XXI

Al siguiente día, el trasatlántico francés _San Germán_, que zarpaba del

puerto de Santander, llevaba sobre cubierta un melancólico pasajero de

barba rubia, que desafiando la crudeza de la temperatura y la

desapacibilidad de la tarde, parecía embelesado en la contemplación de

las aguas y de la costa.

Iba pensando aquel pasajero: ¡Pero qué triste es el mar, Dios mío, y la

tierra qué triste es!

Se puso entonces a mirar el cielo, y después de una meditación extática

dijo, más con el corazón que con los labios: ¡Y el cielo también es

triste!...

Ya de noche, Salvador, que era el pasajero de las contemplaciones

doloridas, apoyado en la borda, escuchaba absorto la respiración

sollozante del mar. La costa se había borrado en la lejanía y la sombra

había caído densa sobre el impetuoso Cantábrico, envolviendo al barco en

el espíritu aterido y misterioso de la noche.

Al lado del joven pensativo resonaron unos pasos, que llevaban el

compás, gratamente, a una linda barcarola.

Salvador volvió la cabeza hacia aquel lado y aguzó en la oscuridad su

mirada.

Vió la talla aventajada de un hombre, y le pareció a su vez que aquel

hombre le miraba con atención....

Y tanto se miraron uno a otro, que dos nombres, pronunciados con

sorpresa, rodaron sobre la cubierta, entre la monstruosa palpitación del

buque, y fueron a extinguirse en el rumor profundo de las olas.

--¡Salvador!

--¡Fernando!

--¿Adónde vas?

--Al Havre...; ¿y tú?

--Exactamente, chico, al Abra de la Gracia, que diríamos los españoles

traduciendo.... ¡Pero qué encuentro más original!... Yo te hacía en

Luzmela.

--Y yo a ti en Rucanto.

--Mi viaje ha sido imprevisto.

--El mío también.

--Asuntos profesionales, ¿eh?; empeños arduos y piadosos de ciencia y

humanidad, ¿no?

--Sí..., cosas de humanidad...; y a ti, ¿qué te trae por estos mares?

--¡Ah!, cosas triviales, sin importancia, amigo. A mí, cualquier viento

me hace girar como a una veleta.... Las velas de «este navío» se hinchan

con todas las brisas que pasan.

Estaba Fernando tan risueño y gentil como de costumbre, tan dueño de la

situación como solía estarlo.

Salvador, en cambio, tenía conmovido todo el cuerpo a impulsos de toda

el alma. Barajaba, con loca precipitación, el viaje sorprendente del

marino con el enamoramiento de Carmen, y en su espíritu se hacía una

noche tan cerrada como aquella que envolvía a los dos mozos sobre la

cubierta oscilante del _San Germán._

Por un momento tuvo el médico la desatinada idea de suponer que el

marino llevaba a la muchacha en su compañía; pasó como un rayo por su

imaginación febril la posible realización de un rapto o de una fuga, y,

mirando a su rival a un paso de distancia, le preguntó con insensato

afán:

--¿Y Carmen?

Esta pregunta, así aislada y ansiosa, podía haber sido una revelación

para Fernando; pero no fué sino un motivo de dulce sonrisa, y contestó

apacible:

--Pues tan buena, y tan bonita.

Como si Salvador hubiera querido preguntarle únicamente: ¿qué tal

dejaste a la novia?

Aguijoneado por la impaciencia, y sin saber ya lo que decía, añadió el

médico:

--Habrá sentido mucho tu partida.

El otro, con ínfulas de filósofo, puso otra sonrisa benévola sobre estas

palabras:

--¿Mucho?... Las niñas de diez y ocho años nunca «sienten» mucho, por

muy románticas que sean....

--¿Es ella romántica?

--Todas las buenas lo son.

Salvador, asombrado, dijo:

--Sí, ¿eh?

--Pues claro, hombre; la bondad de las mujeres es puro romanticismo. Yo

conozco mucho el género; las mujeres son mi flaco...: lo tengo en la

masa de la sangre, chico; ya ves, mi padre..., mis abuelos..., mi

tío....

Salvador callaba mirando a Fernando de hito en hito con ardiente

ansiedad.

El marino, con los ojos vagamente perdidos en el misterio del mar,

siguió contando:

--Pues sí: es romántica y tentadora la niña de Luzmela...; te confieso

que hasta se me pasó por la cabeza casarme con ella, y hasta se lo

propuse en una divina hora de debilidad amorosa.... Tuve su alma en mis

manos, una almita dulce y santa, llena de atractivos...; fuí romántico

yo también, adorando a aquel ángel que vive en mi casa por un crimen de

lesa humanidad. La misericordia y la simpatía me fueron metiendo a

Carmen en el corazón; luego ella, con una adorable ingenuidad, hizo el

resto, y llegué a sentirme apasionado por mi prima..., porque es mi

prima, se lo he conocido en lo ardiente de la mirada, ¿sabes?

Salvador dijo que sí con la cabeza.

Y Fernando interrumpió su relato para interrogar:

--¿No estaríamos mejor en el salón de fumar? Aquí hace mucho frío.

--Vamos donde quieras.

Se cogió el marino del brazo del médico, y se hundieron ambos en la

breve puertecilla de la cámara.

Dentro del fumador se sentía más intenso trepidante el resuello del

buque y quedaba confusa y apagada la voz grave del mar.

Sentados en las blandas almohadillas de un diván, los dos amigos

encendieron sus cigarros en silencio, y luego el marino, sin petulancia,

con una sinceridad admirable, reanudó su relato:

--Pues Carmencita me quería, chico; ¡vaya una tentación! Pero yo no soy

malo del todo, Salvador; yo soy lo mejorcito de la familia, ¿sabes?, y

me dije: yo, a esta chiquilla la hago desgraciada si me quedo aquí...;

yo pierdo a esta niña, porque en el más honrado de los casos, casándome

con ella, la pierdo...: ¡valiente marido haría yo, prendado cada semana

de una moza del contorno!... ¿No sabes tú que yo me enamoro todas las

semanas?... Pues sí, hijo, no lo puedo remediar.... Ya ves, amando a

Carmencita por todo lo alto, me amartelé atrozmente con Rosa la del

Molino.... ¿La conoces?

Salvador hizo otro signo de asentimiento.

--Bueno; pues no me negarás que es una mujer con «todas las agravantes»,

una «super-hembra» con una «arboladura», y un «calado»...; vamos, te

digo ¡que la mar y los peces de colores!...

Y Fernando dió una larga chupada a su cigarro, lanzó el humo leve al

techo artesonado del saloncito y se quedó mudo y sonriente, como en la

grata contemplación de una gaya imagen.

Después de un éxtasis breve y dulce, suspiro y dijo:

--No quise yo meterme en líos, allí a la vera de mi casa; bastantes

escándalos hemos dado en el pueblo los señores de aquel solar....

¡Luego, Carmencita!... Aquel era para mí otro cuidado más fino, otra

mira más noble, Salvador...; me asusté al pensar que podía hacerla

llorar y sufrir toda la vida, y tuve el valor de renunciar al divino

manjar de su cariño. Yo me conozco; muchas veces me he juzgado ya

enamorado _de veras_, y me he equivocado siempre. En materia de amores,

parece que pesa sobre mí la maldición del judío. ¡Voy errante a través

de las mujeres y en ninguna me puedo detener...! He engañado a muchas,

¡a muchas!..., porque yo tengo partido, ¿sabes?..., yo tengo labia... y

hasta parezco listo; hombre, ¿no te da risa?...

¡Vaya si al médico le daba risa....

Siguió su cuento Fernando.

--¿Pero a Carmencita la había yo de engañar?... ¡Vamos, hombre, de eso

no es capaz este cura!... Ya te he dicho que yo no soy siempre malo....

¡Qué había de serlo! A Salvador le estaba pareciendo un ángel del

paraíso.

El marino se volvió hacia su amigo, para preguntarle alegremente:

--¿Pero no dices nada? ¿Qué te sucede?

--Estoy pensando en todas esas cosas que me cuentas.... Son muy

interesantes.

Y para disimular un poco su ensimismamiento, añadió:

--Conque tú, ahora, al Havre....

--Sí, hijo mío, camino de París. Voy a divertirme un poco antes de

volver a navegar.... Las francesas.... ¡oh las francesas!... Las puras

mieles, Salvador; ya las conoces....

--Sí, ya las conozco--murmuró el médico.

Y dijo, de pronto, Fernando:

--Pero tú no eres de mi cuerda; no te divierten mis aventuras ni te

enardecen mis proyectos.... Para ti la mujer es una cliente, un caso

patológico.... Ya sé que eres un San Antonio sin tentaciones.... Apuesto

a que no has reparado en Rosa la del Molino, ni en la propia Carmencita;

y, mira, esa era para ti que ni pintada...; ¿por qué no la pretendes?

Desemblantado y confuso, contestó Salvador:

--No me querría....

--¿Cómo que no? Deja a un lado la modestia, hombre; tú no eres «costal

de paja»; un mozo de carrera y de fortuna, de tu reputación y de tu

prestigio; ¡pues ahí es nada! Eres digno de ella, Salvador, seríais una

primorosa pareja; y luego, chico, sacabas un alma del purgatorio, porque

te confieso que la niña de Luzmela lo pasa muy mal con mi gente..., pero

muy mal..., como lo oyes. Yo no sé su tutor qué hace, ni acabo de

entender ese lío del testamento de su padre; pero creo que alguien

tendrá obligación de mirar por esa criatura, y esa obligación no se

cumple.... Mira, hay en mi casa para ella hasta el peligro bárbaro de

Andrés, ¿sabes?... Andrés la mira con buenos ojos..., es decir, con los

malos ojos turnios que tiene y que no delatan ni una sola intención

derecha. Luego, mi hermana la tiene una envidia feroz..., y mi madre...,

yo no debía hablar mal de mi madre, ¿verdad?, pues sólo te diré de ella

que no está en su sano juicio. He hecho por Carmencita cuanto he podido.

Mientras estuve allí la defendí contra todos y la proporcioné algunas

alegrías.... Ahora tal vez ha llorado un poco por mi causa; no acierto

nunca a hacer las cosas con perfección; pero te aseguro, Salvador, que

me he portado con ella todo lo mejor que he podido.... ¡como que estoy

una barbaridad de contento y orgulloso!... Choca esos cinco, hombre....

Salvador chocó, no «los cinco», sino «los diez», tendiendo las dos manos

al marino con muda gratitud.

Había atendido a la última parte de aquella franca confidencia con una

inquietante perplejidad, sumiéndose en temores agrios y mordientes, con

la conciencia alterada por la zozobra cruel de haber abandonado a Carmen

en medio de los peligros siniestros de la casona de Rucanto. Hubiera

querido unas alas para tenderlas hacia aquella niña querida que lo era

todo para él en el mundo....

Tuvo que hacerse una dura violencia y seguir departiendo con su amigo

sobre aquel inesperado viaje de los dos.

Afortunadamente, Fernando hizo el gasto de la conversación, y con su

peculiar desenfado fué refiriendo jovialmente todas las fases de su

escapatoria, sin omitir aquella de la desahogada caricia hecha por su

mano a la cajita de hierro.

Con acento un poco cínico, comentarió, riéndose:

--Está mal hecho..., ya lo sé, ¡qué demonio!; pero yo necesitaba salir

de Rucanto a escape, sin despedidas ni explicaciones; me hacía falta

dinero, y ya, de coger algo, cogí todo lo que había...; ¡que se arreglen

como puedan!... Venía yo de muy mal humor...; sacrificarse duele,

hombre; hace mala sangre y pone la vida oscura. Yo pensé: llevando

_guita_ abundante, puedo distraerme un poco...; olvidaré sin dolor a la

niña de Luzmela y a Rosa la del Molino...; ¿y no es también de justicia

que yo pruebe el dinero de tío Manuel?

--Claro que sí--dijo Salvador distraído.

--Pues aquí me tienes, médico, caminito de París...; ¿y tú?

Salvador, vacilante, repuso:

--Probablemente también iré a París; pero por de pronto me detendré en

el Havre unos días. ¿Tú vas derecho a la capital?

--A toda prisa, hijo; me interesa poco el gran puerto que los

revolucionarios llamaron Havre-Marat....

Ya crecida la noche, se despidieron Salvador y Fernando en el charolado

pasadizo de sus camarotes; pero el médico, apenas soportados unos

minutos dentro de la minúscula pieza, se aventuró de nuevo por los

intrincados corredores de la cámara y ganó la cubierta, presuroso y

anhelante, con paso de fantasma, sin alzar ningún ruido bajo la suela de

goma de sus zapatos marineros.

Un desasosiego punzante le empujaba a moverse y a levantar sus ojos en

callada consulta hacia el cielo.

Estaba toda la luz estelar presa en la extrema cerrazón de la noche, y

en vano Salvador trataba de avizorar, con atónita mirada, el secreto

sagrado de la altura. Su alma, serena y apacible en las corrientes

diarias de la vida, se sentía en aquella hora atribulada con honda

ansiedad.

Avaro de vivir para sus esperanzas, suponía que la muerte le acechaba,

volando astuta en el seno del abismo, y a cada vuelta estridulante de la

hélice se acongojaba pensando cómo la fatalidad le alejaba del rincón de

su valle, donde la mujer de sus amores padecía y lloraba, tal vez

llamándole, atormentada y perseguida.... Un pesimismo desesperante le

hacía escuchar ecos de naufragio y agonía, y prestando atento el oído

con demente zozobra, percibía distinta y trépida una voz de desgracia

que nacía en el fondo gimiente de las olas y culebreaba entre la madeja

de los mástiles, hasta extinguirse como un suspiro en la sombra infinita

de la noche....

No sabía de cierto Salvador si era aquélla la voz querellosa y tímida de

su amada, o un hálito de misteriosa tragedia que iba a perderse a un

desierto playal en las alas negras del viento....

Escuchaba y temblaba, y tenía llenos de lágrimas los ojos

interrogadores, donde fulgía una varonil expresión enamorada y

ferviente....

La Niña de Luzmela · 第 26 / 40 题