IV

Después de aquellos primeros ocho días, la vida en Luzmela recobró su

aspecto acostumbrado.

Carmencita dió sus lecciones con don Juan y bordó su tapicería en un

extremo del salón bajo la mirada solícita del solariego, que parecía un

poco aliviado de sus achaques.

Salvador hizo al enfermo la cotidiana visita, larga y cariñosa, y el

maestro y el cura fueron todas las noches, como de costumbre, a hacerle

un rato la tertulia a don Manuel.

La numerosa servidumbre del palacio, engolfada en el trasiego de las

cosechas, llegó casi a olvidar la angustia de aquella mañana en que el

notario de Villazón entró solemnemente al despacho del amo, y llegando

poco después muy descolorido el señorito Salvador, fueron avisados don

Pedro y don Juan, con barruntos de testamento.

Una ansiedad dolorosa había conmovido a los servidores de la casa, todos

obligados, por innúmeros favores, a guardar a su señor una fidelidad

sagrada, y todos capaces de cumplir esta noble obligación. ¿Acertaría el

de Luzmela en los pronósticos que hacía de su muerte? ¿Iría a caer ya,

marchito para siempre, aquel único tronco de la ilustre casa de la Torre

y Roldán?...

Durante algunos días estos temores pusieron en la vida, siempre

melancólica, de aquella mansión, un sello de tristeza y de inquietud

profundas. Todas las voces se hicieron quedas y suspirantes alrededor

del amo, que, sumido como nunca en sus cavilaciones y añoranzas, cayó en

un abatimiento alarmante.

Pero habíase esponjado de nuevo el cuerpo lacio y consumido de don

Manuel; se erguía en el sillón con más arrogancia y tenía el semblante

más placentero y despejado.

Se fué tranquilizando la buena gente de la casa y volvieron en ella las

labores a su centro natural.

Sólo en los ojos hechiceros de Carmencita quedó encendida la penosa

expresión de la duda, y a menudo posaba esta llama inquieta en el enigma

de los días futuros como una interrogación inconsciente.

V

Don Manuel sueña, como la tarde en que le conocimos.

También ahora tiene los ojos abiertos sobre la cabeza gentil de Carmen;

pero la niña no juega ni borda en el salón; está en el jardín, hundiendo

distraídamente la contera de su sombrilla en las hojas secas amontonadas

por los senderos.

El ábrego ha saltado brioso al amanecer, y ha despojado a los árboles de

sus últimas galas, ya mustias.

Tiene el cielo una intensidad de azul rara en Cantabria; a través de una

atmósfera de limpidez exquisita, todo el valle y los montes se abarcan

de una sola mirada desde el balcón adonde asoma el de Luzmela su

paciente silla de enfermo.

Algunas veces, sus ojos cargados con las imágenes de sus pensamientos se

alzan un momento al cielo, al monte o sobre el valle, para caer siempre

en éxtasis de adoración encima de la niña....

Soñaba....

Veía aquella mujer bella y pura que tenía los ojos y los cabellos lo

mismo que Carmencita; tenía también su misma sonrisa serena y su misma

voz de plata. La veía caer acechada, perseguida por él, atropellada por

su loca pasión, y asistía a todo el horror de su vergüenza, a todas las

horas atormentadas de su vida, hasta que ésta se extinguió en agonía

trágica.

Con haber amado él tanto a aquella mujer, ¿fué ella el grande amor de su

vida?... No: su amor inmenso y puro, supraterreno, inmortal, era la

criatura recogida por compasión, como despojo palpitante de la tremenda

aventura cuya memoria dolía siempre en el corazón del hidalgo. ¿Cómo

pagaría su conciencia aquella deuda enorme? ¿Acaso él no fué el único

culpable? ¿No lo fué siempre, en todas las ocasiones en que una mujer

encendió su deseo?...

Con tales remordimientos estaba el de Luzmela perturbado, y por esquivar

tan íntima turbación, o porque fuese aquélla para él una hora de

evocaciones aventureras, cayó de pronto en su memoria otra página

galante de sus años mozos.

Esta no había quedado mojada de lágrimas: risueña y gozosa, fué otra de

sus grandes locuras. Y se iba aplaciendo el semblante angustiado del

caballero al recordar aquella su expedición a las Américas, dueño y

señor de una criolla que le adoraba.

Ella le había pedido, con cálidas frases de terneza, un viaje a su país,

de donde seguramente la trajo otra aventura amorosa. ¿No valían sus

caprichos la pena de «botar la plata»?... Fué el viaje una pura gorja en

que a cada momento tuvo la bella indiana descubiertas por tentadora

sonrisa las perlas nitescentes de su boca. Era una delicia vivir y gozar

tanto, ¿«no»?...

Ya se había aclarado toda la cara macilenta del enfermo con esta

placentera memoria cuando Carmen gritó sobresaltada desde el jardín:

--¡Padrino, la _nétigua_; espántala!

Y un ave de blando volar, de uñas corvas y corvo pico, se sostuvo,

retadora, un instante en el vano del balcón, agitando sus plumas remeras

y graznando con lúgubre tono.

Desde las lueñes playas de la América virgen volvió el de Luzmela los

ojos al pajarraco agorero, y le ahuyentó de un manotazo en el aire con

enojo violento; en seguida buscó la mirada de la niña y encontró en ella

una singular expresión dolorosa, como sólo recordaba haberla visto igual

en los ojos de otra criatura: de aquella triste pecadora que murió del

dolor de haber pecado.... ¿De dónde había sacado Carmen aquel secreto

penar que se le declaraba en los ojos? Sólo sabía don Manuel que desde

hacía algún tiempo el rostro de la niña estaba ensombrecido por alguna

extraña tristeza que a menudo ponía en su mirada una revelación; y aquel

destello misterioso llenaba de pesadumbre el alma del caballero.

Hizo un esfuerzo por levantarse, y apoyado en el barandaje de hierro, le

dijo:

--¿Pero te da miedo de la _nétigua_?... No te asustes...; se fué ya.

Sube.... ¿no quieres subir?...

Ella alzó el azahar de su mano señalando al cielo, y por toda respuesta

murmuró:

--Todavía... padrino.

El ave fatídica se cernía obstinada sobre el jardín.

Carmen corrió a la casa y subió al salón.

Ya don Manuel había vuelto a sentarse y la esperaba.

La niña fué derecha a sus brazos con una inexplicable emoción, y su voz

llorante interrogaba:

--¿No te irás, padrino? ¿Nunca te irás? ¿No me dejarás nunca con doña

Rebeca?

El, absorto, clamó:

--¿No la quieres?

--No, no; ¡qué miedo, qué miedo tan grande!

--¿Pero de quién, hija mía?

Paró un coche en la portalada, y Carmen sin soltarse del cuello del

hidalgo, gimió:

--Otra vez la _nétigua_....

Volvió el ave a aletear a la par del alero, graznando agresiva, cuando

abriendo la puerta del salón anunciaron:

--Doña Rebeca.

Carmen imploró.

--Viene a buscarme; ¡no me dejes, por Dios, no me dejes!

El de Luzmela había doblado la cabeza sobre el hombro de la niña, y sus

brazos se iban aflojando en torno al cuerpo grácil de la criatura.

Cuando doña Rebeca entró en la sala y se acercó al grupo, viendo la cara

mortal del enfermo, increpó a la niña.

--¿Le estás ahogando?

Ella apartóse prontamente, diciendo:

--¿Yo?

Y al soltarse de aquel brazo ardiente vió con horror cómo el cuerpo de

don Manuel se desplomaba sobre el respaldo de la silla.

Miraba el moribundo a Carmen con una angustia infinita. Había adivinado

tardíamente sus terrores y sus penas. La muerte llegaba implacable, sin

darle acaso tiempo para reparar su fatal error, fruto de tantas

meditaciones, y que ya antes de consumarse causaba a Carmen una

desolación tan profunda....

Todo lleno de espanto, el corazón de Carmencita se le subió a los labios

para gritar con afanosa ternura:

--¡Padre!...

Y de nuevo trató de abrazarle la infeliz.

Doña Rebeca la separó del caballero con aspereza, diciéndole:

--¡Qué padre ni qué _ocho cuartos_!

El de Luzmela abrió entonces los ojos inmensamente, con tal expresión

desesperada y colérica, que la señora echó a correr, mientras la niña,

vacilante, caía de rodillas, suplicando:

--¡Dios mío, Dios mío!

A los gritos de doña Rebeca acudió alarmadísima la servidumbre, y entre

ayes y lamentaciones fué el moribundo transportado a su lecho.

En el más ligero caballo de la casa partió a escape un hombre a buscar

al médico, y otro voló a buscar al cura.

Doña Rebeca husmeó en la capilla, procurándose auxilios piadosos para

aquel trance, y volvió al cuarto de su hermano, donde, muy diligente,

encendió la vela de la agonía.

Antes había dicho a Carmencita que trataba de acercarse a don Manuel:

--Aquí sobran los chiquillos; vete allá fuera.

La pobre criatura, desorientada y llena de temor, volvió a la sala, y

de nuevo se hincó delante del sillón vacío.

Entretanto el de Luzmela pugnaba en vano por hablar. Su vida parecía

haberse reconcentrado en los desorbitados ojos, que miraban con

incensatez, hasta que, tras un nistagmo penoso los cerró para siempre.

Había caído la tarde en una serenidad dulcísima; algún caliente suspiro

del ábrego removía en el jardín las hojas secas, llevando hasta la

ilustre casa de la Torre y Roldán, clara y distinta la voz solemne del

_Salia_, eterno arrullador de la vega.

Carmencita, absorta en su desconsuelo, se levantó de pronto estremecida

por un resoplido siniestro, y, toda temblorosa, gritó una vez más:

-¡La _nétigua_!...

De las habitaciones de don Manuel salían ya los chillidos agudos de doña

Rebeca, y el ave agorera tendía sobre el azul cobalto de la noche su

vuelo silencioso....

El hidalgo de Luzmela había muerto.

La Niña de Luzmela · 第 7 / 40 题