Veinticinco años han pasado desde entonces. En tan largo tiempo,
¡cuántos afanes! ¡cuántos trabajos! ¡qué pocos goces y cuán breves!
¿Adónde quiso Dios que me arrastraran los huracanes contra mí
desencadenados? ¿Qué hice allí? ¿Con qué nuevas adversidades luché?
¿Por qué derroteros me encaminó el azar?... Sería larga, muy larga,
la tarea de referirlo, y ya se fatigan mi mano de escribir y mi
memoria de recordar. Quiero poner fin á estos apuntes, y voy á hacerlo
añadiéndoles solamente algunos brevísimos del segundo período de mi
vida aventurera, por lo que se relacionan con lo que pudiera llamarse
cabos sueltos del anterior relato.
Valenzuela murió en la emigración tres años después de mi salida de
Madrid. Para entonces ya se habían cansado Barrientos y otros dos
sucesores suyos de _proteger_ á su familia; la cual, sin más amparo
que el mezquino sueldo del destino que al cabo obtuvo Manolo (porque
la duquesa se guardó muy bien de echarse toda la carga encima, y la
herencia del emigrado era exigua y duró poco), tuvo que tragar por la
fuerza de la necesidad lo que no pude yo conseguir que aceptara por la
del convencimiento. Quiero decir, que dió con todo su necio orgullo
en un miserable chiribitil. Allí se las arreglaba como Dios quería,
vistiendo de lo de antaño, descolorido y _volteado_, y comiendo de
pegote en tantas mesas como días tiene la semana. Pilita no arrastró su
cruz muy largo tiempo, y fué enterrada de limosna. Clara, desesperada,
comenzó á languidecer y á marchitarse en su miserable soledad.
Recogióla entonces la duquesa del Pico; y en su casa murió impenitente,
fría y altanera, como una pagana.
Viéndose su hermano solo y libre, _robó_ á una bolera de cuarta fila,
del teatro de la Cruz, y se casó con ella. Casarse y ponérsele cobrizas
las escrófulas, y brotarle fuentes del corrosivo humor por garganta,
labios y narices, fué todo uno. No duró seis meses el pobre chico.
Verdad que lo que hicieron las escrófulas, á falta de ellas lo hubiera
hecho su apreciable suegro, que tenía el peor de los aguardientes, y en
cargándose un poco de _bebida_, le sacaba la navaja si no le colmaba
de monedas el extenuado bolsillo; y así le daba cada disgusto que le
aturdía.
Todos estos sucesos, con los más prolijos pormenores, me los
participaba Matica; y tan escrupuloso y previsor era, que cuando
me escribió para decirme que me había quedado viudo, me incluyó
en la carta la fe de defunción de mi mujer. ¡Cómo alabé á Dios en
el memorable instante en que me enteré de un suceso de tan grande
transcendencia para mí! Porque rompía las cadenas de mi esclavitud, me
devolvía la libertad, y con ella el único remedio que yo conocía para
cicatrizar las dolorosas heridas de mi corazón. Las densas nubes en
que mis recuerdos me envolvían, se rasgaron; un rayo de sol penetró
por ellas; y mientras su calor vivificaba mi alma aterida, su luz me
descubría sendas hasta entonces obstruidas por obstáculos amontonados
por la mano de mi mala suerte, libres, francas y abiertas á mi paso.
¡Por allí se iba en busca de Carmen, cuyo dulce recuerdo me alentaba
para trabajar sin descanso; de Carmen, con quien compartía el fruto de
mi trabajo; de Carmen, cuyo amor no era ya un delito ante las leyes
del mundo, y podía publicarse á voces, como el intenso, tranquilo y
consolador que yo sentía por ella!
Mis negocios iban en buena marcha; y con mi atención constante sobre
ellos, en muy pocos años lograría clavar yo la rueda de la fortuna;
quiero decir, poseer lo bastante para vivir en mi patria en una
desahogada medianía. Pero estos _pocos años_ eran siglos cuando
pensaba en aplazar, hasta que se perdieran en los abismos del tiempo,
el cumplimiento de mis ardentísimos afanes. Anticipar éste alejándome
yo de los negocios, era hacerlos retroceder en su próspera marcha, y
exponer demasiado el comprobado éxito de mis cálculos. Entre estos dos
extremos había un medio que lo arreglaba todo: que Carmen se decidiera
á ir á mi lado desde luego. Escribíla sobre el caso, y escribí á
Matica también: las razones eran de peso; ella estaba animada de los
mismos deseos que yo; los medios de comunicación eran frecuentes y no
penosos...
Y fué. Y nos casamos. Y Dios, que me había hecho el inapreciable
beneficio de que no diera fruto mi primera unión, otorgómele en la
segunda. La alegría, el amor, el sosiego, reinaban al fin en mi casa.
Sabía de mi padre con la posible frecuencia; y del contexto de sus
cartas deducía, con lícita vanidad, que la abundancia en que vivía
por obra de mis prodigalidades con él, hacíanle muy llevadera la
vejez. Poco, muy poco me faltaba ya para considerarme en el colmo de
la felicidad: volver al lado del pobre viejo con mi nueva familia, y
alegrar con las caricias de sus nietezuelos (porque yo contaba que
no sería uno solo) los últimos días de su vida. En menos de dos años
podían verse realizados estos planes.
Pues todos me los desbarató la suerte, ó Dios que quiso someter mi
resignación á otra prueba más; todos se destruyeron como castillo
de naipes al primer soplo del viento. Carmen, nuestro hijo, Quica:
los tres desaparecieron del mundo en pocas semanas, víctimas del
recrudecimiento de una enfermedad endémica allí. En mi amarga
aflicción, acordéme de mi padre, como el único refugio para mi alma tan
rudamente combatida... ¡y también la muerte se atravesó en este camino!
Busqué entonces, no la distracción, sino el aturdimiento, en el tráfago
de los negocios; y no sé cuántos años pasé así, amontonando un caudal
que parecía burla de la suerte, por dármelo cuando ya no le necesitaba.
Los únicos afectos que sobrevivían en las ruinas de mi corazón, se
habían reconcentrado en Matica, cuyas cartas me consolaban mucho, y me
enteraban de lo poco que podía interesarme en el mundo. Así llegué á
saber la muerte de la duquesa del Pico, y que Barrientos había dado
con un mozo que, sin gozar fama de espadachín, le había hundido en el
pecho media vara de florete con todas las reglas del arte.
Matica había concluido, al fin, su carrera; pero no la ejercía, porque
su delicada complexión se lo vedaba. En cambio, se había entregado
con gran fervor al cultivo de las bellas letras; y tenía dos comedias
terminadas y, como quien dice, en turno para ser puestas en escena en
el primer teatro de Madrid. Le afligía bastante un pertinaz catarro,
desde el invierno anterior; pero esperaba curarle con las brisas de
mayo. Esto me decía en febrero. Pues en abril, con la inesperada
noticia de su muerte, hundió Redondo, que me la transmitía, el último
clavo doloroso en mi corazón.
Después viajé mucho, ¡mucho! apenas recuerdo por dónde; porque ya no
buscaba en mis viajes el placer de las impresiones adquiridas en la
contemplación y el estudio, sino el ruido, el movimiento, la variedad,
el vértigo... Hasta que el cansancio me rindió, y comencé á pensar,
viéndome envejecer, encanecido y sin designio que cumplir en la tierra,
en qué rincón de ella arrojaría la pesada é inútil carga de mis huesos.
Sentí entonces dentro de mí, en lo más hondo y obscuro, la santa voz
de la patria que me llamaba á su maternal regazo; y vine á mi tierra
nativa resuelto á exhalar el último suspiro donde vieron mis ojos el
primer rayo de luz.
¡Otro desencanto con el cual no contaba yo!
Por remate de mi larga y azarosa carrera, me vi casi extranjero y
solo en mi patria; porque ser extranjero y estar solo, es vivir entre
generaciones que se han formado lejos de nosotros, y han creado una
sociedad que en nada se parece á aquélla en la cual nacimos y nos
formamos después á su manera.
Al movimiento innovador y reformista iniciado ya con brío á mi salida
de España, había sucedido la revolución política de 1868, harto más
radical y demoledora que la del 54, en que tan activa parte había
tomado yo. El primero transformó el aspecto exterior de los pueblos;
la segunda influyó grandemente en el modo de pensar de los hombres; y
al impulso de estos dos agentes poderosos, la sociedad salió de sus
antiguos cauces, y entróse por otros nuevos; creóse la vida distintas
necesidades, y se transformaron radicalmente las costumbres.
Hallé en mi humilde lugar hermosas casas de campo con sus
correspondientes parques á la inglesa; una fonda en la playa;
carreteras en todas direcciones; un _casino_ con periódicos y mesa de
billar; dos confiterías; una taberna en cada esquina; tres _chalets_
con alamedas en la pradera cercana al mar, y seis casas de posada...
Los Garcías... ¡qué Garcías ni qué niño muerto! No quedaba señal de
ellos. Quien lo mandaba todo era un hijo de mi contemporáneo Toño
Calambrios, que dejó la labranza y se hizo feriero; se metió después á
demócrata posibilista, y hoy se cartea con Castelar, y es presidente
del _comité_ de este pueblo, donde tiene cuarenta suscriptores el
_Globo terráqueo_ y cerca de veinte _La Bocina Montañesa_, periódico
posibilista madrileño el primero, y federal-conmutativo-bilateral de
Santander el segundo...
En cuanto á la saya de bayeta fina con lorza y tira de terciopelo, y
al justillo de pana, y al zapato bajo y la media con calados, y el
pandero con cascabeles, ¡buenas y gordas! Aquí no gastan las mozas
menos que vestidos de larga falda y chaquetas ceñidas, con adornos de
pasamanería; el pelo en rodete, y _flequillo_ por delante, á uso de
señoras; y á uso de señoras bailan los domingos agarradas á los mozos,
por todo lo fino, al son de dos violines y una flauta que se pagan de
fondos municipales.
Añádase á todo esto que los _chalets_ y casas de campo pertenecen á
gentes forasteras que los habitan en verano; que forasteras son las
que acuden á la fonda de la playa y á las posadas del lugar; que los
viejos que yo dejé en él no existen hoy; que los mozos de entonces
parecen viejos caducos ya; que los mozos de ahora no habían nacido
todavía; y por último, y es lo más triste para mí, que de toda mi
parentela, dispersa por las inmediaciones, no me quedan más que unos
cuantos sobrinazos que me visitan de tarde en tarde, y eso porque soy
rico y sin herederos forzosos; y diga el más nimio en esto de enmendar
voquibles, si no me sobra la razón para considerarme solo y extranjero
en mi lugar nativo.
Y no me pesa de ello después de bien considerado: así vivo más
independiente y quedan menos huellas con que reverdecer mis, aunque
penosos, amortiguados recuerdos. La única que, por llegar, me los
ofreció muy amargos, fué el caserón donde conocí á la funesta familia,
causa de todas mis desventuras. Siempre que miraba hacia él, veía la
misma figura escuálida, ceñuda y silenciosa, errar por sus pasadizos.
Su último poseedor le había destinado á fonda. Traté de comprarle, y
pidiéronme triple de lo que valía. Paguélo gustoso; y á pretexto de
reconstruirle, le demolí hasta sus cimientos. Y así permanece, hecho
un montón de escombros. Pues ¡ni por esas! Cada vez que los miro, veo
encaramada sobre ellos la aborrecible figura blanca, con el pelo
desgreñado, el entrecejo fruncido y los ojos fulminantes. Es mi _gato
negro_.
Hallé la casa paterna indivisa y cerrada. Se la compré á mis
coherederos; compúsela, y en ella vivo. Arreglé también la huerta, y,
además, cerqué una gran extensión de tierra en la loma que domina el
mar. Estoy suscripto á varios periódicos y revistas de otros tantos
colores y castas. Me entretienen mucho sus algarabías, por lo mismo que
no me apasiono por ninguno de los contendientes.
No se parecen estas políticas á las de mi tiempo. ¡Cómo ha cambiado
todo! Hasta el estilo. Sin embargo, aún se escriben muchos artículos á
la manera de los de Redondo, y particularmente muchas _críticas_ como
las que yo enjaretaba en _El Clarín de la Patria_. ¡No me faltaba, en
mi desdicha, más que el remordimiento de haber formado _escuela_! Pues
algunas veces le tengo, porque el género abunda como la mala yerba, y
la _crítica_ esa se parece á la mía como un huevo á otro.
El señor cura, nuevo también en el lugar, me acompaña largos ratos: es
joven y celoso de su deber. Hablamos poco, casi nada, de lo de tejas
abajo, y mucho de lo de tejas arriba. Nos entendemos bien en este
delicado particular, y yo me alegro de ello.
En el cierro tengo una labranza montada en grande, y mis ganados son
la admiración de toda la comarca. Pero no puedo conseguir que mis
convecinos los tengan como ellos, sin más trabajo que hacer lo que yo
les mando y recibir lo que les ofrezco. La rutina es su debilidad,
y también su castigo. En la huerta he llegado á hacer primores en
materias de ingertos y otras habilidades. Cultivo algunas plantas de
adorno, y yo mismo podo los árboles y _sorrapeo_ los caminos. De vez en
cuando voy á echar una _calada_ desde las peñas de la costa; y me saben
después á gloria las lobinas y los _saperos_ que _trabo_... Y así por
el estilo; y, como pueda remediarlo, siempre solo.
En casa leo, trabajo en carpintería menuda, y últimamente he escrito
todo lo que antecede.
¿Por qué, siendo de tan penoso recordar lo que más abunda en ello?
¡Qué sé yo! Quizá porque, al entretener horas sobrantes de las pesadas
noches de invierno, escudriñando los pliegues de la memoria y los
escondrijos del corazón, experimento cierto placer algo parecido al que
siente el avaro al revolver y manosear su tesoro; pues, al fin y al
cabo, de breves goces y de amargas y muy hondas pesadumbres se compone
el caudal de la vida humana.
Bien sé que me expongo á que el soplo de algún diablillo enredador
esparza, á la hora menos pensada, mis papeles por el mundo.
Yo lo daré por bien empleado, con tal que el ejemplo de mis desengaños
llegue á servir á alguno de escarmiento.
POLANCO, octubre 1883.
[Ilustración]