Tristán y Simón siguieron andando. Al terminar Roger sus oraciones
recogió bastón y hatillo y corriendo como un gamo no tardó en llegar á
una cabaña situada á la izquierda del sendero y rodeada de una cerca,
junto á la cual estaban el arquero y su recluta, mirando á dos niños de
unos ocho y diez años respectivamente; plantados ambos en medio del
jardinillo que cercaba la casa, silenciosos é inmóviles, fija la vista
en los árboles del otro lado del camino y teniendo en la mano izquierda,
extendido horizontalmente el brazo, unos largos palos á manera de pica ó
alabarda, parecían dos soldados en miniatura. Eran ambos de agraciadas
facciones, azules ojos y rubio cabello; el bronceado color de su tez era
claro indicio de la vida que hacían al aire libre en la soledad del
frondoso bosque.
--¡De tal palo tal astilla! gritaba regocijado el buen Simón al llegar
Roger. Esta es la manera de criar chiquillos. ¡Por mi espada! yo mismo
no hubiera podido adiestrarlos mejor.
--Pero ¿qué es ello? preguntó Roger. Parecen dos estatuas. ¿Les pasa
algo?
--No, sino que están acostumbrando y fortaleciendo el brazo izquierdo
para sostener debidamente, cuando sean hombres, el pesado arco de
combate. Así mismo me enseñó mi padre y seis días de la semana tenía que
aguantarme en esa posición lo menos una hora por día, sosteniendo á
brazo tendido el pesado bastón herrado de mi padre, hasta que el brazo
me parecía de plomo. ¡Hola, bribonzuelos! ¿cuánto os falta todavía?
--Hasta que el sol salga por encima de aquel roble más alto y nos haga
cerrar los ojos, contestó el mayor.
--¿Y qué váis á ser vosotros? ¿Pecheros, leñadores?
--¡No, arqueros! dijeron ambos á una voz.
--¡Bien contestado, granujas! Ya se echa de ver que vuestro padre es de
los míos. Pero ¿qué haréis cuando seáis soldados?
--Matar escoceses, dijo el chiquitín frunciendo el ceño.
--¡Acabáramos! ¿Y qué entuerto os han hecho los pobres súbditos del rey
Roberto? Sé que las galeras de España y Francia no han andado muy lejos
de Southampton en estos últimos tiempos, pero dudo que los escoceses
asomen por aquí ahora ni en muchos años.
--Pues nosotros, insistió el mayor de los niños, aprendemos á manejar el
arco para matar escoceses, y no franceses ni españoles, porque aquéllos
fueron los que cortaron los dedos á nuestro padre, para que no pudiera
volver á manejar su arco.
--Muy cierto es eso, dijo una voz sonora detrás de los caminantes.
Era el que hablaba un rudo campesino de alta estatura, que al acercarse
levantó ambas manos, á cada una de las cuales le faltaban el pulgar y
los dos primeros dedos.
--¡Por San Jorge! ¿Quién os ha maltratado de esa manera, camarada?
preguntó Simón.
--Bien se echa de ver, repuso el otro, que sois nacido lejos de la
tierra maldita de Escocia y que aunque soldado, no os han conducido
nuestras banderas á las guaridas de aquellos lobos. De lo contrario
reconoceríais desde luego en estas mutilaciones la barbarie de Douglas
el Diablo, ó el Conde Negro, como también le llaman.
--¿Os hizo prisionero?
--Sí, por mi mal. Nací en el norte, en Beverley, cerca de la frontera
escocesa, y bien puedo decir que por muchos años no hubo mejor arquero
desde Trent hasta Inverness. Mi fama me perdió, lo mismo que á otros
muchos buenos tiradores ingleses, pues cuando nuestras luchas nos
hicieron caer en manos de Douglas, aquella hiena, en lugar de matarnos,
nos hizo cortar tres dedos de cada mano para que no pudiésemos
despacharle más soldados ó atravesarle á él mismo los hígados de un
flechazo. ¡Quiera Dios que estos dos hijos míos paguen un día con creces
la deuda de su padre! Entre tanto, el rey me ha dado esa casita y
algunas tierras acá en el sur, y de su producto vivimos. ¡Á ver,
muchachos! ¿Cuál es el precio de los dos pulgares de vuestro padre?
--Veinte vidas escocesas, contestó el mayor.
--¿Y por los otros cuatro dedos que me faltan?
--Diez vidas más, dijo su hermanito.
--Total treinta. Cuando puedan doblar mi gran arco de guerra, los
enviaré á la frontera, para que se alisten á las órdenes del invencible
Copeland, gobernador de Carlisle. Y os aseguro que como lleguen á verse
frente á frente de mi verdugo y á menos de cuatrocientos pasos, no
cortará más dedos ingleses el viejo zorro de Douglas.
--Así viváis para verlo, camarada, dijo Simón. Y vosotros, _mes
enfants_, tened presente el consejo de un arquero veterano y que sabe su
oficio: al tender el arco, la mano derecha pegada al cuerpo, para tirar
de la cuerda no sólo con la fuerza del brazo, sino con ayuda del costado
y muslo derechos. Y por vuestra vida, aprended también á disparar
formando curva, pues aunque de ordinario la flecha va derecha al blanco,
os hallaréis muchas veces atacando á gentes parapetadas tras las almenas
ó en lo alto de una torre, ó á enemigos que ocultan pecho y cara con el
escudo y á quienes sólo matan las flechas que les caen del cielo. No he
tendido un arco hace dos semanas, pero eso no quita que os pueda dar una
lección práctica, para que sepáis cómo taladrarle los sesos á un
escocés, aunque sólo le veáis las plumas de la gorra.
Diciendo esto, asió Simón el poderoso arco que á la espalda llevaba,
tomó tres flechas y señaló á los niños, que ávidamente seguían todos sus
movimientos, un altísimo árbol y más allá, en un claro del bosque, un
tronco carcomido de un pie de diámetro y no más de dos ó tres de altura.
Midió el arquero la distancia con mirada de águila y en seguida lanzó
las tres flechas una tras otra, con increíble rapidez y apuntando á lo
alto. Las flechas pasaron rozando las ramas más elevadas del árbol y dos
de ellas fueron á clavarse en el tronco de que hemos hablado,
describiendo una curva enorme y perfecta. La tercera flecha rozó el
seco tronco y penetró profundamente en la tierra, á dos pulgadas de
aquél.
--¡Soberbio! exclamó el mutilado arquero. ¡Aprended, muchachos, que este
es buen maestro!
--Á fe mía que si empezara á hablaros de arcos y ballestas no acabara en
todo el día, dijo Simón. En la Guardia Blanca tenemos tiradores capaces
de asaetear uno por uno todos los encajes y junturas de la armadura
mejor construida. Y ahora, pequeñuelos, id á traerme mis flechas, que
algo cuestan y mucho sirven y no es cosa de dejarlas clavadas en los
troncos secos del camino. Adiós, camarada; os deseo que adiestréis ese
par de halconcillos de manera que un día puedan traeros buena caza y le
saquen también los ojos al pajarraco con quien tenéis pendiente tan
grave cuenta.
Dejando atrás al mutilado arquero, siguieron la senda que se estrechaba
al penetrar en el bosque, cuyo silencio interrumpió de pronto el ruido
de una carrera precipitada entre la maleza. Un instante después saltó al
camino una hermosa pareja de gamos, y aunque los viajeros se detuvieron,
el macho, alarmado, saltó de nuevo y desapareció á la izquierda del
camino. La hembra permaneció unos instantes como asombrada, mirando al
grupo con sus grandes y dulces ojos. Contemplaba Roger con admiración el
soberbio animal, pero Simón no pudo resistir el instinto del cazador y
preparó su arco.
--_¡Tête Dieu!_ exclamó en voz baja. No vamos á tener mal asado en la
comida.
--¡Teneos, amigo! dijo Tristán posando la mano sobre el arco de Simón, á
tiempo que el gamo desaparecía á todo correr. ¿No sabéis que la ley es
rigorosísima? En mi mismo pueblo de Horla recuerdo á dos cazadores á
quienes sacaron los ojos por matar esos animales. Confieso que no me
fuisteis muy simpático la primera vez que os ví y oí, pero desde
entonces he aprendido á estimaros y ¡por la cruz de Gestas! no quisiera
ver el cuchillo de los guardabosques jugándoos una mala partida.
--Tengo por oficio arriesgar mi pellejo, repuso Simón encogiéndose de
hombros.
Sin embargo, volvió á poner la flecha en su aljaba, se echó el arco al
hombro y continuó andando entre sus dos amigos. Iban subiendo una
cuesta y pronto llegaron á un punto elevado desde el cual pudieron ver á
la izquierda y detrás de ellos el espeso bosque y hacia la derecha,
aunque á gran distancia, la alta torre blanca de Salisbury, cuyas
alegres casitas rodeaban la iglesia y se extendían por la ladera. La
vegetación poderosa, el aire puro de la montaña, el canto de multitud de
pajarillos y la vista de los ondulantes prados que más allá de Salisbury
se divisaban, eran espectáculo tan nuevo como interesante para Roger,
que hasta entonces había vivido en la costa. Respiraba con delicia y
sentía que la sangre corría con más fuerza por sus venas. El mismo
Tristán apreció la belleza del paisaje y el robusto arquero entonó, ó
por mejor decir, desentonó algunas picantes canciones francesas, con voz
y berridos capaces de no dejar un solo pájaro en media milla á la
redonda.
Tendiéronse sobre la hierba y tras breve silencio dijo Simón:
--Me gusta el compañero ese que hemos dejado allá abajo. Se le ve en la
cara el odio que guarda á su verdugo, y á la verdad, me placen los
hombres que saben preparar una venganza justa y mostrar un poco de hiel
cuando llega la ocasión.
--¿No sería más humano y más noble mostrar un poco de amor al prójimo?
preguntó Roger.
--Sermoncico tenemos, dijo Simón. Pero á bien que en eso de amor al
prójimo estoy contigo, padre predicador; porque supongo que incluirás al
bello sexo, que no tiene admirador más ferviente que yo. ¡Ah, _les
petites_, como decíamos en Francia, han nacido para ser adoradas! Me
alegro de ver que los frailes de Belmonte te han dado tan buenas
lecciones, muchacho.
--No, no hablo del bello sexo ni de amor mundano. Lo que quise decir fué
que bien pudo el vengativo campesino tener en su corazón menos odio á
sus enemigos.
--Es imposible, contestó Simón moviendo la cabeza negativamente. El
hombre ama naturalmente á los suyos, á los de su raza. Pero ¿cómo puede
comprenderse que un inglés sienta el menor afecto por escoceses ó
franceses? No los has visto tú en una de sus correrías, hendiendo
cabezas y sajando cuerpos de hermanos nuestros. ¡Por el filo de mi
espada! preferiría darle un abrazo al mismo Belcebú antes que estrechar
la mano de uno de esos bergantes, aunque se llame el rey Roberto, ó
Douglas el Diablo de Escocia, ó sea el mismísimo condestable Bertrán
Duguesclín de Francia. Voy sospechando, _mon garçon_, que los obispos
saben más que los abades, ó por lo menos dejan muy atrás á tu abad de
Belmonte, porque yo mismo he visto con estos ojos al obispo de Lincoln
agarrar con ambas manos un hacha de dos filos y atizarle á un soldado
escocés tamaño hachazo que le partió la cabeza en dos, desde la
coronilla hasta la barba. Con que si esa es la manera de mostrar amor
fraternal, tú dirás.
Ante argumento tan irresistible como el hachazo del obispo se quedó
Roger sin réplica y no poco escandalizado.
--¿Es decir que también habéis hecho armas contra los escoceses?
preguntó por fin.
--¡Pues bueno fuera! El primer flechazo que tiré desde las filas, y á
matar, fué allá por Milne, un pedregal escocés lleno de cañadas y
vericuetos. Nos mandaban Berwick y Copeland, el mismo que después hizo
prisionero al rey de aquellos montañeses. Buena escuela, recluta, buena
escuela es aquella para gente de guerra, y siento que antes de llevarte
á Francia no hayas dado un paseo por aquellos riscos.
--Tengo entendido que son los escoceses buenos guerreros, observó
Tristán.
--Fuertes y sufridos; no adelantan durante el combate, pero tampoco
huyen, sino que se aguantan á pie firme, dando cada toque que saca
chispas de cascos y coseletes. Con el hacha y la espada de combate no
tienen igual, pero son muy malos ballesteros, y lo que es con el arco,
no se diga. Además, los escoceses son por lo general muy pobres, aun sus
jefes, y pocos de ellos pueden comprarse una cota de malla tan modesta
como la que yo llevo puesta. De aquí que luchen con gran desventaja
contra nuestros caballeros, muchos de los cuales llevan encima yelmos,
petos, manoplas y cotas que representan el valor de cuatro ó seis
mayorazgos escoceses. Hombre por hombre, con iguales armas, son tan
buenos soldados como los mejores de Inglaterra y de toda la cristiandad.
--¿Y qué nos decís de los franceses?
--Son también combatientes de gran pujanza. Nuestras armas han sido muy
afortunadas en Francia, mas no por eso hay que tener en menos á sus
soldados. Los he visto pelear en campo abierto y encerrados en sus
fortalezas, en asaltos, emboscadas, salidas, sorpresas nocturnas,
duelos, justas y torneos; y puedo aseguraros, muchachos, que tienen el
corazón valiente y el brazo duro. Entre los caballeros que seguían á
Duguesclín podría citaros en este momento una veintena capaces de romper
lanzas, sin desventaja, con los más brillantes paladines de Inglaterra.
En tanto el pueblo, agobiado con tributos y gabelas, sufre, trabaja y
calla, y vive como Dios le da á entender.
--¿Habéis visitado otros países? preguntó Roger, á quien aquellos
relatos é informes interesaban sobre manera.
--He estado en Holanda, en Flandes y el Brabante y creo que de esta
hecha Tristán tendrá oportunidad de ver no sólo buena parte de Francia,
sino también algo y aun algos de la hermosa tierra de España. Del
holandés os diré que es tardo y pesado, y que no desenvaina la espada
por los bellos ojos de una doncella ni por un quítame allá esas pajas;
pero con justa causa y buenos capitanes, sabe defender su país, más
mojado que charca de ranas; y sobre todo, no toquéis sus fardos de lana,
sus terciopelos de la antigua Brujas y demás mercaderías, porque
entonces se enfurece y hay que matarlo para hacerlo entrar en razón.
¡Sí, reíos! Pues acordaos de lo que les pasó á los franceses en
Courtrai, donde los gordinflones holandeses les enseñaron que sabían
manejar el acero tan bien como forjarlo.
--¿Qué pensáis de los españoles? preguntó Roger.
--Raza guerrera de veras. Como que á la fecha llevan seis siglos largos
de continua lucha con lo más aguerrido de la gente árabe, que se
posesionaron de casi todo el país y á lo que creo ocupan todavía la
mitad de la Península. Me las hube con los súbditos del rey de Castilla
en el mar, cuando su flota vino á retarnos en Chelsea, y allí tuvimos
con ellos un zafarrancho de mil demonios, en el que participaron ochenta
naves inglesas y españolas. Y ahora que he contestado á tus preguntas,
mocito, voy á hacerte una proposición. Veo que te interesan mis relatos,
sé que harías carrera en el ejército á pesar de que pareces un
alfeñique, pero tienes buen consejo. Pues oye, elige uno cualquiera de
los objetos que dejé en la venta, el que te parezca más valioso, y te lo
regalo, á condición de que te vengas con este zagalón y conmigo á
Francia, en cuanto termine la misión que me lleva al castillo de
Monteagudo.
--No puede ser, replicó el joven. De mil amores iría con vos á Francia ó
á cualquier otro país, no sólo porque me place escucharos, sino porque
fuera de Belmonte sois los únicos amigos que tengo en el mundo. Pero
debo acatar la voluntad de mi padre muerto y ver ante todo á mi único
hermano. Lo que después suceda está por ver, pero desde luego os digo
que haríais conmigo una triste adquisición para vuestra Guardia Blanca,
pues ni por temperamento ni por educación sirvo yo para ese continuo
batallar en que vos vivís.
--¡Culpa es de mi parlera lengua! gritó el arquero. No le doy suelta sin
que se ponga á hablar de flechazos y estocadas, como si nada más hubiera
en el mundo. Pero ven acá, doctorcillo mío, y déjame explicarte lo que
tengo en mientes. Has de saber que no sólo necesitamos soldados y
ballestas. En primer lugar, por cada pergamino que se ve en Inglaterra
hay que escribir ó descifrar veinte en Francia. Por cada estatua, por
cada piedra preciosa tallada, por cada blasón, escudo ó divisa, moldura
y relieve que aquí pueda ocupar y dar de comer á un amanuense hábil y
discreto como tú, hay allí ciento. En el saco de Carcasona ví yo
habitaciones enteras atestadas de pergaminos, sin que ninguno de
nosotros pudiera leer una palabra de tanto fárrago. En Arlés y Nimes hay
ruinas de arcos y palacios y santuarios, mosaicos, pinturas é
inscripciones, tan antiguos unos y tan primorosos otros, que multitud de
gentes van á admirarlos, no sólo de toda Francia sino de otras naciones.
En tus ojos veo ya el deseo de contemplar tanta cosa buena. ¡Vente con
nosotros y voto á tal que no ha de pesarte!
--Mucho desearía yo ver todas esas riquezas de la antigüedad y esos
primores del arte, dijo Roger.
--Otra cosa. Allá he dejado yo más de trescientos arqueros blancos que
desde hace dos años no han oído una sola palabra de consejo, ni una
plática religiosa y bien sabe Dios que nadie lo necesita tanto como
ellos. Si tienes deberes aquí, tampoco es mala misión la que te ofrezco.
Hasta ahora tu hermano se ha pasado sin tí muy bonitamente y por Tristán
sé que en veinte años no se ha tomado una sola vez el trabajo de ir á
Belmonte para mirarte á la cara. ¡Valiente hermanito vas tú á buscar!
--¡No, pues y la fama que tiene en toda la comarca! añadió Tristán. Todo
el mundo sabe y de ello hemos hablado tú y yo en el convento, que tu
pariente Hugo de Clinton es un bebedor sin tasa, pendenciero y jugador,
que ha dado escándalos mayúsculos y que probablemente hará tanto caso de
tí como de un perro, si es que no te maltrata.
--No puedo creerlo, repuso Roger. Y si tan malo es, mayor deber tengo
yo, su único hermano, de darle algunos buenos consejos. No insistáis,
amigos, que yo de buena gana os siguiera, si fuese libre mi elección. Y
ahora, separémonos. Hé allí la torre cuadrada de Munster y aquí el
sendero que según me explicó el abad lleva directamente al pueblo.
--Dios te guarde, muchacho, exclamó el arquero dándole un estrecho
abrazo. Soy pronto en odiar y en querer, y te aseguro que me duele
separarme de tí.
--¿No sería bien aguardar aquí hasta ver qué recibimiento le hace su
hermano? propuso Tristán.
--No tal, dijo Roger. Bien ó mal recibido, lo probable es que me quede
en la granja de Munster y esperarme aquí sería tiempo perdido.
--Sin embargo, observó Simón, por lo que pueda ocurrir bueno será que
sepas dónde hallarnos, llegado el caso. Mira; Tristán y yo vamos á
seguir ese camino de la izquierda, dejando á la derecha el bosque y el
atajo que vas á tomar. Al caer la noche llegaremos al castillo de
Monteagudo, residencia antes del conde Guillermo de Salisbury, de quien
es condestable el barón de Morel que ahora habita aquel castillo. ¿Te
acordarás? Es muy probable que allí permanezcamos alojados cosa de un
mes, hasta nuestra salida para Francia.
Gran esfuerzo costó á Roger separarse de aquellos dos buenos amigos,
sobre todo inclinado como estaba á la vida de viajes y aventuras que
tanto le atraía, no por los alicientes que en ella pudieran hallar
hombres como el arquero y su recluta, sino por el vasto campo que
ofrecía á su vivo deseo de aprender, de ver el mundo y de aprovechar
prácticamente los variados conocimientos, oficios y artes adquiridos en
el convento de Belmonte. No se atrevió á mirar atrás por temor de que
flaqueara su resolución, y sólo cuando hubo andado buen trecho y
ocultádose entre los árboles arriesgó una última mirada. El arquero
continuaba inmóvil en el lugar mismo donde se habían despedido, cruzado
de brazos y mirando al suelo pensativamente. El sol hacía brillar su
almete y las mallas de su cota y sobre el hombro se veía la extremidad
del enorme arco de guerra. Junto á él estaba el gigantesco Tristán,
llevando todavía la raida vestimenta del batanero de Léminton. Momentos
después siguieron ambos su camino y Roger tomó á buen paso el de la
granja de su hermano.