DE LA JUSTICIA INGLESA EN EL SIGLO CATORCE

El camino que seguía Roger era poco frecuentado, mas no tanto que el

viandante dejase de encontrar de vez en cuando ya unos arrieros, ya un

pobre pedigüeño, y otros viajeros tan cansados como él. Entre los que

halló Roger á su paso se contó también uno al parecer fraile, que

gimoteando le pidió algunos cornados para comprar pan, pues estaba

muerto de hambre. El joven apresuró el paso sin contestarle, porque en

el convento había aprendido á desconfiar de esos frailes vagabundos; sin

contar con que del morral que el pordiosero llevaba á la espalda vió

salir el hueso no muy mondo de una pierna de cordero que para sí la

hubiera querido el buen Roger. No anduvo largo trecho sin oir las

maldiciones que le lanzaba el supuesto religioso; seguidas de tales

blasfemias que el caminante echó á correr por no oirlas y no paró hasta

perder de vista al deslenguado fraile.

En los linderos del bosque descubrió Roger á un chalán que con su mujer

despachaba un enorme pastel de liebre y un frasco de sidra, sentados

ambos al borde del camino. El brutal chalán lanzó una exclamación

grosera al pasar Roger, quien siguió su marcha sin darse por entendido;

pero como á la mujer se le ocurriese llamar á gritos al apuesto joven

invitándole á comer con ellos, su marido se enfureció de tal manera que

empuñando la vara empezó á dar de palos á su caritativa compañera. El

joven comprendió que lo mejor era poner tierra por medio, muy

apesadumbrado al ver que por todas partes sólo hallaba violencias,

engaños é injusticias.

Pensando iba en ello y comparando aquellos episodios de su jornada con

la vida monótona del convento, cuando detrás de un vallado que á su

derecha quedaba vió el más raro espectáculo que imaginarse pueda. Cuatro

piernas cubiertas con ajustadas medias de arlequinados colores y largos

borceguíes de retorcidas puntas en los pies, se movían á compás, sin que

el matorral permitiese ver los cuerpos invertidos á que pertenecían

aquellas extremidades. Acercándose prudentemente oyó Roger los sonidos

de una flauta y rodeando el vallado creció de punto su sorpresa al ver á

dos jóvenes que, sin gran dificultad al parecer, se sostenían cabeza

abajo sobre la hierba y tocaban sendas flautas, á la vez que imitaban

con los pies los movimientos de la danza. Hizo Roger la señal de la cruz

y tentado estuvo de echar á correr; pero en aquel momento lo

descubrieron los músicos, que inmediatamente se le acercaron dando

saltos sobre sus cabezas, como si fueran éstas de pedernal y no de carne

y hueso. Llegados á pocos pasos de Roger, doblaron sus cuerpos aquellos

rarísimos danzantes, y posando los pies en el suelo asumieron sin el

menor esfuerzo su posición normal y se adelantaron sonrientes, con la

mano sobre el corazón, en la actitud de acróbatas ó payasos saludando al

público.

--Sed generoso, príncipe mío, dijo uno de ellos tendiendo un birrete

galoneado que recogió del suelo.

--Mano al bolsillo, apuesto doncel, repuso el otro. Aceptamos toda clase

de moneda y en cualquiera cantidad que sea, desde una talega de ducados

ó un puñado de doblas, hasta un solo cornado, si no podéis hacer mayor

ofrenda.

Roger creyó hallarse en presencia de un par de duendes y aun procuró

recordar la fórmula del exorcismo; pero los dos desconocidos

prorrumpieron en grandes carcajadas al ver el espanto y la sorpresa

reflejados en su semblante. Uno de ellos dió un salto y cayendo sobre

las manos comenzó á andar con ellas, dando zapatetas en el aire. El otro

preguntó:

--¿No habéis visto nunca juglares? Por lo menos habréis oído hablar de

ellos. Tales somos, que no brujos ni demonios.

--¿Á qué ese espanto, rubio querubín? preguntó el otro.

--No os extrañe mi sorpresa, repuso por fin Roger. No había visto un

juglar en mi vida y mucho menos esperaba contemplar en el aire dos pares

de piernas danzando misteriosamente. ¿Pues y el saltar sobre vuestros

cráneos? Bien quisiera saber por qué hacéis cosas tan extraordinarias.

--Difícil es la respuesta, y á buen seguro que si de mí dependiera no

volveríais á verme andando cabeza abajo, tragando estopa encendida ni

tocando el laúd con los pies, para entretenimiento de mirones y espanto

de tiernos pajecillos como vos.... Pero ¿qué veo? ¡Un frasco! ¡Y lleno,

lleno "del rico zumo de las dulces uvas"! ¡Decomiso!

Y haciendo y diciendo se apoderó de la botella de vino que el hermano

despensero regaló á Roger y que éste llevaba en el entreabierto zurrón.

Beberse la mitad del vino fué obra de un instante para el juglar, que

después pasó el frasco á su compañero. Apenas lo agotó éste hizo ademán

de tragárselo, con tanta verdad que asustó á Roger; después reapareció

el evaporado frasco en la diestra del juglar, que lanzándolo en alto lo

recibió sobre la pantorrilla izquierda, de la cual pareció extraerlo

para presentárselo á Roger, acompañado de cómica reverencia.

--Gracias por el vino, mocito, dijo; es de lo poco bueno que hemos

probado en largos días. Y contestando á vuestra pregunta, os diremos que

nuestra profesión nos obliga á inventar y ensayar continuamente nuevas

suertes, una de las cuales y de las más difíciles y aplaudidas habéis

presenciado. Venimos de Chester, donde hemos hecho la admiración de

nobles y plebeyos y nos dirigimos á las ferias de Pleyel, donde si no

ganamos muchos ducados no nos faltarán aplausos. De mí os aseguro que

daría buen número de éstos por uno de aquellos. Ó por otro trago de

vuestro riquísimo vino. Y ahora, amiguito, si os sentáis en aquella

piedra, nosotros continuaremos nuestro ensayo y vos pasaréis el rato

entretenido.

Hízolo así Roger, quien notó entonces los dos enormes fardos que

formaban el equipaje de los juglares y que por lo que dejaban ver

contenían jubones de seda, cintos relucientes y franjas de oropel y

falsa pedrería. Junto á ellos yacía una vihuela que Roger tomó y empezó

á tocar con gran maestría, mientras los acróbatas continuaban sus

sorprendentes ejercicios. No tardaron éstos en tomar el compás de la

vihuela y era cosa de verlos con los pies en el aire, bailando sobre las

manos, con tanta presteza y facilidad como si toda la vida hubiesen

andado en aquella postura.

--¡Más aprisa, más aprisa! gritaban al tañedor, que los complacía

riéndose á carcajadas.

--¡Bravo, don alfeñique! exclamó por fin uno de los danzantes, dejándose

caer rendido sobre la hierba.

--¡Por vida de! Muy callado lo teníais, señor músico, dijo el otro

imitándolo. ¿Dónde aprendisteis á tañer de tal suerte?

--Lo que acabo de tocar lo aprendí yo solo, sin música ni maestro, por

haberlo oído varias veces allá en Belmonte, de donde vengo.

--¡El diablo me lleve si no sois vos el auxiliar que nos hace falta!

dijo el juglar que parecía de más edad. Tiempo hace que busco un

vihuelista, flautista, ó lo que sea, que nos acompañe y pueda tocar de

oído, y vos lo tenéis magnífico. Venid con nosotros á Pleyel, que no os

ha de pesar, ni os faltarán algunos ducados, buena cerveza y mejor humor

mientras sigamos juntos.

--Sin contar con que jamás hemos tenido cena sin una buena tajada de

carne en el plato y vos no seréis menos. Por mi parte os prometo media

azumbre de vino los domingos, mientras estemos en poblado, dijo el otro.

Es gascón y del añejo, agregó guiñando un ojo para dar más valor á su

oferta.

--No, no puede ser, contestó el joven. Otro es mi destino y si he de

llegar á él en sazón no puedo permitirme muchas paradas tan largas como

ésta. Con Dios quedad.

Dicho esto se alejó apresuradamente, sin atender á las repetidas ofertas

de los juglares, quienes por fin se despidieron de él deseándole buena

suerte. La última vez que los vió, antes de doblar un recodo del

sendero, el más joven de los saltimbanquis se había subido sobre los

hombros de su compañero y desde aquella altura lo saludaba con dos

banderolas de chillones colores, que agitaba sobre su cabeza.

Roger les hizo un ademán de despedida y emprendió sonriente el camino de

Munster.

Extraños y en gran manera interesantes le parecían todos aquellos

variados incidentes de su jornada. Las pocas horas pasadas desde que

abandonó el apacible claustro le habían procurado más emociones que un

año de vida en Belmonte. Se le hacía increíble que el fresco pan que iba

comiendo con placer fuese reciensalido de los hornos de la abadía.

No tardó en dejar el terreno montañoso cubierto de arbolado y se halló

en la vasta llanura de Solent, cuyos campos esmaltados de florecillas

multicolores presentaban aquí y allá grupos verdes ó bronceados de

ondulantes helechos. Á la izquierda del viajero y no muy lejos

continuaba el espeso bosque, pero la senda divergía rápidamente de él y

serpenteaba por el valle. El sol próximo á su ocaso entre purpurinas

nubes, iluminaba con luz suave los alegres campos y rozaba de soslayo

los primeros árboles del bosque, poniendo entre las ramas toques

inimitables de oro y rojo. Admiró Roger el bellísimo paisaje, pero sin

detenerse, porque según sus informes lo separaba todavía una legua larga

del primer mesón donde se proponía pasar la noche. Lo único que hizo fué

dar algunos mordiscos al pan y al apetitoso queso que llevaba de

repuesto.

Por aquella parte del camino se cruzó el viajero con buen número de

personas. Vió primero á dos frailes dominicos de negros hábitos, que

pasaron sin mirarle siquiera, fija la vista en el suelo y murmurando sus

oraciones. Siguióles un obeso franciscano, mofletudo y sonriente, que

detuvo á Roger para preguntarle si no había por allí cierta venta famosa

por sus tortas de anguilas; y como el joven le contestase que siempre

había oído poner por las nubes los guisos de anguilas de Solent, el

epicúreo padre tomó el camino de aquel pueblo relamiéndose de gusto.

Poco después vió venir nuestro viajero á tres segadores que cantaban á

voz en cuello, con acento y jerga tan diferentes de cuanto hasta

entonces había oído en su convento, que más bien le parecieron hombres

de otra raza expresándose en lenguaje bárbaro. Llevaba uno de ellos una

garza que habían cogido en la ciénaga vecina y se la ofreció á Roger por

dos cornados. Excusóse éste como pudo y se alegró de dejar atrás á los

cantantes, cuyos enmarañados cabellos rojos, afiladas hoces y risa

brutal los hacían nada gratos compañeros de viaje y menos para

encontrados al caer la noche en campo raso.

Más peligroso que aquellos alegres campesinos demostró ser un macilento

pordiosero que le salió al encuentro poco después, supliendo con una

muleta la pierna que le faltaba. Aunque endeble y humilde al parecer, no

bien hubo pasado Roger sin depositar en el grasiento sombrero la moneda

que le pedía, oyó el grito de rabia del miserable y una blasfemia atroz,

seguida de una pedrada que si hubiera acertado á nuestro héroe en la

cabeza habría puesto probablemente fin á sus aventuras. Por suerte la

piedra pasó rozándole una oreja y fue á dar violentamente contra un

árbol cercano. Detrás de su tronco se guareció Roger de un salto y desde

allí efectuó su retirada ocultándose entre la maleza, sin volver al

sendero hasta que hubo puesto buen trecho entre su persona y el

andrajoso energúmeno. Íbale pareciendo que en Inglaterra no había más

protección de vidas y haciendas que la que cada cual pudiese

proporcionarse con sus propios puños ó con la ligereza de sus piernas.

¿Dónde estaba la ley, aquella ley de que había oído hablar en el

claustro, superior á prelados y barones y de la cual no veía indicio ni

señal? Sin embargo, no debía de ocultarse el sol aquel día sin que Roger

viese por sí mismo un ejemplo inolvidable de la ley durísima de aquella

época y de la más pronta distribución de justicia que jamás presenciaron

ojos humanos.

En el centro del valle había una hondonada por la que corrían las aguas

de cristalino arroyuelo. Á la derecha del camino, en el punto donde

cruzaba el arroyo, veíase un informe montón de piedras, acaso un antiguo

túmulo, que desaparecía casi por completo bajo los brezos y helechos.

Buscando estaba Roger el vado cuando vió venir por el lado opuesto á una

pobre mujer cargada de años y achaques, que por dos veces trató

inútilmente de poner el pie sobre una ancha piedra plana colocada en

medio del arroyo. Roger la vió sentarse desalentada en el ribazo y

cruzando el vado se le acercó y le ofreció ayudarla.

--Venid, buena mujer; el paso no es tan difícil como parece.

--No puedo, doncel; la edad ha nublado mis ojos y aunque sé que hay una

piedra en el vado, no acierto á verla.

--Pues por eso no ha de quedar, dijo Roger; y tomando en brazos á la

enjuta viejecilla la trasladó prontamente á la otra margen. Muy débil y

anciana parecéis para viajar sola, continuó cuando la vió vacilar y caer

de rodillas. ¿Venís de muy lejos?

--De Balsain, donde dejé mi arruinada casuca tres días há. Voy en busca

de mi hijo, que es montero del rey en Corvalle y me ha ofrecido cuidar

de mí estos últimos días de mi vida.

--Deber suyo es hacerlo, que vos cuidasteis de él en su niñez. Pero

¿habéis comido? ¿Lleváis provisiones?

--Tomé un bocado al rayar el día, en el ventorrillo de Dunán.... Pero

allí dejé también la última moneda que me quedaba y por eso necesito

llegar esta misma noche á Corvalle, donde nada me faltará. ¡Si vierais á

mi hijo, tan arrogante, tan generoso! Olvido mis tribulaciones al

figurármelo con su verde sayo de montero, bordadas sobre el pecho las

armas del rey.

--Grande es la tirada de aquí á Corvalle, sobre todo para vos y ya casi

de noche. Pero aquí tenéis un poco de pan y queso y también algunos

sueldos para que con ellos completéis vuestra cena en el primer mesón. Á

Dios quedad.

--Él os guarde, generoso mancebo, dijo la viejecilla alejándose y

menudeando sus bendiciones.

Al volverse Roger para emprender la marcha descubrió lo que hasta

entonces no había reparado; que su breve entrevista con la pobre mujer

había tenido testigos. Eran éstos dos hombres, ocultos hasta entonces

entre los brezos que cubrían el montón de piedras antes citado y que

abandonando su escondrijo se dirigían hacia la hondonada. Uno de ellos,

viejo de andrajosos vestidos, inculta barba y retorcida nariz, tenía más

apariencias de bandido que de caminante; el otro era uno de los pocos

negros que había en Inglaterra por aquella época, y Roger contempló

asombrado los abultados labios y grandes y blancos dientes que hacían

resaltar la negrura de la tez. Pero el aspecto de ambos desconocidos era

tan sospechoso que Roger creyó prudente subir el ribazo y tomar el

camino á buen paso, á fin de evitar su encuentro. No le siguieron los

otros, pero antes de alejarse gran espacio oyó las voces de socorro que

daba la vieja, detenida en medio del camino por ambos bribones, que la

despojaban apresuradamente de las monedas que él le había dado, de su

mantón de lana y de la cestilla que en la mano llevaba. Soltó Roger el

zurrón y empuñando su herrado garrote volvió atrás, cruzó el arroyo de

un salto y se dirigió á todo correr hacia el grupo que formaban los

salteadores y su víctima.

Pero aquéllos no parecían dispuestos á ceder el campo, pues viéndole

venir el negro, sacó un reluciente cuchillo y lo esperó á pie firme; el

otro empuño su nudoso bastón y entre amenazas y maldiciones invitó á

Roger á acercarse. Ningún peligro hubiera detenido en aquel momento al

denodado joven, de ordinario tan comedido y pacífico, pero cuyo

semblante indicaba que la indignación y la cólera lo cegaban,

convirtiéndolo en temible adversario. Llegado frente al negro, le

descargó tan furioso garrotazo que soltó el cuchillo y huyó lanzando

gritos de dolor. Al verlo el viejo, se abalanzó sobre Roger y rodeándole

fuertemente la cintura con ambos brazos, gritó al otro que apuñaleara á

su enemigo por la espalda. Acercóse el negro, recogió su arma y Roger

creyó llegada su última hora, si bien no dejó de hacer vigorosos

esfuerzos para derribar á su adversario, cuya garganta apretaba con

furia mientras forcejeaban ambos de uno á otro lado del camino. En aquel

momento supremo se oyó claramente el galope de numerosos caballos sobre

las piedras y casi al mismo tiempo una exclamación de terror del negro,

que huyó á todo correr y no tardó en ocultarse entre la maleza. El otro

bandido, cuyos ojos delataban el miedo que se había apoderado de él,

hizo esfuerzos desesperados por rechazar á Roger, pero éste logró al fin

derribarlo y sujetarlo firmemente, contando recibir pronto refuerzo.

Los jinetes llegaban á todo correr, precedidos por el que parecía ser

jefe de la partida, que montaba un hermoso caballo negro y vestía fino

sayo de vellorí, cruzado el pecho por ancha banda de rojo color recamada

de oro y cubierta la cabeza con un birrete de blancas plumas. Seguíanle

seis ballesteros, con jubones de paño buriel, cintos de baqueta,

capacetes sin plumas y á la espalda ballesta y saetas. Bajaron la

cuesta, cruzaron el vado y en pocos momentos llegaron al lugar de la

lucha.

--¡Aquí está uno de ellos! exclamó el jefe, echando pie á tierra y

sacudiendo al bandido por el cuello. Á ver las cuerdas, Pedro, y que lo

ates de pies y manos de manera que no vuelva á escurrirse. Le ha llegado

la hora y ¡por San Jorge! que de esta vez las pagará todas juntas.

¿Quién sois, joven? preguntó á Roger.

--Un amanuense de la abadía de Belmonte, señor.

--¿Tenéis carta ó papel que lo acredite? ¿No seréis uno de tantos

pordioseros como infestan estos caminos?

--Hé aquí las cartas del abad de Berguén. No necesito pedir limosna,

dijo el joven algo ofendido.

--Tanto mejor para vos. ¿Sabéis quién soy?

--No, señor.

--Yo soy la ley, soy el corregidor del condado y represento la justicia

de nuestro bondadoso soberano, Eduardo III.

--Á tiempo llegáis, señor, dijo Roger inclinándose ante el personaje.

Unos momentos más y sólo hubierais hallado aquí mi cadáver y quizás

también el de esta pobre mujer.

--¡Pero nos falta el otro! exclamó el corregidor. ¿No habéis visto á un

negro? Era el cómplice de ese ladrón y juntos huían....

--El negro escapó en aquella dirección al oiros, dijo Roger señalando

hacia las piedras del desmoronado túmulo.

--Se esconde en la maleza y no puede estar lejos, dijo uno de los

ballesteros preparando su temible arma. Desde que llegamos he estado

vigilando los alrededores. Él sabe que con nuestros caballos lo

alcanzaríamos en un santiamén y se guardará de huir.

--¡Pues á buscarlo! Nunca se dirá que un criminal de su laya escapó al

corregidor de Southampton y á sus ballesteros. Dejad á ese bandido

tendido en el polvo. Y ahora, muchachos, formad en línea, á bastante

distancia uno de otro, y empiece el ojeo; aprestad las ballestas y yo os

procuraré caza como el mismo rey no puede tenerla. Norris, aquí, á la

izquierda; Jacobo el Rojo á la derecha. Eso es. Mucho ojo con los

matorrales, y un cuartillo de vino para el buen tirador que acierte á la

pieza.

El negro se había deslizado entre los brezos hasta llegar al derruido

monumento, tras cuyas piedras se escondió; al poco rato quiso averiguar

lo que hacían ó proyectaban sus perseguidores, á quienes vió separarse

formando extensa línea y adelantar por la maleza en la dirección que él

había tomado y que les había indicado Roger. Aunque el fugitivo asomó la

cabeza lo más prudentemente posible, el ligero movimiento de unos

helechos bastó para denunciar su presencia al corregidor, que en aquel

momento miraba fijamente la eminencia formada por las piedras y el

matorral que en parte las cubría.

--¡Ah, bellaco! gritó el funcionario sacando la espada y señalándolo á

sus soldados. ¡Allí le tenéis! ¡Á pie firme, ballesteros! Ya abandona su

guarida y corre como un gamo. ¡Tirad!

Así era en efecto, porque al oir el negro las voces del corregidor y

verse descubierto, emprendió la fuga á todo correr.

--Apunta dos varas á la derecha, muchacho, dijo un ballestero veterano,

inmediato á Roger.

--No, apenas hay viento; con vara y media basta, contestó su compañero,

soltando la cuerda de su ballesta.

Roger se estremeció, porque el acerado dardo pareció atravesar de parte

á parte al fugitivo. Pero éste siguió corriendo.

--Dos varas te digo, bodoque, comentó el viejo ballestero, apuntando con

tanta calma como si tirase al blanco.

Partió silbando la mortífera saeta y se vió al negro dar de repente un

enorme salto, abrir los brazos y caer de cara al suelo, donde quedó

inmóvil.

--Debajo de la espaldilla izquierda, fué lo único que dijo su matador,

adelantándose á recobrar su dardo.

--Á perro viejo no hay tus tus. Esta noche podrás emborracharte con el

mejor vino de Southampton, dijo el personaje á su impasible ballestero.

¿Estás seguro de haberlo despachado?

--Tan muerto está como mi abuela, señor.

--Corriente. Ahora al otro bribón. No faltan árboles allá en el bosque,

pero no tenemos tiempo que perder. Anda, Lobato, saca esa espada y

córtale la cabeza al canalla, como tú sabes hacerlo.

--¡Por favor, concededme una gracia que os pido! suplicó el sentenciado

dando diente con diente.

--¿Qué es ello? preguntó el magistrado.

--Antes confesaré mi crimen. El negro y yo fuímos, en efecto, quienes

después de robar cuanto pudimos en la barca _Rosamaría_ de la que él era

cocinero, asesinamos y despojamos al mercader flamenco en Belfast.

Pronto estoy á que me enviéis allá, ante mis jueces.

--Poco mérito tiene esa confesión y no te valdrá. Es que además de tus

fechorías en Belfast y en todas partes acabas de cometer un asalto en

despoblado dentro del territorio de mi jurisdicción y vas á morir. Basta

de charla.

--Pero señor, observó Roger pálido de emoción; no ha sido juzgado y....

--Vos, mocito, me complaceréis grandemente no hablando de lo que no

entendéis y menos os importa. Y tú, belitre, continuó dirigiéndose al

reo, ¿qué gracia es esa que pides?

--Tengo en la bota del pie izquierdo un trocito de madera envuelto en

lienzo. Perteneció un tiempo á la barca en que iba el bendito San Pablo

cuando las olas lo arrojaron á la isla de Melita. Lo compré por tres

doblas á un marinero que venía de Levante. Os pido que me permitáis

morir con esa reliquia en la mano, y de esta manera no sólo obtendré mi

salvación eterna sino también la vuestra, pues debiéndoos tan gran

merced, no dejaré de interceder por vos un solo día.

Á una señal de su jefe, el ballestero Jacobo descalzó al malhechor y

halló en la bota la valiosa reliquia, envuelta en luenga tira de fino

cendal. Los soldados se santiguaron devotamente y el corregidor se

descubrió al tomarla y entregársela al sentenciado.

--Si sucediese que por los méritos del gran apóstol San Pablo te fuesen

perdonados tus delitos y abiertas las puertas del Paraíso, dijo el

crédulo magistrado, espero que no olvides la gracia que te concedo y la

promesa que me haces. Y ten también presente que toda tu intercesión ha

de ser por Roberto de York, corregidor de Southampton y no por Roberto

de York mi primo hermano, el condestable de Chester. Y ahora, Jacobo, al

avío, que todavía tenemos una buena tirada de aquí á Munster y el sol se

ha puesto ya.

Con los ojos dilatados por el espanto contempló Roger aquella

conmovedora escena; el obeso personaje ricamente vestido, el grupo de

ballesteros que miraban indiferentes, teniendo asidas las riendas de

sus caballos; la viejecilla, tan espantada como él, que esperaba el

final del sangriento drama sentada á un lado del camino y por último el

malhechor de pie, atados los brazos y pálido como un muerto. El más

viejo de los ballesteros se adelantó en aquel momento y desenvainó la

cortante hoja; Roger volvió la espalda y se retiró apresuradamente, pero

á los pocos pasos oyó un sonido sordo, horrible, que le hizo temblar,

seguido del golpe que dió el cuerpo al caer en tierra. Momentos después

pasaron trotando junto á Roger el corregidor y cuatro ballesteros,

habiendo recibido los otros dos la orden de cavar una fosa y enterrar

los cadáveres. Uno de los soldados limpiaba la larga hoja de su espada

en las crines del caballo, y al verlo Roger le sobrecogió tal angustia

que arrojándose sobre la hierba prorrumpió en sollozos convulsivos.

"¡Mundo perverso, se decía, hombres de corazón duro, así los criminales

como los encargados de administrar una justicia brutal y cruenta!"

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 18 / 101 题