Por una parte, la monarquía, que iba desacreditándose y envileciéndose,
rodeada de una aristocracia corrompida; por otra, el ejército en un
ambiente de favoritismo, y el clero cada vez más inclinado a las
supersticiones... La situación era desastrosa. Se veía que los pilares
del mundo antiguo se cuarteaban.
Arriba, en las altas esferas de la sociedad, no había más que vicio,
escándalo, licencia; abajo, brutalidad, superstición, miseria. Manolería
de seda y manolería de harapos. Unicamente como remedio se veía un grupo
exiguo de gente culta, desligado de los unos y de los otros, hombres
entendidos, pero egoístas; incapaces de arrastrar a nadie, incapaces de
comprender al pueblo, orgullosos y al mismo tiempo cobardes.
Probablemente no habrá habido período en España en que el pueblo
estuviera tan muerto. Al oído más fino le hubiera sido difícil encontrar
en aquel gran cuerpo desorganizado algo como un latido revelador de la
vida.
V