DE CÓMO LOS CAMINANTES ATRAVESARON EL BOSQUE

Al romper el alba estaba ya la buena ventera atizando el fuego en la

cocina, malhumorada con la pérdida de los doce sueldos que le debía el

estudiante de Exeter, quien aprovechando las últimas sombras de la noche

había tomado su hatillo y salido calladamente de la hospitalaria casa.

Los lamentos de la tía Rojana y el cacareo de las gallinas que

tranquilamente invadieron la sala común apenas abrió aquella la puerta

de la venta, no tardaron en despertar á los huéspedes. Terminado el

frugal desayuno, púsose en camino el físico, caballero en su pacífica

mula y seguido á corta distancia por el sacamuelas y el músico,

amodorrado éste todavía á consecuencia de los jarros de cerveza de la

víspera. Pero el arquero Simón, que había bebido tanto ó más que los

otros, dejó el duro lecho más alegre que unas castañuelas, cantando á

voz en cuello _Los Amores de Albuino_, trova muy popular á la sazón; y

después de besar á la patrona y de perseguir á la criada hasta el

desván, se fué al arroyo cercano, en cuyas cristalinas aguas sumergió

repetidas veces la cabeza, "como en campaña," según decía.

--¿Á dónde os encamináis esta mañana, moro de paz? preguntó á Roger

apenas le vió.

--Á Munster, á casa de mi hermano, donde permaneceré probablemente algún

tiempo, contestó Roger. Decidme lo que os debo, buena mujer.

--¿Lo que vos me debéis? exclamó la ventera, que contemplaba admirada la

muestra pintada por el joven la noche anterior. Decid más bien cuánto os

debo yo, señor pintor. ¡Este sí que es un pájaro y no un muñeco; venid

aquí, vosotros, y contemplad esta bella enseña!

--¡Calla, y tiene los ojos de color de fuego! exclamó la criada.

--Y unas garras y un pico que dan miedo, dijo Tristán.

--Miren el niño, y qué callado lo tenía, comentó el arquero. Es ese un

gran pájaro y una bonita enseña para vos, patrona.

Complacido quedó el modesto artista al oir aquellos espontáneos elogios,

y no menos al pensar que en la vida no todo eran rencores, luchas,

crímenes y engaño, sino que podía ofrecer también momentos de legítima

satisfacción. La ventera se negó redondamente á recibir un solo sueldo

de Roger por su hospedaje, y el arquero y Tristán lo sentaron á la mesa

entre ambos, invitándole á compartir su abundante almuerzo.

--No me sorprendería saber, dijo Simón, que también sabes leer

pergaminos, cuando tan listo eres con pinceles y colores.

--Gran vergüenza sería para mí y para los buenos religiosos de Belmonte,

que yo no supiera leer, contestó Roger. Como que he sido amanuense del

convento por cinco años, y á los monjes debo todo lo que sé.

--¡Este mozalbete es un prodigio! exclamó el arquero mirándole con

admiración. ¡Y sin pelo de barba y con esa cara de niña! Cuidado que yo

le pego un flechazo al blanco, por pequeño que sea y á trescientos

cincuenta pasos, cosa que no pueden hacer muchos y muy buenos arqueros

de ambos reinos; pero que me ahorquen si puedo leer mi nombre trazado

con esos garabatos que vosotros usáis. En toda la Guardia Blanca un solo

soldado sabía leer y recuerdo que se cayó en una cisterna durante el

asalto de Ventadour; lo que prueba que el leer y escribir no es para

hombres de guerra, por mucho que le pueda servir á un amanuense.

--También yo entiendo algo de letra, dijo Tristán con la boca llena; por

más que no estuve bastante tiempo con los monjes para aprenderlo bien,

que ello es cosa de mucho intríngulis.

--¿Sí? Pues aquí tengo yo algo que te permitirá lucirte, repuso el

arquero, sacando del pecho un pergamino que entregó á Tristán. Era un

delgado rollo, firmemente sujeto con una cinta de seda roja y cerrado

por ambos extremos con grandes sellos de igual color. El exnovicio miró

y remiró largo tiempo la inscripción exterior, contraídas las cejas y

medio cerrados los ojos.

--Como no he leído mucho estos días, acabó por decir, no estoy del todo

seguro de lo que aquí reza. Yo puedo creer que dice una cosa y otro

puede leer otra muy diferente. Pero á juzgar por lo largo de las líneas,

paréceme que se trata de unos versículos de la Biblia.

--No estás tu mal versículo, camarada, dijo Simón moviendo la cabeza

negativamente. Lo que es á mí no me haces creer que el señor Claudio

Latour, valiente capitán si los hay, me ha hecho cruzar el canal sin más

embajada que una salmodia. Pasa el rollo al mocito y apuesto un escudo á

que nos lo lee de golpe.

--Pues por lo pronto, esto no es inglés, dijo Roger apenas leyó algunas

palabras. Está escrito en francés, con muy primorosa letra por cierto, y

traducido dice así: "Al muy alto y muy poderoso Barón León de Morel, de

su fiel amigo Claudio Latour, Capitán de la Guardia Blanca, castellano

de Biscar, señor de Altamonte y vasallo del invicto Gastón, Conde de

Foix, señor de alta y baja justicia."

--¿Qué tal? dijo el arquero recobrando el precioso documento. Vales

mucho, chiquillo.

--Ya me figuraba yo que decía algo por el estilo, comentó Tristán, pero

me callé porque no entendí eso de alta y baja justicia.

--¡Vive Dios y qué bien lo entenderías si fueras francés! Lo de baja

justicia quiere decir que tu señor tiene el derecho de esquilmarte, y la

alta justicia lo autoriza para colgarte de una almena, sin más

requilorios. Pero aquí está la misiva que debo llevar al barón de Morel,

limpios quedan los platos y seco el jarro; hora es ya de ponernos en

camino. Tú te vienes conmigo, Tristán, y cuanto al barbilindo ¿á dónde

dijiste que ibas?

--Á Munster.

--¡Ah, sí! Conozco bien este condado, aunque nací en el de Austin, en la

aldehuela de Cando, y nada tengo que decir contra vosotros los de

Hanson, pues no hay en la Guardia Blanca arqueros ni camaradas mejores

que los que aprendieron á tirar el arco por estos contornos. Iremos

contigo hasta Munster, muchacho, ya que eso poco nos apartará de nuestro

camino.

--¡Andando! exclamó alegremente Roger, que se felicitaba de continuar su

viaje en tan buena compañía.

--Pero antes importa poner mi botín en seguridad y creo que lo estará

por completo en esta venta, de cuya dueña tengo los mejores informes.

Oid, bella patrona. ¿Véis esos fardos? Pues quisiera dejarlos aquí, á

vuestro cuidado, con todas las buenas cosas que contienen, á excepción

de esta cajita de plata labrada, cristal y piedras preciosas, regalo de

mi capitán á la baronesa de Morel. ¿Queréis guardarme mi tesoro?

--Descuidad, arquero, que conmigo estará tan seguro como en las arcas

del rey. Volved cuando queráis, que aquí habréis de hallarlo todo

intacto.

--Sois un ángel, _bonne amie_. Es lo que yo digo: tierra y mujer

inglesas, vino y botín franceses. Volveré, sí, no sólo á buscar mi

hacienda sino por veros. Algún día terminarán las guerras, ó me cansaré

yo de ellas, y vendré á esta tierra bendita para no dejarla más,

buscándome por aquí una mujercita tan retrechera como vos.... ¿Qué os

parece mi plan? Pero ya hablaremos de esto. ¡Hola, Tristán! Á paso

largo, hijos míos, que ya el sol ha traspuesto la cima de aquellos

árboles y es una vergüenza perder estas horas de camino. _¡Adieu, ma

vie!_ No olvidéis al buen Simón, que os quiere de veras. ¡Otro beso!

¿No? Pues adiós, y que San Julián nos depare siempre ventas tan buenas

como ésta.

Hermoso y templado día, que convirtió en gratísimo paseo el camino de

los tres amigos hasta Dunán, en cuyas calles vieron numerosos hombres de

armas, guardias y escuderos de la escolta del rey y de sus nobles,

hospedados por entonces en el vecino castillo de Malvar, centro de las

reales cacerías. En las ventanas de algunas casas menos humildes y

destartaladas que las restantes se veían pequeños escudos de armas que

señalaban el alojamiento de un barón ó hidalgo de los muchos que no

había sido posible aposentar en el castillo. El veterano arquero, como

casi todos los soldados de la época, reconoció fácilmente las armas y

divisas de muchos de aquellos caballeros.

--Ahí está la cabeza del Sarraceno, iba diciendo á sus compañeros; lo

cual prueba que por aquí anda Sir Bernardo de Brocas, á quien esas armas

pertenecen. Yo le ví en Poitiers, en la última acometida que dimos á los

elegantes caballeros franceses y os aseguro que peleó como un león. Es

montero mayor de Su Alteza y trovador como hay pocos, pero no iguala al

señor de Chandos, que canta unas trovas alegres con más gracia que

nadie. Tres águilas de oro en campo azul; ese es uno de los Lutreles,

dos hermanos á cual más esforzado. Por la media luna que va encima juzgo

que debe de ser la divisa de Hugo Lutrel, hijo mayor del viejo

condestable, á quien retiramos del campo de batalla de Romorantín con el

pie atravesado por un dardo. Allí á la izquierda campea el casco con

plumas rizadas de los Debrays. Serví un tiempo á las órdenes del señor

Rolando Debray, gran bebedor y buena lanza, hasta que la gordura le

impidió montar á caballo.

Así continuó comentando Simón, atentamente escuchado por Roger, mientras

su hercúleo compañero contemplaba con interés los grupos de pajes y

escuderos, los magníficos lebreles y los mozos que limpiaban armas y

monturas ó discutían sobre los méritos de los corceles pertenecientes á

sus señores respectivos. Al pasar frente á la iglesia se abrieron las

puertas de ésta para dar salida á numeroso grupo de fieles. Roger dobló

la rodilla y se descubrió, pero antes de que terminara su corta oración

ya habían desaparecido sus dos compañeros en el recodo que más allá de

la iglesia formaba la calle del pueblo y Roger tuvo que correr para

alcanzarlos.

--¡Cómo! exclamó. ¿Ni siquiera un avemaría ante las abiertas puertas de

la casa del Señor? ¿Así esperáis que Él bendiga vuestra jornada?

--Amigo, repuso Tristán, he rezado tanto en los últimos dos meses, no

sólo al levantarme y acostarme sino en maitines, laudes y vísperas, que

todavía me da sueño al pensar en ello y creo que tengo rezos anticipados

para algunas semanas por lo menos.

--Nunca están demás las oraciones, observó Roger con calor. Es lo único

que puede valernos. ¿Qué es, sino una bestia, el hombre para quien la

vida se reduce á comer, beber y dormir? Sólo cuando se acuerda del

inmortal espíritu que lo anima se eleva y se convierte en hombre, en

sér racional. ¡Pensad cuán triste sería que el Redentor hubiese

derramado en vano su preciosa sangre!

--¡Tate, y qué gran cosa es el muchacho éste, que se ruboriza como una

doncella y al propio tiempo sermonea como todo el sacro Colegio de

Cardenales! exclamó el arquero. Y á propósito, ya que de la muerte de

Nuestro Señor nos hablas, juro que no puedo pensar en ello sin desear

que aquel bribón de Judas Iscariote, que por la cuenta debió de ser

francés, hubiese venido por estas tierras, para tener el gusto de

pegarle cien flechazos, desde los pies hasta la coronilla. Y no fueron

menos canallas los que crucificaron á Jesús. Por mi parte, la muerte que

prefiero es la que se recibe en el campo de batalla, cerca de la gran

bandera roja con su león rampante, entre las voces de los combatientes,

el chocar de las armas y el silbido de las flechas. Pero eso sí, máteme

lanza, espada ó dardo, caiga yo á los golpes del hacha de combate ó

atravesado por alabarda ó daga; pero me parecería una vergüenza recibir

la muerte de una de esas bombardas que ahora empiezan á usar gentes

cobardes, que derrengan á un valiente desde lejos y son más propias para

asustar mujercillas y niños con sus fogonazos y estampidos que para

habérselas con hombres de pelo en pecho.

--Algo he leído en el claustro sobre esas nuevas máquinas de guerra,

dijo Roger. Y á duras penas comprendo cómo una bombarda pueda lanzar

pesada esfera de hierro á doble distancia que la alcanzada por la flecha

del mejor arquero, y con fuerza suficiente á destrozar armaduras y batir

murallas.

--Así es, en efecto. Pero también es cierto que mientras los noveles

armeros limpiaban sus bombardas y les hacían tragar un polvo negro que

debe de ser obra del diablo y les atacaban una de sus pelotas de hierro,

nosotros los arqueros blancos solíamos atizarles hasta diez flechazos

cada uno, dejando ensartados y tendidos á buen número de aquellos

bellacos, que Dios confunda. Sin embargo, no negaré que en el cerco de

una plaza ó una fortaleza, las compañías de pedreros y bombardas prestan

magno servicio y abren á los verdaderos soldados la brecha que

necesitamos para ir á verle de cerca la cara al enemigo.... Pero ¿qué

esto? Alguien gravemente herido ha pasado hace poco por aquí. ¡Mirad!

Al decir esto señalaba y seguía el soldado un rastro de sangre que teñía

la hierba y las piedras del camino.

--Un ciervo herido, quizás....

--No lo creo. Soy bastante buen cazador para descubrir su pista, si

alguno hubiera pasado por aquí. Quienquiera que sea, no anda lejos.

¿Oís?

Los tres se pusieron á escuchar. De entre los árboles del bosque llegaba

hasta ellos el ruido de unos golpes dados á intervalos regulares, el eco

de ayes y lamentos dolorosos y una voz que entonaba acompasado canto.

Llenos de curiosidad, se adelantaron rápidamente y vieron entre los

árboles á un hombre alto, delgado, que vestía largo hábito blanco y

andaba lentamente, inclinada la cabeza y cruzadas las manos. Abierto y

caído el hábito desde los hombros hasta la cintura, dejaba descubiertas

las espaldas, que aparecían cárdenas y ensangrentadas, dejando correr

hilos de sangre que manchaban la túnica y goteaban sobre el suelo. Iba

tras él otro individuo de menor estatura y más edad, vestido como el

primero y con un libro abierto en la mano izquierda, al paso que la

derecha empuñaba unas largas disciplinas, con las que azotaba cruelmente

á su compañero al terminar la lectura de cada una de las oraciones que

en francés salmodiaba.

Asombrados contemplaban nuestros viajeros el inesperado espectáculo,

cuando el azotador entregó libro y disciplinas á su compañero y

descubrió sus propias espaldas, de las que muy pronto empezó á correr la

sangre, á los zurriagazos furibundos que le daba su verdugo. Cosa

extraña y nueva aquella para Roger y Tristán, mas no para el arquero.

--Son los Penitentes, dijo; unos frailes que á cada paso encontrábamos

en Francia y muy numerosos en Italia y Bohemia, pero apenas conocidos

todavía en Inglaterra, donde ciertamente no esperaba yo verlos. Aun los

pocos que aquí hay son todos extranjeros, según me han dicho. _¡En

avant!_ Pongámonos al habla con esos reverendos que en tan poco estiman

su pellejo.

--Bastante os habéis azotado ya, padres míos, les dijo el arquero en

buen francés al llegar junto á los penitentes. Largo es el reguero de

vuestra sangre en el camino. ¿Por qué os maltratáis de esa manera?

--_¡C'est pour vos péchés, pour vos péchés!_ murmuraron ambos, fijando

en los recienllegados sus tristes miradas. Y volvieron á manejar las

disciplinas tan vigorosamente como antes, sin atender á las palabras y

súplicas de los desconocidos, quienes renunciaron á seguir contemplando

aquel triste cuadro ya que no podían impedirlo, y se pusieron

apresuradamente en camino.

--¡Por vida de los babiecas estos! exclamó Simón. Si mis pecados

necesitan sangre que los lave, más de dos azumbres de la que corre por

mis venas he dejado yo en tierra de Francia; pero perdida en buena lucha

y no friamente y gota á gota, como la derraman los penitentes sin más ni

más. Pero ¿qué es eso, mocito? Estás más blanco que las famosas plumas

del casco de Montclus, que nos servían para reconocerle y seguirle allá

en Narbona. ¿Qué te pasa?

--No es nada, dijo Roger. No estoy acostumbrado á ver correr la sangre

humana.

--Caso extraño es para mí, dijo el veterano, que quien tan bien piensa y

mejor habla tenga el corazón tan débil....

--¡Alto ahí! exclamó Tristán. No es flaqueza de ánimo, que yo conozco

bien á este muchacho. Su corazón es tan entero como el tuyo ó el mío; lo

que hay es que tiene en su mollera mucho más de lo que tú tendrás nunca

debajo de ese puchero de peltre que te cubre el cráneo y por

consiguiente ve más allá y siente más hondo que nosotros, y se afecta

con lo que no puede afectarnos.

--No hay duda que para mirar con indiferencia correr la sangre se

requiere aprendizaje, asintió Simón, después de reirse de la

irrespetuosa salida de su recluta.

--Estos religiosos extranjeros me parecen gente muy santa, observó

Roger, pues de lo contrario no se impondrían tan cruel martirio en

satisfacción de pecados ajenos.

--Pues yo me río de ellos y de sus azotes, salmos y melindres, dijo

Tristán. ¿Á quién aprovecha la sangre que derraman? Déjate de simplezas,

Roger, que después de todo esos frailes pueden ser muy bien como algunos

que tú y yo conocemos, ¿eh? Más les valiera dejar tranquilas sus

espaldas y no meterse á redentores sino ser algo más humildes, que á la

legua se les trasluce el orgullo.

--¡Por el rabo de Satanás, recluta, jamás creí que con esa cabeza color

de zanahoria pudieras tú pensar cosas tan discretas! Diga lo que quiera

el sabio Roger, ni este arquero, ni por lo visto este mameluco rojo,

creerán jamás que al buen Dios le guste ver á los hombres, frailes ó no

frailes, abriéndose las carnes con un rebenque. De seguro que mira con

mejores ojos á un soldado franco y alegre como yo, que nunca ofendió al

vencido ni volvió la espalda al enemigo.

--Pensáis como podéis, y creéis decir bien, repuso Roger. Pero ¿acaso

imagináis que no hay en el mundo otros enemigos que los guerreros

franceses, ni más gloria que la que pueda alcanzarse combatiéndolos? Vos

tendríais por esforzado campeón al que en un solo día venciese á siete

poderosos rivales. Pues ¿qué me decís del justo que ataque, venza y

subyugue á esos otros siete y más poderosos enemigos del alma, los

pecados capitales, con algunos de los cuales ha de durar su lucha años

enteros? Esos campeones que yo admiro son los modestos servidores de

Dios que mortifican la carne para dominar el espíritu. Los admiro y los

respeto.

--Sea en buen hora, _mon petit_, y nadie te lo ha de impedir mientras yo

ande cerca. Para predicador no tienes precio. Como que me recuerdas al

difunto padre Bernardo, que fué un tiempo capellán de la Guardia Blanca

y que era un ángel con verrugas y cabellos canos. Por cierto que en la

batalla de Brignais lo atravesó con su pica un soldado tudesco al

servicio del rey de Francia, sacrilegio por el cual obtuvimos que el

Papa de Avignón excomulgara al matador. Pero como nadie le conocía y

sólo sabíamos de él que era bajo y rechoncho y manejaba la pica como un

ariete, es de temer que la excomunión no le haya alcanzado, ó lo que es

peor, que haya recaído sobre algún otro maldito tudesco de los muchos

que dejan su tierra para dejar después el pellejo en Francia.

Rióse Roger de los fantásticos conocimientos canónicos del veterano, á

quien preguntó si la valiente Guardia Blanca había llegado en efecto

hasta Avignón y doblado la rodilla ante el sucesor de San Pedro.

--No lo dudes, chiquillo, contestó Simón. Dos veces he visto yo al Papa

Urbano con mis propios ojos. Es, ó era, porque en el campamento se habló

hace poco de su muerte, un viejecillo chiquitín, con ojos muy grandes,

nariz encorvada y un mechón de pelo blanco en la barba. La primera vez

le sacamos diez mil ducados, pero gritó y se enfureció de mala manera.

La segunda entrevista fué para pedirle veinte mil ducados más, y te

aseguro que armó un cisco feroz. Tres días de reyertas y cabildeos nos

costó antes de que nuestro capitán nos llamara para recibir y conducir

las talegas que contenían las doblas de oro. Yo he creído siempre que

hubiéramos salido mejor librados saqueando el palacio del Papa, pero los

jefes ingleses se opusieron á ello. Recuerdo que un cardenal vino á

preguntarnos si preferíamos recibir quince mil ducados con una

indulgencia plenaria para cada arquero, ó veinte mil ducados con la

maldición de Urbano V. En todo el campo no hubo más que una opinión:

veinte mil ducados. Sin embargo nuestro capitán acabó por ceder y

recibimos la bendición apostólica contra toda nuestra voluntad y un sin

fin de indulgencias. Quizás valiera más así, porque bien las

necesitábamos los arqueros blancos por aquel entonces.

El piadoso Roger escuchaba horrorizado aquellos detalles. Las creencias

de toda su vida, su profundo respeto por la dignidad pontificia, la

veneración que profesaba al jefe visible de la Iglesia, todo le

impulsaba á protestar contra la escandalosa irreverencia del soldado.

Parecíale que con solo escuchar el impío relato había pecado él mismo;

que el sol debía ocultar sus brillantes rayos tras negras nubes y trocar

el campo sus alegres galas por la desolación y la tristeza del desierto.

Sólo recobró un tanto la perdida calma cuando se hubo postrado de

hinojos ante una de las toscas cruces inmediatas al camino y orado

fervorosamente, pidiendo para el arquero y para sí mismo el perdón del

Cielo.

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 24 / 101 题