QUINTA PARTE

I

Al día siguiente de aquel otro fatal en que Pedro Petrovitch tuvo su

explicación con las señoras de Raskolnikoff, las ideas de aquél se

esclarecieron y con extremo disgusto suyo le fué forzoso reconocer que

la ruptura, en la cual no había querido creer el día antes, era un

hecho consumado. La negra serpiente del amor propio herido le estuvo

mordiendo el corazón durante toda la noche. Al saltar de la cama, el

primer movimiento de Pedro Petrovitch fué irse a mirar al espejo,

temiendo que durante la noche le hubiese invadido la ictericia. Por

fortuna esta aprensión no era fundada. Al contemplar su rostro pálido

y distinguido, llegó hasta a consolarse por breves instantes ante la

idea de que no le costaría trabajo reemplazar a Dunia y quién sabe si

ventajosamente. Pero no tardó en desechar esta esperanza quimérica y

lanzó un fuerte salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente a su joven

amigo y compañero de habitación, Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.

Pedro Petrovitch advirtió ese mudo sarcasmo y lo puso en la cuenta de

su amigo, cuenta que estaba ya bastante cargada, y redobló su cólera

después que hubo reflexionado que no debía hablar de esta historia a

Andrés Semenovitch. Fué la segunda tontería que el arrebato le hizo

cometer el día anterior: había cedido a la necesidad de desahogar el

exceso de su irritación.

Durante toda la mañana la suerte se ensañó en perseguir a Ludjin. En el

mismo Senado, el negocio en que se ocupaba le reservaba un disgusto.

Lo que le molestaba más que nada era la imposibilidad de hacer entrar

en razón al propietario de la nueva casa que había alquilado en

vista de su próximo enlace. Este individuo, alemán de origen, era un

antiguo obrero a quien la fortuna había sonreído; no aceptaba ninguna

transacción y reclamaba el pago entero del alquiler estipulado en

el contrato, aun cuando Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto casi

restaurado.

El tapicero no se mostraba más complaciente que el propietario, y

pretendía quedarse hasta con el último rublo de la señal recibida

por la venta de un mobiliario de que Pedro Petrovitch «aun no se

había hecho cargo». «Va a ser menester que me case para recuperar

los muebles», decía rechinando los dientes el desgraciado Ludjin.

Una última esperanza atravesaba su alma. «¿Era posible que aquel mal

no tuviera remedio?» Tenía clavado en el corazón, como una espina,

el recuerdo de los encantos de Dunia. Fué para él aquello un trago

muy amargo, y si hubiera podido, con un simple deseo, hacer morir a

Raskolnikoff, de seguro que Pedro Petrovitch habría matado al joven

inmediatamente.

«Otra tontería de mi parte ha sido no darles dinero», pensaba mientras

volvía entristecido a casa de Lebeziatnikoff. «¿Por qué he sido yo

tan judío? ¡Fué un mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente en la

estrechez, yo creía prepararlas a que vieran en mí una providencia,

y he aquí que se me deslizan entre los dedos!... No, no. Si yo les

hubiera dado mil quinientos rublos, por ejemplo, para que comprasen

la canastilla en el Almacén Inglés, mi conducta hubiera sido a la vez

más noble y más hábil y no me habrían dejado tan fácilmente. Dados

sus principios, se hubieran creído, sin duda, obligadas a devolverme

regalos y dinero; esta resolución les hubiera sido penosa y difícil,

habría sido para ellas cuestión de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces

a poner así a la puerta a un hombre que se había mostrado tan generoso,

y tan delicado?... He hecho una tontería.»

Pedro Petrovitch volvió de nuevo a rechinar los dientes y se trató de

imbécil, en su fuero interno, por supuesto. Al llegar a esta conclusión

llevó a su alojamiento mucho peor humor y disgusto que sacara de

él. Sin embargo, atrajo su curiosidad hasta cierto punto el barullo

producido en casa de Catalina Ivanovna, a causa de los preparativos de

la comida. Ya había oído hablar la víspera de este banquete; es más,

recordaba que le habían invitado; pero sus ocupaciones personales le

hicieron que lo olvidara.

En ausencia de Catalina Ivanovna (que a la sazón se hallaba en el

cementerio), la señora Lippevechzel andaba atareada alrededor de la

mesa, que ya estaba puesta. Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch

supo que se trataba de una verdadera comida de gala, a la que estaban

invitados casi todos los vecinos de la casa, y entre ellos muchos que

no habían conocido siquiera al difunto. El propio Andrés Semenovitch

recibió la invitación correspondiente, a pesar de estar reñido con

Catalina Ivanovna. En fin, se tendría mucho gusto en que Pedro

Petrovitch honrase aquella comida con su presencia, puesto que era,

entre todos los inquilinos, el personaje más importante. La viuda de

Marmeladoff, olvidando todos sus resentimientos con la patrona, había

invitado también a Amalia Ivanovna, la cual se ocupaba, en aquellos

momentos, con íntima satisfacción, en los preparativos de la comida.

Además, la señora Lippevechzel habíase vestido de ceremonia, y aunque

su traje era de duelo, se comprendía que su dueña sentía vivo placer en

exhibir sus galas. Enterado de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch

tuvo una idea y entró pensativo en su habitación, o mejor dicho, en la

de Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa de saber que Raskolnikoff

figuraba en el número de los invitados.

Aquel día Andrés Semenovitch había pasado toda la mañana en su

cuarto. Entre este individuo y Ludjin existían extrañas relaciones

perfectamente explicables. Pedro Petrovitch le odiaba y le despreciaba

en grado superlativo casi desde el mismo día que fué a su casa a

pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle en poco.

Al llegar a San Petersburgo, Ludjin fué a casa de Lebeziatnikoff,

en primer lugar y sobre todo por economía, pero también por otro

motivo. En su provincia había oído hablar de Andrés Semenovitch, su

antiguo pupilo, como de uno de los progresistas jóvenes más avanzados

de la capital y como hombre que ocupaba puesto visible en ciertos

círculos ya legendarios. Esta circunstancia tenía mucho valor para

Pedro Petrovitch, el cual desde hacía tiempo experimentaba un vago

temor respecto a estos círculos poderosos que lo sabían todo, que no

respetaban a nadie y hacían la guerra a todo el mundo.

Huelga añadir que la distancia no le permitía tener noción exacta de

estas cosas. Como tantos otros, había oído decir que existían en San

Petersburgo progresistas, nihilistas, enderezadores de entuertos,

etcétera; pero en su espíritu, como en el de otras muchas personas,

estas palabras tenían una significación exagerada. Lo que temía

principalmente eran las informaciones dirigidas contra tal o cual

individuo por el partido revolucionario. Ciertos recuerdos que se

remontaban a los primeros tiempos de su carrera, no contribuían poco a

fortificar en su ánimo aquel temor, muy vivo ya desde que acariciaba el

sueño de establecerse en San Petersburgo.

Dos personajes de una categoría bastante elevada y que protegieron los

comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales,

que llevaron, empero, las de perder. He aquí porque desde su llegada

a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dónde soplaba

el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatías de

_nuestras jóvenes generaciones_. Contaba con Andrés Semenovitch para

que le ayudase. La conversación de Ludjin cuando visitó a Raskolnikoff

nos ha demostrado ya que había conseguido apropiarse en parte la

fraseología de los reformadores.

Andrés Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeño,

desmedrado, escrofuloso, tenía el cabello de un rubio casi blanco y

llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso;

casi siempre tenía malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella

persona, mostraba en su lenguaje una presunción a menudo rayana con la

temeridad, lo que hacía extraño contraste con su aspecto enfermizo.

Se le consideraba, por lo demás, como uno de los inquilinos _comme il

faut_ porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje.

Aparte de estos méritos, Andrés Semenovitch era en realidad bastante

necio. Un arrebato irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera del

progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las

ideas de moda y desacreditan con sus majaderías una causa a la cual se

han unido sinceramente.

No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff acabó por encontrar

insoportable a su huésped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por

su parte, correspondíale con la misma antipatía. A despecho de su

simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo

Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se podía ir

a ninguna parte. Trató de exponerle el sistema de Fourier y el de

Darwin; pero Ludjin, que en un principio se contentó con escucharle

burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes

a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acabó por creer

que Lebeziatnikoff era no solamente un imbécil, sino un charlatán

desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su función

especial era la _propaganda_, y todavía no debía de estar muy ducho en

ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente,

¿qué tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?

Notemos de paso que desde su instalación en casa de Andrés Semenovitch

(sobre todo en los primeros días), Pedro Petrovitch aceptaba con

placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraños

de su huésped cuando éste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo

por el establecimiento de una nueva _commune_ en la calle de los

Burgueses, y cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente para

enfadarse si su mujer toma un amante un mes después de su matrimonio;

un hombre ilustrado como usted no bautizará a sus hijos, etc., etc.»

Pedro Petrovitch no pestañeaba al oír que le hablaban de tal modo; tan

agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen.

Había negociado algunos títulos por la mañana, y ahora, sentado

delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrés

Semenovitch casi nunca tenía dinero y se paseaba por la habitación

afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con

despreciativa indiferencia. Ludjin no creía que aquel desdén fuera

sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el

pensamiento escéptico de su huésped y pensaba que éste se había puesto

a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la

fortuna había establecido entre ambos.

Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que

nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el

_comunismo_, el hombre de negocios sólo se interrumpía para hacer de

vez en cuando alguna observación burlona y descortés. Pero Andrés

Semenovitch seguía imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba

a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de

dejar compuesto y sin novia. También intentó buscar este motivo de

conversación con objeto de consolar a su respetable amigo.

--Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa...

viuda--dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el

punto más interesante de su peroración.

--¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé ayer de eso, y le expuse

mi opinión sobre tales costumbres... Según tengo entendido, le han

invitado a usted. Ayer mismo habló usted con ella.

--Jamás hubiera creído que la miseria en que se encuentra permitiese a

esa imbécil gastar en una comida todo el dinero que le entregó ese otro

imbécil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto

viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a

muchas personas; el diablo sabrá por qué--continuó Pedro Petrovitch,

que parecía haber provocado con intención deliberada aquella

conversación--. ¿Qué? ¿Dice usted que me ha invitado?--añadió de

repente, levantando la cabeza--. ¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo.

De todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo que hacer allí? No la

conozco más que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que

como viuda de empleado podría obtener un subsidio. ¿Me habrá invitado

por eso?

--Tampoco yo tengo intención de asistir--repuso Lebeziatnikoff.

--¡Pues no faltaba más! Después de haberle pegado, natural es que tenga

usted escrúpulo de ir a sentarse a su mesa.

--¿A quién he pegado yo? ¿De quién habla usted?--preguntó

Lebeziatnikoff turbado y encendido como la grana.

--Hablo de Catalina Ivanovna, a quien pegó usted hará cosa de un mes.

Lo supe ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya una manera de

resolver el problema feminista!

Después de esta salida, que pareció haberle aliviado un poco el

corazón, Ludjin se puso a contar de nuevo su dinero.

--Eso es una barbaridad y una calumnia--replicó vivamente

Lebeziatnikoff, a quien desagradaba que le recordasen aquel suceso--.

Las cosas no pasaron de ese modo; lo que le han contado a usted es

completamente falso. En las circunstancias a que usted alude yo no hice

más que defenderme. Fué Catalina Ivanovna la que se lanzó sobre mí para

arañarme... Me arrancó una de las patillas. Creo que todo hombre tiene

derecho a defenderse. Por otra parte, soy enemigo de la violencia, de

dondequiera que proceda, y eso por principio, porque la violencia tiene

su origen en el despotismo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Había de dejar que

esa señora me maltratase a su gusto? Me limité a rechazar una agresión.

--¡Je, je, je!--continuó en son de burla Ludjin.

--Usted me busca querella porque está de mal humor; pero eso no

significa nada ni tiene relación alguna con la cuestión feminista.

Precisamente yo me he hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo

que la mujer es igual al hombre en todo, aun en la fuerza (cosa que

se comienza ya a sostener), debe existir también la igualdad en esto.

Claro es que he reflexionado inmediatamente que, en rigor, no hay

motivo para que se plantee esta cuestión, porque en la sociedad futura

no habrá ocasiones de querellas, y, por consiguiente, nadie pasará a

vías de hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar de la igualdad en la

lucha. No soy tan tonto... Aunque por lo demás haya riñas... es decir,

que más tarde no las habrá, aunque por el momento las haya todavía.

¡Ah, diablo, con usted, uno se hace un lío! ¡No, no es eso lo que me

impide aceptar la invitación de Catalina Ivanovna! Si no voy a comer a

su casa, es sencillamente por cuestión de principios, por no sancionar

con mi presencia la estúpida costumbre de las comidas de duelo. Por lo

demás, yo podría reírme de eso e ir... Desgraciadamente no habrá allí

_popes_; si los hubiese, le aseguro a usted que iría.

--¿De modo que se sentaría usted a su mesa para insultar la

hospitalidad de esa mujer?

--No para insultarla, sino para protestar; y esto con un objeto útil.

Yo puedo indirectamente ayudar a la propaganda civilizadora, que es el

deber de todo hombre. Quizá se realiza esta tarea tanto mejor cuanto

menos formalismo se emplea en ella. Puedo sembrar la idea, el grano...

De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted que obrando así se falta a

las conveniencias? Al pronto se molestan; pero comprenden al punto que

se les presta un gran servicio...

--¡Vamos, bueno!--interrumpió Pedro Petrovitch--. Pero, dígame usted

ahora, ¿conoce usted a la hija del difunto, a esa muchacha flacucha?

¿Es verdad lo que de ella se dice?

--Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión, es decir, según mi convicción

personal, su situación es la situación normal de la mujer. ¿Por qué

no? Es decir, distingamos. En la sociedad actual, sin duda, ese género

de vida no es normal, porque es forzado; pero en la sociedad futura

será perfectamente normal, porque será libre. Aun ahora mismo tiene

el derecho de hacer lo que hace. Era desgraciada, ¿por qué no ha de

disponer de lo que es su capital? En la sociedad futura el capital no

tendrá razón de ser; pero el papel de la mujer galante tendrá otro

sentido y será regulado de una manera racional. En cuanto a Sofía

Semenovna, yo, en el tiempo presente, considero sus actos como una

enérgica protesta contra la organización de la sociedad, y a causa

precisamente de eso, la estimo profundamente; diré más, la contemplo

con regocijo.

--Sin embargo, me han contado que usted la obligó a abandonar esta casa.

Lebeziatnikoff se incomodó.

--¡Eso es también una mentira!--replicó enérgicamente--. No ha habido

tal cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa historia de un modo inexacto

porque no la ha comprendido. Yo no he solicitado jamás los favores

de Sofía Semenovna; me limitaba pura y simplemente a desenvolver su

espíritu, sin ninguna segunda intención personal, esforzándome por

despertar en ella el sentimiento de protesta... No he procurado otra

cosa; ella es la que ha comprendido que no podía permanecer aquí.

--¿La ha invitado usted a formar parte de la _commune_?

--Sí, actualmente me esfuerzo para atraerla a la _commune_. Sólo que

ella estará en otras condiciones que aquí. ¿De qué se ríe usted?

Queremos fundar nuestra _commune_ sobre bases mucho más amplias que las

precedentes. Vamos más lejos que nuestros precursores; negamos muchas

cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky saliesen de sus tumbas, me tendrían

por adversario. En tanto, continúo desarrollando a Sofía Semenovna. Es

una bella, una bellísima naturaleza.

--¿Y usted se aprovecha de esa bella naturaleza? ¡Je, je, je!

--No, de ninguna manera; todo lo contrario.

--¿Lo contrario?--dijo Ludjin--. ¡Je, je, je!

--Puede usted creerme. ¿Por qué había de ocultárselo a usted? Al

contrario, hay una cosa que me asombra: conmigo parece cortada; tiene

como cierto tímido pudor.

--Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je, je, je!... Usted le demuestra

que todos esos pudores son estúpidos.

--No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh, qué sentido tan grosero y tan

tonto, permita que se lo diga, da usted a la palabra desarrollo! ¡Oh

Dios mío; qué poco avanzado está usted todavía! ¡Usted no comprende

nada! Nosotros buscamos la libertad de la mujer, y usted sólo piensa

en bagatelas. Dejando a un lado el pudor y la castidad femeninos, que

no hacen al caso, yo admito perfectamente su reserva respecto de mí,

puesto que en ello no hace otra cosa que ejercer su libertad y usar

de su derecho. Seguramente si me dijese ella misma «yo te quiero»,

me alegraría mucho, porque esa mujer me gusta en extremo; pero en

la situación presente nadie se ha mostrado jamás más cortés y más

conveniente con ella que yo; nadie ha hecho más justicia a su mérito...

Yo aguardo, espero: eso es todo.

--¿Por qué no le hace usted un regalito? Apuesto a que no ha pensado en

eso.

--No comprende usted nada, ya se lo he dicho. Sin duda su situación

autoriza en cierto modo sus sarcasmos; pero la cuestión es otra. Usted

no tiene más que desprecios para ella. Fundándose en un hecho que le

parece deshonroso, rehusa usted considerar con humanidad a una criatura

humana. Usted no sabe qué naturaleza es la suya.

--Dígame--replicó Ludjin--, ¿podría usted... o por mejor decir, está

usted bastante relacionado con esa joven para suplicar que venga aquí

un instante? Deben de haber vuelto ya del cementerio. Me parece que

las he oído subir la escalera. Quisiera hablar un instante con la

muchacha.

--¿Para qué?--preguntó asombrado Andrés Semenovitch.

--Es menester que le hable. Tengo que irme de aquí hoy o mañana, y

necesito decirle una cosa. Puede usted asistir a nuestra conferencia, y

aun creo que será mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe Dios lo que

usted pensaría!

--No pensaría nada... Mi pregunta no tenía importancia. Si tiene usted

algo que decirle nada es más fácil que hacerla venir. Voy a buscarla en

seguida, y esté seguro de que no le molestaré.

Efectivamente; cinco minutos después, Lebeziatnikoff condujo a Sonia.

La joven llegó extremadamente sorprendida y avergonzada. En semejantes

circunstancias era siempre muy tímida. Las nuevas caras le causaban

temor. Era esto como una impresión de su infancia, y la edad había

aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch se mostró cortés y benévolo.

Al recibir él, hombre serio y respetable, a una muchacha tan joven y

en cierto sentido tan interesante, se creyó obligado a acogerla con

un ligero tinte de jovial familiaridad. Se apresuró a tranquilizarla

y la invitó a que tomase asiento frente a él. Sonia se sentó y miró

sucesivamente a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre la mesa.

Después, de repente, sus ojos se fijaron en Pedro Petrovitch y no

pudieron apartarse de él; hubiérase dicho que sufría una especie de

fascinación. Lebeziatnikoff se dirigió a la puerta. Ludjin se levantó,

hizo seña a Sonia para que se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch en

el momento en que éste iba a salir.

--¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?--le preguntó en voz baja.

--¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está ahí. Acaba de llegar. Le he

visto... ¿Y qué?

--En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aquí y no

me deje a solas con esta... señorita. El negocio de que se trata es

insignificante, pero sabe Dios qué conjeturas podrían hacerse. No

quiero que Raskolnikoff vaya a creer... ¿Comprende usted por qué digo

esto?

--Sí, comprendo, comprendo--respondió Lebeziatnikoff--. Está usted en

su derecho. Sin duda, en mi convicción personal, los temores de usted

son muy exagerados, pero... no importa, está usted en su derecho.

Bueno, me quedaré. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestaré;

en mi opinión, está usted en su derecho.

Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente de Sonia, y la contempló

atentamente. Después su rostro tomó una expresión muy grave, casi

severa, como si indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, cosas

que no son». Sonia perdió por completo su serenidad.

--Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas

a su respetable mamá. Supongo que no me engaño al expresarme así.

Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, ¿no es verdad?--dijo

Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable.

Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas.

--Sí, en efecto: hace conmigo veces de madre--se apresuró a responder

la pobre Sonia.

--Pues bien, dígale usted cuánto siento que circunstancias

independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitación.

--Voy a decírselo--y Sonia se levantó en seguida.

--No es eso todo--continuó Pedro Petrovitch sonriendo al ver la

candidez de la joven y su ignorancia de las costumbres sociales--;

usted apenas me conoce, Sonia Semenovna; comprenderá que, por un motivo

tan fútil y que sólo me interesa a mí, no me hubiera permitido molestar

a una persona como usted. Tengo otro objeto.

A una señal de su interlocutor Sonia se apresuró a sentarse. Los

billetes de Banco multicolores, colocados sobre la mesa, se ofrecieron

de nuevo ante su vista, pero volvió vivamente los ojos y los fijó en

Pedro Petrovitch; mirar el dinero ajeno le parecía cosa por extremo

inconveniente, sobre todo en su posición. La joven reparó cosa tras

cosa: primero, en los lentes de montura de oro que Pedro Petrovitch

tenía en la mano izquierda; después, en el grueso anillo adornado con

una piedra amarilla que el funcionario llevaba en el dedo del corazón;

por último, no sabiendo qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro

mismo de Ludjin. Este, después de haber guardado silencio durante

algunos instantes, prosiguió:

--Ayer me bastó cambiar dos palabras con la desgraciada Catalina

Ivanovna, para comprender que esa señora se encuentra en un estado

antinatural, por decirlo así...

--Sí, antinatural--repitió dócilmente Sonia.

--O, para hablar más sencilla e inteligiblemente, que se halla enferma.

--Sí, más sencillamente, más intel... Sí, está enferma...

--Cierto. Por un sentimiento de humanidad y, digámoslo así, de

compasión, quisiera, por mi parte, serle útil, previendo que

inevitablemente va a encontrarse en una situación muy triste. Ahora,

según parece, esa familia no tiene en el mundo otro apoyo que usted.

Sonia se levantó bruscamente.

--Permítame que le pregunte: ¿no le ha dicho usted que podría cobrar

una pensión? Ayer me contó que usted se había encargado de hacer que se

la concediesen. ¿Es eso cierto?

--No, no hay tal cosa. Me limité a decirle que, como viuda de un

funcionario muerto en el servicio, podría obtener un recurso temporal

si contaba con recomendaciones. Mas parece que, lejos de haber servido

bastante tiempo para disfrutar de los derechos pasivos, su padre no

estaba en el servicio cuando murió. En una palabra: siempre se puede

esperar; pero la esperanza es muy poco fundada, porque, en rigor, no

existe derecho alguno a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con una

pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo posible!

--Sí, soñaba en una pensión. Es crédula y buena, y su bondad hace

que dé crédito a todo. Y... y... su espíritu es... sí... Dispénsela

usted--dijo Sonia, que se levantó de nuevo para marcharse.

--Permítame usted, tengo todavía que decirle algo más.

--¿Más aún?--balbuceó la joven.

--Siéntese usted.

Sonia, toda confusa, se sentó por tercera vez.

--Viéndola en tal situación, con hijos pequeños, quisiera, como ya le

he dicho, serle útil en la medida de mis medios; compréndame usted

bien: en la medida de mis medios nada más. Se podría, por ejemplo,

organizar, en beneficio suyo, una subscripción, una tómbola... o una

cosa análoga, como suelen hacer en caso semejante las personas que

desean ayudar, bien sea a los parientes, bien a los extraños. Esto es

una cosa posible.

--Sí, eso está bien... pero ella. Dios...--murmuró Sonia, con los ojos

fijos en Pedro Petrovitch.

--Se podría; pero ya hablaremos de esto más tarde, es decir, se podría

comenzar hoy mismo. Nos veremos esta noche, hablaremos y echaremos,

por decirlo así, los fundamentos. Venga usted aquí a las siete.

Supongo que Andrés Semenovitch no tendrá inconveniente en asistir a

nuestra conferencia, pero... hay un punto que debe de ser previa y

cuidadosamente examinado. Por esta razón me he tomado la libertad de

molestarle suplicándole que viniese. Según mi opinión, no conviene

entregar en sus propias manos el dinero a Catalina Ivanovna; es más,

sería peligroso entregárselo; basta como prueba la comida de hoy. No

tiene zapatos; no sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo de pan

que llevarse a la boca, y compra ron Jamaica, vino de Madera y café. Lo

he visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a estar a cargo de

usted, y tendrá usted que buscarle hasta el último pedazo de pan. Por

lo tanto, soy de opinión que debe de organizarse la suscripción sin que

se entere la desgraciada viuda, y que usted sola sea la que maneje el

dinero. ¿Qué le parece a usted?

--No sé. Es solamente hoy cuando ella... Esto no ocurre más que una

vez en la vida... Quería honrar la memoria del difunto... pero es muy

inteligente. Por lo demás, será lo que usted quiera; yo le quedaré a

usted muy... muy... todas ellas serán... y Dios... y los huérfanos...

Sonia no acabó y se echó a llorar.

--De modo que es cosa convenida. Ahora dígnese usted aceptar, para la

parienta de usted, esta suma, que representa mi suscripción personal.

Deseo vivamente que mi nombre no se pronuncie para nada. Siento mucho

que, teniendo yo también apuros pecuniarios, no pueda hacer más.

Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un billete de diez rublos, después de

haberlo desplegado cuidadosamente.

La joven recibió el billete ruborizándose, balbuceó algunas palabras

ininteligibles y se apresuró a despedirse. Pedro Petrovitch la acompañó

hasta la puerta. Al cabo la joven salió de la habitación y entró en la

de Catalina Ivanovna extraordinariamente agitada.

Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch, no queriendo interrumpir

la conversación, permaneció cerca de la ventana. En cuanto salió Sonia,

se acercó a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente la mano.

--Lo he oído y lo he visto todo--dijo subrayando intencionadamente

la última palabra--. Eso es noble, es humano, quiero decir, porque

no admito la palabra noble. Usted ha querido evitar las gracias, lo

he visto; y aunque, a decir verdad, soy por principio enemigo de la

beneficencia privada, que, lejos de extirpar radicalmente la miseria,

favorece sus progresos, no puedo menos de reconocer que he visto con

gusto el acto de usted. Sí, sí, eso me complace.

--Lo que he hecho no vale nada--murmuró Ludjin un poco cortado, y miró

a Lebeziatnikoff con particular atención.

--Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no obstante hallarse bajo la

impresión de una afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse

por la desgracia ajena, aunque proceda en contra de la sana economía

social, no es por eso menos digno de estima. No esperaba yo semejante

cosa de usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído está usted por sus

antiguas ideas! ¿Por qué turbarse tanto por el asunto de ayer?--exclamó

Andrés Semenovitch, que experimentaba un retroceso de viva simpatía

hacia Pedro Petrovitch--. ¿Qué necesidad tiene usted de casarse, de

casarse _legalmente_, mi noble y muy querido Pedro Petrovitch? ¿Qué le

importa a usted la unión _legal_? Pégueme usted, si quiere; pero yo

me regocijo del fracaso de sus relaciones, contento de pensar que es

usted libre, que no está usted perdido por la humanidad... Ya ve si soy

franco.

--Me inclino al matrimonio legal, porque no quiero llevar... nada en la

frente ni educar hijos de los cuales yo no sea el padre, como ocurre

con vuestros matrimonios libres--respondió, por decir alguna cosa,

Pedro Petrovitch.

Estaba pensativo, y apenas prestaba atención a las palabras que decía.

--¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los hijos?--dijo Andrés

Semenovitch, animándose de repente como un caballo en batalla cuando

oye el sonido del clarín--; los hijos son una cuestión social que

será resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo niegan sin restricción,

como todo lo que concierne a la familia. Hablaremos de los hijos más

tarde. Ahora ocupémonos de lo otro. Le confieso a usted que es ésa

mi debilidad. Esa palabra baja y grosera, puesta en circulación por

Putskin, para señalar a los maridos engañados, no figurará en los

diccionarios del porvenir. En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh,

ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante! Por el contrario, en

el matrimonio libre, el peligro que usted teme no existirá. Eso no es

más que la consecuencia natural, y, por decirlo así, el correctivo del

matrimonio legal, la protesta contra un lazo indisoluble; desde este

punto de vista no tiene nada de humillante... Y si, por acaso, lo que

es absurdo, contrajese yo un matrimonio legal, sería para mí un encanto

llevar _eso_ a que tiene usted tanto miedo. Yo le diría entonces a mi

mujer: «Hasta el presente, querida mía, sólo había sentido amor por ti:

pero ahora te estimo, porque has sabido protestar». ¿Se ríe usted? ¡Ah!

Es porque no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. Comprendo

que con la unión legítima sea desagradable ser engañado; pero ése es

el efecto miserable de una situación que desagrada a los dos esposos.

Cuando _eso_ se yergue sobre nuestra frente como en el matrimonio

libre, entonces no existe. Cesan de tener significación y dejan de

llevar el nombre que se les da. Antes bien, la mujer de usted le prueba

por ello que le estima, puesto que le cree incapaz de poner obstáculo a

su felicidad, y demasiado ilustrado es usted para querer vengarse de

un rival. En verdad, pienso muchas veces que, si llegase a estar casado

(libre o legítimamente, importa poco), y mi mujer tardase en tomar un

amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría. «Querida mía (le diría

entonces), te amo; pero deseo, sobre todo, que me estimes.» ¿Tengo o no

tengo razón?

Estas palabras apenas hicieron sonreír a Pedro Petrovitch. Su

pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy

preocupado. Andrés Semenovitch había de acordarse más tarde de la

preocupación de su amigo.

El crimen y el castigo · 第 28 / 41 题