Había cerrado la noche y brillaba la luna entre ligeras nubes cuando
Roger, cansado y hambriento, llegó al mesón de Dunán, famoso en diez
leguas á la redonda y situado fuera del pueblo, en la intersección de
los tres caminos de Balsain, Corvalle y Munster. Era un edificio bajo y
sombrío, cuya puerta señalaban al caminante y alumbraban de noche dos
hachones encendidos. De la ventana central proyectaba una larga barra á
manera de asta, de cuya punta pendía enorme rama seca, señal cierta de
que el sediento viajero hallaría en la venta toda clase de bebidas, y en
especial la dorada cerveza y el buen vino que tanto contribuían á la
justa fama del establecimiento.
Á su puerta se detuvo el joven, contemplando distraídamente un caballo
ensillado que allí esperaba piafando, atado á una gruesa argolla fija en
la pared. Era la primera vez que el descendiente de los Clinton de
Munster entraba en un mesón y preguntábase qué clase de gentes serían
sus compañeros de hospedaje y qué recibimiento le harían. Pero pensó
también que si la distancia á Munster no era larga, en cambio él no
conocía á su hermano, de quien tenía los peores informes; y que lo
derecho era pasar la noche en el albergue de Dunán y presentarse de día
en casa de su pariente, que ni lo esperaba, ni sabía de él, ni jamás le
había mostrado el menor interés.
La viva luz que iluminaba la puerta del mesón, las carcajadas que desde
ella se oían y el rumor de vasos entrechocados hicieron vacilar un
momento al inexperto viajero, que hasta entonces había pasado sus noches
en la pulcra y callada celda del convento. Pero hizo un esfuerzo y
diciéndose que era aquella una posada pública en la que él tenía tanto
derecho á entrar como cualquier otro, franqueó la puerta y se halló en
la sala común.
Aunque era la noche una de las primeras del otoño y nada fría, ardían en
el hogar gruesos leños cuyo humo salía en parte por la chimenea y en
parte invadía también la estancia y oprimía las gargantas de cuantos en
ella se encontraban. Sobre el fuego se veía un gran caldero cuyo
contenido hervía á borbotones y despedía el más apetitoso olor. Sentados
en torno una docena ó más de toscos bebedores, quienes al ver á Roger
prorrumpieron en voces tales que éste se quedo indeciso, mirándolos á
través del humo que llenaba el local.
--¡Otra tanda, otra tanda! gritó un gandul zarrapastroso. ¡Venga mi
cerveza y que pague la tanda el recienllegado!
--Esa es la ley del _Pájaro Verde_, aulló otro. ¡Cómo se entiende, tía
Rojana! ¿Parroquiano nuevo y vasos vacíos?
--Un momento, mis buenos señores, un momento. Si no he preguntado lo que
queréis es porque ya lo sé, y escanciando estoy la cerveza para los
leñadores, aguamiel para el músico, sidra para el herrero y vino para
todos los demás. Llegaos aquí, buen hidalgo, dijo á Roger, y sed muy
bienvenido. Sabed que ha sido siempre costumbre del _Pájaro Verde_ que
el último en llegar pague una convidada. ¿Os conformáis á ello?
--Me guardaré yo de contravenir los usos de vuestra casa, señora
ventera. Pero no estará de más decir que si mi voluntad es buena mi
bolsa no está muy henchida; sin embargo, daré con gusto hasta un ducado
por obsequiar á los presentes.
--¡Bravo! gritaron todos á una voz, chocando y vaciando sus vasos.
--¡Bien dicho, frailecico mío! exclamó un vozarrón sonoro, á tiempo que
una pesada mano caía sobre el hombro de Roger. Volvióse éste y vió á su
lado á Tristán de Horla, su compañero de claustro, expulsado de la
abadía aquella mañana.
--¡Por la cruz de Gestas! Malos días se le preparan á Belmonte,
continuó el fornido exnovicio. En veinticuatro horas han dicho adiós á
sus vetustos paredones dos de los tres hombres que había en todo el
convento. Porque hace tiempo que te conozco, Roger amigo, y á pesar de
tu carita de muñeca llegaras á ser todo un hombre. El otro á quien me
refiero es el buen abad. Ni él es mi amigo ni yo le debo favores, pero
tiene un corazón animoso y sangre de pura raza y vale mucho más que la
partida de gansos que tiene á sus órdenes. ¿No es así, Rogerito?
--Los monjes de Belmonte son unos santos....
--Santos calabacines, que sólo entienden de darse buena vida y llenar el
buche. ¿Crees tú que estos brazos míos y esa cabeza tuya nos fueron
dados para llevar semejante vida? Mucho hay que hacer y que ganar en el
mundo, amigo, pero no para los que se encierran entre cuatro paredes.
--Pues entonces ¿por qué te hiciste novicio?
--Justa es la pregunta, á fe mía y no difícil la respuesta. Porque la
rubia Margot, de la Granja Real, se casó con Gandolfo el Zurdo, un
pillete de siete suelas, dejando plantado á Tristán de Horla, no
obstante sus promesas y otras cosas que yo me sé. Y estando dicho
Tristán enamorado como un bolonio, se metió en el convento, en lugar de
pedir al rey una alabarda ó un arco y de dar al Zurdo un pie de paliza
como para él solo. Con la calma vino la reflexión, le pegué un susto al
soplón Ambrosio, hice que me quitaran el hábito blanco, se enfureció el
abad, y por él lo siento, dejé para siempre el monasterio y aquí me
tienes más contento que unas pascuas.
Echáronse á reir sus oyentes, á tiempo que llegaba la patrona con dos
grandes jarros de vino y cerveza y tras ella una sirvienta con platos y
cucharas que distribuyó á los parroquianos. Dos de éstos que vestían el
verde sayo de los guardabosques retiraron el caldero del fuego é
hicieron plato á los restantes y todos atacaron con apetito el humeante
potaje. Roger se instaló en un ángulo algo apartado del fuego, donde
podía comer y beber con sosiego á la vez que observar los hechos y
dichos de aquella extraña reunión, iluminada por la luz del hogar y tres
ó cuatro antorchas colocadas en aros de hierro fijos en las ennegrecidas
paredes. Además de los guardabosques y algunos robustos jayanes que
ganaban su vida carboneando y cortando leña en los vecinos montes,
veíase allí á un músico de rubicunda nariz, á un alegre estudiante de
Exeter, y más allá un sujeto de enmarañados cabellos y luenga barba,
envuelto en tosco tabardo y un joven, al parecer montero ó paje, cuyo
raído jubón no reflejaba gran crédito sobre la munificencia de su señor,
quienquiera que fuese. Junto á él comía con apetito el alegre exnovicio,
á cuya derecha quedaban tres rudos mozos de labranza. En el rincón más
apartado del hogar roncaba un parroquiano, rendido por las frecuentes
libaciones á que sin duda se había entregado antes de la llegada de los
otros huéspedes.
--Ese es Ferrus el pintor, dijo la tía Rojana señalando con el cucharón
al dormido bebedor. ¡Y yo, tonta de mí, que le creí y le dí de beber
antes de que me pintara la muestra prometida y ahora me quedo sin
muestra y sin el vino que se me ha tragado ese perdulario! Figuraos,
continuó la indignada ventera dirigiéndose á Roger, que Ferrus me
ofreció esta mañana pintarme una enseña con un pájaro verde, nombre que
ha llevado por luengos años esta honrada venta, á condición de darle
todo el vino que quisiese durante su trabajo; ¡y ved aquí lo que ese
farsante ha pintado y quiere que cuelgue yo á la puerta de mi casa!
Diciendo esto presentó la buena mujer un tablero en el que sobre fondo
rojizo y nada limpio se contoneaba una especie de gallina moribunda
pintarrajeada de verde, con un ojo saltón y amarillento colocado más
cerca del pescuezo que del pico; era éste encorvado y enorme, y de él
pendía un cartelón pintado de blanco con esta inscripción en letras
negras: _¡Al Pagaro Berde!_
Aquella obra maestra del pintor ambulante fué acogida con grandes risas,
y el mismo Roger no pudo menos de convenir con la ventera en que aquel
papagayo bizco y aquella ortografía fantástica perjudicarían á la buena
fama del mesón y moverían á risa á los señores que allí se detuviesen á
descansar y refrescar durante sus frecuentes cacerías.
--Sería la ruina de mi casa, exclamó la tía Rojana.
--No os apuréis, buena mujer, que yo espero mejorar algo el cuadro, dijo
Roger, si vos me dáis los colores y pinceles del artista Ferrus.
--El cielo os prospere si así lo hacéis, lindo señor, dijo ella
sorprendida y encantada con aquella oferta; y en un santiamén le llevó y
abrió el zurrón de Ferrus, admirando la prontitud y habilidad con que
Roger manejó colores, paleta y pinceles y borrando el espantajo verde
comenzó á pintar el fondo de la nueva muestra.
--El barón de Ansur tendrá que arar él mismo sus campos, si quiere
grano, voceaba en tanto uno de los bebedores, con zamarra y gruesas
botas de cuero. Lo que es yo no vuelvo á poner el pie en sus tierras.
Doscientos años hace que toda mi parentela suda la gota gorda para que
los señores de Ansur tengan buen vino en sus mesas y copas de oro en que
beberlo y brocados y sedas con que vestirse. ¡Voto á tal que desde hoy
me quito la librea y no vuelvo á trabajar para esos señorones
holgazanes!
--Tened la lengua, Rodín, advirtió la ventera.
--No, no, dejadle, dijo uno de los leñadores. Lo que necesitamos es que
muchos villanos piensen como Rodín y sacudan el yugo. Medrados estamos
si hasta el hablar se nos niega. Por mi parte, aunque me corten las
orejas....
--Ved que eso de cortar orejas, tan bonitamente pueden hacerlo los
verdugos de los barones como los cuchillos de los leñadores, añadió otro
de éstos. ¡Por San Jorge! De mí sé decir que prefiero vivir en el monte
á servir á un criado del rey.
--Yo no tengo más amo que el rey, declaró otro de los presentes, después
de empinar un jarro lleno de cerveza.
--¿Y quién es el rey? aventuró Rodín, que estaba ya entre dos luces. ¿Es
por ventura un rey inglés cuando su lengua se niega á decir dos palabras
en nuestro idioma? Acordaos de su visita del año pasado al castillo de
Malvar, donde se presentó con gran golpe de senescales, justicias,
condestables, monteros y guardas. En una de las cacerías vigilaba yo la
verja de Glendale cuando héte al rey que me echa encima su caballo,
diciendo "_¡Ouvrez, ouvrez!_" ó cosa parecida. ¿Es ese el rey que ahora
tenemos los ingleses?
--¡Á callar se ha dicho! gritó de repente Tristán de Horla, dando un
tremendo puntapié al escabel que tenía delante y lanzándolo contra los
troncos del hogar, que despidieron millares de chispas. Nadie insulte en
mi presencia al buen rey Eduardo, ni le nombre siquiera si no ha de ser
con el respeto debido. De lo contrario, ¡por la cruz de Gestas!... Si no
sabe hablar inglés sabe combatir mejor que muchos ingleses, que pasaban
la vida atiborrándose de jugosa carne y buena cerveza mientras él daba y
recibía mandobles bajo los muros de París!
Tan enérgicas palabras, dichas por aquel nervudo mocetón, desalentaron á
los gruñones, que desde aquel punto y hora hablaron menos y bebieron
más. Así pudo Roger oir lo que se decía en otro grupo compuesto, según
le había dicho al oído la agradecida ventera, de un sangrador, un
dentista ambulante y el músico de la encendida nariz.
--Una rata cruda es mi receta invariable contra la peste, decía
gravemente el medicastro; una rata cruda abierta en canal.
--¿No sería mejor asarla un poco, señor físico? preguntó el sacamuelas.
Porque eso de comer ratas crudas....
--¿Quién habla de comerlas, maese Verdín? exclamó con desdén el
discípulo de Esculapio. El animalito abierto en canal se aplica sobre la
llaga ó sobre la inflamación que precede á ésta. Y siendo la rata animal
inmundo, atrae y absorbe por su propia naturaleza los malos humores,
libertando de ellos el cuerpo del paciente.
--¿Y con tal remedio se cura también la viruela? preguntó el músico,
después de convencerse de que su jarro no contenía gota de cerveza.
--Con tanta seguridad como la peste, afirmó el físico, limpiando su
plato con un mendrugo de pan.
--Pues entonces, continuó el músico, me alegro de que vuestro
tratamiento no sea muy conocido, porque para mi santiguada que la
viruela y la peste son las mejores amigas del pobre en Inglaterra.
--¿Cómo es eso, amigo? preguntó Tristán.
--Escanciad un poco de cerveza de vuestro jarro en este cubilete y os lo
diré. Pues bien, muchas veces se me ha ocurrido que si la peste y otras
plagas se llevasen la mitad de la gente que hoy vive en los dominios del
señor rey Eduardo, los que quedasen podrían habitar buenas casas,
trabajar poco ó nada y vivir en la abundancia.
--¡Miren por dónde asoma el arpista! exclamó maese Verdín. Pues ya que
tan duras entrañas tenéis, os deseo que cuando la plaga empiece á matar
ingleses se os lleve á vos el primero....
--¡Pesia mí! Lo que á vos os duele, seor dentista, es que muriéndose
medio mundo os quedaríais poco menos que sin trabajo, vos que sólo
entendéis de despoblar quijadas y apenas ganáis hoy para pan y queso.
Renovóse la risa á costa del buen Verdín y el músico se levantó para
tomar de un rincón su arpa vetusta, que empezó á tañer con vigor.
--¡Paso al coplero! exclamaron los leñadores; sentaos aquí junto al
fuego, y venga una tonada alegre, como las que tocasteis en la romería
de Malvar.
--¡Que toque "La Rosa de Lancaster"!
--¡No, no, "Las Niñas de Dunán"!
--"¡El Arquero y la Villana!"
Sin hacer el menor caso de aquellas voces, el músico seguía pulsando las
cuerdas, fija la mirada en el ahumado techo, como tratando de recordar
la letra de su canto. Luégo entonó con ronca voz una de las canciones
más obscenas de la época, con visible aprobación de la mayoría de sus
oyentes. La sangre se agolpó al rostro de Roger, que abandonando su
asiento, exclamó imperiosamente:
--¡Callad! ¡Qué vergüenza! ¡Vos, vos, un anciano que debería dar buen
ejemplo á los otros!
La sorpresa de todas aquellas gentes fué profunda.
--¡Por las barbas del rey de Francia! exclamó uno de los monteros. El
estudiantino ha recobrado el uso de la palabra y va á echarnos un
sermón.
--Se ha ofendido la damisela, dijo un campesino. Venid acá, señor
físico, y sangrad á este querubín antes que se nos desmaye.
--¡Seguid vuestra canción, maese Lucas, que no hay tilde que ponerle!
¿Estamos en una venta ó en el salón de mi señora la baronesa?
--¡Que me aspen si toco ni canto más! decía malhumorado el músico,
enfundando su arpa. ¿Pues qué esperaba vuesa merced, un himno sacro ó la
letanía? ¿Desde cuándo asustan á los pajecillos las trovas que entonan
todos los juglares del reino? Lo dicho, no canto más.
--Sí haréis, repuso uno de sus oyentes. Á ver, tía Rojana, un jarro de
lo bueno para maese Lucas. Yo convido. Vengan trovas, y si al doncel no
le gustan, que se largue, ó si no....
--Poco á poco, don valiente, interrumpió Tristán, poniéndose delante de
Roger, como para protegerlo. Mi compañero ha reprendido al viejo
coplista porque ni ha oído jamás las desvergüenzas que os parecen
gracias, ni está en él creer que pueda decirlas sin protesta un hombre
de cabeza cana como la del maese, por más que su nariz lo proclame
borrachín de oficio. Pero ya que este frailecico rubio no quiere oir
vuestras trovas, ni vos las cantaréis hoy, ni vos, seor bravucón, lo
echaréis á él de esta venta.
--¡Rayos de Dios, y qué justicia mayor nos ha caído hoy encima! exclamó
poniéndose en pie un ceñudo campesino.
--¿Habéis acaso comprado _El Pájaro Verde_? preguntó otro. Ved que no
sólo el paje llorón sino vos también váis á dar de bruces en el camino.
--¡Tregua, Tristán! exclamó Roger apresuradamente. Me voy, antes que ser
ocasión de una lucha.
--Cállate, muchacho, le contestó su amigo, arremangándose y mostrando
los hercúleos brazos. Mal año para mí si esta gentuza no ha dado con la
horma de su zapato. Hazte á un lado y verás cómo les arde el pelo....
¡Acercaos, mandrias! ¡Venid á trabar conocimiento con los puños de
Tristán de Horla, bellacos!
Viendo que la cosa iba de veras, levantáronse precipitadamente los
guardabosques y monteros para poner paz, mientras la ventera y el físico
se dirigían ya á los campesinos y leñadores, ya al brioso Tristán,
procurando aplacarlos con buenas palabras. En aquel momento se abrió
violentamente la puerta del mesón, y la atención de todos se fijó en el
recienllegado que con tan poca ceremonia se presentaba.