XVII

La curiosidad, llevada á la pasión, tiene una fuerza irresistible; y no

solamente arrastra á los hombres, sino que los ciega ó los enloquece.

El afán de registrar los misterios que encierra el fondo de un abismo,

hace que el temerario estudie solamente los medios de bajar, y baja;

pero ya en el fondo y satisfecha la curiosidad, y quizá desvanecido el

encanto, hay que pensar en subir... ¿Cómo?... ¿por dónde? Y allí es el

temblar de la voz y el crujir de los dientes...

Yo fuí uno de estos insensatos, dejándome arrastrar de mis vanidades,

que son punto más fuertes que la curiosidad de los sabios indiscretos.

Embriagóme el aura de aquellas regiones, que para mí tenían el doble

encanto del esplendor y de la novedad, y sólo pensé en el modo de

penetrar en ellas. Después, muy poco después, la embriaguez fué

disipándose, llegó el momento de despertar... ¡y qué despertar tan

amargo! La extenuación de mi bolsillo, comenzada en teatros, librerías,

bailes y cafés, y continuada en tertulias de poco más ó menos, estaba

á punto de consumarse con la última pluma que adquirí para las alas

que me subieron adonde no debí haber subido, puesto que maldita la

falta hacía allá. Mis reservas para los trances _de apuro_ estaban

expirando, consumidas en vanas superfluidades; y yo en Madrid, tan

desvalido y desamparado como el día en que llegué; mi padre descansando

tranquilo en mi cordura, y muy cercana la hora en que... ¡Dios eterno,

qué tempestad se desencadenó de pronto en mi corazón y en mi cabeza, y

con qué claridad tan desesperante vi en un momento lo que mucho antes

no quise examinar al columbrarlo entre la bruma de mis intemperancias!

Era, pues, mi situación de las que no dan respiro ni tregua. Y la

culpa de todo, bien examinados los términos del conflicto, la tenía el

aparatoso personaje que con reiteradas promesas me había sacado de mi

lugar, dejándome luego solo y olvidado en aquel infierno de asechanzas

y malas tentaciones. Pues á ese personaje debía yo pedir inmediatamente

cuentas de su incomprensible conducta conmigo, aunque para llegar á él

tuviera que atropellar al cancerbero que le guardaba la puerta, y todas

las puertas y todos los obstáculos del camino de su oficina.

Resuelto á ponerlo por obra, salí de casa apresurado y con fiebre.

Llegué; y cual si el adusto guardián me hubiera leído los propósitos en

la cara, me dejó libre el paso; libre hallé también, por fortuna, la

puerta del encantado aposento que buscaba. Entré. El hombre ostentoso

estaba solo y leyendo unos papelotes, como la otra vez. Hícele un

saludo, doblando el espinazo, y no reparó en mí, ó no me hizo caso

maldito. Aguantéme á pie firme y resuelto á todo.

Tosí dos veces, y el hombre leyendo. Al fin me dijo, sin soltar los

papeles:

--La impaciencia, señor Sánchez, es el peor enemigo de los necesitados.

¡La impaciencia! ¿No era esta palabra el colmo de la burla que estaba

haciendo de mí aquel hombre? Á responder comenzaba, no sé qué cosas,

pero de oportunidad, aunque estudiando mucho las palabras antes de

emplearlas para elegir las más inofensivas, cuando me atajó con estas

otras:

--Todos los pretendientes dicen ustedes lo mismo, como si aquí

tuviéramos los bolsillos repletos de credenciales, sin hacerse cargo

jamás de los gravísimos que pesan sobre uno, especialmente en días tan

azarosos como los que corren.

Verdaderamente había sobrado motivo para descalabrar de un tinterazo á

aquel farsante que tales cosas me decía, después de haberme sacado de

mi casa brindándome con una protección que jamás había solicitado yo.

--Ruego á Vuecencia--repliqué, tragando á borbotones la saliva,--y se

lo ruego por el amor de Dios, que no olvide que Vuecencia mismo fué

quien se empeñó en que yo viniera á Madrid para recordarle de palabra

la oferta que tuvo á bien hacerme espontánea y generosamente en mi

pueblo. Tres meses llevo aquí, llamando casi todos los días á esa

puerta, hasta por reciente encargo de Vuecencia, y ésta es la segunda

vez que tengo la honra de ser recibido.

--Y eso ¿es un cargo que me hace el señor Sánchez?--me preguntó el

señor Valenzuela, mirándome á la cara con una sonrisilla burlona.

--Es una razón que me permito exponer á Vuecencia--respondí,

insistiendo en el tratamiento, por lo mismo que el hinchado personaje

no pensaba en apeármele,--para demostrarle que todo cabe en mí, pobre

montañés sin experiencia, menos el propósito de ser molesto á nadie.

--Por cierto--añadió Valenzuela entre severo y sarcástico,--que nadie

le creería á usted con esa comezón de empleo, al verle matar los ocios

en Madrid tan alegre y descuidado.

Lo decía, sin duda, por las noticias que le habría dado Clara de mis

exhibiciones mundanas. Alentóme esta sospecha, por la cola de recuerdos

que traía consigo, y respondí con entereza:

--Razón de más, señor don Augusto, para que me aguijonee el deseo de

hallar lo que vine buscando. Madrid está lleno de atractivos que yo

desconocía; soy joven, tengo libertad completa, me sobra todo el tiempo

y no soy un santo... Póngase Vuecencia en mi lugar.

Parecióme que éstas mis palabras, dichas, de propio intento, con

cierta acentuación quejumbrosa, suavizaban algo las asperezas del

rollizo manchego; y no me equivoqué, pues que me dijo, trocando el

aire desdeñoso de su fisonomía en otro que tiraba un poco á dolorido y

amargo:

--No le extrañen á usted, _amigo_ Sánchez, ciertos desabrimientos

que parecen inconveniencias de carácter, en hombres como yo y en

determinados momentos de la vida. Todo lo que usted alega es cierto;

tan cierto como leal y sincero fué cuanto yo le dije y le prometí poco

tiempo hace en la Montaña; pero los acontecimientos son más fuertes

que la voluntad y los propósitos de los hombres; lo que es ahora una

nubecilla tenue, dos horas más tarde llega á ser tempestad formidable

sobre el horizonte; los grandes conflictos absorben la atención y las

fuerzas, y borran en uno hasta el recuerdo de las cosas pequeñas, como

el destino para usted; los altos intereses de la patria, amenazados por

la ambición insensata de un enemigo criminal y alevoso... ¡hasta el

instinto de propia conservación!... en fin, deje usted que pasen estos

días de prueba, y yo le prometo que habrá para todos. Entre tanto, y

para que usted no se moleste yendo y viniendo, déjeme su nombre y las

señas de su casa: yo cuidaré de avisarle tan pronto como tenga algo

bueno que decirle.

Que el reluciente manchego se refería en las altisonancias de su

discurso á la borrasca que á la sazón reinaba en el mar de la política

española, borrasca cuyos bramidos transcendían al público, harto

evidente era; que al pedirme mi nombre por escrito y las señas de mi

casa se proponía quitarme todo pretexto de volver á molestarle con mis

visitas, también me pareció notorio... Pero, en este caso, ¿para qué

me sacó de mi lugar el grandísimo?... ¡Oh, qué heroicamente rechacé

el tropel de pensamientos que por este lado me asaltaban! Temí que el

exceso de razones me arrastrara á cometer allí una imprudencia que

echara á perder lo poco que había ganado, y me despedí del personaje

con la mayor cortesía que pude, dejándole una tarjeta, en la cual

constaban todos los pormenores que él decía necesitar; y con esta

tarjeta, la última esperanza de que las puertas de mis apuros se

abrieran por donde me lo había hecho creer en mi lugar el repolludo y

pomposo don Augusto Valenzuela.

Al llegar á mi posada, después de esta memorable entrevista, hallé

sobre la mesa de mi cuarto una carta de mi padre.

El cual, entre otras cosas, me decía:

«Hijo del alma: cada día me persuado más de la buena ley del afecto

que has logrado arraigar en el corazón del señor don Augusto. La misma

lentitud con que camina en el asunto de tu colocación, muestra bien á

las claras el deseo que tiene de ofrecerte cosa que te honre á la vez

que te aproveche, pues nada le sería más fácil, si sólo de cubrir el

expediente se tratara, que despacharte, en un quítame esas pajas, con

un destinillo de tres al cuarto, que fuera, como el otro que dice,

pan para hoy y hambre para mañana. Persevera, pues, hijo mío, en esos

tus buenos propósitos, que á menudo me manifiestas, de no mostrarte

impaciente ni desconfiado con ese buen señor y su dignísima familia,

á quienes tantas, tan frecuentes y tan señaladas finezas debes desde

que estás ahí, según me refieres en casi todas tus cartas; finezas y

atenciones que no me sorprenden, pues éste mi ojo, tan ducho en el

conocimiento de los hombres, no podía engañarme cuando, no bien hubimos

saludado aquí á tu excelso protector, le reputé por una gran persona,

modelo de caballeros y de corazones sin hiel ni dobleces ni falsías,

campechano y noblote; alma privilegiada á quien no desvanece el vértigo

de las alturas...

«Procura, en fin, hijo de mi corazón, á fuerza de economía (sin que

se entienda que quiero que te prives de lo necesario), ajustar tus

recursos pecuniarios al rigor de las inevitables dilaciones, que nunca

serán tan largas que lleguen más allá que el amparo de aquéllos;

porque la Providencia divina no te sacó de esta apacible soledad para

abandonarte luego en medio de esas extrañas muchedumbres, que son la

más horrible de las soledades...».

¡Ojo ducho en conocer á los hombres!... ¡Santo varón! ¡Modelo de

caballeros, campechano y noblote el señor de Valenzuela!...

Esta carta, testimonio vivo de la honrada sencillez del pobre viejo

autor de mis días, acabó de indignarme contra el farsante manchego

que así jugaba, no ya con mi credulidad, sino con la de mi padre, en

quien un desengaño como el que estaba á pique de sufrir, tras de las

ilusiones que se había forjado, podía costarle hasta la vida.

Sentí que la comezón febril antes crecía que se me aplacaba, y volvíme

á la calle, sin saber por qué ni para qué. En la Carrera de San

Jerónimo me fijé en un caballo largo, largo y anguloso que venía de

hacia el Prado, dando zancadas con las cuatro estacas que le servían

de extremidades, gacho y muy estirado el cuello, empinadas las orejas

y tieso, casi horizontal, el medio rabo en que terminaba por atrás

aquella desgarbada máquina viviente. Desde que llegué á Madrid me

llamaron mucho la atención esos cuadrúpedos desmazalados y exóticos con

que el extravagante capricho de la moda sustituyó, en calles y paseos,

al gallardo potro cordobés. Sobre el penco mencionado se desparrancaba

un jinete no más repolludo ni lozano que él, con las zancas encogidas,

el estribo engargantado, el cuerpo muy echado hacia adelante, y el

cuello y la cabeza en la misma dirección que los del caballo; no

cesaba de dar culadas encima de éste, á modo de conatos de brinco, y

parecióme, en su dejadez y desencuadernamiento, quebrantado y fatigoso

del rudo ejercicio que traía el infeliz; el cual resultó ser, cuando le

vi más de cerca, el mismísimo Manolo Valenzuela.

Estando próximos á cruzarnos en las Cuatro Calles, una joven que salió

de la del Príncipe para atravesar la Carrera, se vió de pronto casi

entre las aspas delanteras del bucéfalo. Aunque hubo los chillidos y

sobresaltos de costumbre, y la joven cayó hecha un ovillo á media vara

del animal, éste siguió inalterable la recta que llevaba, porque su

jinete pareció no reparar siquiera en el percance. Entre tanto, avancé

yo de un brinco hasta la joven, y la levanté del suelo. Júzguese de

mi sorpresa al reconocer en ella á Carmen, por fortuna ilesa aunque

muy asustada. Que se sobrecogió algo al conocerme á mí, no necesito

decirlo, ni tampoco que me extrañó grandemente ver á la hija de don

Serafín sola, en aquel sitio y á tales horas (empezaba á anochecer).

--¿Y Quica?--le pregunté cuando los curiosos se dispersaron y volvimos

á ser Carmen y yo dos simples transeuntes.

--En la cama dos días hace, aunque no de cuidado--me respondió al

punto; y aun añadió anticipándose á mis deseos de saber algo más:--y mi

padre en su tarea, que no puede dejar hoy hasta las nueve de la noche.

Urgía entregar la labor que llevo en este pañuelo, y me arriesgué á

hacerlo yo misma. ¡De buena me he librado... gracias á usted!

--Cierto que en peores manos pudo usted haber caído--dije, creo que con

doble intención;--pero á nadie más que á su ligereza debe agradecer el

haber salido ilesa de tan grave peligro.

--¡Si parece castigo de Dios!... es decir, no, ¡porque si yo le dijera

á usted lo urgente que me era entregar esta misma tarde la obra que

llevo aquí!...

--¿Va usted muy lejos?--preguntéle, sin querer saber más.

--Ahí enfrente--me respondió.--Á ese piso donde dice, en letras

doradas, _Utrilla_.

--Pues suba usted--repliqué,--que aquí la aguardo para acompañarla de

vuelta á su casa.

Fuése, y volvió muy pronto. Yo la esperaba en el portal del famoso

sastre.

Mientras caminábamos por la calle del Príncipe, me dijo Carmen, con los

mismos escalofríos de gusto con que le manifiesta el que se arrima al

calor de la lumbre después de atravesar un páramo cubierto de nieve:

--¡Qué bien se va así!...

--¿Qué entiende usted por «así?»--la pregunté, acentuando lo mismo que

ella el adverbio.

--Acompañada como voy ahora--respondió volviendo á estremecerse un

poquitín.--¡Si viera usted qué miedo da andar sola por estas calles,

cuando no hay costumbre de eso!... Pensaba yo que tanto daba llegar

hasta aquí como hasta los Ultramarinos de enfrente de mi casa, ó al

pasamanero de la esquina... ¡Cada vez que pienso lo que pudo haberme

sucedido si doy dos pasos más!

--¿Sabe usted, Carmencita, lo que reflexionaba yo mientras la esperaba

en el portal de Utrilla?--díjele de pronto.

--¿Á ver?--exclamó la joven, picada de la más viva curiosidad.

--Pues reflexionaba yo que pudo usted muy bien, cuando menos, haberse

descalabrado entre las patas de aquel animalazo; y que si tal hubiera

acontecido...

--¡Qué horror!

--Pues no, señora; y acaso, acaso me hubiera alegrado de ello.

--Muchas gracias.

--Déjeme usted concluir. Si usted se hubiera hecho tanto así de

daño--y señalé la punta de la uña del dedo meñique,--hubiera tenido

yo derecho para lanzarme sobre el cuadrúpedo; apear al jinete de un

bastonazo, y solfearle después la cara á bofetones...

--¡Justo!--exclamó Carmen estremecida de espanto,--y en seguida el

corro de gentes desocupadas, y los guardias municipales, y yo á la

botica entre brazos, y usted á la prevención; y mi padre notando mi

falta en casa, corriendo en mi busca por esas calles de Dios... y los

periódicos dando al otro día cuenta del suceso; y mi nombre... y el

de usted, sabe Dios en dónde... y de qué modo. ¡Virgen María!... Pero

¿está usted loco?...

--Creo que tiene usted razón--respondí con la mayor formalidad.--Pero

como no todos los días se parecen entre sí, y el condenado temperamento

suele también contagiarse de los trastornos meteorológicos, en

ocasiones se siente uno más batallador, pongo por caso, que lo de

costumbre.

--Vamos--dijo Carmen sonriéndose,--á usted le ha pasado hoy algo grave.

--¿Por qué lo cree usted?

--Porque, ó yo me engaño mucho, ó se halla usted sobrexcitado y

caviloso... digo, si desde que yo no le veo no le han hecho cambiar de

temperamento los aires de Madrid.

--Ni lo uno ni lo otro, Carmencita, sino que somos así los hombres,

créame usted... y hágame el favor de no correr tanto, por el amor de

Dios... ¿ó es que ni conmigo se cree usted segura ya?

--Lo que hay es que tengo muchas ganas de llegar á mi casa.

--Justo, porque le molesta á usted la compañía... Muchas gracias,

Carmen.

--Lo dicho, hoy no está usted en sus cabales.

--Ni usted tampoco, si á juzgar vamos por las apariencias.

--¿Qué apariencias?

--Ese sobresalto y esa...

--Me parece que después de lo que me ha sucedido, y, sobre todo, de lo

que pudo sucederme...

--Pero ahora va usted conmigo, y no hay razón para que tema usted cosa

alguna: ¡pues le caía el premio gordo al que se permitiera!... ¿Ve

usted?... ya corremos otra vez... Es que parece mentira que con esos

piececines se pueda andar tan de prisa... ¡Caramba si son menudos y

primorosos!... ¡No, pues las manos!...

--¿Lo ve usted, señor Sánchez?

--Pues porque lo veo lo digo.

--No es eso lo que yo quiero que usted vea, sino que con razón le

decía yo que, ó no está usted hoy bueno, ó ha variado mucho en pocos

días. Antes no era usted así tan reparón y tan... ¿me deja usted que se

lo llame?

--¡Pues no he de dejarla!

--Tan atrevido.

--¡Atrevido... porque pondero su pie... y su mano?

--Por eso mismo... Antes no se fijaba usted en esas pequeñeces ó, por

lo menos, no lo decía.

--¿Y usted prefiere lo de antes?

--Le sentaba á usted mucho mejor. Eso que usted me dice ahora se le

ocurre á cualquier estudiantillo desatento.

--Dura es la lección por ser de usted, Carmen; pero sepa usted que

la acepto, aun cuando puedo jurar que no la merezco si me la dió por

descortés y atrevido á sabiendas; y á lo mío me vuelvo con muchísimo

gusto; sobre todo, si así la inspiro á usted más confianza.

--Con ello y sin ello me la inspira usted siempre; sólo que como en

materia de gustos es permitido escoger, yo le prefiero á usted tal y

como le conocí viniendo de la Montaña... y algunos días después.

--Pues ese soy, y pelillos á la mar; ese mismo con su insipidez...

--No hay nada insípido ni sabroso: todo depende del paladar.

--Con tal que al de usted le supiera yo á mieles...

--¿Otra vez, señor Sánchez?

--¿También por aquí peco, hija mía? Pues esto no es hablar de los pies

ni de las manos de usted.

--Pero al fin son chicoleos de mal gusto, tan impropios de usted como

de la ocasión.

Y en esto apretaba más el paso, y yo no sabía ya si dejarla sola ó si

acompañarla; si hablarla ó callarme la boca; en fin, cómo la servía

mejor. Pero ¿por qué se mostraba Carmen tan escrupulosa en materia

de temas de conversación, y tan rigorosa conmigo? La verdad es que

meterse uno á protector de una desvalida y comenzar por galantearla, no

concordaba gran cosa que digamos. De todas éstas y otras incongruencias

tenía la culpa el fachendoso Valenzuela, cuyo recuerdo me crispaba

los nervios; pero de este asunto no debía yo hablar con Carmen; y

cabalmente era el único de que á la sazón me era posible hablar con

oportunidad, abundancia y hasta brillantez. Tan repleto de él estaba.

Sin nuevas discrepancias, llegamos al fin de nuestra breve jornada. En

el portal de la casa se detuvo Carmen; volvióse hacia mí, que no había

pasado de los umbrales de la puerta, y me dijo:

--Muchas gracias; mil perdones por las reprimendas que le he echado á

usted en el camino, y que no le sirvan éstas de excusa para dejar de

visitarnos á menudo: ¡cuidado si se vende usted caro de un tiempo acá!

¡Ah! no cuente usted el suceso á mi padre.

Respondí lo que podrá verse en cualquier _tratado de urbanidad y buenas

costumbres_, y, en señal de despedida, me tendió Carmen la mano. Tal

se la apreté con la mía, que si la hija de don Serafín Balduque no vió

en aquel momento las estrellas, no debió de faltarle el canto de una

peseta.

Mientras caminaba hacia mi casa, se me agarraron al pensamiento el

encuentro con Carmen, su soledad, su azoramiento mientras yo la

acompañaba, sus remilgos en los temas de mi conversación con ella, su

encargo de que no supiera su padre que había salido sola...

--Y si todo esto fuera una comedia--díjeme de pronto,--¿qué papel ha

sido el mío?

Pero como el asunto no me llegaba muy adentro, volví á llenar la

memoria con el señor de Valenzuela; y así llegué á casa.

Después de comer poco y de hacer la oposición más tenaz en cuantas

conversaciones se apuntaron en la mesa, volvíme á la calle solo y

resuelto á pasar la noche á mi gusto. No había que pensar en las dulces

y ordenadas emociones del arte escénico: me faltaba hasta la paciencia

necesaria para estar sentado media hora seguida entre gentes de buena

educación. Aun el salón de Capellanes que, en su género, era de lo más

ordenado y bien regido, me pareció insoportable; por lo cual me fuí á

Paul, donde me pasé cuatro horas largas bailando como una bestia, y

dando codazos y pisotones á diestro y siniestro.

Acostéme rendido á la una, y me dormí soñando que desde la peña más

saliente de la costa vecina á mi lugar, arrojaba de un puntapié á los

abismos del mar al señor de Valenzuela y á toda su distinguida familia.

[Ilustración]

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Pedro Sánchez · 第 17 / 35 题