El camino que seguía Roger era poco frecuentado, mas no tanto que el
viandante dejase de encontrar de vez en cuando ya unos arrieros, ya un
pobre pedigüeño, y otros viajeros tan cansados como él. Entre los que
halló Roger á su paso se contó también uno al parecer fraile, que
gimoteando le pidió algunos cornados para comprar pan, pues estaba
muerto de hambre. El joven apresuró el paso sin contestarle, porque en
el convento había aprendido á desconfiar de esos frailes vagabundos; sin
contar con que del morral que el pordiosero llevaba á la espalda vió
salir el hueso no muy mondo de una pierna de cordero que para sí la
hubiera querido el buen Roger. No anduvo largo trecho sin oir las
maldiciones que le lanzaba el supuesto religioso; seguidas de tales
blasfemias que el caminante echó á correr por no oirlas y no paró hasta
perder de vista al deslenguado fraile.
En los linderos del bosque descubrió Roger á un chalán que con su mujer
despachaba un enorme pastel de liebre y un frasco de sidra, sentados
ambos al borde del camino. El brutal chalán lanzó una exclamación
grosera al pasar Roger, quien siguió su marcha sin darse por entendido;
pero como á la mujer se le ocurriese llamar á gritos al apuesto joven
invitándole á comer con ellos, su marido se enfureció de tal manera que
empuñando la vara empezó á dar de palos á su caritativa compañera. El
joven comprendió que lo mejor era poner tierra por medio, muy
apesadumbrado al ver que por todas partes sólo hallaba violencias,
engaños é injusticias.
Pensando iba en ello y comparando aquellos episodios de su jornada con
la vida monótona del convento, cuando detrás de un vallado que á su
derecha quedaba vió el más raro espectáculo que imaginarse pueda. Cuatro
piernas cubiertas con ajustadas medias de arlequinados colores y largos
borceguíes de retorcidas puntas en los pies, se movían á compás, sin que
el matorral permitiese ver los cuerpos invertidos á que pertenecían
aquellas extremidades. Acercándose prudentemente oyó Roger los sonidos
de una flauta y rodeando el vallado creció de punto su sorpresa al ver á
dos jóvenes que, sin gran dificultad al parecer, se sostenían cabeza
abajo sobre la hierba y tocaban sendas flautas, á la vez que imitaban
con los pies los movimientos de la danza. Hizo Roger la señal de la cruz
y tentado estuvo de echar á correr; pero en aquel momento lo
descubrieron los músicos, que inmediatamente se le acercaron dando
saltos sobre sus cabezas, como si fueran éstas de pedernal y no de carne
y hueso. Llegados á pocos pasos de Roger, doblaron sus cuerpos aquellos
rarísimos danzantes, y posando los pies en el suelo asumieron sin el
menor esfuerzo su posición normal y se adelantaron sonrientes, con la
mano sobre el corazón, en la actitud de acróbatas ó payasos saludando al
público.
--Sed generoso, príncipe mío, dijo uno de ellos tendiendo un birrete
galoneado que recogió del suelo.
--Mano al bolsillo, apuesto doncel, repuso el otro. Aceptamos toda clase
de moneda y en cualquiera cantidad que sea, desde una talega de ducados
ó un puñado de doblas, hasta un solo cornado, si no podéis hacer mayor
ofrenda.
Roger creyó hallarse en presencia de un par de duendes y aun procuró
recordar la fórmula del exorcismo; pero los dos desconocidos
prorrumpieron en grandes carcajadas al ver el espanto y la sorpresa
reflejados en su semblante. Uno de ellos dió un salto y cayendo sobre
las manos comenzó á andar con ellas, dando zapatetas en el aire. El otro
preguntó:
--¿No habéis visto nunca juglares? Por lo menos habréis oído hablar de
ellos. Tales somos, que no brujos ni demonios.
--¿Á qué ese espanto, rubio querubín? preguntó el otro.
--No os extrañe mi sorpresa, repuso por fin Roger. No había visto un
juglar en mi vida y mucho menos esperaba contemplar en el aire dos pares
de piernas danzando misteriosamente. ¿Pues y el saltar sobre vuestros
cráneos? Bien quisiera saber por qué hacéis cosas tan extraordinarias.
--Difícil es la respuesta, y á buen seguro que si de mí dependiera no
volveríais á verme andando cabeza abajo, tragando estopa encendida ni
tocando el laúd con los pies, para entretenimiento de mirones y espanto
de tiernos pajecillos como vos.... Pero ¿qué veo? ¡Un frasco! ¡Y lleno,
lleno "del rico zumo de las dulces uvas"! ¡Decomiso!
Y haciendo y diciendo se apoderó de la botella de vino que el hermano
despensero regaló á Roger y que éste llevaba en el entreabierto zurrón.
Beberse la mitad del vino fué obra de un instante para el juglar, que
después pasó el frasco á su compañero. Apenas lo agotó éste hizo ademán
de tragárselo, con tanta verdad que asustó á Roger; después reapareció
el evaporado frasco en la diestra del juglar, que lanzándolo en alto lo
recibió sobre la pantorrilla izquierda, de la cual pareció extraerlo
para presentárselo á Roger, acompañado de cómica reverencia.
--Gracias por el vino, mocito, dijo; es de lo poco bueno que hemos
probado en largos días. Y contestando á vuestra pregunta, os diremos que
nuestra profesión nos obliga á inventar y ensayar continuamente nuevas
suertes, una de las cuales y de las más difíciles y aplaudidas habéis
presenciado. Venimos de Chester, donde hemos hecho la admiración de
nobles y plebeyos y nos dirigimos á las ferias de Pleyel, donde si no
ganamos muchos ducados no nos faltarán aplausos. De mí os aseguro que
daría buen número de éstos por uno de aquellos. Ó por otro trago de
vuestro riquísimo vino. Y ahora, amiguito, si os sentáis en aquella
piedra, nosotros continuaremos nuestro ensayo y vos pasaréis el rato
entretenido.
Hízolo así Roger, quien notó entonces los dos enormes fardos que
formaban el equipaje de los juglares y que por lo que dejaban ver
contenían jubones de seda, cintos relucientes y franjas de oropel y
falsa pedrería. Junto á ellos yacía una vihuela que Roger tomó y empezó
á tocar con gran maestría, mientras los acróbatas continuaban sus
sorprendentes ejercicios. No tardaron éstos en tomar el compás de la
vihuela y era cosa de verlos con los pies en el aire, bailando sobre las
manos, con tanta presteza y facilidad como si toda la vida hubiesen
andado en aquella postura.
--¡Más aprisa, más aprisa! gritaban al tañedor, que los complacía
riéndose á carcajadas.
--¡Bravo, don alfeñique! exclamó por fin uno de los danzantes, dejándose
caer rendido sobre la hierba.
--¡Por vida de! Muy callado lo teníais, señor músico, dijo el otro
imitándolo. ¿Dónde aprendisteis á tañer de tal suerte?
--Lo que acabo de tocar lo aprendí yo solo, sin música ni maestro, por
haberlo oído varias veces allá en Belmonte, de donde vengo.
--¡El diablo me lleve si no sois vos el auxiliar que nos hace falta!
dijo el juglar que parecía de más edad. Tiempo hace que busco un
vihuelista, flautista, ó lo que sea, que nos acompañe y pueda tocar de
oído, y vos lo tenéis magnífico. Venid con nosotros á Pleyel, que no os
ha de pesar, ni os faltarán algunos ducados, buena cerveza y mejor humor
mientras sigamos juntos.
--Sin contar con que jamás hemos tenido cena sin una buena tajada de
carne en el plato y vos no seréis menos. Por mi parte os prometo media
azumbre de vino los domingos, mientras estemos en poblado, dijo el otro.
Es gascón y del añejo, agregó guiñando un ojo para dar más valor á su
oferta.
--No, no puede ser, contestó el joven. Otro es mi destino y si he de
llegar á él en sazón no puedo permitirme muchas paradas tan largas como
ésta. Con Dios quedad.
Dicho esto se alejó apresuradamente, sin atender á las repetidas ofertas
de los juglares, quienes por fin se despidieron de él deseándole buena
suerte. La última vez que los vió, antes de doblar un recodo del
sendero, el más joven de los saltimbanquis se había subido sobre los
hombros de su compañero y desde aquella altura lo saludaba con dos
banderolas de chillones colores, que agitaba sobre su cabeza.
Roger les hizo un ademán de despedida y emprendió sonriente el camino de
Munster.
Extraños y en gran manera interesantes le parecían todos aquellos
variados incidentes de su jornada. Las pocas horas pasadas desde que
abandonó el apacible claustro le habían procurado más emociones que un
año de vida en Belmonte. Se le hacía increíble que el fresco pan que iba
comiendo con placer fuese reciensalido de los hornos de la abadía.
No tardó en dejar el terreno montañoso cubierto de arbolado y se halló
en la vasta llanura de Solent, cuyos campos esmaltados de florecillas
multicolores presentaban aquí y allá grupos verdes ó bronceados de
ondulantes helechos. Á la izquierda del viajero y no muy lejos
continuaba el espeso bosque, pero la senda divergía rápidamente de él y
serpenteaba por el valle. El sol próximo á su ocaso entre purpurinas
nubes, iluminaba con luz suave los alegres campos y rozaba de soslayo
los primeros árboles del bosque, poniendo entre las ramas toques
inimitables de oro y rojo. Admiró Roger el bellísimo paisaje, pero sin
detenerse, porque según sus informes lo separaba todavía una legua larga
del primer mesón donde se proponía pasar la noche. Lo único que hizo fué
dar algunos mordiscos al pan y al apetitoso queso que llevaba de
repuesto.
Por aquella parte del camino se cruzó el viajero con buen número de
personas. Vió primero á dos frailes dominicos de negros hábitos, que
pasaron sin mirarle siquiera, fija la vista en el suelo y murmurando sus
oraciones. Siguióles un obeso franciscano, mofletudo y sonriente, que
detuvo á Roger para preguntarle si no había por allí cierta venta famosa
por sus tortas de anguilas; y como el joven le contestase que siempre
había oído poner por las nubes los guisos de anguilas de Solent, el
epicúreo padre tomó el camino de aquel pueblo relamiéndose de gusto.
Poco después vió venir nuestro viajero á tres segadores que cantaban á
voz en cuello, con acento y jerga tan diferentes de cuanto hasta
entonces había oído en su convento, que más bien le parecieron hombres
de otra raza expresándose en lenguaje bárbaro. Llevaba uno de ellos una
garza que habían cogido en la ciénaga vecina y se la ofreció á Roger por
dos cornados. Excusóse éste como pudo y se alegró de dejar atrás á los
cantantes, cuyos enmarañados cabellos rojos, afiladas hoces y risa
brutal los hacían nada gratos compañeros de viaje y menos para
encontrados al caer la noche en campo raso.
Más peligroso que aquellos alegres campesinos demostró ser un macilento
pordiosero que le salió al encuentro poco después, supliendo con una
muleta la pierna que le faltaba. Aunque endeble y humilde al parecer, no
bien hubo pasado Roger sin depositar en el grasiento sombrero la moneda
que le pedía, oyó el grito de rabia del miserable y una blasfemia atroz,
seguida de una pedrada que si hubiera acertado á nuestro héroe en la
cabeza habría puesto probablemente fin á sus aventuras. Por suerte la
piedra pasó rozándole una oreja y fue á dar violentamente contra un
árbol cercano. Detrás de su tronco se guareció Roger de un salto y desde
allí efectuó su retirada ocultándose entre la maleza, sin volver al
sendero hasta que hubo puesto buen trecho entre su persona y el
andrajoso energúmeno. Íbale pareciendo que en Inglaterra no había más
protección de vidas y haciendas que la que cada cual pudiese
proporcionarse con sus propios puños ó con la ligereza de sus piernas.
¿Dónde estaba la ley, aquella ley de que había oído hablar en el
claustro, superior á prelados y barones y de la cual no veía indicio ni
señal? Sin embargo, no debía de ocultarse el sol aquel día sin que Roger
viese por sí mismo un ejemplo inolvidable de la ley durísima de aquella
época y de la más pronta distribución de justicia que jamás presenciaron
ojos humanos.
En el centro del valle había una hondonada por la que corrían las aguas
de cristalino arroyuelo. Á la derecha del camino, en el punto donde
cruzaba el arroyo, veíase un informe montón de piedras, acaso un antiguo
túmulo, que desaparecía casi por completo bajo los brezos y helechos.
Buscando estaba Roger el vado cuando vió venir por el lado opuesto á una
pobre mujer cargada de años y achaques, que por dos veces trató
inútilmente de poner el pie sobre una ancha piedra plana colocada en
medio del arroyo. Roger la vió sentarse desalentada en el ribazo y
cruzando el vado se le acercó y le ofreció ayudarla.
--Venid, buena mujer; el paso no es tan difícil como parece.
--No puedo, doncel; la edad ha nublado mis ojos y aunque sé que hay una
piedra en el vado, no acierto á verla.
--Pues por eso no ha de quedar, dijo Roger; y tomando en brazos á la
enjuta viejecilla la trasladó prontamente á la otra margen. Muy débil y
anciana parecéis para viajar sola, continuó cuando la vió vacilar y caer
de rodillas. ¿Venís de muy lejos?
--De Balsain, donde dejé mi arruinada casuca tres días há. Voy en busca
de mi hijo, que es montero del rey en Corvalle y me ha ofrecido cuidar
de mí estos últimos días de mi vida.
--Deber suyo es hacerlo, que vos cuidasteis de él en su niñez. Pero
¿habéis comido? ¿Lleváis provisiones?
--Tomé un bocado al rayar el día, en el ventorrillo de Dunán.... Pero
allí dejé también la última moneda que me quedaba y por eso necesito
llegar esta misma noche á Corvalle, donde nada me faltará. ¡Si vierais á
mi hijo, tan arrogante, tan generoso! Olvido mis tribulaciones al
figurármelo con su verde sayo de montero, bordadas sobre el pecho las
armas del rey.
--Grande es la tirada de aquí á Corvalle, sobre todo para vos y ya casi
de noche. Pero aquí tenéis un poco de pan y queso y también algunos
sueldos para que con ellos completéis vuestra cena en el primer mesón. Á
Dios quedad.
--Él os guarde, generoso mancebo, dijo la viejecilla alejándose y
menudeando sus bendiciones.
Al volverse Roger para emprender la marcha descubrió lo que hasta
entonces no había reparado; que su breve entrevista con la pobre mujer
había tenido testigos. Eran éstos dos hombres, ocultos hasta entonces
entre los brezos que cubrían el montón de piedras antes citado y que
abandonando su escondrijo se dirigían hacia la hondonada. Uno de ellos,
viejo de andrajosos vestidos, inculta barba y retorcida nariz, tenía más
apariencias de bandido que de caminante; el otro era uno de los pocos
negros que había en Inglaterra por aquella época, y Roger contempló
asombrado los abultados labios y grandes y blancos dientes que hacían
resaltar la negrura de la tez. Pero el aspecto de ambos desconocidos era
tan sospechoso que Roger creyó prudente subir el ribazo y tomar el
camino á buen paso, á fin de evitar su encuentro. No le siguieron los
otros, pero antes de alejarse gran espacio oyó las voces de socorro que
daba la vieja, detenida en medio del camino por ambos bribones, que la
despojaban apresuradamente de las monedas que él le había dado, de su
mantón de lana y de la cestilla que en la mano llevaba. Soltó Roger el
zurrón y empuñando su herrado garrote volvió atrás, cruzó el arroyo de
un salto y se dirigió á todo correr hacia el grupo que formaban los
salteadores y su víctima.
Pero aquéllos no parecían dispuestos á ceder el campo, pues viéndole
venir el negro, sacó un reluciente cuchillo y lo esperó á pie firme; el
otro empuño su nudoso bastón y entre amenazas y maldiciones invitó á
Roger á acercarse. Ningún peligro hubiera detenido en aquel momento al
denodado joven, de ordinario tan comedido y pacífico, pero cuyo
semblante indicaba que la indignación y la cólera lo cegaban,
convirtiéndolo en temible adversario. Llegado frente al negro, le
descargó tan furioso garrotazo que soltó el cuchillo y huyó lanzando
gritos de dolor. Al verlo el viejo, se abalanzó sobre Roger y rodeándole
fuertemente la cintura con ambos brazos, gritó al otro que apuñaleara á
su enemigo por la espalda. Acercóse el negro, recogió su arma y Roger
creyó llegada su última hora, si bien no dejó de hacer vigorosos
esfuerzos para derribar á su adversario, cuya garganta apretaba con
furia mientras forcejeaban ambos de uno á otro lado del camino. En aquel
momento supremo se oyó claramente el galope de numerosos caballos sobre
las piedras y casi al mismo tiempo una exclamación de terror del negro,
que huyó á todo correr y no tardó en ocultarse entre la maleza. El otro
bandido, cuyos ojos delataban el miedo que se había apoderado de él,
hizo esfuerzos desesperados por rechazar á Roger, pero éste logró al fin
derribarlo y sujetarlo firmemente, contando recibir pronto refuerzo.
Los jinetes llegaban á todo correr, precedidos por el que parecía ser
jefe de la partida, que montaba un hermoso caballo negro y vestía fino
sayo de vellorí, cruzado el pecho por ancha banda de rojo color recamada
de oro y cubierta la cabeza con un birrete de blancas plumas. Seguíanle
seis ballesteros, con jubones de paño buriel, cintos de baqueta,
capacetes sin plumas y á la espalda ballesta y saetas. Bajaron la
cuesta, cruzaron el vado y en pocos momentos llegaron al lugar de la
lucha.
--¡Aquí está uno de ellos! exclamó el jefe, echando pie á tierra y
sacudiendo al bandido por el cuello. Á ver las cuerdas, Pedro, y que lo
ates de pies y manos de manera que no vuelva á escurrirse. Le ha llegado
la hora y ¡por San Jorge! que de esta vez las pagará todas juntas.
¿Quién sois, joven? preguntó á Roger.
--Un amanuense de la abadía de Belmonte, señor.
--¿Tenéis carta ó papel que lo acredite? ¿No seréis uno de tantos
pordioseros como infestan estos caminos?
--Hé aquí las cartas del abad de Berguén. No necesito pedir limosna,
dijo el joven algo ofendido.
--Tanto mejor para vos. ¿Sabéis quién soy?
--No, señor.
--Yo soy la ley, soy el corregidor del condado y represento la justicia
de nuestro bondadoso soberano, Eduardo III.
--Á tiempo llegáis, señor, dijo Roger inclinándose ante el personaje.
Unos momentos más y sólo hubierais hallado aquí mi cadáver y quizás
también el de esta pobre mujer.
--¡Pero nos falta el otro! exclamó el corregidor. ¿No habéis visto á un
negro? Era el cómplice de ese ladrón y juntos huían....
--El negro escapó en aquella dirección al oiros, dijo Roger señalando
hacia las piedras del desmoronado túmulo.
--Se esconde en la maleza y no puede estar lejos, dijo uno de los
ballesteros preparando su temible arma. Desde que llegamos he estado
vigilando los alrededores. Él sabe que con nuestros caballos lo
alcanzaríamos en un santiamén y se guardará de huir.
--¡Pues á buscarlo! Nunca se dirá que un criminal de su laya escapó al
corregidor de Southampton y á sus ballesteros. Dejad á ese bandido
tendido en el polvo. Y ahora, muchachos, formad en línea, á bastante
distancia uno de otro, y empiece el ojeo; aprestad las ballestas y yo os
procuraré caza como el mismo rey no puede tenerla. Norris, aquí, á la
izquierda; Jacobo el Rojo á la derecha. Eso es. Mucho ojo con los
matorrales, y un cuartillo de vino para el buen tirador que acierte á la
pieza.
El negro se había deslizado entre los brezos hasta llegar al derruido
monumento, tras cuyas piedras se escondió; al poco rato quiso averiguar
lo que hacían ó proyectaban sus perseguidores, á quienes vió separarse
formando extensa línea y adelantar por la maleza en la dirección que él
había tomado y que les había indicado Roger. Aunque el fugitivo asomó la
cabeza lo más prudentemente posible, el ligero movimiento de unos
helechos bastó para denunciar su presencia al corregidor, que en aquel
momento miraba fijamente la eminencia formada por las piedras y el
matorral que en parte las cubría.
--¡Ah, bellaco! gritó el funcionario sacando la espada y señalándolo á
sus soldados. ¡Allí le tenéis! ¡Á pie firme, ballesteros! Ya abandona su
guarida y corre como un gamo. ¡Tirad!
Así era en efecto, porque al oir el negro las voces del corregidor y
verse descubierto, emprendió la fuga á todo correr.
--Apunta dos varas á la derecha, muchacho, dijo un ballestero veterano,
inmediato á Roger.
--No, apenas hay viento; con vara y media basta, contestó su compañero,
soltando la cuerda de su ballesta.
Roger se estremeció, porque el acerado dardo pareció atravesar de parte
á parte al fugitivo. Pero éste siguió corriendo.
--Dos varas te digo, bodoque, comentó el viejo ballestero, apuntando con
tanta calma como si tirase al blanco.
Partió silbando la mortífera saeta y se vió al negro dar de repente un
enorme salto, abrir los brazos y caer de cara al suelo, donde quedó
inmóvil.
--Debajo de la espaldilla izquierda, fué lo único que dijo su matador,
adelantándose á recobrar su dardo.
--Á perro viejo no hay tus tus. Esta noche podrás emborracharte con el
mejor vino de Southampton, dijo el personaje á su impasible ballestero.
¿Estás seguro de haberlo despachado?
--Tan muerto está como mi abuela, señor.
--Corriente. Ahora al otro bribón. No faltan árboles allá en el bosque,
pero no tenemos tiempo que perder. Anda, Lobato, saca esa espada y
córtale la cabeza al canalla, como tú sabes hacerlo.
--¡Por favor, concededme una gracia que os pido! suplicó el sentenciado
dando diente con diente.
--¿Qué es ello? preguntó el magistrado.
--Antes confesaré mi crimen. El negro y yo fuímos, en efecto, quienes
después de robar cuanto pudimos en la barca _Rosamaría_ de la que él era
cocinero, asesinamos y despojamos al mercader flamenco en Belfast.
Pronto estoy á que me enviéis allá, ante mis jueces.
--Poco mérito tiene esa confesión y no te valdrá. Es que además de tus
fechorías en Belfast y en todas partes acabas de cometer un asalto en
despoblado dentro del territorio de mi jurisdicción y vas á morir. Basta
de charla.
--Pero señor, observó Roger pálido de emoción; no ha sido juzgado y....
--Vos, mocito, me complaceréis grandemente no hablando de lo que no
entendéis y menos os importa. Y tú, belitre, continuó dirigiéndose al
reo, ¿qué gracia es esa que pides?
--Tengo en la bota del pie izquierdo un trocito de madera envuelto en
lienzo. Perteneció un tiempo á la barca en que iba el bendito San Pablo
cuando las olas lo arrojaron á la isla de Melita. Lo compré por tres
doblas á un marinero que venía de Levante. Os pido que me permitáis
morir con esa reliquia en la mano, y de esta manera no sólo obtendré mi
salvación eterna sino también la vuestra, pues debiéndoos tan gran
merced, no dejaré de interceder por vos un solo día.
Á una señal de su jefe, el ballestero Jacobo descalzó al malhechor y
halló en la bota la valiosa reliquia, envuelta en luenga tira de fino
cendal. Los soldados se santiguaron devotamente y el corregidor se
descubrió al tomarla y entregársela al sentenciado.
--Si sucediese que por los méritos del gran apóstol San Pablo te fuesen
perdonados tus delitos y abiertas las puertas del Paraíso, dijo el
crédulo magistrado, espero que no olvides la gracia que te concedo y la
promesa que me haces. Y ten también presente que toda tu intercesión ha
de ser por Roberto de York, corregidor de Southampton y no por Roberto
de York mi primo hermano, el condestable de Chester. Y ahora, Jacobo, al
avío, que todavía tenemos una buena tirada de aquí á Munster y el sol se
ha puesto ya.
Con los ojos dilatados por el espanto contempló Roger aquella
conmovedora escena; el obeso personaje ricamente vestido, el grupo de
ballesteros que miraban indiferentes, teniendo asidas las riendas de
sus caballos; la viejecilla, tan espantada como él, que esperaba el
final del sangriento drama sentada á un lado del camino y por último el
malhechor de pie, atados los brazos y pálido como un muerto. El más
viejo de los ballesteros se adelantó en aquel momento y desenvainó la
cortante hoja; Roger volvió la espalda y se retiró apresuradamente, pero
á los pocos pasos oyó un sonido sordo, horrible, que le hizo temblar,
seguido del golpe que dió el cuerpo al caer en tierra. Momentos después
pasaron trotando junto á Roger el corregidor y cuatro ballesteros,
habiendo recibido los otros dos la orden de cavar una fosa y enterrar
los cadáveres. Uno de los soldados limpiaba la larga hoja de su espada
en las crines del caballo, y al verlo Roger le sobrecogió tal angustia
que arrojándose sobre la hierba prorrumpió en sollozos convulsivos.
"¡Mundo perverso, se decía, hombres de corazón duro, así los criminales
como los encargados de administrar una justicia brutal y cruenta!"