Entretanto, Salvador Fernández, médico municipal de Villazón, había
trasladado su residencia desde la villa al pueblo gracioso y pequeño de
Luzmela.
En plena posesión del cuantioso legado del amigo, Salvador no había
pensado ni un momento en cambiar de vida ni alterar en nada sus
costumbres humildes.
En el palacio de Luzmela como en la posada de Villazón, el médico era
siempre un hombre bondadoso y amable, de carácter tímido y vida
sencilla.
Había destinado para su uso las habitaciones de don Manuel, y en la casa
se desenvolvían las horas serenas y blandas, mudas y lentas, igual que
en los días postreros del hidalgo.
Diríase que el espíritu benigno del solariego, con la amargura de sus
memorias, con la bondad de sus sentimientos, presidía aún y gobernaba
las labores y las intimidades de la pudiente casa labradora.
Salvador seguía visitando a sus enfermos con la misma atención que
cuando de su carrera hacía estímulo de prosperidad y base de la
existencia, sólo que ahora había renunciado a la subvención del
Municipio para que otro médico la disfrutase.
Enamorado de su profesión, hizo de ella un culto piadoso, que practicaba
en favor de los pobres. De la herencia que libremente podía disfrutar
sólo tomaba lo preciso para sostener el decoro de la casa y hacer algún
viaje a las grandes clínicas extranjeras, en demanda de luces y medios
con que extender en el valle la misericordia de su misión.
Así las gentes le adoraban y le bendecían, y él paseaba por los campos
su conciencia pura, con la santa simplicidad de un apóstol del Bien,
convencido y ferviente.
Desde que se reconoció hijo sin nombre de una infeliz aldeana, humilló
su corazón en una mansedumbre dignificadora, que le confortó y sirvió de
alivio a sus íntimas tristezas.
Luego, su vida tuvo un doble objeto santo y noble: derramar los
consuelos de la más piadosa de las ciencias sobre los dolientes sin
ventura y velar por la dicha de Carmen.
Era para él una suprema delicia espiritual el consagrarse de lleno a
pagar en la hija la inmensa deuda de gratitud contraída con el padre.
Su oración cotidiana consistía en memorar los bienes recibidos de
aquella pródiga mano que salvó a su madre de la desesperación, la
levantó de la ignominia y la honró haciendo del niño desvalido y
miserable un hombre de sano corazón, enveredado por una senda segura de
la vida.
Después de enfervorizarse con esta membranza sentimental y preciosa,
Salvador discurría amorosamente sobre el porvenir de su protegida.
El nada sabía de los misteriosos terrores que la niña le había inspirado
la sola idea de que doña Rebeca la llevase de la mano camino adelante,
ni mucho menos sospechaba las torturas que la pobre criatura padecía en
poder de los de Rucanto.
Como todas sus atribuciones sobre la pequeña eran morales y secretas,
Salvador no se atrevía a significarse visitándola demasiado y se
limitaba a verla con toda la frecuencia posible dentro de una prudencia
conveniente.
Antes que la niña partiese de Luzmela pudo él abrazarla y prometerla
toda su fortuna y su desvelo.
Carmen había llorado sobre aquel noble corazón con un silencioso llanto
contenido y acerbo, que era acaso, más que el desahogo del dolor
presente, el presentimiento agudo del futuro dolor.
--Todo cuanto te ocurra, me lo contarás le había suplicado el joven--.
Si sufres, si necesitas algo, me lo dirás en seguida; prométemelo.
Ella le miró fijamente a los ojos y preguntóle:
--¿Lo mandó mi padrino?
--Sí, lo mandó; te lo juro, Carmen.
--A mí no me dijo nada.
--Pero me lo dijo a mí todo; tú eras muy pequeña para hablarte de estas
cosas; además temía darte demasiada aflicción. El quiso que tú fueras
muy dichosa, todo lo más que sea posible, y que nunca le olvidases.
--No, nunca--repitió la niña sollozando.
Y, con voz firme, añadió después:
--Yo haré todo cuanto él dejó mandado...; seré muy buena.
--Ya lo sé; estoy seguro; pero es preciso que también seas feliz.... No
olvides que yo soy tu mejor amigo, que Luzmela será siempre tu casa...,
que todo cuanto yo tengo es tuyo, todo, ¿entiendes?
Ella, desconsolada, murmuró:
--¡Si fueses mi hermano!
Enmudecido acarició él aquella linda cabeza, ya inclinada por el
infortunio, y la niña, viéndole callado y afligido, saboreó la amargura
del desengaño irremediable.
V
En aquellos cuatro años transcurridos, Salvador visitaba a Carmen muchas
veces. La dulce gravedad habitual en la niña le había engañado, porque
aquella dulzura triste ya no era sólo espejo de un alma sensible y
soñadora, sino que era también señuelo y transfloración de un alma
dolorida.
La niña había espigado mucho; su belleza, ya potente, se acentuaba con
una encantadora delicadeza de líneas.
Lo más atractivo de su persona era el halo de bondad que nimbaba su
frente y la serena expresión amorosa y profunda de sus ojos garzos.
Había en su sonrisa una mística expresión, siempre encesa, como en
ideal culto de algún divino pensamiento.
Aquel sublime encanto de la joven era la desesperación de Narcisa y de
su madre, que llegaron a odiarla.
Salvador participaba en la casona de la aversión que allí sentían por la
niña de Luzmela; no en vano era otro heredero de don Manuel de la Torre.
Según doña Rebeca y su hija, los jóvenes favorecidos por el hidalgo
podían considerarse unos ladrones, los secuestradores de la débil
voluntad de un loco, cuyo testamento constituía un «atentado contra los
sagrados derechos de la familia, una estafa perpetrada por aquel
santurrón hipócrita y aquella gatita mansa....»
A pesar de estos finos comentarios, hechos sin recato ni vergüenza
delante de la misma Carmen, las de Rucanto recibían a Salvador con
agasajo y blandura, considerándole «un buen partido».
Delante de él halagaba doña Rebeca a la niña y ponderaba su crecimiento
y donosura.
Narcisa, menos asequible al disimulo y más altiva, se conformaba con
demostrar, en aquellas ocasiones, una tolerancia benévola hacia Carmen,
concedida con un aire de superioridad y protección llenos de majestad.
Salvador era poco ducho en artificios de mujeres; todo sinceridad y
nobleza, dejábase engañar fácilmente por las dolosas apariencias del
buen trato que Carmen parecía recibir.
A veces, en sus breves visitas a Rucanto le acompañaba Rita, la buena
anciana, siempre ganosa de ver a su santa querida.
Vivía la fiel servidora al lado del médico, ocupando en la casa de
Luzmela su puesto de confianza, tantos años acreditado por una constante
adhesión al difunto caballero.
En vano intentara Rita continuar al inmediato servicio de Carmen. Doña
Rebeca había manifestado a este deseo una ostensible oposición, y la
anciana hubo de conformarse con visitar a la niña en todas las ocasiones
posibles.
De estas visitas no salía nunca tan satisfecha como Salvador.
En una de las que hizo por aquel tiempo quedóse como nunca mal
impresionada, y, de regreso a Luzmela, iba murmurando:
--Está triste la niña....
--Es su seriedad propia, su traje adusto, lo que le da esa apariencia
melancólica--respondió el médico.
--No, no; cuando habla parece que va a llorar....
Salvador se quedó pensativo, un poco inquieto.
--Además--añadió la mujer, recelosa--jamás nos la dejan ver sin
testigos...; muchos domingos voy a misa a Rucanto por buscar ocasión de
hablarla al salir, y siempre a su vera están la hija o la madre
guardándola con codicia.
--Está bien que Carmen no vaya sola.
--Bien estará; pero esas mujeres no me van gustando. Se dice que en la
casa hay muchos disturbios, que los hijos son para la madre tan malos
como lo fué el marido....
Salvador, muy preocupado, hablando consigo mismo, dijo en voz alta:
--Habrá que averiguar si eso es verdad...; muchas veces la gente levanta
fantasías calumniosas...; ellos son todos algo inconscientes, psíquicos
por herencia.... El mismo don Manuel murió de neurastenia renal y fué
siempre exaltado delirante; pero era tan cabal en nobleza y corazón,
que su enfermedad no marchitó ninguno de sus bellos sentimientos.
Rita suspiraba.
--El, era otra cosa; nunca la «manía» que todos ellos padecen le dió por
reñir ni por dañar...: gozaba en hacer bien, y si en sus tiempos fué
enamoradizo y zarandero, pagado lo hubo en buenas obras.... Algo
sospechoso andaba de su hermana, que a mí una noche bien me quiso
sonsacar los sentires que de ella tenía...; pero ¿cómo iba una a
adivinar?... Teníala yo además poco tratada. Siempre la casona de
Rucanto fué secreta y aduendada para los lugareños.... Servidores del
valle no los quieren; pero los forasteros que les vienen de criados poco
duran, y, antes de najarse, algo murmuran en el pueblo.
--Pues es necesario enterarse de la verdad de esas habladurías....
Indaga tú, Rita; yo también he de averiguar algo de lo que nos
interesa.