robustez física que había hecho

posibles las heróicas proezas de Agnes Dunbar, de las condesas de

Salisbury y de Monfort y de otras damas inglesas que habían demostrado

ser tan animosas como sus nobles maridos llegada la ocasión, y poco

menos expertas que ellos en el manejo de la espada ó del hacha de

combate. Pero muchas de aquellas heroínas inglesas y otras que

pudiéramos citar, como las de Monteagudo, Chandos y Belver, eran no sólo

valerosas sino bellas, calificativo este último que por ningún concepto

podía aplicarse á la baronesa de Morel.

--Os repito, barón, que una doncella como nuestra hija no debería pasar

su vida cazando y corriendo por campos y bosques, decía la imponente

dama á su esposo. Si la dejamos que siga rodeada de caballos y perros,

pajes, monteros y soldados, cuidando halcones y aprendiendo, la muy

taimada, trovas francesas, que tal hacía cuando la sorprendí ayer en su

cuarto, ¿cómo ha de servir para esposa de un noble compañero y para

gobernar un castillo, cual lo he hecho yo en vuestras largas ausencias,

con un centenar de hombres de armas y sirvientes á sus órdenes, la mitad

de los cuales sólo entienden de holgar y beber cerveza? Y cuenta que las

trovas de que os hablo, que ella escondió bajo la almohada al verme

entrar, se las había prestado, según confesión suya, el mismísimo padre

Cristóbal, del Priorato. Es verdad que siempre me dice lo mismo.

--Muy cierto es todo eso, mi buena amiga, respondió el magnate, pero

tened en cuenta que es muy joven, llena de vida y salud, traviesa y

alegre como una niña y que tiempo hay para todo.

--Sus travesuras van siendo graves por demás y demandan de vos severa

corrección.

--No querréis decir seguramente que llegue yo á levantarle la mano.

Jamás lo he hecho con ninguna mujer y no exceptuaré precisamente á la

que lleva mi sangre en sus venas. En vos confío para enmendarla, cuando

su conducta merezca enmienda; sobre todo en mi ausencia, querida mía,

pues si llevo largo tiempo de asueto en el castillo, sólo por vos ha

sido, y os confieso que sin vuestra presencia no podría tolerar una

semana esta vida tranquila y regalona. Soldado nací y soldado he de

morir.

--Eso era lo que yo temía, exclamó angustiada la baronesa. ¿Creéis que

no he notado vuestro desasosiego de estos últimos tiempos, y la revista

que habéis pasado á vuestras armas en compañía de Renato el escudero?

¡Nuestra Señora de Embrún me valga!

--No os aflijáis. No se trata sólo de inclinación mía, sino de un deber,

de un llamamiento á nuestro honor. Bien sabéis que la renovación de la

guerra es cosa resuelta, que nuestras tropas se reconcentran en Burdeos

y ¡por San Jorge! sería cosa de ver que junto á los leones del

estandarte real figurasen las armas de toda la nobleza inglesa, excepto

las rosas de Morel.

--No lo hubiera permitido yo misma diez ó quince años hace; pero ¿no

habéis servido al rey como el primero? ¿No habéis dado pruebas

brillantes de valor en diez campañas? Díganlo las heridas de vuestro

cuerpo y la fama de vuestro nombre. El mismo rey no espera de vos que

combatáis hasta morir y el más bravo soldado depone un día las armas y

regresa al hogar.

--No está en mí el hacerlo, creedme. Cuando nuestro gracioso soberano se

apresura á vestir la armadura de combate á los setenta años y el señor

de Chandos le imita á los setenta y cinco, con tantas campañas y heridas

como cuento yo, mal puede quedar en reposo la lanza del barón León de

Morel. Mi propia fama me obliga, ya que tanto más notada sería mi

ausencia. No, Leonor, debo partir. Sin contar que nuestra hacienda no es

tan grande cual yo por vos y por nuestra hija la quisiera, y que sólo el

cargo de condestable que ejerzo aquí por merced de mi buen y poderoso

amigo el conde de Monteagudo, cuyo castillo habitamos, nos permite

sostener la posición correspondiente á nuestro rango. Y bien sabéis que

en la guerra es donde el noble y el bravo hallan hoy no sólo honores,

sino riquezas. La recompensa regia, el rico botín y los rescates enormes

de esta guerra nos pondrán para siempre al abrigo de todo temor, por lo

que á nuestros bienes de fortuna se refiere.

--Rescates y botín soberbios habéis ganado con vuestro esfuerzo, pero

sois tan generoso como valiente y otros se han aprovechado de vuestra

hacienda.

--Descuidad. No más esplendidez á costa de la tranquilidad y el

bienestar de los míos. Cobrad ánimos; la campaña no será larga y ansío

recibir noticias definitivas.

--Mirad, barón, cerca de la última casa del pueblo, aquellos tres

hombres que toman el camino del castillo. Soldado es uno de ellos.

Nuestros tres conocidos llegaban, en efecto, al término de su viaje,

cubiertos de polvo, pero sin señal de fatiga y platicando alegremente.

El barón se fijó desde luego en el joven de rubios cabellos é

inteligente rostro, que observaba atentamente el castillo y sus

alrededores. Iba á su derecha un gigante pobremente vestido, que por lo

estrechos y cortos que le venían sus arreos decían bien claro no haber

sido cortados para él. El caminante de la izquierda era un veterano

robusto y de atezado rostro, con espada al cinto y largo arco á la

espalda; el abollado capacete y los desteñidos colores del león de San

Jorge que llevaba cosido en el coleto no dejaban duda sobre la

procedencia del soldado, cuyo aspecto todo denotaba sus recientes

campañas. Llegados al puente, miró el arquero fijamente al noble

capitán, saludó á la baronesa con una inclinación respetuosa y dijo:

--Perdonad, señor barón, pero á pesar de los años transcurridos os he

reconocido al momento, y eso que hasta hoy no os había visto vistiendo

terciopelo, sino yelmo y coselete. Junto á vos he tendido muchas veces

mi arco en Romorantín, La Roche, Maupertuis, Auray, Nogent y otros

lugares.

--Y yo me felicito de verte, y darte la bienvenida al castillo de Morel.

Mi mayordomo os proporcionará en él buen lecho y buena mesa á tí y á tus

compañeros. Espera, arquero; sí, me parece recordar tu rostro, aunque ya

no puedo fiarme de mi vista como antes. Descansa un tanto y después te

llamaré para que me des noticias de lo que en Francia ocurre. Hasta aquí

han llegado rumores de que antes de terminar el año ondearán nuestras

banderas al sur de las grandes montañas de la frontera española.

--Mucho se hablaba de ello en Burdeos á mi partida, repuso Simón, y á fe

que los armeros trabajaban sin descanso y que ví llegar buen número de

soldados. Pero permitid que os entregue esta misiva que para vos puso en

mis manos el bravo caballero gascón Sir Claudio Latour. Y á vos, señora,

os traigo de él este joyero, que le fué presentado en Narbona y que os

ofrece con sus respetos.

El arquero se había repetido muchas veces durante su viaje aquellas

palabras, que eran las mismas pronunciadas por su capitán; pero la

verdad es que la dama, aunque estimando el rico presente, no se fijó en

las frases del arquero porque estaba tan absorta como su esposo en la

lectura del pergamino, que aquél le hacía en voz baja. Roger y Tristán,

que se habían detenido á algunos pasos de distancia del arquero, vieron

que la baronesa palidecía y que su esposo se sonreía satisfecho.

--Ya véis, señora mía, dijo, que no quieren dejar tranquilo al viejo

lebrel cuando se preparan á levantar la caza. ¿Qué me dices, arquero, de

esta Guardia Blanca de que aquí me hablan?

--De lebreles hablasteis vos, señor barón, y os aseguro que no hay mejor

jauría que aquella Guardia en ambos reinos, cuando se trata de correr

caza mayor, sobre todo si los dirige un buen montero. Juntos hemos

estado en las guerras, señor, pero jamás he visto cuerpo de arqueros más

valientes ni más temibles. Todos os queremos tener por capitán en esta

próxima campaña; y lo que la Guardia Blanca quiere ¿quién lo impide?

--¡Pues me gusta! exclamó el barón sin ocultar su contento. La verdad es

que si todos aquellos arqueros se os parecen, no hay jefe que no deba

sentirse orgulloso de mandarlos. ¿Cómo os llamáis?

--Simón Aluardo, del condado de Austin.

--¿Y el gigante ese?

--Es Tristán de Horla, un montañés como hay pocos, á quien acabo de

alistar en la Guardia Blanca.

--Hará un soldado excelente. ¿Buenos puños, eh? Robusto y forzudo

pareces, arquero, pero estoy seguro de que ese buen mozo lo es más

todavía. Á ver, Tristán, si avergüenzas á todos mis ballesteros, ninguno

de los cuales pudo ayer hacer rodar aquella piedra y arrojarla al

torrente. Aunque me temo que ni tus brazos de hércules puedan con ella.

Tristán se dirigió al peñasco sonriéndose. Era de enorme peso y hundido

en parte en la tierra; pero el coloso lo arrancó de su húmedo lecho á la

primera sacudida, y no contentándose con hacerlo rodar lo levantó del

suelo y lo lanzó al agua. La noble pareja manifestó su admiración ante

aquel prodigio de fuerza, mientras Tristán se limpiaba el barro de las

manos, sin dejar de sonreirse bonachonamente.

--Esos brazos suyos me han rodeado una vez las costillas, dijo Simón, y

todavía me parece oirlas crujir. Este otro compañero mío, continuó al

notar que el barón miraba á Roger, ha sido hasta ahora amanuense en la

abadía de Belmonte, donde deja el mejor recuerdo, como lo atestiguan las

letras del abad que consigo lleva. Y es también doncel de mucha ciencia,

aunque de pocos años. Su nombre, Roger de Clinton y es hermano del

arrendatario de Munster.

--Mala recomendación esta última, dijo el señor de Morel frunciendo el

ceño; y si á tu hermano te pareces por los hechos....

--Lejos de eso, señor, dijo vivamente el arquero. Puedo aseguraros lo

contrario, y á fe que hoy mismo lo amenazó de muerte su hermano y le

soltó los perros.

--¿Perteneces también á la Guardia Blanca? Á juzgar por tu rostro, edad

y porte, no has tenido mucha práctica militar.

--Quisiera ir á Francia con estos dos amigos, señor, dijo Roger. Pero no

sé que sirva para soldado, porque he sido siempre hombre de paz;

estudiante desde que salí de la niñez y también lector, exorcista,

acólito y amanuense en la abadía.

--Eso no quita, observó el barón, y nunca está de más que cada compañía

tenga su amanuense, alguien que entienda más de leer un pergamino y de

redactar un informe que de andar á flechazos con el enemigo. Todavía

recuerdo yo á un secretario que tuve en la campaña de Calais, llamado

Sandal, que era también trovador y juglar de mérito. Habíais de oir las

rimas que compuso describiendo combates, asaltos y salidas, y cuantos

incidentes ocurrieron en el largo asedio de aquella plaza. Pero bastante

hemos hablado y hora es de regresar al castillo. Reposad, comed y bebed

con mis hombres de armas, que son gente de buena y alegre compañía.

Venid, señora, si gustáis.

--Sí, que el aire ha refrescado mucho, dijo la dama, tomando el brazo

del barón.

Dirigióse la noble pareja hacia el castillo, seguida de Simón, que se

alegraba de haber desempeñado su misión y visto á su querido capitán de

otros tiempos, y de Roger, admirado de hallar en el afamado guerrero á

un hombre modesto y afable, sin sombra de la insufrible altivez de

muchos nobles. Sólo Tristán parecía descontento y lo manifestaba con

sordos gruñidos.

--¿Qué le pasa al mastuerzo éste? dijo Simón en voz baja, deteniéndose y

mirando á Tristán.

--Me pasa que me has engañado, que me prometiste hacerme servir á las

órdenes de uno de los más grandes capitanes del reino y en su lugar

buscas para capitán de la Guardia Blanca á ese alfeñique vestido de

terciopelo, con sus ojillos llorosos y que por lo flaco y desmedrado

parece no haber comido en tres días....

--¡Hola, con que ahí es donde te duele! Pues mira, Sansón, procura que

no te oiga él, el chiquitín ese de los ojillos llorosos, porque sólo

entonces conocerías tú la fuerza de sus puños. Por lo demás, tres meses

de plazo te doy para cambiar de opinión. Al capitán Morel sólo le

conocen los que lo han visto hilar por lo fino en la guerra. Ya verás,

ya verás.

En aquel momento se oyó gran gritería en las calles del pueblo; hombres,

mujeres y niños corrían de uno á otro lado de la calle central dando

voces y se refugiaban en las casas. Al otro lado del puente y corriendo

cuanto podía en dirección al castillo, apareció un hombre, que al ver á

la baronesa se llegó á ella y gritó, sudoroso y jadeante:

--¡Huid, señora, huid! ¡Salvadla! ¡El oso, el oso!

En efecto, corriendo hacia ellos venía un oso negro enorme, de terrible

aspecto, entreabierta la boca y con un trozo de cadena atado al cuello.

En dos saltos se puso Tristán al lado de la baronesa, á quien levantó en

sus brazos como si fuera una pluma, y con ella corrió rápidamente fuera

del camino, hasta llegar á unos árboles vecinos. Roger solo acertó á dar

algunos pasos en igual dirección y se quedó mirando atónito al furioso

animal; entre tanto soltaba Simón una retahila de tacos franceses é

ingleses y preparaba su arco. Entonces, con sorpresa de todos, vieron

que el barón de Morel no sólo no había huido sino que se dirigía en

derechura al oso con tranquilo paso, llevando en la mano el rojo pañuelo

de seda que en ella tenía cuando hablaba con Simón y sus amigos. El oso

llegó hasta él, dió un sordo gruñido, y alzándose sobre las patas

traseras, levantó la poderosa zarpa.

--¡Hola, feo! ¿Con que estamos de mal humor? dijo tranquilamente el

barón, cruzando por dos veces con su pañuelo de seda el hocico del oso.

El animal, sorprendido, le miró un momento, cayó sobre las cuatro patas

y gruñó de nuevo, mirando á derecha é izquierda como sin saber qué

resolución tomar, mientras el barón, á dos pasos, lo contemplaba con

curiosidad, guiñando sus irritados ojillos. En aquel momento llegaron

cuatro gañanes con gruesas cuerdas y en pocos instantes tuvieron

asegurado al fugitivo. El dueño del oso llegó también, temeroso del

castigo que pudiera aguardarle y descubriéndose explicó al barón que

había dejado á la fiera bien encadenada á la puerta de una taberna

mientras él tomaba un vaso de cerveza, y que habiendo llegado de súbito

los perros del castillo, atacaron al oso, enfureciéndolo y haciéndole

romper la cadena. Lejos de castigarlo ó reprenderlo el barón le dió

algunas monedas de plata, con escándalo de la baronesa, á la que todavía

no se le había pasado el susto.

--Te pido perdón, camarada, dijo Tristán al arquero, á tiempo que

entraban por las puertas del castillo. El señor de Morel es todo un

hombre. ¡Digo, qué calma y qué nervio! Por mi parte, no quiero más jefe

que él.

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 30 / 101 题