AUNQUE me consideres pesado, amigo Pello, te hablaré un poco de mi
época, porque los jóvenes de hoy no tenéis una idea clara de la
transformación verificada en España. Si la tuvierais miraríais con menos
desdén a los hombres de mi generación.
No digo que abundara entre nosotros la gente entendida y de talento;
pero entusiasmo y valor los había.
Sin preparación, sin cultura, sin medios, cogimos nosotros el momento
más difícil de España. El edificio legado por los antepasados se
cuarteaba, se venía abajo. Era la crisis de la patria, del imperio
colonial y, al mismo tiempo, del absolutismo, de la Inquisición, de toda
la vida antigua.
Ciertamente, hacía ya tiempo que las ideas filosóficas venían influyendo
en la sociedad, pero en una minoría exigua en el elemento culto. La
proclamación de la libertad civil y política, hecha por los
norteamericanos, fué muy simpática al elemento avanzado aristocrático
español; pero en cambio, la tempestad de la Revolución francesa produjo
tal pánico, que la aristocracia, el clero y el ejército reaccionaron por
instinto de conservación y se prepararon a defender sus privilegios.
El Gobierno mandó prohibir y recoger todo libro o periódico que hablara
de los sucesos ocurridos en Francia, y se expidió un decreto, dirigido a
las universidades y escuelas, suprimiendo la enseñanza del Derecho
natural y de gentes.