DE CÓMO TRISTÁN DE HORLA DEJÓ AL BATANERO EN PERNETAS

Caso muy raro sería que un joven de veinte años, lleno de salud y vida,

dedicase las primeras horas de absoluta independencia gozadas desde la

infancia á llorar la celda de su convento y la disciplina del claustro.

Sucedió, pues, que la emoción de Roger fué poco duradera y que aun antes

de perder de vista á Belmonte recobró la alegría propia de sus años y

pudo apreciar en toda su belleza los primores del paisaje. Era una tarde

hermosísima; los rayos del sol caían oblicuamente sobre los frondosos

árboles, trazando en el camino arabescos de sombras, alternados con

anchas franjas doradas. Entre los árboles y en cuanto alcanzaba la

vista, tupidos arbustos, amarilleando algunos al soplo del otoño. Al

perfume de las flores se unían las gratas emanaciones resinosas de los

pinares y sólo el rumor de claros arroyuelos interrumpía de cuando en

cuando el murmullo de la brisa entre las ramas y el canto de los

pájaros.

Pero aquella soledad y quietud de los campos eran sólo aparentes. La

vida se desarrollaba vigorosa y activa en ellos y en los vecinos

bosques. Insectos de brillantes colores zumbaban en torno de hojas y

flores; juguetonas ardillas suspendían sus escarceos para mirar al

insólito caminante desde lo alto de las ramas, y ya se oía el gruñido

del fiero jabalí en el matorral, ya el roce de las hojas secas pisadas

por el gamo, que huía á todo correr.

No tardó el risueño caminante en dejar muy atrás á Belmonte y sus verdes

praderas y de aquí que fuera mayor su sorpresa al divisar sentado en una

piedra junto al camino á uno al parecer religioso de aquella comunidad,

á juzgar por los blancos hábitos que vestía. Pero al acercarse notó

Roger que el rostro del fraile, desapacible y coloradote, le era

totalmente desconocido y que por sus ademanes y la expresión dolorida

del semblante más parecía caminante desbalijado que otra cosa. De pronto

le vió incorporarse y correr camino arriba, recogiendo y levantando con

ambas manos el sayal, lo menos dos palmos más largo de lo que pedía el

cuerpo bajo y rechoncho del desconocido. Pero no tardó éste en

detenerse, resoplando como si le faltara el aliento y acabando por

dejarse caer sobre la hierba. Roger se dirigió hacia él apresuradamente

y el otro le preguntó:

--¿Conocéis, buen amigo, la abadía de Belmonte?

--Mucho que sí, de allí vengo y en ella he vivido hasta hoy.

--Loado sea Dios, porque en tal caso podréis decirme quién es un fraile

como un dragón, con la cara llena de pecas, los ojos negros y el pelo

rojo, á quien por mi mal acabo de encontrarme en este camino. ¿Le

conocéis? No puede haber otro tan grande ni tan malvado como él en la

abadía.

--Por las señas es ése el novicio Tristán de Horla. ¿Qué os ha hecho?

--¡Pesia mi alma que lo hecho por él no lo hicieran conmigo salteadores

de camino! No sino que el menguado me quitó cuanta ropa llevaba puesta

dejándome en gregüescos y después me enjaretó este sayal blanco,

quedándome yo aquí corrido y sin atreverme á volver al pueblo y mucho

menos á presentarme á mi mujer, que si me ve en esta guisa pondrá el

grito en el cielo, tratándome de borracho y correntón.

--¿Pero cómo fué eso? preguntó el amanuense, que á duras penas podía

contener la risa.

--Yo os lo contaré de la cruz á la fecha, repuso el otro. Pasaba por

este mismo camino y muy cerca del lugar en que estamos, cuando me topé

con el fraile bandido de la cabeza roja. Creyéndolo un religioso como

Dios manda, entregado á sus oraciones, lo saludé y seguí mi marcha hacia

Léminton, donde vivo y me gano el sustento como batanero que soy. Pero á

los pocos pasos oí que me llamaba; volvíme y me preguntó si tenía

noticia de la nueva indulgencia concedida á favor de los monjes del

Císter. "No," le contesté. "Tanto peor para vuestra salvación eterna,"

me dijo; y habló largamente de la gran estimación de Su Santidad por las

virtudes del abad de Berguén y cómo en reconocimiento y recompensa de

las mismas había resuelto el Papa conceder indulgencia plenaria á todo

pecador que vistiese el hábito cisterciense y lo tuviese puesto el

tiempo necesario para recitar los siete Salmos de David. Al oirlo me

arrodillé á sus pies, rogándole que me dejase obtener tan grande gracia

prestándome su hábito, á lo que se avino después de muchas súplicas y de

entregarle yo doce sueldos para dorar la imagen del bendito San Lorenzo.

Quitádose que hubo esta vestimenta, tuve que prestarle mi buen jubón y

calzas de paño para que no le viese algún caminante en ropas menores y

aun me pidió el grueso par de medias que yo llevaba para preservarse,

dijo, del airecillo algo frío, mientras rezaba yo mis oraciones. Llegado

apenas al segundo salmo, acabó él de arroparse y gritándome que

procurase conducirme cual cuadraba á un piadoso fraile, apretó á correr

camino arriba como si lo persiguieran los demonios. Cuanto á mí,

pecador, ni puedo correr metido en este saco harinero que por todos

lados me sobra, ni tampoco es cosa de quitármelo y presentarme en el

pueblo sin más vestimenta que una almilla rabona, unos gregüescos

remendados y un par de zapatos. Ni siquiera medias. ¡Por vida del fraile

ladrón!

--No os descorazonéis, buen hombre, dijo el doncel, que bien podréis

trocar vuestro sayal por un jubón en el convento, cuando no tengáis más

cerca algún conocido que os saque del paso.

--Sí tengo, repuso el batanero. Allende el seto vive un pariente de mi

mujer, pero la suya es lo más mordaz y maldiciente que conozco y como mi

aventura llegase á oidos de aquella bruja no me atrevería á asomar la

cara fuera de mi casa en un mes. Pero si vos quisierais, mi buen señor,

podríais hacerme una grandísima merced con sólo desviaros de vuestro

camino cosa de dos tiros de ballesta y....

--Eso haré yo de muy buena gana, dijo Roger compadecido del pobre hombre

á quien en tan duro trance habían puesto las diabluras de Tristán, su

amigo del convento.

--Pues tomad aquel sendero de la izquierda, que no tardará en llevaros

á un claro del bosque, y allí veréis la choza de un carbonero. Decidle

que os dé un par de prendas de ropa y que os envía con grande urgencia

maese Rampas, el batanero de Léminton. Razones tiene para no negarme eso

que en nombre mío váis á pedirle.

Hízolo Roger como se lo decían y halló muy pronto la cabaña y sola en

ella á la mujer del carbonero, por hallarse su marido trabajando en el

monte. Expuso su misión y complaciente la mujer comenzó enseguida á

preparar el hatillo, mientras Roger la contemplaba con la curiosidad

natural en quien jamás había hablado á una mujer y mucho menos vístose

mano á mano con una hija de Eva en solitaria cabaña perdida en el

bosque. Observó que sus desnudos brazos eran de redondeadas formas,

aunque requemados por el sol y que llevaba modesta basquiña parda y un

pañolón cruzado y prendido sobre el pecho con enorme alfiler de cobre.

--¡Maese Rampas el batanero! repetía ella yendo de aquí para allá en

busca de las ropas. Si fuese yo su mujer ya le enseñaría á dejarse

desbalijar en medio del camino por el primer perdulario que pase. Pero á

bien que él ha sido siempre un alma de Dios y que no he de ser yo quien

le ponga tachas ni le niegue un favor, que muy grande me lo hizo él

pagando de su bolsillo el entierro de Frasquillo, mi hijo mayor, á quien

tenía de aprendiz en el batán y me lo llevó la peste negra de hace dos

años. ¿Y quién sois vos, mi buen señor?

--Un caminante. Vengo de Belmonte y me propongo llegar á Munster esta

noche ó mañana.

--Y viniendo de Belmonte, me basta miraros para conocer que habéis sido

discípulo de los monjes. Pero conmigo no hay por qué bajar los ojos ni

poneros rojo como un pimiento. ¡Bah! ¿Á mí qué? ¡Buenas cosas os habrán

contado los frailes de nosotras las mujeres, y á fe que se diría que

ninguno de ellos ha conocido ni querido á su propia madre! ¡Bonito

estaría el mundo si los padres priores echasen de él á todas las

mujeres!

--No lo quiera Dios, dijo fervientemente Roger.

--Amén mil veces. Pero vos sois un gentil mozo y tanto más me lo

parecéis á mí por lo mismo que sois á la vez modesto y comedido. Fácil

es ver también que no habéis pasado vuestros pocos años á la

intemperie, sufriendo las inclemencias del frío en invierno y quemado

por los rayos del sol en verano, como tuvo que sufrirlo mi pobre

Frasquillo, y eso que no había cumplido los catorce cuando me lo llevó

Dios.

--La verdad es que he visto muy poco del mundo, buena mujer, respondió

el joven.

--Tanto mejor para vos. Y ahora, aquí tenéis el hatillo para el bueno de

Rampas y decidle que no se dé prisa por devolver esas ropas. Cuando

buenamente pase por aquí cerca puede dejarlas en la cabaña. ¡Virgen

Santa, cómo estáis cubierto de polvo! Bien se ve que en los conventos no

hay mujer que os cuide. Os limpiaré un poco. ¡Vaya! Y ahora, dadme un

beso é id en paz.

Inclinóse Roger para que ella lo besase, saludo muy en boga en

Inglaterra por aquella época, y así lo hizo notar Erasmo mucho después,

diciendo que el beso como saludo era más usado en aquel reino que en

ningún otro país. Pero la experiencia era nueva para Roger, y el

contacto de la villana le produjo una impresión para él desconocida

hasta entonces. Pensando iba en ello al dejar la casuca y recordó las

palabras del abad, acabando por preguntarse qué hubiera dicho y sentido

éste en caso parecido al suyo. Pero llegado de nuevo al camino vió Roger

un cuadro que le hizo olvidar todo lo restante.

El malhadado maese Rampas se hallaba á corta distancia del lugar donde

él lo dejara, gimiendo, pateando y desesperándose más que nunca y lo que

era peor, sin el hábito, ni más vestimenta que una cortísima almilla y

los zapatos. Á lo lejos desaparecía entre los árboles á todo correr un

hombrachón que llevaba un lío en una mano y apoyaba la otra sobre el

costado como si le dolieran los ijares de tanto reirse.

--¡Vedlo! aulló el batanero. ¡Allí va! Vos me sois testigo, para dar con

él en la cárcel de Chester. ¡Que se me lleva mi hábito!

--¿Pero qué ha pasado aquí? ¿Quién es aquel hombre?

--¿Quién ha de ser, pesia mí, sino vuestro Tristán el ladrón, Tristán el

bandido, que no contento con haberme dejado casi en cueros vivos, volvió

para llevárseme el sayal, como si un cristiano pudiera andar por el

camino público con este camisín. ¡Me ha robado mi hábito, mi hábito!

--Perdonad, buen hombre, el hábito era suyo....

--Corriente, pues que se lo lleve todo. No tardará en volver para

despojarme de los zapatos y de este camisolín, que para lo que tapa....

¡Nuestra Señora de Rocamador me valga!

--¿Y cómo fué ello? preguntó Roger, lleno de asombro.

--¿Son ésas las ropas que me traéis? Dadme acá, por favor, que éstas ni

el Papa me las quita, aunque le ayude todo el Sacro Colegio. ¿Que cómo

fué? Pues apenas me dejasteis volvió corriendo don ladrón y como yo

empezase á apostrofarle me preguntó muy dulcemente si creía posible que

un buen religioso abandonase su sayal nuevecito y abrigado para vestir

el jubón y las calzas de un artesano. Empecé á quitarme el hábito muy

regocijado, mientras él explicaba que se había ausentado para que yo

dijera mis oraciones con mayor recogimiento. También hizo como que se

desabrochaba mi jubón para devolvérmelo, pero no bien le entregué su

sayal apretó á correr otra vez, dejándome con lo puesto, que no es mucho

que digamos. ¡Habrá tuno! ¡Y cómo se reía el bigardón!

Roger escuchó el relato de aquellas lástimas con toda la seriedad que

pudo. Pero cuando contempló al pobre hombre vestido con los guiñapos del

carbonero y vió la expresión de dignidad ofendida que tenían el rostro

mofletudo y los ojillos saltones de maese Rampas, le fué imposible

contener la risa. Jamás se había reido tanta ni de tan buena gana, é

incapaz de tenerse de pie se apoyó contra el tronco de un árbol, sin

poder hablar, saltándosele las lágrimas y riéndose á todo trapo.

El batanero le miró gravemente; nuevos accesos de hilaridad retorcieron

el cuerpo de Roger y maese Rampas, viendo que aquello no llevaba trazas

de acabar, le hizo un ceremonioso saludo y se alejó pausada y

altivamente, contoneándose. Roger le miró hasta perderle de vista, y aun

después de ponerse él mismo en camino se reía de todo corazón cada vez

que recordaba la facha y los visajes del batanero de Léminton.

La guardia blanca novela histórica escrita en inglés · 第 16 / 101 题