La gran campana del monasterio de Belmonte dejaba oir sus sonoros
tañidos por todo el valle y aun más allá de la obscura línea formada por
los bosques. Los leñadores y carboneros que trabajaban por la parte de
Vernel y los pescadores del río Lande, suspendían momentáneamente sus
tareas para dirigirse interrogadoras miradas; pues aunque el sonido de
las campanas de la abadía era tan familiar y conocido por aquellos
contornos como el canto de las alondras ó la charla de las urracas en
setos y bardales, los repiques tenían sus horas fijas, y aquella tarde
la de nona había sonado ya y faltaba no poco para la oración. ¿Qué
suceso extraordinario lanzaba á vuelo, tan á deshora, la campana mayor
de la abadía?
Por todas partes se veía llegar á los religiosos, cuyos blancos hábitos
se destacaban vivamente sobre el césped que cubría las avenidas de
nudosos robles. Procedían unos de los viñedos y lagares pertenecientes á
la comunidad, otros de la vaquería, de las margueras y salinas, y
algunos llegaban, apresurando el paso, de las lejanas fundiciones de
Solent y la granja de San Bernardo. No les cogía de sorpresa el
inusitado campaneo, porque ya la noche anterior había despachado el abad
un mensajero especial á todas las dependencias exteriores del
monasterio, con orden de anunciar en ellas la proyectada reunión general
del día siguiente. En cambio el hermano lego Atanasio, que durante un
cuarto de siglo había limpiado y bruñido el pesado aldabón de bronce de
la abadía, declaraba con asombro que jamás había presenciado convocación
tan extemporánea y urgente de todos los miembros de la comunidad.
Bastaba observar á éstos para comprender la gran variedad de ocupaciones
á que se dedicaban y para formar idea, aunque incompleta, de los
inmensos recursos de la abadía, centro de activísima vida. Veíase aquí á
dos religiosos cuyas manos y antebrazos teñía de rojo el mosto; más allá
otro, anciano y robusto, llevaba al hombro el hacha con que acababa de
cortar grandes haces de leña; seguíale el hermano esquilador, cuya
ocupación denunciaban las enormes tijeras que llevaba colgadas al cinto
y las vedijas de lana adheridas al sayal. Un numeroso grupo iba provisto
de azadas y layas, y los dos monjes que cerraban la marcha conducían con
trabajo una pesada cesta llena de carpas, truchas y tencas, pues siendo
el siguiente día de vigilia, había que proveer al sustento de cincuenta
religiosos con un apetito á toda prueba. Verdad es que trabajaban de
firme, porque el venerable abad Fray Diego de Berguén era tan severo con
todos ellos como consigo mismo, que es mucho decir, y en su convento no
se toleraban holgazanes.
Mientras se reunían frailes y novicios el abad, cruzadas las manos y
preocupado el semblante, recorría de extremo á extremo la gran sala del
monasterio destinada á los actos solemnes. Sus delgadas facciones y
hundidas mejillas revelaban al asceta que ha sabido triunfar de sus
pasiones, no sin cruel y larga lucha, hasta dominarlas por completo.
Aunque de apariencia endeble, su mirada imperiosa y enérgica recordaba
que por sus venas corría sangre de famosos guerreros y que su hermano
mellizo, el capitán Bartolomé de Berguén, era uno de los esforzados
campeones ingleses que habían plantado la cruz de San Jorge sobre los
muros de París. Apenas sonó la última campanada, se acercó el abad á una
mesa y tocó el timbre que servía para llamar al hermano lego de
servicio, al cual preguntó en el dialecto anglo-francés usado en los
monasterios ingleses durante casi todo el siglo catorce:
--¿Han llegado los hermanos?
--Reunidos están en el claustro mayor, reverendo padre, contestó el
lego, que se hallaba en actitud humilde, cruzadas las manos sobre el
pecho y fija en el suelo la vista.
--¿Todos?
--Treinta y dos profesos y quince novicios. Fray Marcos, postrado por la
fiebre, es el único que falta. Dice que....
--No hace al caso lo que él diga. Enfermo ó no, importaba ante todo
acatar mi mandato. Domeñaré su espíritu rebelde, como lo haré con otros
miembros de esta abadía que necesitan severa disciplina. Y vos mismo,
hermano Francisco, estáis en falta. Ha llegado á mis oídos que habéis
alzado la voz en el refectorio, mientras el hermano lector comentaba la
palabra divina. ¿Qué contestáis á esa acusación?
El lego no chistó, ni se movió siquiera.
--Mil avemarías y otros tantos credos rezados con los brazos en cruz
ante el altar de la Virgen, servirán para recordaros que el Supremo
Creador nos dió dos orejas y una sola lengua, para que oigamos mucho y
hablemos poco. Enviadme aquí al hermano Maestro.
El atemorizado lego salió de puntillas, cerrando tras sí la puerta, que
se abrió algunos momentos después para dar paso á un monje, corto de
estatura, robusto de cuerpo y cuya imperiosa mirada acentuaba la
expresión severa del semblante.
--¿Me habéis llamado, reverendo padre?
--Sí, hermano Maestro. Deseo que el acto de hoy, que me impone un deber
durísimo, se verifique con el menor escándalo posible; y sin embargo, es
fuerza dar al culpable una lección pública, para ejemplo de los
restantes.
Dijo el abad estas palabras en latín, lengua en que de ordinario hablaba
á los religiosos á quienes por sus años ó por razón de su cargo ó de sus
méritos, juzgaba dignos de especial deferencia.
--Es mi parecer que los novicios no presencien el juicio, observó el
hermano Maestro. En la acusación figura una mujer y temo que pérfidas
imágenes empañen la pureza de sus pensamientos....
--¡Mujer, mujer! murmuró el abad. _Radix malorum_, que dijo el venerable
Crisóstomo, definición exacta y aplicable desde Eva hasta nuestros
días. ¿Quién denunciará al pecador?
--El hermano Ambrosio.
--Casto y piadoso mancebo.
--Y modelo de novicios.
--Procédase, pues, al juicio de acuerdo con las prácticas tradicionales
de la orden. Ved que se admita y acomode á los profesos por orden de
edad y que á su tiempo comparezca el maleado Tristán de Horla, cuya
conducta exige ya medidas severas.
--¿Y los novicios?
--Esperarán en el claustro de la capilla, donde convendrá que el lector
les refresque la memoria sobre el tema _Gesta beati Benedicti_. Así se
evitará toda conversación ociosa y toda ocasión de liviandad.
Una vez solo el abad, volvió á fijar sus miradas en las páginas
caprichosamente iluminadas de su breviario y permaneció en aquella
actitud basta que hubo entrado en la sala el último de los monjes.
Tomaron éstos asiento en los dos bancos de tallado roble que iban desde
el estrado hasta el extremo opuesto de la estancia, donde el hermano
Ambrosio y el Maestro de novicios ocuparon sendos sitiales. Era el
primero un joven enteco, alto y pálido, que oprimía nerviosamente entre
sus manos un enrollado pergamino. El abad contempló desde su asiento en
el estrado las dos hileras de monjes, cuyos rostros plácidos, rollizos y
bronceados por el sol, con raras excepciones, y cuya expresión
satisfecha, daban clara muestra de la vida tranquila y feliz que allí
llevaban.
Fray Diego fijó después su penetrante mirada en el joven religioso
sentado frente á él y dijo:
--Sois el acusador, hermano Ambrosio. Quiera nuestro venerado patrón San
Benito concederos su gracia y dirigir nuestros juicios en esta ocasión,
para el bien de la comunidad y para la mayor gloria de Dios. ¿Cuántos
son los cargos dirigidos contra el novicio Tristán?
--Cuatro, reverendo padre, contestó el interpelado en voz baja y sumisa.
--¿Los habéis enumerado y expuesto conforme lo manda nuestra santa
regla?
--Contenidos están en este pergamino....
--Que entregaréis al hermano relator para su lectura cuando llegue el
momento. Introducid al acusado.
Al oir aquella orden, un lego situado junto á la puerta la abrió de par
en par, dando entrada á un joven novicio y á otros dos legos que hasta
entonces lo habían acompañado y vigilado en la antecámara. Era el
novicio Tristán de Horla mancebo de aventajada estatura y atléticas
formas, cuyos ojos negros contrastaban con el rojo cabello y cuyas
facciones, nada desagradables, revelaban de ordinario la franqueza y el
buen humor, si bien en aquel momento se reflejaba en ellas una expresión
de reto y enojo. Caída sobre los hombros la capucha, desabrochado el
hábito que mostraba el hercúleo cuello, desnudos hasta el codo los
velludos brazos que tenía cruzados sobre el pecho, saludó reverentemente
al abad y se dirigió con toda calma al reclinatorio que le estaba
reservado en el centro de la sala. Sus negros ojos pasaron rápida
revista á los circunstantes y acabaron por fijarse, con expresión un
tanto irónica, en el hermano acusador.
Entregó éste el pergamino al relator de la orden, quien lo leyó con voz
pausada y entonación solemne, escuchado atentamente por todos los
religiosos allí congregados. El documento decía así:
"Cargos formulados el día de la Asunción, en el año de gracia de mil
trescientos sesenta y seis, contra el hermano Tristán, antes llamado
Tristán de Horla y al presente novicio de la santa orden monástica del
Císter. Leídos el jueves siguiente á dicha fiesta de la Asunción, en la
abadía de Belmonte, ante el reverendo abad Fray Diego de Berguén y la
comunidad reunida en capítulo. Los cargos aducidos son:
"Primero: Que habiéndose distribuido á los novicios determinada cantidad
de cerveza floja, como concesión especial con motivo de la precitada
festividad y en la proporción de un azumbre por cada cuatro novicios, el
acusado se apoderó violentamente del jarro y se bebió el azumbre de una
sentada, en detrimento de sus compañeros de mesa Pablo, Porfirio y
Ambrosio; quienes declararon que á duras penas pudieron comer los
arenques salados que formaron la refacción de aquel día."
Al oir aquellos detalles el acusado se mordió los labios para disimular
una sonrisa y varios religiosos se miraron de soslayo; otros tosieron á
fin de no soltar la carcajada. Pero el abad permaneció impasible y
severo, mientras el relator continuaba su lectura:
"Segundo: Que como el Maestro de novicios castigase aquel desafuero
poniendo al culpable á pan y agua por tres días, en honor de Santa
Tiburcia, aquel pecador impenitente declaró en presencia del novicio
Ambrosio que quisiera ver á una legión de demonios llevándose por los
aires al susodicho hermano Maestro.
"Tercero: Que amonestado por éste nuevamente, el acusado cogió á su
denunciador por el pescuezo y lo zabulló en el estanque de la huerta,
por espacio suficiente para que la víctima de tamaño atropello pudiera
acabar el credo que rezó mentalmente con objeto de encomendar su alma á
Dios, creyendo llegada la última hora."
Las exclamaciones de sorpresa y censura que se oyeron en ambos bancos
indicaron que los miembros de la comunidad apreciaban la gravedad del
último cargo; pero el abad impuso silencio, levantando su huesuda mano.
--Continuad, dijo al lector.
--"Y cuarto: Que poco antes de vísperas, el día de Santiago Apóstol, se
vió al citado Tristán en el camino de Vernel, en conversación con una
mujer, la llamada María Soley, hija del guardabosque de este nombre. Y
que después de muchas risas y resistencias por parte de la susodicha
doncella, el acusado la tomó en brazos y la condujo al otro lado del
riachuelo de Las Hayas, para evitar que aquella emisaria de Satán se
mojase los pies. Esta infracción inaudita de nuestra santa regla fué
presenciada por tres miembros de la comunidad, con gran escándalo suyo y
con indudable regocijo de todo el infierno, que así veía caer en mortal
pecado á un novicio de nuestra orden."
El silencio profundo que siguió á aquellas palabras, aun más que los
ademanes y el aspecto horrorizado de algunos religiosos, reveló cuán
profunda y unánime era la reprobación de los oyentes.
--¿Quiénes son los testigos de tan enorme pecado? preguntó el abad con
voz que delataba su indignación.
--Yo soy uno de ellos, dijo levantándose el hermano Ambrosio; y conmigo
lo presenciaron Porfirio y Marcos, el cual se afectó de tal manera que
desde entonces se halla en la enfermería.....
--¿Y la mujer? continuó Fray Diego. ¿No prorrumpió en acongojado llanto
al presenciar aquella conducta de un hombre que vestía nuestro sagrado
hábito?
--No, reverendo abad. Antes bien sonrió dulcemente cuando él la depositó
allende el vado y le dió las gracias y le tendió su mano. Lo ví con mis
propios ojos, como lo vió Marcos....
--¡Lo visteis, desgraciados! gritó el abad. ¿Y acaso no sabíais que el
capítulo treinta y cinco de los reglamentos de esta orden os lo prohibía
terminantemente? ¿De cuándo acá habéis olvidado que en presencia de una
mujer debemos todos bajar la vista y aun volver la cara? Y si hubierais
tenido fija la mirada en vuestras sandalias, ¿cómo ver las sonrisas y
mohines de aquel demonio disfrazado de mujer? ¡Á vuestras celdas, falsos
hermanos, á pan y agua hasta el próximo domingo, con dobles laudes y
maitines para que aprendáis á obedecer las leyes que nos rigen!
Ambrosio y Porfirio, atemorizados ante aquella inesperada reprimenda,
cayeron temblando en sus asientos. El abad apartó de ellos la vista para
fijarla en el principal culpable, quien lejos de mostrar temor é
inclinar la frente sostuvo con toda calma la mirada furibunda de Fray
Diego.
--¿Qué alegáis en vuestra defensa, hermano Tristán?
--Poca cosa, padre mío, fué la contestación del joven, dada con el
pronunciado acento sajón que por entonces caracterizaba á los campesinos
ingleses del Oeste. Por cierto que el inusitado acento llamó mucho la
atención de los religiosos, ingleses de pura raza en su mayoría. Pero el
abad sólo se fijó en la tranquilidad y la indiferencia que la respuesta
del novicio revelaba y la indignación coloreó su rostro enjuto.
--¡Hablad! ordenó golpeando con el puño el brazo del sitial.
--Pues cuanto á lo de la cerveza, observó Tristán sin inmutarse lo más
mínimo, téngase en cuenta que acababa yo de llegar del trabajo en el
campo y que apenas empiné el jarro ya le ví el fondo y sin saber cómo lo
dejé en seco. Grande debió de ser mi sed. Cierto es que perdí los
estribos cuando el buen Maestro me mandó ayunar, pero bien se explica
eso recordando que pan y agua es triste dieta para un cuerpo y un
apetito como los que Dios me ha dado. También es verdad que le senté la
mano el cernícalo de Ambrosio, pero la zabullida de que se queja no pasó
de un susto sin consecuencias. Y como no niego ninguno de los cargos
anteriores, tampoco puedo negar, si tal cargo es, el de haber ayudado á
la hija de Soley á pasar el vado de Las Hayas, en atención á que la
pobre muchacha tenía puestos zapatos y medias y su saya de los domingos,
al paso que yo iba descalzo y se me importaba un bledo remojarme los
pies. Y tengo para mí que el no haberme portado cual entonces lo hice
hubiera sido una vergüenza, para un novicio como para cualquier otro
hombre que se respete y que respete á la mujer....
Aquellas palabras colmaron la exasperación del abad, sobre todo
pronunciadas como fueron con la sonrisa burlona que apenas había
desaparecido un momento de los labios de Tristán desde el comienzo de su
perorata.
--¡Basta ya! exclamó Fray Diego. Lejos de defenderse el culpado confiesa
y agrava su falta con sus livianas palabras. Sólo me resta imponerle el
condigno castigo.
Al decir esto dejó el abad su asiento y todos los monjes le imitaron,
dirigiendo temerosas miradas al irritado semblante de su superior.
--Tristán de Horla, continuó éste, en los dos meses de vuestro noviciado
habéis dado pruebas evidentes de perversidad y de que por ningún
concepto merecéis vestir el blanco hábito símbolo de un espíritu sin
mancha. Seréis, pues, despojado de ese hábito y despedido de esta
abadía, de sus tierras y pertenencias, sin renta ni beneficio de ninguna
clase y sin las gracias espirituales que gozan cuantos viven bajo la
tutela y especial protección de San Benito. Vuestro nombre será borrado
de los registros de la orden y os queda prohibido volver á pisar los
umbrales de la abadía y entrar en ninguna de las granjas y posesiones de
Belmonte.
Aquella primera parte de la sentencia pareció terrible á los monjes,
especialmente á los más ancianos, acostumbrados como estaban á la vida
sosegada de la abadía, fuera de la cual se hubieran visto tan
desamparados y desvalidos como niños abandonados á sus propias fuerzas.
Pero evidentemente la vida mundanal no tenía terrores para el novicio,
antes le atraía y agradaba, á juzgar por la expresión regocijada con que
oyó el anuncio de su expulsión. Su contento acrecentó la iracundia de
Fray Diego, quien continuó diciendo:
--Esto por lo que al castigo espiritual se refiere. Pero á los malos
servidores de Dios, de corazón empedernido, poco les duelen tales penas.
Yo sé cómo castigaros de manera que lo sintáis, ahora que vuestras
fechorías os han privado de la protección de la iglesia. ¡Á ver! ¡Tres
hermanos legos, Francisco, Atanasio y José, apoderaos del truhán, atadle
los brazos y decid al hermano portero que le aplique unas cuantas
docenas de azotes con un buen rebenque!
Al acercársele los robustos legos para obedecer las órdenes del abad,
desapareció toda la placidez del novicio, que asió con ambas manos el
pesado reclinatorio de roble y levantándolo en alto como una maza, gritó
con voz potente:
--¡Teneos! ¡Juro por San Jorge que al primero de vosotros que ose
tocarme le rompo la cabeza en mil pedazos!
La advertencia no podía ser más clara ni más enérgica, y unida á la
amenazadora actitud del novicio, cuyas fuerzas eran bien conocidas de
todos, bastó para que los legos retrocedieran más que de prisa y para
espantar á los religiosos, que se precipitaron en tropel hacia la
puerta. Sólo el abad pareció pronto á lanzarse sobre el rebelde novicio,
pero dos monjes que junto á él se hallaban lo asieron por los brazos y
lograron ponerlo fuera de peligro.
--¡Está poseído del demonio! gritaban los fugitivos. ¡Pedid socorro! Que
venga el hortelano con su ballesta, y llamad también á los mozos de
cuadra. ¡Pronto, decidles que estamos en peligro de muerte! ¡Corred,
hermanos! ¡Ved que ya nos alcanza!
Pero el victorioso Tristán de Horla no pensaba en perseguirlos. Estrelló
contra el suelo el reclinatorio, derribó de un revés á su delator
Ambrosio, que puso el grito en el cielo, y atropellando á los
aturrullados frailes que formaban la retaguardia, bajó á escape la
escalera. El portero Atanasio vió pasar rápidamente una gigantesca forma
blanca y antes de enterarse de lo que aquello significaba y de la causa
del tumulto que en la escalera se oía, ya el indómito Tristán estaba
lejos de la abadía y á grandes zancadas recorrió el polvoriento camino
de Vernel.