Era el desconocido hombre de mediana estatura, vigoroso y bien plantado;
moreno el rostro, afeitado cuidadosamente, y acentuadas y un tanto rudas
las facciones, desfiguradas en parte por tremenda cicatriz que cruzaba
la mejilla izquierda, desde la nariz hasta el cuello. Vivos los ojos,
con expresión de amenaza en su brillo y en la contracción habitual de
las cejas. Su boca de duras líneas y apretados labios no suavizaba por
cierto la severidad del semblante, que revelaba al hombre familiarizado
con el peligro y dispuesto siempre á combatirlo. Su larga tizona y el
fuerte arco que llevaba á la espalda revelaban su profesión, así como
las averías de su cota de malla y las abolladuras del casco decían á las
claras que llegaba de los campos de batalla, á la sazón teñidos en
sangre inglesa y francesa en la guerra que proseguían Eduardo III y su
hijo el Príncipe Negro contra el Rey Carlos V de Francia. Del hombro
izquierdo del arquero pendía un ferreruelo blanco, con la roja cruz de
San Jorge en su centro.
--¡Hola! exclamó guiñando rápidamente los ojos, deslumbrados por la
brillante luz del hogar y de las antorchas. ¡Buena lumbre, buena
compañía y buena cerveza! Dios os guarde, camaradas. ¡Una mujer, por
vida mía! dijo al ver á la tía Rojana, que en aquel momento pasaba junto
á él con un par de jarros rebosantes de cerveza. ¡Salud, prenda! y
rodeando con su brazo el talle de la ventera, estampó dos sonoros besos
en sus mejillas.
--_¡Ah, c'est l'amour, madame, c'est l'amour!_ tarareó. Mal haya el
pícaro francés, que se me ha pegado á la lengua y voy á tener que
ahogarlo en buena cerveza inglesa. Porque habéis de saber que no tengo
una gota de sangre francesa en las venas y que soy el arquero Simón
Aluardo, inglés de buena cepa y contentísimo de volver á poner los pies
en su tierra. Así fué que al desembarcar de la galera en la playa de
Boyne besé la tierra, porque hacía ya ocho años que no la veía, como os
he besado á vos, bella ventera, porque de Boyne aquí apenas si he visto
media docena de buenas mozas, y ninguna tan apetitosa como vos.... Pero
¡por mi espada! que esos bribones se han largado con la carga, exclamó
lanzándose hacia la puerta. ¡Hola! ¿estáis ahí? ¡Entrad luego, truhanes!
Á su voz entraron en la estancia tres cargadores con sendos fardos y
permanecieron alineados cerca de la pared.
--Veamos si me devolvéis intacta mi hacienda, buscones. Número uno: un
cobertor francés de pluma finísima, dos sobrecamas de seda labrada de
damasco y veinte varas de terciopelo genovés.
--Aquí está todo, señor capitán.
--¡Qué capitán ni qué niño muerto! Á ver, el segundo: un rollo de tela
de púrpura, que no se ha visto matiz más hermoso en Inglaterra y otro de
paño de oro; ponlo ahí en el suelo junto al fardo del otro, y si algo
resulta manchado ó averiado te corto las orejas. Número tres: una caja
cerrada que contiene broches de oro y plata, dos dagas de gran valor, un
relicario guarnecido de perlas y otros despojos, ganados por mí con la
punta de mi fiel espada. Item más, un paquete con un cáliz y dos
crucifijos, todo ello de plata de ley y hallado por mí en la iglesia de
San Dionisio de Narbona, durante el saqueo de aquella ciudad; objetos
que me apropié para evitar que cayeran en manos peores que las muy
limpias de un arquero del rey Eduardo. ¡Corriente, monigotes! La cuenta
está completa. Aquí tenéis dos sueldos por barba, que no debiera
dároslos, sino dos puntapiés á cada uno; y decid á la patrona que os
eche un trago, que yo pago.
Todos contemplaban y oían con interés al veterano, quien apenas aplacó
la sed apurando un enorme cubilete de estaño lleno de cerveza, volvió á
tomar la palabra:
--Y ahora, á cenar, _ma belle_. Un capón asado, un trozo de carne digno
de mi apetito y dos ó tres frascos de buen vino gascón. Tengo doblas de
oro y cornados de plata en el bolsillo, y sé gastarlos, como buen
soldado. Por lo pronto, cuantos me oyen van á tomar un trago de lo que
gusten conmigo.
La invitación no era para rehusada; volvieron á llenarse los jarros y
bebieron á la salud del alegre arquero, á quien rodearon todos, á
excepción de algunos leñadores y pecheros que vivían lejos y muy á su
pesar tuvieron que abandonar la venta. El recienllegado se había quitado
cota, casco y manto y puéstolos sobre sus fardos, junto con la espada,
arco y flechas. Sentado frente al hogar, desabrochada la almilla y
asiendo con la fuerte y atezada diestra el asa de un jarro de buen
tamaño lleno hasta los bordes, sonreía con expresión de profundo
contento. Los encrespados cabellos de castaño color le cubrían el cuello
y no parecía tener más de cuarenta años, á pesar de las profundas
huellas impresas en su rostro por las penalidades de sus largas campañas
y por los excesos del placer y la bebida. Roger había suspendido la
pintura de la famosa muestra y contemplaba admirado aquel tipo del
guerrero de la época tan nuevo para él, y que en corto espacio habíase
mostrado duro y violento, galante, generoso, sonriente y apacible por
fin, seguro de su fuerza y satisfecho de sí mismo. En aquel momento
acertó á mirarle el arquero y vió la sorpresa y la curiosidad retratadas
en el rostro del joven.
--¡Á tu salud, _mon garçon_! exclamó levantando su jarro y con sonrisa
que descubrió dos hileras de firmes y blancos dientes ¡Por mi espada,
que no has visto tú muchos hombres de armas, ó no me mirarías como si
fuese yo un moro recienllegado de España!
--Jamás había visto un soldado de nuestras guerras, confesó Roger
francamente, aunque sí oído y leído mucho sobre sus proezas.
--Pues á fe que si cruzas el mar los verás más numerosos que abejas en
la colmena. Hoy no podrías disparar una flecha en las calles de Burdeos
sin ensartar arquero, paje, caballero ó escudero de uno ú otro bando. Y
no de los que estilamos por aquí, con justillo y manto, sino con cota de
malla ó coraza.
--¿Y dónde habéis hallado todas esas lindas cosas que ahí tenéis?
preguntó Tristán, señalando las riquezas amontonadas del arquero.
--Donde hay otras muchas y mejores esperando que vayan á recogerlas los
mozos bien plantados como tú, que no deberían de seguir enmoheciéndose
aquí, esperando que el amo les pague el salario, sino ir á ganarlo y
cobrarlo por sí mismos, allá en tierra de Francia. ¡Voto á tal, que es
aquella vida digna de hombres, noble y honrada cual ninguna! ¡Ea, bebed
conmigo á la salud de mis camaradas, á la gloria del Príncipe Negro,
hijo del buen rey Eduardo y sobre todo á la del noble señor Claudio
Latour, jefe de la invicta Guardia Blanca!
--¡Claudio Latour y la Guardia Blanca! exclamaron á una voz los
presentes, casi todos conocedores de los altos hechos de aquel esforzado
capitán y del invencible cuerpo de su mando, los famosos Arqueros
Blancos, que habían tomando parte principalísima en las luchas contra
Francia.
--¡Bravo, camaradas! Volveré á llenar vuestros cubiletes, por lo bien
que habéis brindado en honor de los valientes que visten el coleto
blanco. ¡Venga esa cerveza, ángel mío! y dirigiéndose á la tía Rojana,
que le miraba sonriente y complacida, entonó una canción bélica, con
vozarrón tremendo y desafinando á todo trapo.
--Á fe mía que más entiendo yo de dar flechazos que de cantar trovas.
--La canción esa me la sé yo de la cruz á la fecha, y mi arpa la conoce
tan bien como yo, dijo el músico. Y si este señor predicador, añadió
mirando á Roger, no tiene en ello inconveniente, la tocaré y cantaré en
obsequio de este valiente arquero....
Muchas veces recordó después Roger el animado y pintoresco cuadro que
presentaba la sala del _Pájaro Verde_ en aquellos momentos. En el centro
del corro el mofletudo y enrojecido rostro del juglar, cantando con
mucha expresión las populares estrofas; el grupo de oyentes, el arquero
Simón llevando el compás con la cabeza y con la mano, y el exnovicio
Tristán, que no era de los menos complacidos con el canto de maese
Lucas, á juzgar por la sonrisa que animaba su rostro bonachón.
--¡Por el filo de mi espada! exclamó el arquero al terminar la canción.
Muchas noches he oído esa misma trova en el campo inglés y cuenta que
le hacíamos coro más de doscientos soldados del rey; pero este viejo
bebedor deja muy atrás á los que tenemos por oficio manejar el arco, la
ballesta y la alabarda.
Entretanto, la ventera y una buena moza que la ayudaba habían colocado
sobre la maciza mesa de encina los apetitosos platos que formaban la
cena de Simón, acompañados de algunas enormes rebanadas de plan blanco.
--Lo que no entiendo, continuó alegremente el arquero mientras se
preparaba á despachar su cena, es que mocetones como vosotros os
avengáis á vivir pegados al terruño, doblando el espinazo y sudando el
quilo, cuando tan buena vida podríais llevar bajo las banderas del rey.
Miradme á mí. ¿Qué tengo que hacer? Lo que dice la canción que acabáis
de oir: la mano en la cuerda, la cuerda en la flecha y la flecha en el
blanco. Que es precisamente lo que vosotros hacéis como distracción y
pasatiempo los domingos, después del rudo trabajo de la semana.
--¿Y la paga? preguntó uno.
--Pues ya lo estáis viendo: como bien, bebo mejor, convido á quien me
place, no pido favores á nadie y le traigo á mi novia telas de seda y
brocado dignas de una princesa. ¿Qué os parece la paga, _mes garçons_?
¿Y qué del montón de chucherías y dijes que véis en aquel rincón? Todo
ello viene en derechura del sur de Francia, donde hemos hecho la última
campaña. ¿Cuándo esperáis ganar vosotros la centésima parte de ese
botín?
--Rico es, á fe mía, dijo el sacamuelas.
--Y luego, la posibilidad de embolsarse un buen rescate. ¿No sabéis lo
que pasó hace pocos años en las batallas de Crécy y de Poitiers? No hubo
hombre de armas ni paje ó escudero inglés que no hiciera prisionero por
lo menos á un rico barón, conde ó alto caballero francés. Ahí está mi
primo Roberto, un gañán como hay pocos, que al empezar la retirada del
enemigo en Poitiers puso sus manazas sobre el paladín francés Amaury de
Chateauville, dueño y señor de cien villas y castillos, quien tuvo que
aprontar cinco mil libras de oro por su rescate, amén de dos caballos
soberbios con riquísimas preseas. Cierto que el zafio de Roberto no
tardó en quedarse sin blanca, gracias á una mozuela francesa, linda como
una perla y más lista que una ardilla. Pero esas son cuentas suyas, y
además ¿no se han hecho las doblas para gastarlas, sobre todo en
compañía de un buen palmito? ¿Verdad, _ma belle_?
--Bien dicen que nuestros valientes arqueros vuelven al país no sólo
ricos sino corteses, replicó la Rojana, á quien habían impresionado
vivamente la franqueza, el buen humor y la generosidad de su nuevo
huésped.
--¡Á vuestra salud, ojos de cielo! fué la réplica del galante soldado,
levantando su vaso y sonriendo á la ventera.
--Una cosa no veo yo muy clara, señor arquero, dijo el estudiante de
Exeter. Y es que habiendo firmado nuestro buen príncipe el tratado de
Bretigny con el soberano francés, después de nuestras recientes y
grandes victorias, nos habléis de guerra con Francia y de rescates y
botines....
--Lo cual quiere decir que yo miento, barbilindo, interrumpió el
soldado, asiendo por las patas el enorme capón asado que delante tenía,
como si fuese una maza de combate.
--Líbreme Dios de semejante atrevimiento, exclamó apresuradamente el
jovencillo. De allá venís vos, y quizás traigáis nuevas nunca oídas
todavía en Inglaterra. La tregua con Francia no ha de ser eterna....
--Ni mucho menos. Pero aun cuando es muy cierto, como decís, que hoy por
hoy no estamos á rompernos los huesos con los soldados del rey Carlos,
vuestra pregunta prueba que sois novicio en achaques de guerra. Habéis
de saber que en tierra de Francia continúan los cintarazos, porque andan
como siempre divididos y en armas brabantinos, nanteses, gascones y
aventureros de todas clases, sin contar numerosas bandas de rufianes sin
bandera, que cercan y saquean ciudades y dan y reciben cuchilladas sin
cuento. Y malo sería que cuando cada quisque tiene la mano en la
garganta del vecino y cada baroncillo marcha al frente de su mesnada
contra el primero que se le ponga en el camino, no tuvieran medios de
ganarse la vida en aquel río revuelto los quinientos arqueros ingleses
que forman la invencible Guardia Blanca. No son tantos ahora, porque el
caballero de Montclus se llevó un centenar de ellos en su expedición á
Milán contra el Marqués de Monferrato; pero cuento reclutar yo mismo
aquí no pocos muchachos ganosos de honra y provecho, y completar con
ellos las filas del cuerpo más lucido que hoy campea bajo la bandera de
San Jorge. Lo único que nos falta es que Sir León de Morel se avenga á
dejar su castillo una vez más y á empuñar la espada, poniéndose al
frente de nuestros arqueros.
--No sería poca fortuna para ellos, observó el físico, porque
exceptuando á nuestro príncipe y al noble señor de Chandos, no hay en
todo el reino mejor lanza, ni valor más probado que el de Sir León de
Morel.
--Habláis como un libro, que yo le he visto batir el cobre y apenas hay
quien le iguale. Nadie lo diría, con su cuerpecillo de paje, sus
corteses maneras y su suave voz; pero ¡por mi espada! desde que nos
embarcamos en Orvel hasta el sitio de París, y de esto hace ya casi
veinte años, no hubo caballero inglés que diera mejor ejemplo, ni
escaramuza, emboscada, asalto ó salida en que él no figurase en primera
línea. En busca suya voy al castillo de Monteagudo, antes de reclutar mi
gente, para entregarle una carta de Sir Claudio Latour, rogándole que
ocupe el mando vacante por la partida de Montclus. Pero no quisiera
presentarme a él solo, sino por lo menos con un buen par de futuros
arqueros blancos.... ¿Qué dices tú á eso, ganapán? preguntó Simón
dirigiéndose á un atlético leñador.
--Mujer y tres hijos tengo en mi cabaña, replicó éste y no puedo
dejarlos por servir al rey.
--¿Y tú, mocito?
--Yo soy hombre de paz, contestó Roger, y además tengo otra misión muy
distinta.
--¡No estáis vosotros malas gallinas! ¿Dónde están los hombres de Dunán,
de Malvar, de Balsain? ¿No hay ya más que mujeres en Corvalle y Vernel?
Pues entonces ¡rayos y truenos! ¿por qué no vestís guardapiés y cofia y
os ponéis á manejar la rueca, que no á beber con hombres?
En aquel momento cayó una pesada mano sobre el hombro de Simón, la
manaza de Tristán de Horla, á quien se oyó decir con gran calma:
--Sois un embustero de tomo y lomo, señor arquero, como lo prueban las
patrañas que nos endilgáis hace media hora; y sois además un deslenguado
y os abofetearé lindamente si repetís las palabras que acabáis de
decir.
--¡Bravo, _mon garçon_! gritó el arquero riendo á carcajadas. Ya sabía
yo que de haber un hombre en el corro no me costaría trabajo
descubrirlo. ¿Conque tú quieres abofetearme, eh? Pues mira, otra cosa te
propongo. Una lucha en regla. No á puñadas, porque yo tengo mi plan y no
quiero echar á perder esa cara de pascua que Dios te ha dado. Nos
plantamos aquí en medio de la sala, nos agarramos cómo y por dónde
podamos, y si tú me derribas te regalo aquel soberbio cobertor de pluma,
que gané en la toma de Narbona y que no tiene igual ni en la cámara del
rey....
--Qué me place, asintió Tristán, quitándose apresuradamente ropilla y
jubón y dejando ver los poderosos músculos de su cuello, pecho y brazos.
Venid, arquero; ya podéis despediros de vuestro cobertor, y por lo menos
de un par de huesos que voy á romperos contra el suelo.
--Eres todo un hombre, cabeza roja, exclamó el arquero con gran risa,
poniendo á un lado su jarro y apretando el ancho cinto de cuero.
--Esperad, un momento, dijo un montero. Ya sabemos lo que el soldado
apuesta; pero si vos perdéis, amigo Tristán ¿qué ganará con ello el
otro?
--Yo nada tengo que apostar, replicó Tristán muy contrariado y mirando á
Simón.
--Sí tienes, gigante mío, sí tienes, dijo éste. Si me derribas, te
llevas el cobertor de una princesa; pero si te derribo yo, me llevo tu
cuerpo, sin ser el diablo, y lo alisto por cuatro años en la Guardia
Blanca, con otros mocetones como tú que espero llevarme á Francia y que
si escapan con vida me lo han de agradecer.
--¡Eso es! Justa es la propuesta, exclamaron tres ó cuatro voces.
--Aceptado, y basta de charla, dijo Tristán adelantando el pie
izquierdo, echando hacia atrás el cuerpo y abriendo y cerrando las
enormes manos.
El arquero, aunque de estatura mucho menor, tenía músculos de acero y
era luchador experto. Acercóse con cauto paso á su adversario, que le
miraba con ceño, erizada la roja cabellera y pronto á asirle entre sus
garras. Sonrióse el arquero, y de pronto se lanzó sobre su contrincante
con la velocidad del rayo, rodeó con su pierna la de Tristán y
enlazándole la cintura con sus nervudos brazos, procuró hacer caer de
espaldas al gigante. Pocos hombres hubieran resistido aquel ataque
furioso, pero Tristán, sin perder pie, dió al arquero una sacudida
terrible y lo arrojó contra la pared como disparado por una catapulta.
--_¡Ma foi!_ En poco ha estado que te ganaras el cobertor y me hicieras
abrir con la cabeza una ventana más en esta honrada hostelería, dijo el
sorprendido soldado, que á duras penas pudo conservar el equilibrio.
Probemos otra vez.
Y volviendo al centro de la estancia fingió repetir su ataque anterior;
inclinóse Tristán para echarle mano, tomando así la actitud que deseaba
Simón, quien con rapidez increíble lo asió por ambas piernas, ó más bien
se lanzó contra ellas, obligando á Tristán á caer hacia adelante y sobre
las espaldas del arquero y de ellas de cabeza al suelo. Graves
consecuencias hubiera tenido el golpazo para nuestro exnovicio, á no
haberlo dado de lleno en la panza del malhadado pintor, que seguía
durmiendo la mona en su rincón, ajeno á cuanto en la venta ocurría.
Despertóse sobresaltado y dando grandes gritos, hiciéronle coro los
espectadores con sus carcajadas y bravos; pero sobre todo aquel
estrépito se oyeron las voces estentóreas del vencido atleta, pidiendo
que continuase la lucha.
--¡Otra vez, otra vez! ¡Venid, arquero y por San Pacomio que os he de
estrujar como un guiñapo!
--No en mis días, replicó Simón abrochando su coleto. Vencido estás en
buena lid y no eres tú falderillo con quien se pueda jugar á menudo y
sin riesgo.
--¿En buena lid, decís? Ha sido una trampa infame....
--No trampa, sino una jugarreta muy conocida de los luchadores franceses
y que añadirá un magnífico recluta á las filas de la Guardia Blanca.
--Cuanto á eso, repuso Tristán, no me pesa haber perdido, pues hace una
hora resolví irme con vos, que me placen vuestro talante y la vida de
soldado, para la que me creo nacido. Sin embargo, hubiera querido daros
una costalada y ganarme el cobertor de pluma.
--No lo dudo, _mon ami_, pero de tí depende buscarte un par de ellos
donde abundan y con tus propios puños. ¡Á tu salud! ¿Pero qué le pasa
al menguado ese, que tanto berrea?
Referíanse estas últimas palabras al dolorido pintor, que seguía sentado
en su rincón y poniendo el grito en el cielo. De repente se levantó y
mirando al corro con ojos espantados exclamó:
--¡Dios me valga! ¡No bebáis! La cerveza, el vino... ¡envenenados! y
llevándose ambas manos al vientre echó á correr, traspuso la puerta y
desapareció en la obscuridad, dejando á Simón, Tristán y demás bebedores
desternillándose de risa.
Poco después se retiraron á sus casas algunos de éstos y á sus no muy
blandos lechos los huéspedes de la tía Rojana. Roger, cansado de cuerpo
y espíritu, cayó pronto en profundo mas no sosegado sueño y se imaginó
presenciar ruidoso aquelarre en el que figuraban, á vueltas con sendas
brujas y trasgos, juglares, pordioseros, monjes, soldados y los muchos y
muy curiosos tipos congregados aquella noche en la posada del _Pájaro
Verde_.