POR esta época, Lazcano se presentó en Bayona; venía de haber pasado una
corta estancia en su aldea, y pensaba seguir a París. Lazcano fué a ver
al abate Marchena; los dos eran vanidosos y petulantes, y en la primera
entrevista se enemistaron.
Lazcano decidió no tener relaciones con los _brissotins_, y se presentó
a Basterreche. Basterreche le dirigió a mi casa; Lazcano me dijo que
sabía que yo tenía conocimientos entre los montañeses y que quería una
carta para ellos. Yo le di una para Guzmán y otra para Pereyra.
Lazcano en París se hizo amigo íntimo de Guzmán, y juntos fueron a los
Cordeleros, a casa de Marat, al palacio de la Reina Blanca, donde tenían
sus reuniones Hebert y Chaumette, y al club del Obispado.
Guzmán entonces tenía dinero y llevaba una vida disipada. Frecuentaba
las casas de juego del Palais Royal, iba a las cenas presididas por
Danton, de a cien francos por cabeza; visitaba la casa de las señoritas
de Saint-Amaranthe y el garito de Aucane. Allí se encontraban hombres de
distintas nacionalidades y procedencias: ex cómicos, como Collot
d'Herbois y Dubuisson; ex aristócratas, como Guzmán; ex frailes, como el
capuchino Hilarión Chabot; ex abates, como d'Espagnac; ex judíos, como
Pereyra; ex banqueros, como Anacarsis Clootz. La divisa de todos ellos
era esta frase epicúrea: «Edumus et bibamus, cram enim moriemur.»
(Comamos y bebamos, que mañana moriremos.)
La Revolución les arrastraba; muchos tenían la seguridad de su fin
próximo. Mientras gozaban de la vida, los incorruptibles como
Robespierre, como Saint-Just, como Fouquier-Thinville, iban preparando
el cesto donde los libertinos tenían que dejar su cabeza.
Como casi ninguno podía vivir de su trabajo, cosa difícil en una época
azarosa, y como había siempre algún agiotista a su lado, tomaban dinero
sin mirar la mano de quien venía. Algunos de estos agiotistas eran
agentes monárquicos; los que solían acompañar con frecuencia a Danton y
a sus amigos eran el barón de Batz, el de la Conspiración de los
Sesenta, y el abate d'Espagnac. Estos dos intrigantes tenían amistad
estrecha con Guzmán y Lazcano. Solían verse con ellos en los garitos del
Palais Royal, en casa de Desfieux y de Custine y en la tienda de
Pereyra, el judío bayonés, que tenía una tabaquería en la rue
Saint-Denis, con un gran gorro frigio de muestra.
Guzmán llevaba la vida de un aventurero. Solía parar poco en su casa;
tenía una querida, que era la mujer de un pintor, e iba a verla con
frecuencia.
Lazcano, que sabía esto, se presentaba en casa de Guzmán cuando no
estaba él. Se había prendado de Magdalena; creía que ella era la amante
de su compañero y pretendía sustituirle.
Hombre cínico, acostumbrado a las damas del Palais Royal, no podía
suponer que su camarada, el libertino Guzmán, hubiera respetado a
aquella muchacha; y pensó que sería una presa fácil, sobre todo para él,
que se consideraba un gran conquistador.
Magdalena, al principio, trató a Lazcano con afecto y consideración.
Lazcano le hablaba de España, que ella no conocía y deseaba conocer.
Lazcano era el compatriota amigo de la casa.
Cuando creyó el momento oportuno, Lazcano requirió de amores a
Magdalena. Ella le contestó que aunque en aquel momento estaba en una
situación humilde, su posición era muy elevada, y que no podía tener
amores sin el consentimiento de su familia.
Magdalena era una mujer muy altiva, con una gran idea de sí misma y de
su clase.
Lazcano se tragó la repulsa, y siguió frecuentando la casa como si no
hubiera pasado nada; pero un día, encontrándose solo con Magdalena, la
solicitó de nuevo; pero no como quien se dirige a una mujer honrada,
sino como quien habla a una cortesana.
Ella rechazó con dignidad las proposiciones de Lazcano, y él replicó
sarcásticamente, diciendo que no comprendía que una mujer que era la
querida de un Guzmán, viejo y relajado, no quisiera serlo de un Lazcano,
que al fin y al cabo era un hombre más joven y más rico.
Magdalena llamó al criado viejo que les asistía y le dijo:
--Lleva a este señor a la puerta.
Después, sola, estuvo llorando todo el día.
Desde entonces Lazcano dejó de presentarse en la casa. Guzmán no sabía
la causa de la ausencia de su compatriota; probablemente la atribuiría a
volubilidad, a mudanzas de opinión, entonces muy frecuentes.
Lazcano, al mismo tiempo que abandonaba la casa de Guzmán, desertaba
también de los Cordeleros y del club del Obispado. Poco después se le
vió en el Palais Royal y en el café de Corazza, entre la juventud
elegante que seguía a Barras, a Freron y a Tallien, y que por entonces
glorificaba a Robespierre, buscando el momento de acabar con él.
Guzmán, llevado por el frenesí revolucionario, siguió su marcha hasta el
fin.
Era en el club del Obispado uno de los jefes del grupo internacional,
entre los cuales había fanáticos y logreros. Allí solían encontrarse el
prusiano Anacarsis Clootz, el austriaco Proly, hijo natural del ministro
Kaunitz; el italiano Pío, el inglés Bedford, el americano Payne, el
irlandés O'Quin y el judío Pereyra.
En este grupo extranjero, ultrarrevolucionario, abundaban, al mismo
tiempo que los cándidos, los agentes provocadores. Era aquel grupo una
espuela que, al hacer galopar la Revolución, la consumía.
Guzmán, partidario de soluciones extremas, inspirado por Hebert y
Chaumette y los miembros del Municipio, creía que los girondinos eran un
obstáculo para la República. En los varios comités que nombró el club
del Obispado por aquel tiempo, con el objeto de luchar contra los
girondinos, apareció siempre Guzmán.
La guerra, por entonces, estaba declarada entre la Gironda y la Montaña.
En el mes de Marzo de 1793, Brissot publicaba un folleto contra los
montañeses, al que contestaba Camilo Desmoulins, acusando a Brissot de
concusionario, lo que produjo la prisión de éste. Entre los montañeses,
ni Danton ni los suyos querían el exterminio de los girondinos; pero lo
deseaban Robespierre y su partido, lo deseaba la Municipalidad y lo
deseaba el pueblo.
El instrumento de todos fué el club del Obispado. Allí se tramó la
conjuración antigirondina, que tuvo éxito el 31 de Mayo. Guzmán, que era
uno de los nueve miembros del comité del Obispado, seguido por las
turbas, marchó a Nuestra Señora de París, y luego a las iglesias de los
barrios extremos, mandando tocar a rebato. El París revolucionario
estaba contra los girondinos y contra la Convención.
Brissot intentó fugarse; pero detenido en Moulins, fué guillotinado en
Octubre de 1793.
Los girondinos, como se sabe, fueron perseguidos y exterminados; los
federales españoles de Bayona y de París, y entre ellos Marchena, que
estaba preso, quedaron sin apoyo. Los montañeses habían triunfado.
La popularidad y el favor de Guzmán debían durar muy poco.
Durante unos días se habló en las galerías del Palais Royal, del español
Guzmán, a quien se llamaba burlonamente _Don Tocsinos_, porque había
mandado tocar el _tocsin_ (la campana de alarma) la noche de la
revuelta.
Dos días después, el 2 de Junio del mismo año, Guzmán era acusado por
Barere, en la Convención, como agitador extranjero, y unos meses más
tarde, Robespierre, que ansiaba acabar con los partidarios de Danton,
prendía, entre toda la plana mayor de los montañeses, al español Guzmán.